En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.
Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.
Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.
Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.
Espera que vengan por ella.
NovelToon tiene autorización de Thais Perdida para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
IX. JUICIO (PARTE 3)
...----------------...
Danielle sonrió. No fue una sonrisa amplia. Fue pequeña.
Precisa. Dirigida únicamente a Xavier.
—Se equivoca en algo, padre. —habló ella.
Su voz fue suave, casi íntima, pero cada persona en la sala la oyó con absoluta claridad.
—Michael Rogers no habría sido extraordinario… —una pausa sus ojos verdes brillaron apenas—. Lo es.
El silencio se volvió denso. El juez no respiraba. El fiscal no escribía.
Nadie parpadeaba. Danielle ladeó levemente la cabeza, observando a Xavier con una expresión que no era odio… sino algo peor: Orgullo torcido.
—Porque yo no fui la única sobreviviente.
Un murmullo tembló en las bancas.
Xavier entrecerró apenas los ojos.
—El experimento “Guerra” —continuó ella—. El que diste por fallido. Michael Rogers.
El nombre pareció golpear el aire. Andrea sintió un escalofrío subirle por la espalda. Xavier no habló. Pero su mandíbula se tensó.
Y Danielle lo vio. Sonrió más.
—Sobrevivió.
El juez dio un paso hacia adelante.
—¿Qué… qué está diciendo…?
Danielle no lo miró.
No todavía.
—Estoy diciendo la verdad que nadie quiso escuchar durante años.
Recién entonces giró hacia él. Sus ojos no mostraban compasión, pero tampoco crueldad. Solo certeza.
—Su hijo no murió, señor juez.
El mundo pareció inclinarse. Arthur abrió la boca... y no
salió sonido. Danielle susurró:
—Se adaptó.
Un latido.
—Evolucionó. —otro silencio—. Escapó.
El aire abandonó los pulmones del juez como si alguien lo hubiera golpeado.
—No…
Danielle lo sostuvo con la mirada.
—Sigue vivo.
Un murmullo explotó en la sala. Los guardias se tensaron. El fiscal gritó algo.
Las cámaras temblaron. Pero nada de eso importaba. Porque en ese instante… Xavier Hoffmann ya no miraba a Danielle. Miraba al vacío.
Calculando.
Recordando.
Reconstruyendo.
Y Danielle lo supo. Su voz descendió a un susurro final:
—Y tú también lo sabes.
Silencio. Uno pesado. Irreversible. El juez temblaba.
—¿Dónde… está…?
Danielle lo observó y por primera vez… su sonrisa mostró un destello de algo humano.
—Esa, señor juez… —pausa—. Es la misma pregunta que todos se hacen.
Sus ojos brillaron apenas.
—Incluyéndolo a él.
El aire se volvió helado.
El estallido fue inmediato.
La sala entera se convirtió en un torbellino de voces superpuestas, sillas moviéndose, papeles cayendo. Algunos gritaban que Danielle mentía, que era una manipuladora, una asesina jugando con la mente del tribunal. Otros, en cambio, exigían silencio, pedían que la dejaran hablar, que terminara lo que había empezado.
Los guardias avanzaron un paso, inseguros de a quién controlar primero.
En medio del caos… Arthur Rogers se puso de pie. No con autoridad... Con desesperación.
El mazo había quedado olvidado en el suelo. Ya no era un juez. Era un padre al borde de romperse.
Caminó. Un paso. Otro. Cada pisada resonó más fuerte que los gritos.
Se detuvo frente a Danielle. Muy cerca. Demasiado cerca para alguien acusado de ser el ser humano más peligroso de la sala.
—¿Dónde está…?
Su voz salió áspera. Como si llevara años sin usarla para algo real. Danielle lo miró en silencio, Arthur tragó saliva.
—Dígame dónde está mi hijo. —sus ojos brillaban, pero no lloraban, o todavía—. ¿Es verdad…? —susurró—. ¿Está vivo?
El caos aún vibraba en el aire.
Arthur Rogers estaba frente a Danielle, demasiado cerca, con la pregunta temblando en los labios, con los ojos cargados de una esperanza que le dolía sostener.
—¿Dónde está mi hijo…?
Danielle lo miró fijamente. Abrió la boca para responder...
PAM.
