Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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Sal en la piel, fuego en el alma
...CAPÍTULO 8...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ ...
La "Operación Libertad" había sido un éxito rotundo. Logramos sacar a mi madre de la cabaña mientras mi padre roncaba profundamente, vencido por el sol y el exceso de comida (y de ego). Estábamos en la discoteca abierta del hotel, un lugar precioso con el techo lleno de estrellas y el sonido del mar de fondo.
Ver a mi madre bailar con Betty era un espectáculo que me llenaba el pecho. Agustina reía, se movía con una gracia que creía perdida y, por primera vez en años, no estaba mirando por encima del hombro para ver si Eduardo aprobaba su comportamiento. Betty, por una vez, no tenía cara de haber masticado limones; estaba feliz, cuidando a mamá y disfrutando de la noche.
Yo estaba en la barra pidiendo una ronda de tragos, sintiéndome extrañamente ligero, hasta que me giré y el estómago se me contrajo.
Un tipo alto, rubio, con ese aire de "tengo un yate estacionado ahí afuera" y vestido con una camisa de lino que probablemente costaba más que mi primer auto, se había acercado a Luciana. Ella estaba sola cerca de una mesa alta, y el idiota le estaba sonriendo con una confianza que me hizo hervir la sangre en milisegundos. Vi cómo se inclinaba para decirle algo al oído por encima de la música.
Olvidé la tregua. Olvidé el divorcio. Olvidé que hace días ella me había echado de la casa. En ese momento, solo existía el instinto de reclamar lo que mi corazón se niega a soltar.
Caminé hacia ellos con paso firme, ignorando el dolor de cabeza y la fatiga. Antes de que el rubio pudiera dar otro paso hacia su espacio personal, rodeé la cintura de Luciana con mi brazo, pegándola a mi cuerpo con una posesividad que ni yo mismo sabía que tenía.
—¡Holaaa! —solté con una sonrisa que no llegaba a mis ojos, mirándolo fijamente—. Lo siento, hombre.
El tipo me miró de arriba abajo, confundido por mi interrupción repentina. Luciana se tensó bajo mi brazo, pero no se apartó.
—Lamento decirte que, si estás coqueteando con esta mujer hermosa —continué, bajando un poco el tono para que sonara más peligroso que gracioso—, estás perdiendo tu tiempo. Está casada. Y yo soy su esposo.
El rubio levantó las manos en señal de paz, soltando una risita nerviosa.
—Tranquilo, viejo. Solo le estaba preguntando de dónde era su reloj.
—Sí, claro. Y yo soy el Papa del Vaticano—respondí con sarcasmo—. Ya lo sabes. Circula, amigo. Hay mucha playa afuera para que busques otros relojes.
El tipo puso los ojos en blanco y se alejó hacia la barra. Me quedé ahí, sosteniendo a Luciana, sintiendo su respiración agitada contra mi pecho. Por un segundo, el mundo se detuvo. El olor de su perfume mezclado con la brisa marina me golpeó con una fuerza devastadora.
Ella se giró en mis brazos, quedando frente a frente. Sus ojos brillaban bajo las luces de neón de la discoteca.
—¿"Yo soy su esposo"? —repitió ella en un susurro, alzando una ceja—. Hace dos días me dijiste que me darías el "maldito gusto" del divorcio, Sebastián. ¿A qué viene esta escena de macho alfa?
Me quedé mudo, con la mano todavía firme en su cintura. La adrenalina de los celos estaba bajando y dejando paso a la cruda realidad.
—Viene a que sigo siendo tu esposo hasta que un juez diga lo contrario, Lu —respondí, y esta vez no había ni rastro de broma en mi voz—. Y porque no soporto ver que otro te mire como yo lo hago.
Luciana no me respondió. Me agarró del brazo con una fuerza que no le conocía y me arrastró fuera de la pista, esquivando a la gente hasta que los pies se nos hundieron en la arena fría y el ruido de la música se volvió un eco distante. Nos detuvimos en una zona retirada, donde solo el rugido del mar y la oscuridad de la noche eran testigos.
—¿Qué te pasa, Sebastián? —me soltó, girándose con los ojos encendidos—. ¡Casi le pegas a ese hombre! No puedes ir por la vida marcando territorio como un animal cuando tú y yo estamos a un paso de la firma final.
