Forzada a un matrimonio por conveniencia, Keyla encuentra en un amor prohibido y con el, la fuerza para romper las cadenas de una vida de mentira.
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Jugando con fuego
Ulises no dejaba de observarla.
Desde el momento en que Andrés se alejó para atender a unos inversionistas importantes, Ulises supo que aquella era su oportunidad. No había dejado de mirar a Keyla desde el otro extremo del salón, atento a cada gesto, a cada respiración contenida, a la forma en que ella fingía tranquilidad mientras por dentro parecía desmoronarse.
La vio excusarse con una sonrisa elegante y caminar hacia el pasillo que conducía a los baños. Su cuerpo se tensó.
—Joel —murmuró—, necesito que estés atento.
Joel lo miró con seriedad.
—¿Qué planeas hacer?
—Hablar con ella —respondió Ulises—. Y si Andrés aparece, distráelo. Como sea.
Joel suspiró, entendiendo más de lo que Ulises decía.
—Cinco minutos —advirtió—. No más.
Ulises no respondió. Ya estaba caminando.
Keyla se apoyó en el lavamanos del baño femenino, respirando hondo. Sus manos temblaban mientras retocaba su maquillaje frente al espejo. La imagen que le devolvía el reflejo era impecable: la esposa perfecta, elegante, serena. Pero sus ojos… sus ojos delataban el caos.
—Contrólate —se dijo en voz baja—. Solo es una noche más.
Escuchó la puerta abrirse y giró de inmediato, alarmada.
—¿Ulises? —susurró—. ¿Qué haces aquí? Esto es muy peligroso.
Ulises cerró la puerta tras de sí y pasó el seguro con un movimiento rápido. El sonido seco del cerrojo hizo que el corazón de Keyla se acelerara.
—No podía seguir fingiendo —dijo él, acercándose—. No después de verte con él… no después de todo lo que ya sé.
—Esto está mal —insistió ella—. Si Andrés se da cuenta…
—Andrés no está aquí —respondió Ulises—. Y tú tampoco deberías estarlo… no así.
Keyla negó con la cabeza, pero no retrocedió.
—No entiendes —susurró—. Estoy atrapada.
Ulises la miró fijamente, como si quisiera memorizar cada rasgo de su rostro.
—Lo entiendo más de lo que crees —dijo—. Y por eso no puedo seguir fingiendo que no siento nada.
Antes de que Keyla pudiera responder, Ulises la besó.
No fue impulsivo como la primera vez.
Fue profundo.
Cargado de todo lo que habían callado.
Keyla se quedó inmóvil solo un segundo… hasta que sus manos se aferraron a la chaqueta de Ulises y respondió al beso. Esta vez no hubo duda. No hubo huida. Fue un beso dulce, intenso, lleno de necesidad contenida.
—Esto… —murmuró ella entre sus labios— no debería…
—Lo sé —respondió Ulises—. Pero mírame y dime que no lo sientes.
Keyla cerró los ojos.
Lo sentía.
El mundo parecía desaparecer a su alrededor. No había contratos, ni cláusulas, ni matrimonios falsos. Solo dos personas encontrándose en el lugar equivocado, en el momento más peligroso.
Ulises la sostuvo con cuidado, como si temiera romperla. Sus manos recorrieron su espalda con una delicadeza que contrastaba con la intensidad del momento. Keyla apoyó la frente en su pecho, respirando agitadamente.
—Esto es un error… —susurró.
—Tal vez —respondió él—. Pero es el único momento en el que te he visto respirar de verdad.
Keyla no pudo seguir resistiéndose.
El tiempo se volvió difuso. No sabían cuánto llevaban allí, solo que no querían soltarse. Cuando finalmente la realidad los alcanzó, fue Keyla quien dio un paso atrás.
—Tenemos que parar —dijo con urgencia—. Ya… ahora.
Ulises asintió, aunque le costó hacerlo.
Ambos se arreglaron con rapidez. Keyla alisó su vestido, acomodó su peinado y retocó su maquillaje con manos aún temblorosas. Ulises se ajustó la camisa, respirando hondo para recuperar la compostura.
Abrió la puerta con cuidado y se asomó. El pasillo estaba vacío.
Antes de separarse, Ulises tomó el rostro de Keyla entre sus manos y le dio un beso suave, cálido, lleno de promesas silenciosas.
—Cuídate —murmuró.
Keyla asintió, incapaz de decir una palabra.
Salió primero, caminando con paso firme hacia el salón, como si nada hubiera pasado. Sonreía, saludaba, cumplía su papel. Pero por dentro, el corazón le latía con fuerza descontrolada.
Estoy jugando con fuego, pensó.
Y sé que voy a quemarme.
Ulises regresó junto a Joel, que levantó una ceja al verlo.
—Todo tranquilo —dijo Joel—. Andrés está encerrado con unos futuros inversionistas. Al parecer, la conversación se extendió.
Ulises soltó el aire que había estado conteniendo.
—Gracias.
—¿Valió la pena? —preguntó Joel.
Ulises miró hacia donde estaba Keyla.
—No lo sé —respondió—. Pero ya no hay vuelta atrás.
Minutos después, Keyla decidió ir a buscar a Andrés. No podía permitir que sospechara nada. Lo encontró en una oficina privada, rodeado de hombres trajeados, hablando de cifras y estrategias.
—Cariño —dijo ella con dulzura ensayada—. La fiesta está por terminar.
Andrés la observó con atención, como si buscara algo fuera de lugar.
—Ahora voy —respondió—. Ve adelantándote querida.
Keyla asintió y salió, sintiendo que la culpa la perseguía como una sombra.
La fiesta terminó entre elogios y sonrisas. hablaban maravillas de la esposa de Andrés Montenegro: simpática, elegante, perfecta. Nadie sospechó nada. Nadie vio las grietas.
Al día siguiente, las revistas y portales de noticias explotaron con la imagen de la feliz pareja. Titulares brillantes, comentarios positivos, rumores acallados.
El plan había sido un éxito.
Las habladurías sobre las preferencias del joven Montenegro desaparecieron como por arte de magia.
Pero mientras el mundo celebraba una mentira perfecta, Keyla sabía que algo había cambiado para siempre.
Y Ulises…
Ulises sabía que ya estaba demasiado involucrado.