El estruendo sacudió el edificio como una explosión contenida.
La enorme puerta principal del tribunal se dobló hacia
adentro cuando una camioneta blindada la atravesó a toda velocidad, arrastrando hierro, madera y concreto como si fueran papel. El impacto hizo vibrar el suelo bajo los pies de todos.
Gritos.
Guardias desenfundando armas.
Jueces levantándose.
Antes de que alguien pudiera reaccionar. Los ventanales superiores estallaron al mismo tiempo. Vidrios llovieron como cuchillas brillantes mientras cuerdas negras descendían desde el techo.
Figuras armadas.
Uniformes tácticos.
Máscaras.
Mercenarios.
Cayeron al suelo en formación perfecta, armas listas, movimientos sincronizados, letales.
El pánico explotó.
—¡AL SUELO! —gritó uno de los mercenarios.
—¡PROTEJAN AL JUEZ! —ordeno un soldado.
—¡ARMAS ARRIBA!
Los soldados del tribunal apuntaron.
El sonido metálico hizo que todos giraran.La puerta destrozada de la camioneta se abrió. Una bota negra tocó el suelo. Luego otra.
Y entonces él descendió... Ares. Oscuro. Impecable. Sereno.
Como si hubiera entrado a una sala de gala y no a un tribunal rodeado de fusiles. En sus manos descansaba una ametralladora.
La alzó. No apuntó a nadie. Disparó al techo.
El estruendo de la ráfaga retumbó como un trueno encerrado. Yeso y polvo cayeron desde arriba. Silencio absoluto. Su voz llegó después. Grave, clara e Incuestionable.
—Bajen las armas.
Nadie se movió. Un mercenario cargó su rifle. Otro activó un láser rojo que recorrió lentamente los pechos de los soldados.
Ares dio un paso.
—No voy a repetirlo.
El aire se volvió pesado. Un soldado tragó saliva. Otro apretó el gatillo... El clic seco de veinte rifles enemigos apuntándole al mismo tiempo lo detuvo. Las armas del tribunal comenzaron a bajar.
Una.
Otra.
Otra más.
Hasta que el sonido dominante fue el de metales descendiendo. Ares asintió apenas.
—Bien.
Entonces sus ojos se movieron.
No al juez.
No a los guardias.
No a Xavier.
A Danielle y su expresión… cambió. No fue sonrisa. No fue alivio. Fue algo mucho más peligroso.
Devoción.
Danielle, de pie en medio del caos, ladeó apenas la cabeza. Sus labios se curvaron.
—Llegaste tarde.
Algunos soldados la miraron horrorizados. Como si recién entendieran. Ares avanzó con calma entre los restos de vidrio.
—El tráfico.
Un mercenario a su lado murmuró:
—Perímetro asegurado.
Otro:
—Zona exterior controlada.
El tribunal entero estaba rodeado. Arthur Rogers miró a Danielle, luego a Ares. Comprendiendo. Demasiado tarde.
—Tú… —susurró.
Ares ni siquiera lo miró. Su atención seguía fija en ella.
—Vine a llevarte a casa, mi amor.
Silencio. La tensión se tensó hasta doler. Danielle sonrió un poco más.
—Sabía que vendrías.
Y en ese instante todos entendieron algo aterrador: Esto no era un rescate improvisado. Era un plan. Uno preparado desde antes de que empezara el juicio.
El exterior era un infierno contenido.
Sirenas.
Gritos.
Personas corriendo sin dirección.
El perímetro del tribunal estaba completamente sitiado por vehículos blindados mercenarios, torretas activas, drones flotando como insectos metálicos. Nadie entraba. Nadie salía.
Sobre el cielo gris... Un helicóptero negro giraba en círculos lentos.
Dentro, de pie junto a la compuerta abierta, Asziel Garza observaba la escena con la calma de quien mira una partida ya ganada. Su voz sonó por el intercomunicador interno:
—Sector asegurado. Ruta de extracción limpia. Tienes tres minutos.
Dentro del tribunal… El contraste era sofocante. Decenas de personas estaban de rodillas. Jueces. Soldados. Funcionarios. Testigos. Nadie respiraba fuerte. Nadie se movía.
Ares avanzó, tomó la mano de Danielle con naturalidad, como si la estuviera recogiendo después de una cena elegante y no de un juicio federal sitiado.