La rabia, mezclada con el deseo contenido de toda la semana, me subió por la garganta como lava.
—¿Ahora soy un animal? —repetí, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio hasta que nuestras respiraciones se chocaron—. Lo que soy es un hombre que todavía no te puede sacar de la cabeza, Luciana. No me vengas con cinismos. Ni siquiera nos hemos divorciado, no han pasado ni cinco días desde que salí de esa casa, ¿y ya andas coqueteando con el primer rubio que se te acerca con una sonrisa de catálogo?
—¡Yo no estaba coqueteando con nadie! —gritó ella, golpeándome el pecho con el índice—. Estaba siendo amable, algo que tú claramente has olvidado cómo se hace.
—¡Me importa un carajo si solo estabas siendo amable! —la agarré por las muñecas, deteniendo su ataque y pegándola a mí con una brusquedad que nos dejó sin aliento—. Escúchame bien, Luciana. Puedes haber firmado esos papeles, puedes haberme echado de tu cama y puedes tratar de convencerme de que ya no existo para ti, pero no te confundas.
Bajé la voz, dejando que el tono se volviera ronco, profundo, cargado de esa posesividad que nace cuando sabes que estás a punto de perder lo único que te importa. Me acerqué a su oído, rozando su piel con mis labios mientras el olor a sal y a su perfume me nublaba el juicio.
—Esos papeles no valen nada mientras yo siga sintiendo cómo te tiembla el cuerpo cuando te toco. Ningún otro tipo, tendrá idea de cómo mirarte, ni de cómo se siente tu piel cuando pierdes el control. Porque eres mía, Lu. Eres mía por cada plano de nuestras vidas que dibujamos juntos, por cada noche de estos años y porque yo soy el único hombre que conoce cada rincón de tu alma. Y no voy a dejar que nadie más te toque mientras yo siga respirando.
Sentí el estremecimiento violento que recorrió su cuerpo. Su respiración se volvió errática, pesada, y sus ojos buscaron los míos en la penumbra. El aire entre nosotros estaba tan cargado de electricidad que casi podía oír las chispas. Vi cómo su mirada bajaba a mis labios, cargada de una excitación que ya no podía ocultar tras su máscara de orgullo.
—Sebastián... —susurró, y fue una súplica, no una advertencia.
No la dejé terminar. La atraje hacia mí con un brazo rodeándole la espalda y la besé con una desesperación salvaje.
Luciana me rodeó el cuello con los brazos, tirando de mi pelo, pegando su cuerpo al mío como si quisiera fundirse conmigo bajo la luna. Sus labios sabían a ron, a mar y a esa necesidad mutua que el orgullo no había logrado matar.
No hubo palabras. No hubo promesas de "vamos a arreglarlo" ni disculpas baratas. Solo hubo un hambre compartida que nos quemaba las manos mientras subíamos por el ascensor del hotel. En cuanto la tarjeta marcó la luz verde y la puerta se cerró detrás de nosotros, el mundo exterior dejó de existir.
La empujé contra la puerta y la besé con la misma furia con la que habíamos discutido en la arena. Luciana me arrancó la camisa, desesperada por sentir mi piel, mientras yo subía mis manos por sus muslos, levantando su vestido hasta que sentí su humedad contra mis dedos. No hubo preámbulos suaves; no los necesitábamos.
La cargué, rodeando mi cintura con sus piernas, y la llevé hasta la cama. Me deshice de mis pantalones en un movimiento torpe mientras ella se quitaba la ropa interior con una urgencia que me volvía loco. Cuando entré en ella, ambos soltamos un gemido que fue puro alivio.
—Sebastián… —jadeó ella, clavando sus uñas en mis hombros.
—Dilo, Lu. Di que eres mía —le exigí, golpeando contra ella con un ritmo salvaje, sin ninguna delicadeza.
—Soy tuya… carajo, soy tuya —admitió entre dientes, arqueando la espalda mientras me buscaba la boca para callar sus propios gritos.
