Una vez fui la general que nadie pudo doblegar.
Ahora… despierto en una jaula de cristal llamada familia.
Ella murió con traición en la sangre y una espada en el corazón.
Él era su hermano.
Él era su final.
Pero los dioses no entienden de finales.
Elara Voss. Hija legítima.
Olvidada. Humillada. Rechazada.
En su mansión, la hija adoptiva brilla como la estrella que nunca le permitieron ser.
Y todos… todos la adoran.
Excepto que algo dentro de Valeria despierta. Algo antiguo.
Algo que sabe matar con una mirada.
Y hay un secreto que nadie le dijo:
🗣️ Sus pensamientos… no son silenciosos.
La familia los oye.
El prometido los oye.
Pero la impostora… no.
¿Qué pasa cuando una leyenda renace en el cuerpo de la chica que todos ignoran?
¿Y si su voz interior… es la única arma que necesita para destruirlos a todos?
Entre galas de alta sociedad, sonrisas falsas y promesas rotas…
una guerra silenciosa está a punto de estallar.
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┃LA INTRUSA┃ El Renacimiento
La luz cegadora le perforaba los párpados a Lirael como si fueran lanzas de hielo, forzandola a entrecerrar los ojos mientras su conciencia regresaba en oleadas confusas. El último recuerdo era nítido y ardiente: la daga de Kael incrustada en su espalda, mientras la sangre caliente inundaba su armadura, y el juramento de venganza que había pronunciado en silencio mientras la oscuridad la reclamaba en el campo de batalla de Eldoria. Pero en este momento no existía ese polvo ni esos gritos de guerra; solo había un silencio extraño, que fue interrumpido solamente por el zumbido suave de algo mecánico y el aroma limpio de las sábanas recién lavadas.
Lirael finalmente logró abrir los ojos por completo. Y cuando lo hizo sus ojos se posaron en el techo que era blanco, liso, iluminado solo por una luz fría que no provenía para nada de antorchas ni velas. Sentía su cuerpo distinto a lo que era: más pequeño, más ligero, más delicado, era como si hubiese retrocedido algunos años en el tiempo. Entonces intentó incorporarse y un dolor agudo le latió en la frente. Al posar su mano allí, tocó un pañuelo grueso vendandola, era húmedo pero aún contenía algunas manchas de sangre seca.
Con las piernas temblorosas, logró levantarse de la cama y caminó hasta el espejo que se encontraba colgando en la pared opuesta. Y lo que vió en él la dejó sin aliento.
Era ella... Y a la vez, no lo era.
El rostro que le reflejaba el espejo tenía sus mismos rasgos afilados y orgullosos, pero eran más jóvenes, casi adolescentes. Tenía el cabello negro azabache que le caía en ondas hasta los hombros, eran idénticos a los suyos. Sin embargo, los ojos —esos ojos que en Eldoria habían sido azules como los cielos de Valthar— ahora eran de un azul intenso, más profundo, eran como un océano tormentoso antes de la batalla. Un azul que podría cortar como el acero.
«He renacido», pensó Lirael, y la certeza le había golpeado el pecho como si fuese un martillo de guerra. Los dioses o el destino habían escuchado su juramento. Y le habían concedido una nueva vida y un nuevo cuerpo... uno que, por algún motivo cruel o caprichoso, mantenía su esencia pero con algunas diferencias sutiles. Lirael volvió a tocar el vendaje nuevamente, pero cuando lo hizo unas preguntas inundaron su mente. ¿Qué herida era esta? ¿Qué vida había heredado?
Y antes de que siquiera pudiese procesarlo, un estruendo brutal sacudió la habitación. La puerta fue pateada con brutalidad, astillandose contra la pared. Entonces cuatro personas irrumpieron en la habitación como una tormenta.
Un hombre alto con el cabello oscuro y una expresión furiosa. También una mujer de porte elegante, que traía unas joyas brillantes en el cuello, con los ojos llenos de decepción. Un joven de unos veinte años quizás, que era idéntico al hombre pero con la mandíbula apretada de la rabia. Y, detrás de todos ellos, finalmente había una chica con el pelo castaño claro y los ojos grandes, con lágrimas perfectas rodando por sus mejillas, fingiendo fragilidad.
—¡Elara! —rugió el joven, mientras se aproximaba hacia ella—. ¡Cómo te atreves a empujar a Ariana por las escaleras! ¡Podrías haberla matado!
La mujer mayor se llevó una mano hacia el pecho y fue la segunda en hablar. —¡Por qué siempre tienes que estar celosa, Elara! Ariana siempre ha sido parte de esta familia desde antes de que tú regresaras. ¡Al igual que tú, ella también es nuestra hija, y tú la tratas como si fuera una intrusa!
El hombre —el padre, evidentemente— no dudó en también mostrar su desaprobación ante su hija con la voz grave y fría: —Esta vez has ido demasiado lejos. Ariana lleva años con nosotros, nos ha dado alegría cuando tú... cuando creíamos que ya te habíamos perdido para siempre.