Sus dedos se entrelazaron. Ella no dudó.
Caminaron juntos hacia la salida destrozada.
Paso.
Paso.
Paso.
El eco de sus pisadas era lo único que sonaba. Hasta que...
—¡ESPERA!
La voz de Arthur Rogers se quebró en el aire. No fue una orden. Fue una súplica.
—¡Danielle!
Ella se detuvo. Ares no la soltó.
Giró apenas el rostro hacia el juez. Arthur estaba de pie ahora, temblando, la compostura judicial hecha pedazos.
—Dime… —su voz falló—. Dime dónde está mi hijo.
Silencio. Todos miraron a Danielle. Incluso los mercenarios, incluso Xavier. Incluso sus hermanos. Danielle observó al juez durante unos segundos.
No había burla en su expresión. No había crueldad.
Solo una serenidad imposible. Luego… Miró a Ares. Sus dedos apretaron suavemente la mano de él. Volvió a mirar al juez y levantó la otra mano. Lo señaló. Directamente.
—Ahí está.
El mundo se detuvo.
Arthur parpadeó.
—¿Qué…?
Danielle sostuvo el gesto.
—Su hijo.
Silencio absoluto. El aire dejó de moverse. El juez giró lentamente la cabeza hacia Ares.
Lo observó. De verdad lo observó.
Los rasgos.
La postura.
Los ojos.
Algo en su expresión empezó a romperse.
—No… —susurró.
Ares no apartó la mirada de Danielle. Pero habló.
—Hola, padre.
El sonido fue bajo. Calmo e irrefutable. Arthur retrocedió un paso como si le hubieran disparado.
—No... —Otro paso.
Su respiración se volvió errática.
—No… no… mi hijo murió…
Ares ladeó apenas la cabeza.
—Eso le dijeron.
Silencio. Arthur lo miró con los ojos abiertos de par en par.
Buscando.
Negando.
Recordando.
Comparando.
La mandíbula le tembló.
—¿Michael…?
Por primera vez… Ares lo miró directamente y en sus ojos no había odio. Había algo peor...Ausencia de sentimientos.
—Ese nombre murió hace mucho.
Un murmullo recorrió la sala. Xavier no se movía. Pero sus pupilas estaban dilatadas.
Analizando.
Calculando.
Comprendiendo.
Danielle sonrió apenas.
—Experimento “Guerra”.
El susurro fue suficiente. El color abandonó el rostro de Xavier. Arthur lo notó.
Giró hacia él. Luego volvió a Ares. La verdad empezó a encajar como piezas de vidrio roto.
—Tú… —su voz se quebró—. Tú eres…
Ares no respondió. No hacía falta.
Porque Arthur ya lo sabía. El silencio se volvió insoportable. Hasta que desde el intercomunicador en el oído de Ares sonó la voz de Asziel:
— EsTiempo.
Ares soltó el aire con suavidad. Volvió a tomar la mano de Danielle con firmeza.
—Nos vamos.
Nadie se movió para detenerlos. Nadie se atrevió. Arthur solo pudo mirar… Mientras su hijo —al que lloró durante años— se alejaba caminando junto a la mujer más peligrosa del país y no hizo nada.
Porque en el fondo… sabía que ya era demasiado tarde.
Andrea reaccionó tarde.
No por lentitud. Sino porque su mente aún intentaba procesar lo imposible.
El hijo del juez.
El experimento vivo.
El asalto armado.
Danielle libre.
Pero cuando vio que ambos estaban a punto de cruzar la salida destrozada del tribunal… Se levantó de golpe.
—¡Danielle!
Su voz resonó en la sala como un disparo seco. Los mercenarios tensaron las armas. Ares no se detuvo, Danielle sí. Giró apenas el rostro.
Andrea dio un paso adelante, el pulso acelerado.
—No puedes irte así.
Silencio. Las miradas de todos saltaron entre ellas dos. Danielle la observó unos segundos y sonrió.
No era su sonrisa fría.
No era su sonrisa cruel.
Era la misma que usaba cuando algo la divertía de verdad.
—Claro que no.
Andrea frunció el ceño, confundida.
—¿Qué…?
Danielle inclinó levemente la cabeza.
