La lluvia caía suavemente sobre los ventanales de la mansión Torres.
Liliana Pérez estaba sentada en la sala principal, con las manos entrelazadas sobre su regazo. La luz tenue de la lámpara iluminaba su rostro tranquilo, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.
Habían pasado cinco años desde que se convirtió en Liliana Torre..
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Palabras de consuelo...
El eco del portazo de Miguel todavía resonaba en la mansión cuando Liliana se dejó caer sobre el sofá.
Sus manos temblaban ligeramente, todavía con el calor de la taza de té que Dominic había tomado de sus dedos. La casa, que hasta hacía unas horas le parecía cálida y acogedora, ahora parecía demasiado grande, demasiado silenciosa. Cada sombra parecía moverse con intencionalidad, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.
Dominic permanecía de pie junto a la ventana del salón. Sus brazos cruzados, su postura firme, la expresión impenetrable que siempre llevaba, pero Liliana podía ver los pequeños indicios de tensión: la mandíbula apretada, el leve fruncido de sus cejas, y la forma en que sus ojos oscuros no dejaban de recorrer cada rincón de la sala, alerta.
—Respira —dijo finalmente, su voz baja y profunda, pero cargada de autoridad.
Liliana suspiró, intentando calmar el corazón que todavía latía con fuerza, y se inclinó hacia atrás en el sofá. —No puedo… No puedo creer que haya venido así, furioso, como si todo lo que pasó antes no significara nada.
Dominic se acercó, cada paso medido, casi silencioso. Se sentó al borde del sofá, muy cerca de ella, y la miró a los ojos con una intensidad que Liliana apenas podía soportar.
—No significa nada para él lo que tú hayas decidido, para él todo es una amenaza —dijo Dominic. Su voz se volvió más firme, más cortante. —Pero no permitiré que te trate así, ni que te cuestione, ni que se acerque a ti de esa manera.
Liliana lo miró, sorprendida por la vehemencia en su tono. —Dominic… no tienes que defenderme así. Yo puedo manejarlo.
Él negó con la cabeza, y la mirada que le dedicó fue casi intimidante. —No se trata de si puedes manejarlo. Se trata de que nadie, absolutamente nadie, te falte al respeto bajo mi techo. ¿Entiendes?
Liliana tragó saliva. La cercanía de Dominic, la firmeza de su postura, y esa mezcla de control y preocupación la dejaban un poco sin aliento. Podía sentir la fuerza de su cuerpo apenas a centímetros del suyo. El perfume sutil que siempre llevaba, mezcla de cuero y algo amaderado, llenaba el aire alrededor de ella. La taza de té sobre la mesa, el calor que todavía desprendía, parecía pequeño comparado con la intensidad que emanaba Dominic.
—Sí… entiendo —susurró, intentando mantener la calma.
Dominic se inclinó un poco más cerca, sus ojos fijos en los de ella. —Ni por un segundo pienses que Miguel podrá intimidarte. No mientras yo esté aquí.
Liliana sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. Por primera vez desde que entró en la mansión, no se trataba de un contrato, ni de un acuerdo. Era una declaración, firme y clara, que la hacía sentir protegida y, al mismo tiempo, vulnerable.
Un silencio pesado se instaló entre ellos. El sonido de la ciudad apenas se colaba por las ventanas; un viento frío agitaba las cortinas, y el aroma de las flores recién colocadas en la sala llenaba el aire. Liliana podía oír los propios latidos de su corazón, un ritmo acelerado que parecía mezclarse con el aire tenso entre ambos.
Finalmente, Liliana rompió el silencio. —¿Siempre… vas a mirarme así? —preguntó, su voz temblando ligeramente.
Dominic frunció levemente el ceño. —¿Así? —repitió, su tono bajo y calculado. Luego dio un paso más cerca, hasta que sus hombros casi se tocaron. —No estoy mirándote "así". Estoy mirando a mi esposa.
Liliana sintió cómo sus palabras golpeaban algo dentro de ella. Una mezcla de sorpresa, confusión, y una chispa de emoción que nunca había esperado sentir en su relación con Dominic. Por un instante, se olvidó de Miguel, de la amenaza que representaba, de los secretos y contratos. Solo estaba él, su presencia intensa y dominante, y la certeza de que no podía moverse, no quería moverse.
Dominic continuó, bajando un poco la voz. —Si Miguel vuelve, o si alguien más intenta… cuestionarte, interrumpirte, dudar de ti, estará enfrentándose a mí. No hay excepciones.
