Abril sabe lo que es amar hasta perderse a sí misma.
Cuando acepta un trabajo inesperado, jamás imagina que la llevará a conocer a Darío, un hombre atrapado en una relación donde los celos, el control y la manipulación se confunden con amor.
Él cree que su pareja lo cuida. Ella sabe que lo está destruyendo.
Mientras Abril intenta ayudarlo a abrir los ojos, se ve envuelta en un triángulo peligroso donde los sentimientos reales chocan con secretos, mentiras y decisiones que pueden romperlo todo.
¿Es posible amar sin dolor cuando el pasado aún sangra?
¿O algunas personas están destinadas a perderse antes de encontrarse?
Corazones en Juego es una historia intensa sobre relaciones tóxicas, segundas oportunidades y el valor de elegir un amor que no duela.
NovelToon tiene autorización de Denis Peinado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24: Lo que se rompe cuando ya no hay vuelta atrás
Abril no durmió esa noche.
No porque estuviera pensando en Darío —aunque su nombre aparecía como un eco persistente—, sino porque algo dentro de ella había cambiado de forma definitiva. Era esa sensación extraña, incómoda, como cuando una verdad se instala en el pecho y ya no se puede ignorar, aunque duela.
Se levantó antes de que sonara el despertador. Preparó café sin azúcar. El sabor amargo le recordó que estaba cansada de suavizarlo todo.
Durante años había aprendido a escuchar. A acompañar. A sostener. A comprender incluso cuando no estaba de acuerdo. Pero ahora entendía algo que antes se negaba a aceptar: no todo puede salvarse con paciencia.
Mientras se vestía, revisó su teléfono. No había mensajes de Darío. Tampoco de Camila.
Ese silencio, lejos de tranquilizarla, la tensó.
Había aprendido que el silencio también podía ser una forma de violencia.
Salió de su departamento con una determinación silenciosa. El día estaba nublado, pesado, como si la ciudad compartiera su estado de ánimo. En el transporte público observó a las personas a su alrededor: parejas que no se hablaban, miradas perdidas, manos que ya no se buscaban. Pensó en cuántas historias se sostenían solo por costumbre.
Y se prometió no convertirse en una de ellas.
Darío sí había dormido… pero mal.
Soñó con puertas que no lograba abrir. Con habitaciones donde Abril estaba presente, pero no lo miraba. Con voces que se superponían hasta dejarlo sin aire.
Al despertar, lo primero que sintió fue miedo.
No el miedo inmediato, explosivo, sino ese que se filtra lento y constante, como una grieta que amenaza con romperlo todo.
Tomó el teléfono varias veces. Lo dejó sobre la mesa. Lo volvió a tomar.
Escribirle a Abril implicaba aceptar que algo se estaba desmoronando. No escribirle, implicaba perderla.
Pensó en Camila. En cómo había reaccionado la última vez que él mencionó límites. En su mirada dura disfrazada de preocupación. En las frases que ya no podía justificar.
—Lo hago porque te amo.
—Si me amaras, no dudarías.
—Después de todo lo que he hecho por ti…
Las palabras se le clavaron como espinas.
Por primera vez, se permitió pensarlo sin excusas: eso no era amor.
Camila, en cambio, estaba despierta desde hacía horas.
Había leído y releído el mensaje que Darío le había enviado la noche anterior. No era largo. No era confrontativo. Y justamente por eso la inquietaba.
Necesito espacio. Hablamos mañana.
Espacio.
Esa palabra le revolvía el estómago.
Caminaba de un lado a otro del departamento, con el teléfono en la mano, ensayando respuestas que no enviaba. Sabía que insistir demasiado podía jugarle en contra. Pero no insistir… tampoco era una opción.
Había aprendido a controlar sin parecer controladora.
Y no estaba dispuesta a perderlo.
Abril llegó al lugar acordado con unos minutos de anticipación.
El café estaba casi vacío. Eligió una mesa cerca de la ventana. Respiró hondo. No sabía si Darío llegaría. Pero sabía que, si lo hacía, nada sería igual después.
Cuando lo vio entrar, lo reconoció de inmediato. Caminaba más lento. Los hombros caídos. La mirada cansada.
No sonrió.
Darío la vio y sintió una mezcla de alivio y terror.
Se sentó frente a ella. El silencio se estiró entre ambos.
—Gracias por venir —dijo él, finalmente.
Abril asintió.