—Porque tú vienes con nosotros.
El mundo se detuvo.
—¿Qué?
No hubo tiempo para nada más. Un mercenario apareció detrás de Andrea como si hubiera salido de la pared. La sujetó con firmeza, levantándola del suelo antes de que pudiera reaccionar.
—¡¿Qué hacen?! —exclamó, forcejeando.
Instinto profesional.
Miedo humano.
Confusión absoluta.
—¡Suéltenme!
Pero el hombre ni siquiera respondió. La cargó con facilidad y empezó a caminar detrás de Ares y Danielle. Andrea miró a Danielle con incredulidad.
—¡Danielle!
—Shh —susurró ella con dulzura peligrosa—. Tranquila, doctora.
Ares abrió la puerta exterior destrozada. El viento entró con fuerza.
Sirenas.
Helicópteros.
Caos.
Danielle la miró por encima del hombro. Sus ojos verdes brillaron.
—Tú querías entenderme. —una pausa—. Ahora vas a hacerlo de verdad.
Andrea sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Esto es un secuestro.
Danielle ladeó apenas la cabeza.
—No. —sonrió un poco más—. Es una invitación obligatoria.
Los mercenarios los rodearon formando un perímetro móvil mientras avanzaban hacia los vehículos blindados.
Detrás… Nadie se atrevió a disparar.
Ni soldados.
Ni jueces.
Ni Xavier.
Porque todos entendían algo instintivamente: Disparar significaba guerra. El helicóptero descendió rugiendo. El viento levantó polvo, papeles, gritos.
Ares soltó la mano de Danielle solo para ayudarla a subir. Luego miró al mercenario.
—A ella también.
Andrea fue alzada dentro. Ares subió último. La compuerta empezó a cerrarse. Antes de que sellara... Danielle miró hacia el tribunal por última vez. Sus ojos encontraron a Xavier.
Sonrió.
No con odio.
Con promesa.
La puerta se cerró. El helicóptero se elevó y el silencio que quedó abajo… Fue más aterrador que el tiroteo que nunca ocurrió.
El interior del helicóptero vibraba con un rugido grave y constante.
Metal.
Viento.
Potencia contenida.
Andrea fue soltada en uno de los asientos laterales. Sus manos temblaban apenas, no por debilidad… sino por adrenalina pura. Sus ojos recorrieron el interior: pantallas tácticas, mapas en tiempo real, armas sujetas con seguros magnéticos, luces frías.
Un centro de guerra volador.
Frente a ella, Ares se quitó los guantes con calma quirúrgica, como si acabara de terminar una reunión de negocios y no un asalto armado a un tribunal federal. Danielle se apoyó contra la pared metálica junto a él, relajada.
Demasiado relajada. Andrea respiró hondo.
—Esto… es una locura.
Nadie respondió.
Ares tocó un panel incrustado en la pared. Un mapa tridimensional apareció, mostrando rutas aéreas, radares activos y señales militares desplazándose como enjambres.
Su voz fue baja. Precisa.
—Activen Operación Espectro.
Uno de los operadores asintió al instante y habló por micrófono:
—Confirmado, señor. Espectro en ejecución.
Andrea frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
Danielle la miró. Sonrió.
No respondió enseguida. Disfrutaba el suspenso.
—Es… —se inclinó un poco hacia ella—. Nuestra forma de desaparecer, doctora.
Andrea sintió un nudo en el estómago.
—¿Desaparecer?
En ese mismo instante el mapa cambió. Señales enemigas aparecieron.
Luego... Desaparecieron.
Una tras otra. Satélites desconectados. Radares cegados. Frecuencias interceptadas. El operador habló:
—Red militar estadounidense fuera de sincronización en este sector. Comunicaciones retrasadas siete minutos. Defensa aérea recibiendo señales falsas.
Andrea abrió los ojos.
—Eso es imposible…
Ares habló sin mirarla.
—No. —pausa—.Es ingeniería.
El helicóptero ascendió más. Las nubes los tragaron. Danielle observó el rostro de Andrea con interés clínico.
—Doctora…
Andrea la miró.
—Lo que viste hoy... —Danielle inclinó la cabeza—. No fue un rescate. —silencio—. Fue un anuncio.
Andrea tragó saliva.
