Morí atragantándome con unos tacos al pastor mientras leía una novela de reencarnación.
Renací como la villana.
Y ahora… voy a conquistar a mi prometido, a mi papucho villano.
—ACTUALIZACIÓN DIARIA—
NovelToon tiene autorización de Ruczca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 23
—DOS DÍAS DESPUÉS—
Lo que le había encargado a Lisa ya estaba listo.
La ropa… perfecta.
El catalejo… funcional.
Todo avanzaba.
Todo… menos mi paciencia.
El silencio del baño me envolvió.
Demasiado.
Me cambié con calma, poniéndome la ropa de dormir, pero mi mente seguía en otro lado.
Tres días…
—No lo he visto… —murmuré.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Si pienso en mi villano… así como con Ramsés me teletransportaré a su lado…?
La idea apenas comenzaba a tomar forma cuando—
el dolor llegó.
Sin aviso.
Sin piedad.
—¡Nooo…! —mi voz se quebró mientras mi cuerpo se doblaba hacia adelante.
Fue como si algo dentro de mí se contrajera con violencia.
Un tirón profundo.
Bajo.
Que se extendió desde el vientre hasta la espalda baja en un latigazo ardiente.
—¡Ahh…!
Mis dedos se hundieron en la tela de mi bata.
Instintivamente.
Buscando sostenerme de algo.
Pero no había nada que sostener.
Solo… ese dolor.
Palpitante.
Constante.
Molesto.
Otro espasmo.
Más fuerte.
Más profundo.
Me hizo apretar los dientes.
—Malditos… cólicos… —murmuré entre respiraciones cortadas.
Cada intento de enderezarme hacía que el dolor se intensificara.
Como si mi propio cuerpo se negara a cooperar.
Como si dijera “no hoy”.
Apoyé una mano en el lavabo.
Fría.
Pero ni siquiera eso calmaba el calor incómodo que se expandía por mi abdomen.
—Ahh…
Cerré los ojos con fuerza.
Esperando que pasara.
Pero no desapareció.
Solo cambió.
De punzante…
a una presión constante.
Pesada.
Agotadora.
Como si algo tirara de mí desde adentro.
Respiré hondo.
Lento.
Otra punzada.
—¡Tch…!
Mi ceño se frunció aún más.
—No me dejan en paz…
Mi voz salió más baja.
Más irritada.
Más cansada.
Porque no era solo el dolor.
Era la repetición.
La inevitabilidad.
El saber que no podía hacer nada para detenerlo de inmediato.
—Menos mal… —murmuré, apoyando la frente un segundo contra el dorso de mi mano— …que anticipé que me bajaría.
Lisa había preparado todo.
Siempre lo hacía.
Eficiente.
Cuidadosa.
Pero ni siquiera eso quitaba esto.
Este fastidio.
Este peso.
Este malestar que se colaba en cada movimiento.
Intenté enderezarme.
Lentamente.
Pero mi cuerpo protestó.
Otro espasmo.
Más bajo.
Más profundo.
—Ahh… qué fastidio…
Mi voz salió cargada de frustración.
Mis ojos se entreabrieron.
Molesta.
Irritada.
Vulnerable.
Mis dedos se apretaron ligeramente.
—No he podido ver a mi villano…
Y ahora—
ni siquiera estaba en condiciones de perseguirlo.
Exhalé lentamente.
Tratando de recuperar el control.
Pero el dolor seguía ahí.
Recordándome.
Limitándome.
......................
Me teletransporté de nuevo a mi habitación.
A mi cuarto.
El cambio fue brusco.
Pero no suficiente para distraerme del dolor.
—Ahh… —mi cuerpo se encogió apenas al aparecer, llevando una mano a mi vientre.
No vi a mi villano Abel.
Y tampoco…
estaba en condiciones de verlo.
Cada paso dolía.
Cada movimiento tiraba.
Entonces—
lo sentí.
Esa presencia.
Pesada.
Familiar.
Alcé la vista.
Ramsés.
Estaba ahí.
Sentado en el sillón mecedor, frente a la chimenea, como si hubiera estado esperándome desde hace rato.
La luz del fuego iluminaba su rostro.
Serio.
Tenso.
Molesto.
Se levantó lentamente.
Y antes de que pudiera decir nada—
—Deja de ir a un baño que no es tuyo —dijo, su voz firme, controlada—. Puedes usar cualquier baño de mi castillo.
Mi ceño se frunció de inmediato.
No iba aguantar sus celos.
No ahora.
No con este dolor.