Y en ese instante, como si fuese una avalancha, los recuerdos de la dueña original del cuerpo no dudaron en golpearle la cabeza con brutalidad.
Elara Voss, la hija legítima de Víctor y Miriam Voss, una de las familias más ricas y prestigiosas del país. Cuando contaba con apenas cinco años, durante un viaje familiar, se había perdido en una feria rural. Desde ese entonces la buscaron durante meses, años. Y al no obtener ningún resultado positivo y cuando no habían recibido respuestas de que ella seguía viva, la dieron por muerta. Mientras tanto, los Voss, destrozados por el dolor, acogieron a Ariana, una niña huérfana que habían encontrado en un orfanato. Y desde ese momento Ariana se había convertido en su consuela, en su princesita y en su única hija de corazón.
Pero diez años después, milagrosamente habían logrado encontrar a Elara. Quién había sido recogida por una humilde familia campesina de un pueblo lejano, criada como una más de sus hijos, trabajando la tierra, sin lujos ni recuerdos de su anterior vida. Y cuando finalmente lograron traerla de vuelta a su hogar , Elara era una completa extraña en su propia casa.
Ariana, que había estado disfrutando de una buena vida y de ser la única hija durante una década, la única heredera de la fortuna, el cariño, los regalos, la atención de los padres y el hermano mayor, se sintió en peligro de manera inmediata. Temía que si Elara regresaba a la casa lo perdiera todo. Así que empezó a maquinar una campaña lenta y venenosa para deshacerse de la “intrusa”.
Al principio solo fueron cosas pequeñas: como hacer pedazos un jarrón y echarle la culpa a Elara, decir que Elara la había insultado cuando nadie las oía, llorar en los momentos precisos para ganarse la compasión de todos. Y con el paso del tiempo las cosas escalaron: Ariana escondía documentos importantes y acusaba a Elara de haberlos robado, y difundía rumores en la escuela privada de que Elara era “salvaje” solo porque había crecido en el campo.
El último incidente había sido esa misma mañana. Ariana , desesperada porque los padres empezaban a mostrar más interés por su hija biológica, decidió confrontar a Elara en lo alto de la escalera de mármol.
—“Esta casa es mía. Y tú no perteneces aquí”—le reprochó Ariana mientras la miraba de reojo. —Mejor vuelve a tu campo, porque aquí nadie quiere a una paleta como tú”.
Entonces Ariana escuchó como unos pasos se aproximaban hacia ellas, y aprovechó el momento exacto en el que Elara se había descuidado y tomó de su mano y se tiró escaleras abajo. Y cuando finalmente, los padres y los hermanos de Elara vieron a Ariana caer, inmediatamente corrieron hacia ella.
—“Papá, mamá, por favor, no culpen a la hermana, ella no quiso hacerlo. Tal vez todo es mi culpa por quitarle su lugar, quizás debería irme".
El hermano mayor, Damien, quien había llegado primero. Cegado por los años de lealtad y cariño hacia Ariana, subió corriendo las escaleras hacia Elara, su propia hermana de sangre y la empujó también escalares abajo en un arrebato de ira. Elara cayó al suelo, golpeándose la cabeza con el último escalón. Y la sangre no tardó en brotar. Pero a ellos no le importó, porque su única preocupación era el bienestar de Ariana y la dejaron allí tirada mientras atendían a Ariana quien fingía tener dolores de cabeza exagerados. Un sirviente que había pasado por allí la encontró tirada en el suelo desangrándose y la llevó finalmente a su habitación, pero el dañó ya estaba hecho: la original Elara había muerto desangrándose, sola, abandonada y traicionada por su propia familia a la que una vez amo, y juró proteger.
Una vez que los recuerdos terminaron tan bruscamente como habían llegado. Elara —ahora habitada por el alma guerrera de Lirael— respiraba con dificultad, mientras permanecía de rodillas en el suelo. Damien su hermano se acercó a ella y la tomó del brazo con brutalidad, levantandola casi de un tirón.
—¡Discúlpate con Ariana ahora mismo! —le exigió, mientras sus dedos se hundían en su carne—.Si no lo haces, no me culpes por como reaccione después.
«Ya que he renacido en el cuerpo de esta niña y en esta familia. Me encargaré de cobrar justicia por ti con mis propias manos. Limpiaré tu nombre, y recuperaré el lugar que te pertenece, empezando por esa impostora que usurpó tu lugar, tú familia y tu vida».
Con un movimiento seco y preciso —heredado de miles de horas bajo entrenamientos intensivos en Eldoria—, Elara se safó del agarre de Damien, logrando ponerse de pie de manera erguida. Sus ojos, esos ojos azules que antes habían estado llenos de alegría, ahora brillaban con una frialdad que nadie en esa habitación había visto jamás.
—¿Acaso los cuervos les han comido el cerebro a todos? —preguntó con la voz calmada pero afilada como si fuera una espada recién forjada.