—¿Un anuncio de qué?
Danielle respondió sin apartar los ojos de ella:
—De que el mundo ya cambió.
Un pitido sonó. El piloto:
—Fase cuatro completada. Rastreo perdido.
Otro operador:
—No existimos en ningún radar activo.
Andrea miró a Ares.
—¿Quién eres…?
Él giró apenas el rostro hacia ella. Sus ojos profundamente negros estaban tranquilos. Vacíos. Antiguos.
—Alguien que sobrevivió.
Silencio. Andrea susurró:
—Michael Rogers…
La mirada de Ares no cambió.
—Ese nombre pertenece a un niño muerto.
Danielle apoyó suavemente su cabeza contra el hombro de él.
—Y este… —susurró—, es el hombre que nació de su tumba.
El helicóptero atravesó la capa de nubes. El cielo nocturno se abrió ante ellos. Abajo… El mundo los había perdido.
...----------------...
El helicóptero descendió entre ráfagas de viento salado.
Las hélices agitaron la vegetación tropical que rodeaba la plataforma de aterrizaje oculta entre formaciones rocosas. No había torres. No había radares visibles. No había señales de civilización.
Solo silencio estratégico.
Las compuertas se abrieron. Andrea apenas esperó. Saltó al suelo, apenas dio dos pasos y su cuerpo cedió.
Se inclinó bruscamente y vomitó contra el cemento oscuro, el estómago retorciéndosele por la mezcla brutal de adrenalina, miedo y tensión acumulada. Uno de los guardias soltó una risa corta.
—Primera vez saliendo viva de un secuestro internacional, supongo. —se burlo.
Andrea no respondió. Respiraba con dificultad, apoyada en sus manos, intentando que el mundo dejara de girar.
Entonces una sombra se agachó a su lado.
Danielle. No sonreía con burla.
—Hey… —su voz fue inesperadamente suave—.Respira lento. No mires al horizonte todavía. Eso empeora el mareo.
Andrea alzó la vista, sorprendida. Danielle sostuvo su cabello hacia atrás para que no se ensuciara.
—¿Estás bien?
Andrea parpadeó.
Confusión.
Rabia.
Desorientación.
—Me… secuestraste… –le recordó.
—Sí.
—Y… me estás ayudando… —vio como Danielle se encogió de hombros—. No son cosas incompatibles.
El guardia volvió a reír por lo bajo. Andrea se limpió la boca con el dorso de la mano y entonces… Lo vio.
Ares ya se alejaba hacia el interior de la instalación.
Caminaba junto a un soldado que le hablaba en voz baja mientras le mostraba datos en una tablet táctica. Su silueta era imposible de ignorar.
Alto.
Imponente.
Exactamente dos metros y dos centímetros de presencia silenciosa. No caminaba como un jefe. No caminaba como un criminal.
Caminaba como alguien acostumbrado a que el mundo se aparte. Andrea lo observó fijamente. Algo en su postura, en la economía de sus movimientos, en la calma absoluta de su andar, le produjo un escalofrío.
—No es normal… —murmuró.
Danielle siguió su mirada. Lo contempló también. Su expresión cambió.
Más suave.
Más cálida.
Más peligrosa.
—No. —susurró—. No lo es.
Andrea volvió a mirarla.
—¿Qué es él?
Danielle tardó en responder. Como si eligiera con cuidado la palabra correcta.
—Consecuencia.
El viento agitó el cabello de ambas. A lo lejos, Ares se detuvo un segundo sin girarse… como si hubiera oído algo que nadie más percibió. El soldado a su lado calló al instante.
Ares dijo algo breve. El hombre asintió y se retiró. Andrea lo observó, inquieta.
—Todos aquí le tienen miedo.
Danielle negó suavemente.
—No —sonrió apenas—. Le tienen fe.
Silencio. Andrea sintió un escalofrío más profundo que el anterior. Porque entendió algo instintivamente: No estaba en una base. No estaba en un escondite.
Estaba en el centro de algo. Algo grande. Algo antiguo. Algo que se estaba preparando. Danielle le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie.
—Ven.
Andrea dudó. Pero la tomó.
—Bienvenida al lugar donde el mundo no puede encontrarnos.
Detrás de ellas… El helicóptero ya estaba siendo cubierto por paneles camuflados que emergían del suelo como escamas metálicas.