—No vine para hablar de lo mismo de siempre —respondió—. Vine porque necesito ser clara.
Darío tragó saliva.
—Yo también.
Ella lo miró con atención. Ya no había ternura automática en sus ojos. Había cuidado, sí. Pero también firmeza.
—Darío —continuó—, lo que estás viviendo no es confusión. Es desgaste. Y no es algo que yo pueda arreglar por ti.
Él bajó la mirada.
—Lo sé… creo que siempre lo supe.
—Entonces deja de fingir que no —dijo ella, sin dureza, pero sin suavizarlo—. Porque cada vez que lo haces, te traicionas un poco más.
Las palabras le dolieron porque eran verdad.
—Tengo miedo —admitió él—. Miedo de perderla. Miedo de estar solo. Miedo de equivocarme.
Abril respiró profundo.
—El miedo no justifica quedarse donde te apagan.
Se hizo un silencio largo. El café llegó, intacto.
—Camila no siempre fue así —dijo Darío, casi en un susurro—. Al principio… era distinta.
—Al principio todos lo somos —respondió Abril—. El problema es quedarse atrapado en esa versión que ya no existe.
Él levantó la vista.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿No te cansas de ser fuerte todo el tiempo?
Abril dudó un segundo.
—Claro que sí —admitió—. Pero aprendí que ser fuerte no es aguantarlo todo. Es saber cuándo soltar.
Mientras tanto, Camila los veía desde la otra acera.
No había planeado encontrarlos. O eso se repetía. Pero había seguido a Darío casi sin darse cuenta.
Verlos juntos le provocó una mezcla de rabia y pánico.
Abril parecía tranquila. Demasiado tranquila.
Y eso era peligroso.
Camila cruzó la calle decidida.
Abril fue la primera en verla.
Su cuerpo se tensó.
Darío siguió su mirada y palideció.
—No… —murmuró—. No ahora.
Camila llegó a la mesa con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
—Hola —dijo—. No sabía que tenían una reunión.
El ambiente se volvió denso.
—Camila —dijo Darío, poniéndose de pie—. Esto no…
—¿No qué? —interrumpió ella—. ¿No debería estar aquí? ¿O no debería ver esto?
Abril se levantó despacio.
—No es lo que estás pensando —dijo—. Y aun si lo fuera, gritar no va a cambiarlo.
Camila la miró con desprecio.
—Tú no sabes nada de nosotros.
Abril sostuvo su mirada.
—Sé más de lo que crees. Y por eso estoy aquí.
Darío sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—Camila —dijo—. Necesitamos hablar. Pero no así.
Ella lo miró, herida.
—¿Desde cuándo necesitas permiso para hablar con ella?
Abril dio un paso atrás.
—Este es tu límite —le dijo a Darío—. Y solo tú puedes decidir si lo cruzas o no.
Camila entendió algo en ese instante.
No era Abril el problema.
Era que Darío estaba cambiando.
Y eso no podía permitirlo tan fácilmente.
—Si te vas —dijo ella, con voz quebrada—, no vuelvas.
Darío la miró. Por primera vez sin miedo.
—Eso es una amenaza —respondió—. Y ya no funciona.
Camila retrocedió un paso, sorprendida.
Abril tomó su bolso.
—No voy a quedarme —dijo—. Pero tampoco voy a seguir siendo parte de algo que te destruye.
Se giró hacia Darío.
—Si decides buscarme, que sea porque elegiste tu paz. No porque perdiste otra cosa.
Y se fue.
Darío se quedó inmóvil.
Camila respiraba agitadamente.
—Ella te está manipulando —dijo—. Te está poniendo en mi contra.
Darío negó lentamente.
—No —respondió—. Tú lo hiciste sola.
Camila lo miró como si no lo reconociera.
—Después de todo…
—No me debes nada —la interrumpió—. Y yo tampoco te debo quedarme.
El silencio que siguió fue devastador.
Abril caminó sin rumbo durante horas.
Sentía tristeza, sí. Pero también alivio.
Había hecho lo correcto.
Y aunque no sabía qué vendría después, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía perdida.
Porque algunas historias no terminan con un adiós.
Terminan cuando alguien por fin se elige.
pero más gracias por una historia muy diferente...
definitivamente cuando la obsesión y los celos te nublan el juicio te vuelves peligroso porque no entiendes de razones...
no va a dejarlo tan fácil
si vuelve siempre fue para ti, si no nunca lo fue...
Camila en verdad tiene serios problemas