Liliana cerró los ojos por un segundo, dejando que el sonido grave de su voz penetrara en ella. Podía sentir la vibración, la fuerza contenida en cada palabra. El calor de su cuerpo estaba cerca, casi tangible, y la sensación de seguridad y tensión a la vez la hacía temblar.
—Dominic… —murmuró, y abrió los ojos para encontrarse con los suyos—. Nunca… me había sentido así.
Dominic se inclinó ligeramente hacia ella, tan cerca que casi podía sentir su respiración en su rostro. Sus ojos brillaban con una intensidad feroz, mezclando posesión, determinación y algo más que Liliana no podía descifrar todavía.
—Eso es porque nunca has estado realmente segura conmigo —dijo, y su voz se hizo aún más profunda—. No cuando todo era un contrato. Ahora las cosas son distintas. Ahora eres mía, y nadie, absolutamente nadie, podrá interponerse.
Liliana tragó saliva. Sus manos temblaban, y el calor de su cuerpo parecía subirle desde el estómago hasta la garganta. Quiso decir algo, pero las palabras no salieron. Solo podía mirarlo, sintiendo el peso de su presencia, la fuerza de sus emociones, la intensidad de todo lo que emanaba de él.
En ese instante, un golpe seco contra la ventana del salón hizo que ambos saltaran ligeramente. Liliana giró la cabeza: el viento movía una rama que golpeaba la cristalería. El sonido, aunque simple, rompió momentáneamente la tensión, y ambos respiraron con fuerza, recuperando algo de compostura.
Dominic respiró lentamente, apartando ligeramente la mirada. —Está bien —dijo finalmente—. Por ahora. Pero no olvides lo que dije. Nadie te tocará, nadie te cuestionará, y nadie te hará sentir insegura mientras yo esté aquí.
Liliana bajó la mirada, sintiendo cómo su corazón todavía latía acelerado. —Gracias… Dominic.
Él la observó unos segundos más. La intensidad en sus ojos había disminuido ligeramente, pero aún estaba allí, presente, dominante, innegable. Sus manos se relajaron a los lados de su cuerpo.
—No digas nada todavía —advirtió, con un tono más bajo, casi un murmullo—. Déjame manejar esto.
Liliana asintió lentamente, respirando hondo. El perfume de las flores, el olor a madera de los muebles y el aire fresco de la noche creaban un contraste extraño con la tensión que todavía flotaba entre ellos. Todo parecía normal, pero nada lo era.
Por primera vez, comprendió que su matrimonio con Dominic, aunque había empezado como un contrato, estaba cambiando lentamente. Y que el hombre que tenía frente a ella no era el mismo que conoció años atrás. Su frialdad estaba dando paso a algo más… profundo, más intenso, más peligroso incluso.
Mientras tanto, en la oscuridad de la calle, el eco del coche de Miguel desaparecía lentamente. Liliana cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá, sintiendo el calor de Dominic a su lado. Sus pensamientos giraban rápidamente, mezclando miedo, excitación y una inquietante certeza: nada volvería a ser igual.
Y Dominic, aunque no lo decía, sentía la misma certeza. Porque cada vez que Liliana estaba cerca, cada palabra que cruzaban, cada mirada… lo acercaba más a algo que no podía controlar. Algo que comenzaba a despertar en él sentimientos que nunca pensó sentir. Y mientras Miguel desaparecía de la vista, Dominic sabía que esa noche, la casa no solo protegía a su esposa. También estaba transformando lo que él sentía por ella, pieza por pieza, hasta hacerlo irreconocible para sí mismo.
El silencio volvió a instalarse, pero ahora era diferente. Ya no era pesado ni incómodo. Era una tensión cargada de emociones, de decisiones que aún no habían sido tomadas, de secretos que todavía flotaban en el aire, y de la certeza de que lo que comenzaba esa noche cambiaría todo.
Liliana cerró los ojos, aspirando el aroma del té, de las flores y del perfume de Dominic que aún flotaba en la habitación. Sabía, con claridad, que no había vuelta atrás.
Dominic se sentó lentamente a su lado, dejando un espacio apenas suficiente entre ambos para mantener cierta distancia. Pero la proximidad era suficiente para que ambos sintieran cada pequeño gesto, cada respiración, cada latido.
—Vamos a sobrevivir a esto —dijo él finalmente, en voz baja, casi un susurro que ella apenas escuchó.
—Sí —susurró ella de regreso, y por un instante, los dos permanecieron así, sentados en silencio, mientras afuera la noche continuaba, oscura, impredecible, pero con la promesa de que nada volvería a ser igual.