En menos de treinta segundos… No quedó rastro de que algo hubiera aterrizado allí.
...----------------...
La puerta se cerró tras ellos con un sonido hermético. Silencio.
El cuarto era amplio, moderno, iluminado por una luz tenue y cálida que contrastaba con el acero y la tecnología que dominaban el resto de la base. No había guardias. No había pantallas. No había armas a la vista.
Solo ellos.
Danielle se quedó quieta unos segundos junto a la puerta, observándolo.
Ares estaba de espaldas, quitándose lentamente el abrigo negro. Sus movimientos eran tranquilos, precisos… pero había algo distinto en la tensión de sus hombros.
Algo contenido. Algo esperando.
Dos años. Dos años sin tocarla. Sin olerla. Sin oír su respiración cerca.
Danielle dio un paso. Luego otro. Sus botas apenas sonaron sobre el suelo.
—No vas a mirarme… —susurró.
Ares dejó el abrigo sobre una silla. No respondió. Ella sonrió apenas.
—Pensé que me extrañarías más.
Silencio.
Danielle se acercó hasta quedar a un paso de su espalda. Podía sentir el calor de su cuerpo incluso sin tocarlo. Su voz bajó.
—Ares…
Él giró y el aire cambió. Sus ojos se clavaron en los de ella con una intensidad que no tenía nada de calma. No era violencia.
Era hambre contenida. Una mano grande se alzó despacio. Rozó su mejilla.
El contacto fue mínimo. Pero a Danielle se le erizó la piel como si la hubiera tocado con electricidad.
—Dos años —dijo él en voz baja.
Su pulgar recorrió apenas la línea de su mandíbula.
—Dos años —repitió ella, casi sin aliento.
Ninguno apartó la mirada. El mundo afuera podía arder. No existía. Solo ese metro de distancia. Solo ese silencio cargado. Ares deslizó los dedos hacia su nuca y tiró suavemente de ella.
No fue brusco. Fue inevitable.
Sus frentes se rozaron. Su respiración se mezcló.
—¿Te hicieron daño? —preguntó él.
La voz grave.
Controlada.
Peligrosa.
Danielle negó apenas.
—Intentaron. —una pausa—. Fallaron.
Sus labios se curvaron.
—Siempre fallan.
El pulgar de Ares pasó por el borde de sus labios. Lento. Como si recordara su forma,como si comprobara que seguían siendo reales.
Danielle susurró:
—Pensé que vendrías antes.
—Quería hacerlo. —respondió él.
Silencio.
—Pero si venía antes… —sus dedos se cerraron un poco más en su nuca—. No salía nadie vivo.
El escalofrío que recorrió a Danielle no fue miedo. Fue placer. Sus manos subieron despacio por el torso de él, sintiendo el músculo firme bajo la tela.
—Me gusta cuando dices esas cosas.
Ares inclinó apenas el rostro. Sus labios rozaron los de ella. No fue un beso.
Todavía no. Fue una advertencia.
—Danielle…
Su nombre sonó distinto en su voz.
Más grave.
Más profundo.
Más suyo.
Ella susurró contra su boca:
—Soñé con tu voz todas las noches.
Ares la besó. Esta vez de verdad.
No fue brusco, fue lento. Intenso.
Como si recuperara algo que le habían quitado. Sus manos se deslizaron por su espalda, atrayéndola contra él sin esfuerzo. Danielle se aferró a su cuello, sus dedos perdiéndose en su cabello oscuro.
El tiempo dejó de existir. No había prisa. Porque ya no había distancia.
Cuando el beso se rompió, sus labios quedaron a milímetros. Respirando el mismo aire. Ares apoyó su frente en la de ella.
—Nunca más volveré a dejarte.
Danielle sonrió con los ojos cerrados.
—Lo sé.
Silencio. Sus dedos trazaron la línea de la mandíbula de él.
—¿Sabes qué pensé cuando te vi entrar al tribunal?
—¿Qué?
—Que eso quizas era un sueño… No quería despertar.
Ares rozó su nariz con la de ella.
—No es un sueño. —una pausa, su voz bajó aún más—. Es el principio.
Danielle abrió los ojos.
Verdes.
Brillantes.