Nos movíamos con la rabia de los días de silencio y la frustración de una separación que ninguno de los dos quería realmente. Sus piernas se apretaban alrededor de mi espalda, obligándome a ir más profundo, más rápido, hasta que el placer se volvió un dolor sordo y eléctrico que nos nubló la vista a los dos.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus espasmos empezaban a envolverme, y no pude aguantar más. El clímax llegó haciéndome soltar un gruñido bajo y ronco, vaciándome de todo el rencor y la angustia de la última semana, mientras ella se deshacía en mis brazos, temblando y buscando aire.
Nos quedamos ahí, sudorosos, entrelazados sobre las sábanas blancas del hotel, con el corazón martilleando en los oídos. El silencio volvió a la habitación, solo se escuchaba el sonido de nuestras respiraciones tratando de volver a la normalidad.
......................
La luz del amanecer se filtraba por las cortinas del hotel. Desperté con el peso cálido de Luciana sobre mi pecho. Estábamos acurrucados, las sábanas enredadas entre nuestras piernas, envueltos en ese silencio pacífico que solo llega después de una tormenta de las grandes.
Ella levantó la vista, con el cabello alborotado y los ojos aún hinchados por el sueño. Se veía hermosa.
—Cielo... —murmuró, trazando círculos invisibles en mi hombro—. Perdóname. De verdad, debimos hablar antes de llegar a este extremo. Fui impulsiva, me dejé llevar por la rabia y por ese miedo constante de que nuestras vidas fueran por caminos distintos.
Le acaricié la mejilla, suspirando. El nudo en mi garganta finalmente se había desatado.
—Yo también lo siento, amor. Fui un idiota cínico. Pero ya que estamos aquí... tenemos que dejar las cosas claras. No quiero volver a ese apartamento para recoger el resto de mis maletas.
Me senté un poco, apoyando la espalda en el cabecero, y la miré con la honestidad que me había guardado durante años.
—No es que no quiera tener hijos, Luciana. De verdad. Es que me da terror ser padre. Me da miedo criar a una persona y equivocarme, ser un padre horrible, terminar repitiendo patrones o simplemente no estar a la altura. Es una responsabilidad que me paraliza.
Luciana se incorporó, cubriéndose apenas con la sábana.
—Te entiendo —dijo con suavidad—. Yo también siento ese miedo. Creo que cualquiera que se lo tome en serio lo siente. Pero... —y ahí vino esa luz en sus ojos, esa retahíla que ella siempre guardaba—, imagina lo que sería criar a alguien juntos. Un pedacito de los dos. Enseñarle a dibujar, a reírse de tus chistes malos, a ser fuerte como tú. Sería empezar de nuevo, pero con todo lo que ya aprendimos.
Me quedé mirándola. Su entusiasmo era contagioso, pero sobre todo, era su fe en nosotros lo que me desarmaba. Sonreí de lado y solté un suspiro largo, rindiéndome finalmente a lo que mi corazón ya sabía.
—Podríamos intentarlo —dije, y sentí un peso menos en los hombros—. Tal vez ya sea hora de que enfrente mis miedos de una vez por todas.
Luciana frunció el ceño, buscándome la mirada con preocupación.
—No, Sebas. No lo hagas solo por complacerme. No puedes obligarte a algo así si en el fondo no quieres. Dijiste que no querías ser padre y yo...
—Pero sí contigo, Luciana —la interrumpí, tomándole la cara entre las manos—. Contigo lo quiero todo. Te amo y no sé qué haría sin ti. No quiero una vida perfecta si no es a tu lado. Pero eso sí, "mamá osa"... un bebé y ya. No vamos a ser como Gabriel, que parece que quiere armar un equipo de fútbol profesional.
Luciana soltó una carcajada limpia y me besó con una ternura que me reinició la vida. Se sentó a horcajadas sobre mí, dejando caer la sábana y permitiéndome contemplar su desnudez una vez más bajo la luz del amanecer. Me quedé sin aliento; era la mujer más increíble que había visto en mi vida.
—Entonces —dijo ella, con una chispa pícara en los ojos mientras empezaba a moverse lentamente sobre mí—, si vamos a intentarlo, hay que empezar desde ahora. Hay que hacer la tarea muy bien, Sebastián Vélez.
—A la orden, jefa—respondí, rodeando su cintura y atrayéndola hacia mí—. Creo que esta es la única entrega de obra que no me va a importar terminar tarde.