—¡¿En serio?! —exploté, mi voz más alta de lo que pretendía—. ¡¿Eso es lo que te preocupa?!
Otra punzada me atravesó.
Hice una mueca.
Pero no me detuve.
—¡No tengo humor para escuchar tus celos ahora mismo!
El silencio cayó de golpe.
Ramsés se tensó.
Su expresión cambió.
Y por un instante—
solo un segundo—
pareció… retroceder.
Como si mis palabras lo hubieran golpeado más de lo esperado.
Como si—
me tuviera miedo.
Parecía un perrito regañado.
Parpadeé.
Y, contra toda lógica—
una risa pequeña escapó de mí.
—…¿en serio? —murmuré, incrédula.
Pero el momento pasó.
Y la realidad volvió.
Mi pecho bajó lentamente.
El dolor seguía.
Mi cabeza… más clara.
—…fui grosera —admití en voz baja.
Desvié la mirada.
—Perdón…
Respiré con cuidado.
—Es solo que… estoy en mis días…
Mi mano volvió a mi vientre casi por reflejo.
—Me siento muy mal… me duele mucho…
Mi voz ya no tenía filo.
Solo cansancio.
Ramsés no respondió de inmediato.
Me miró.
En silencio.
Su mirada bajó apenas.
Mi postura.
Mi forma de sostenerme.
Mi respiración irregular.
Y luego—
—Ahora vuelvo.
Desapareció.
Así.
Sin más.
El vacío que dejó fue inmediato.
Fruncí el ceño.
—…
Parpadeé.
Y entonces—
la idea llegó.
Lenta.
Incómoda.
—…ah.
Me dejé caer en el sillón mecedor, soltando el aire con pesadez.
—En esta época…
Una pausa.
—¿no es… tabú hablar de eso?
Miré al frente, desanimada.
—…genial.
Cerré los ojos un segundo.
—Le di asco…
Una punzada.
Más leve.
Pero suficiente.
Me abracé ligeramente el vientre, balanceándome apenas.
El calor de la chimenea no ayudaba.
Nada ayudaba.
......................
Y entonces—
apareció.
Abrí los ojos.
Ramsés estaba frente a mí.
Pero…
no igual.
Su expresión—
culpa.
Una clara.
Marcada.
Como si él creyera—
que todo esto era su culpa.
Parpadeé, confundida.
Pues es ilógico...
ya que es algo natural en las mujeres.
Y entonces lo noté.
A su alrededor—
flotaban pequeños platillos.
Pastelitos.
De distintos sabores.
Colores suaves.
Acompañados de tazas humeantes.
Bebidas calientes.
Aromas dulces.
Reconfortantes.
Y en sus manos—
una bolsita de agua caliente.
Mis ojos se abrieron ligeramente con sorpresa.
—…¿qué…?
No dijo nada.
Se acercó.
Y sin pedirme permiso—
colocó la bolsita sobre mi vientre.
El calor…
fue inmediato.
Profundo.
Aliviante.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—Ah…
Mis hombros se relajaron apenas.
La tensión bajó.
Un poco.
Solo un poco.
Pero suficiente para notarlo.
Ramsés invocó un pequeño banquito y se sentó frente a mí.
Natural.
Como si esto no fuera nada.
Como si no fuera el mismo hombre que hace minutos estaba reclamándome.
Tomó mis pies.
Me quitó los zapatos.
Y comenzó a masajearme los pies.
Sus manos—
firmes.
Cálidas.
Precisas.
Yo me quedé en silencio.
Sorprendida.
Confundida.
Mirándolo.
Pero también—
Ahhh que bien masajea~
Mientras tanto, los pastelitos flotaban frente a mí, como invitándome.
Dudé un segundo.
Pero luego—
tomé uno.
Lo probé.
Dulce.
Suave.
Perfecto.
Luego una bebida.
Caliente.
Reconfortante.
Suspiré sin darme cuenta.
—…
Lo miré.
De verdad.
Ya no solo como antes.
Ya no solo con esa chispa juguetona.
O ese interés peligroso.
No.
Había algo más.
Algo más… suave.
Más cálido.
Más real.
Algo que no esperaba.
Algo que no había planeado.
Mis ojos se suavizaron apenas.
Y por primera vez—
no lo vi como algo sexual.
Ni como enemigo.
Sino como…
—…
No dije nada.
Pero algo en mi pecho—
cambió.
Y esta vez…
no fue un juego.
No era solo atracción física.
y el general está lindo y la busca hayyyy 😭