Peligrosos.
—Entonces no tardes.
—¿En qué?
Ella sonrió.
—En conquistar el mundo.
Ares sostuvo su mirada. Y por primera vez… Sonrió también. No fue una sonrisa amable. Fue una promesa.
La habitación estaba en penumbra.
Las cortinas apenas dejaban entrar la luz azulada de la noche, y el único sonido era el de dos respiraciones que poco a poco encontraban el mismo ritmo. Las sábanas se habían enredado alrededor de sus cuerpos como si también ellas se resistieran a separarlos.
Danielle yacía recostada sobre el pecho de Ares, su mejilla apoyada contra su piel tibia. Podía oír su corazón. Fuerte. Lento. Seguro. Sus dedos dibujaban círculos distraídos sobre el torso de él.
—Sigue igual… —murmuró ella.
—¿Yo o mi corazón?
Ella sonrió sin levantar la cabeza.
—Ambos.
El pecho de Ares vibró con una risa baja. Una de sus manos descansaba en la espalda de Danielle, moviéndose despacio, acariciándola con una suavidad que nadie habría imaginado posible en alguien como él.
Sus piernas seguían entrelazadas bajo las sábanas. El calor compartido, la cercanía, el roce constante… todo tenía algo hipnótico.
—Pensé en esto muchas veces —dijo ella en voz baja.
—Yo no.
Danielle alzó apenas el rostro.
—¿No?
Los dedos de Ares se deslizaron por su hombro desnudo, subieron por su cuello y apartaron un mechón de cabello de su cara.
—No lo pensé —susurró—. Lo recordé.
Sus miradas se encontraron. El aire se volvió más denso. Danielle apoyó el mentón sobre su pecho, observándolo como si quisiera memorizar cada detalle.
—Te volviste más serio. —observó ella.
—Te volviste más hermosa.
El leve rubor que cruzó el rostro de ella fue casi imperceptible… pero él lo vio. Su pulgar rozó su labio inferior. El contacto fue mínimo.
Suficiente para que su respiración cambiara.
—Extrañé tu voz —confesó Danielle.
—Extrañé tu silencio.
Ella soltó una pequeña risa.
—Mentiroso.
—Solo contigo.
Sus frentes se rozaron otra vez. El silencio volvió, pero no era vacío. Era cálido. Íntimo. Vivo. Danielle deslizó la mano hasta la de él y entrelazó sus dedos.
—¿Sabes qué fue lo peor de estos dos años? —preguntó él.
—¿Qué?
—No poder tocarte.
Ares apretó suavemente su mano.
—Ahora puedes. —dijo ella.
Ella cerró los ojos cuando él inclinó el rostro y besó su sien. Luego su mejilla. Luego la comisura de sus labios.
Besos lentos. Sin prisa. Como si el tiempo se hubiera rendido ante ellos. Su respiración se mezcló otra vez, más profunda, más cálida.
Ares susurró contra su piel:
—No desaparezcas otra vez.
—No lo haré.
Sus brazos la rodearon con firmeza, acercándola aún más, como si quisiera borrar cualquier rastro de distancia que hubiese existido alguna vez. Ella se acomodó contra él, escuchando su corazón otra vez.
Fuerte.
Seguro.
Suyo.
El silencio regresó. Pero esta vez era un silencio satisfecho.
Un silencio lleno. Uno de esos que solo existen cuando dos personas, después de perderse demasiado tiempo… finalmente vuelven a encontrarse.
...----------------...
La cocina estaba casi en penumbra.
El reloj digital sobre la pared marcaba una hora absurda para estar despierta, pero Andrea no tenía sueño. Tenía la espalda apoyada contra la encimera metálica, brazos cruzados, mente trabajando a una velocidad que ni ella misma podía frenar.
Las luces frías del techo zumbaban suavemente. Entonces... Risas. Dos soldados apoyados en la puerta.
—Si yo fuera usted no esperaría, doctora. —dijo uno, con media sonrisa burlona—. La jefa no va a venir.
Andrea no respondió.
El otro soltó una carcajada.
—Sí… debe estar ocupada con el jefe. —insinuó—. Ya sabés… fabricando mini asesinos.
Ambos rieron. Andrea giró la cabeza despacio y los miró. No enojada.... Peor. Analizándolos. El primero se acomodó el arma, divertido.