Horas más tarde…
El sonido de mi celular vibrando contra la mesa de noche llamó mi atención de inmediato. Me separé de Luciana a regañadientes, sintiendo aún el calor de su piel y la paz de nuestra reconciliación, para ver la pantalla.
20 llamadas perdidas de: Mi hermana(La Bruja).
—Mierda... —susurré, sintiendo cómo la sangre se me helaba.
—¿Qué pasa? —preguntó Lu, incorporándose y tapándose con la sábana, notando mi palidez.
—Son las diez de la mañana, Lu. Y Betty tiene el dedo pegado al botón de marcar. Algo pasó.
Antes de que pudiera devolver la llamada, el teléfono volvió a rugir en mi mano. Contesté y ni siquiera alcancé a decir "hola" cuando el grito de mi hermana casi me revienta el tímpano.
—¡¿DÓNDE CARAJOS ESTÁN?! —chilló Beatriz. Se escuchaba viento de fondo y gente gritando—¡Sebastián, esto es un desastre! ¡Perdí a mamá anoche! ¡Se me perdió de vista en la discoteca y no aparece por ningún lado! ¡Y papá ya se despertó, se enteró de que nos escapamos y está como un loco armando cuadrillas de búsqueda con los tíos!
Me puse de pie de un salto, buscando mi ropa por toda la habitación mientras el pánico me recorría el cuerpo.
—¿Cómo que se perdió, Beatriz? ¡Tú tenías que cuidarla! —le grité, mientras Luciana empezaba a vestirse a la velocidad de la luz, con la cara llena de angustia.
—¡Se puso a bailar con un grupo de turistas y cuando me di cuenta ya no estaba! ¡Papá cree que la secuestraron o que se ahogó! ¡Vengan a la cabaña principal YA!
Colgué y miré a Luciana. El ambiente romántico de esta madrugada se había esfumado, reemplazado por la cruda realidad de los Vélez.
—Mamá no aparece —le dije, poniéndome la camisa al revés—. Y mi papá ya activó el modo "Dictador en crisis". Tenemos que irnos.
Salimos del hotel casi corriendo. Cruzar la playa a plena luz del día, con el sol castigando la arena, se sentía como una marcha hacia el patíbulo. A lo lejos, cerca de la cabaña, vi la escena: mis tíos estaban formados en línea como si fueran un batallón de búsqueda, y mi padre, Eduardo, caminaba de un lado a otro con la cara roja como un tomate, gritándole órdenes a un pobre lanchero.
Cuando nos vieron llegar, mi padre se detuvo en seco. Su mirada pasó de la preocupación a una furia fría que me hizo tragar saliva.
—¡Ahí están los genios! —rugió Eduardo, señalándonos con un dedo tembloroso—. ¡Los responsables de que mi esposa esté desaparecida! ¡¿Dónde la tienen?! ¡¿En qué momento pensaron que era buena idea sacar a Agustina de noche en una isla que no conoce?!
—Papá, cálmate, solo queríamos que se divirtiera... —empecé a decir, pero él no me dejó terminar.
—¡Se divirtió tanto que no aparece, Sebastián! —gritó él, acercándose a mí—. ¡Y tú, Luciana! ¡Pensé que tenías más cabeza que este payaso!
En ese momento, uno de mis tíos gritó desde la zona de las hamacas traseras, cerca de un depósito de cocos.
—¡EDUARDO! ¡LA ENCONTRÉ!
Todos corrimos hacia allá. Mi corazón iba a mil por hora. Cuando llegamos, nos quedamos mudos. Mi madre, la dulce y recatada Agustina, estaba profundamente dormida dentro de una hamaca gigante, abrazada a una botella de tequila vacía y con un sombrero de paja que no era suyo tapándole la cara. Tenía una sonrisa de satisfacción absoluta, ajena al caos que había provocado.
Mi padre se quedó petrificado. Beatriz se tapó la cara con las manos y yo... yo no pude evitarlo. A pesar de la tensión, a pesar de todo y del susto, solté una carcajada.
—Bueno —dije, mirando a mi padre mientras Luciana me apretaba el brazo para que me callara—, parece que la "mi señora madre" tuvo una noche mucho mejor que la nuestra.