Reencarné como un omega destinado a morir de hambre en una torre.
Para sobrevivir, huí de la historia que me condenaba.
Pero el niño que una vez me salvó… ahora es el emperador tirano destinado a morir por mi culpa.
¿Puedo cambiar nuestro destino?
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1: La torre donde debía morir
El hambre no dolía.
Eso fue lo primero que Aelion pensó cuando abrió los ojos.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que comió que su cuerpo ya no reaccionaba con espasmos ni náuseas. Solo existía esa sensación hueca, como si por dentro ya no quedara nada que pudiera romperse. El frío de la piedra atravesaba la manta raída que cubría su cuerpo delgado, y la fiebre hacía que el techo de la torre se desdibujara en sombras temblorosas.
—Otra vez… —murmuró, con la garganta seca.
El aire olía a humedad, polvo y abandono. Nadie subía a esa torre a menos que fuera para asegurarse de que él siguiera vivo… o de que aún no hubiera muerto.
Aelion cerró los ojos cuando un acceso de tos sacudió su pecho. Cada respiración quemaba. El sonido de pasos en los pisos inferiores le provocó un reflejo automático de miedo, aunque sabía que no venían por él. Nunca venían.
No hoy.
La fiebre volvió a arrastrarlo hacia ese lugar que odiaba recordar.
El cielo era rojo.
Las ruinas se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
Y el rugido de las bestias mutadas aún resonaba en sus oídos.
Corrió. Corrió hasta que sus pulmones estallaron, hasta que el miedo lo dejó sin voz. Las garras atravesaron su espalda sin piedad, y el dolor fue tan real que incluso ahora, en este cuerpo distinto, sus dedos se crisparon.
—No… —susurró—. No otra vez…
Entonces lo entendió.
Ese no era un simple recuerdo.
Era su muerte.
Aelion abrió los ojos de golpe, jadeando, y una certeza helada se asentó en su mente con una claridad cruel.
—Reencarné… —dijo, apenas audible.
Las imágenes encajaron como piezas rotas de un rompecabezas. Este cuerpo frágil. La torre. El desprecio. El hambre constante. Todo coincidía con las primeras páginas de aquella novela BL que había leído en su vida anterior.
Una novela de romance trágico.
Un mundo medieval de magia y alquimia.
Un emperador tirano destinado a morir.
Y él…
Él era solo un extra.
Un omega bastardo que no tenía nombre ni relevancia. Un personaje que moría de hambre encerrado en una torre, cuyo cadáver era hallado tiempo después, descrito únicamente por su belleza etérea, jamás por el sufrimiento que había soportado.
—Qué broma tan cruel… —rió débilmente, aunque sus ojos ardían.
Las sirvientas no lo llamaban por su nombre. Para ellas era “eso”. El recordatorio viviente de una infidelidad, una mancha que debía desaparecer. A veces pasaban días sin traerle comida. Otras, dejaban restos fríos, como si alimentar a un omega bastardo fuera una humillación.
Aelion apretó los puños.
No pienso morir aquí.
El recuerdo apareció sin pedir permiso.
Un niño.
Manos pequeñas sosteniendo un trozo de pan.
Una mirada seria, demasiado madura para su edad.
“Come despacio”, le había dicho una vez, en voz baja, como si el mundo no debiera escucharlos.
“Mientras respiras, aún no has perdido.”
Ese niño había sido el único que lo vio como una persona.
—¿Dónde estás ahora…? —susurró Aelion.
No sabía qué había sido de él. Desapareció una noche, sin despedirse. Durante años, Aelion había esperado verlo regresar. Sin entender por qué su pecho dolía cada vez que pensaba en él.
Un sentimiento infantil. Eso creía.
La fiebre comenzó a ceder lentamente, reemplazada por algo más peligroso: lucidez.
Aelion se incorporó con esfuerzo. Cada movimiento era una batalla, pero su mente estaba despierta por primera vez desde que despertó en este cuerpo.
Si seguía la historia original, moriría pronto.
Si permanecía en la torre, no sobreviviría al invierno.
—Entonces tendré que huir —decidió.
No sabía cómo. No tenía fuerzas ni aliados. Pero había vivido en un mundo apocalíptico. Había huido de bestias. Había muerto luchando.
No permitiría que esta vida terminara sin intentarlo.
Un ruido distinto cortó el silencio.
No eran pasos humanos.
Aelion sintió cómo algo —una presencia antigua, profunda— se deslizaba alrededor de la torre. El aire vibró, y por un instante, símbolos luminosos parecieron grabarse en las paredes de piedra.
Su corazón se aceleró.
Bestias mágicas…
El terror del pasado se mezcló con la confusión. En Valdaryn, esas criaturas solo aparecían ante ciertas almas. Nunca ante nobles. Nunca ante personas corruptas.
Aelion retrocedió, temblando.
—No… por favor…
Desde la ventana alta de la torre, dos ojos brillantes se alzaron hacia él. No había hambre ni violencia en ellos. Solo reconocimiento.
Como si supieran exactamente quién era.
Y muy lejos de allí, en el corazón del palacio imperial, el emperador Kaelric se detuvo en seco, llevando una mano al pecho, sin comprender por qué una opresión desconocida acababa de atravesarlo.
Algo había despertado.