—¿Qué pasa, doctora? —preguntó uno de ellos—. Si quiere podemos ayudarla con eso también.
Silencio. Y entonces...
—Retírense.
La voz fue tranquila. Suave.
Pero no fue una sugerencia. Los dos soldados se enderezaron de inmediato. Andrea ni siquiera había visto de dónde salió. El joven estaba detrás de ellos.
No era grande como ellos. No era musculoso. No imponía físicamente. Pero la atmósfera cambió igual. Los soldados intercambiaron una mirada rápida y asintieron.
—Sí, señor.
Sin bromas.
Sin protestas.
Se marcharon.
Andrea alzó una ceja. El joven avanzó unos pasos hacia ella. Sus pisadas eran silenciosas, controladas, casi quirúrgicas.
Se detuvo a una distancia prudente.
—Disculpe la interrupción, doctora.
Su voz era educada. Precisa. Sin rastro de arrogancia.
Extendió apenas la mano, no para estrecharla, sino como gesto formal de presentación.
—Conrad Schneider. Jefe de analistas de inteligencia. —se presentó.
Andrea lo recorrió con la mirada de arriba abajo. Evaluación clínica instantánea.
Postura recta → disciplina.
Respiración estable → autocontrol.
Mirada fija → ausencia de inseguridad social.
Manos relajadas → confianza real, no fingida.
—¿Jefe? —preguntó ella—. Pareces estudiante universitario.
—Lo tomo como un cumplido estadístico.
Andrea casi sonrió.
—¿Y siempre apareces a rescatar invitados incómodos?
—Solo cuando el ambiente deja de ser eficiente.
Silencio breve.
Él observó el plato sobre la mesa.
—No ha comido. —observó.
—No tengo hambre.
—Incorrecto —respondió con calma—. Tiene hipoglucemia leve.
Andrea parpadeó.
—¿Perdón?
—Temblor fino en los dedos. Pupilas ligeramente dilatadas. Ritmo respiratorio superficial. Lleva aproximadamente nueve horas sin ingerir glucosa.
Andrea bajó la mirada a sus manos. Temblaban apenas. Volvió a mirarlo.
—¿Siempre analizas así a la gente?
—Siempre.
—Debe ser insoportable vivir dentro de tu cabeza. —bromeo ella.
—No para mí.
Otra pausa. Pero esta vez no era incómoda. Era… interesante. Andrea ladeó la cabeza.
—Si eres el jefe de inteligencia… entonces sabes quién soy.
—Andrea Spencer. Psicóloga forense. Especialista en perfiles de alta peligrosidad. Historial académico sobresaliente. Tendencia a cuestionar narrativas oficiales. Alta resistencia psicológica.
Andrea soltó un suspiro corto.
—Claro que lo sabés.
Conrad inclinó apenas la cabeza.
—Danielle rara vez se interesa en alguien. Cuando lo hace… revisamos.
Andrea frunció el ceño.
—¿Se interesa en mí?
—No en usted como persona. —una leve pausa—. En su mente.
Eso la dejó callada. Por primera vez.
Conrad tomó el plato y lo deslizó suavemente hacia ella.
—Coma. No es prudente enfrentar a Danielle con baja glucosa.
Andrea lo miró fijo.
—¿Eso fue un consejo… o una advertencia?
Los labios de Conrad apenas se curvaron.
—Ambos.
Un sonido lejano.
Pasos. Firmes.
Conrad los oyó primero. Sus ojos se movieron apenas hacia la puerta.
—Llegó.
Andrea sintió cómo su pulso se aceleraba sin querer. Conrad retrocedió un paso, cediendo el espacio como si obedeciera una regla no escrita.
Antes de irse, dijo en voz baja:
—Doctora… una sugerencia profesional.
Andrea no respondió. Solo sostuvo su mirada.
—No intente clasificar a Danielle demasiado rápido.
Se acomodó el reloj.
—Las categorías simples no sobreviven cerca de ella.
Y entonces se marchó. Los pasos se detuvieron justo detrás de Andrea.
El aire cambió. La temperatura pareció bajar. Una voz conocida habló a su espalda.
—¿De qué categorías hablamos?
...----------------...
...Conrad Schneider...
No tardes