Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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Mercancía
Andrés continuaba desplegando su falsa sonrisa, esa solidaridad de escaparate que solo reservaba para los extraños y las cámaras. Era un actor consumado en su propia función de "hombre de familia" y "filántropo", hasta que la vibración de su teléfono rompió el encanto.
Se apartó hacia un balcón privado, lejos del murmullo de los brindis.
—¿Quién habla? —espetó con el tono déspota de quien se cree dueño del mundo.
—¿Hablo con Andrés Lara? —respondió una voz rasposa, cargada de una amenaza que habría hecho temblar a cualquiera.
—¿Quién es y qué quiere? No tengo toda la noche —replicó Andrés, su paciencia agotándose ante lo que consideraba una interrupción molesta.
Al otro lado de la línea hubo un silencio pesado. El captor, acostumbrado a tratar con familiares desesperados y sollozos, detectó una falta de humanidad que lo desconcertó. Aun así, procedió con su guion:
—Tenemos a su esposa, Lara. Si quiere volver a verla con vida, no llame a la policía y espere nuestras instrucciones para el rescate.
En lugar de pánico o furia, una risa seca y gélida escapó de la garganta de Andrés. Para él, Elena no era su compañera; era una cadena pesada, un trámite que deseaba tachar de su lista de tareas pendientes.
—Espero que sea cierto lo que dicen —respondió él, con una calma que erizaba la piel—. Porque si no es así, yo mismo les pagaré para que se deshagan de ella. No me vuelvan a molestar a menos que sea para decirme que ya no existe.
Sin esperar respuesta, cortó la comunicación. Guardó el teléfono en su esmoquin y se ajustó los puños de la camisa. Con la misma frialdad con la que acababa de sentenciar a muerte a su esposa, regresó a la gala, saludando a un inversionista con una copa de champán en la mano. Nada había cambiado en su mundo.
En realidad, Elena solo había sido el peaje que tuvo que pagar para acceder a una fortuna que no le pertenecía. La historia de las hermanas era un nudo de resentimiento: la madre de ambas había tenido un desliz de juventud del que nació Alana, una hija sin apellido de peso. Años después, tras casarse con el magnate Alfredo De La Vega, nació Elena. Al morir Alfredo, el testamento fue un golpe de mazo para Alana: él le había dejado todo el imperio a su "única hija legítima", la "tonta" de Elena, dejando a Alana en una miseria dorada, dependiendo de las migajas y la caridad de su hermana menor.
Andrés no amaba a Elena; amaba el control sobre el dinero de los De La Vega. Y ahora que los delincuentes habían hecho el trabajo sucio por él, el camino hacia el poder absoluto estaba finalmente despejado.
Elena se había rendido. Las palabras de Andrés, transmitidas por el altavoz con una frialdad quirúrgica, habían sido más letales que cualquier arma. Había enterrado sus sueños, su identidad y su futuro para que él brillara, solo para descubrir que ella no era más que un estorbo en su ascenso.
—¿Escuchaste eso, muñeca? —susurró uno de los sujetos, inclinándose tanto que Elena pudo sentir su aliento fétido contra su oreja—. Tu flamante esposo está dispuesto a pagarnos para que te borremos del mapa. No vales nada para él.
Elena no emitió ni un solo sonido. Las lágrimas caían en silencio, empapando la mordaza, mientras su mundo se terminaba de desintegrar. El dolor físico de las cuerdas no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho.
—Jefe, no podemos simplemente deshacernos de ella —intervino otro, recorriendo el cuerpo de Elena con una mirada lasciva que la hizo sentir sucia—. Esta joyita tiene clase. En el mercado adecuado, podemos sacar diez veces lo que ese infeliz nos ofrezca por su cabeza.
Elena, acostada en forma fetal sobre el concreto frío y húmedo del almacén abandonado, temblaba con tal intensidad que sus dientes castañeaban. La luz amarillenta del techo parpadeaba, proyectando sombras deformes en las paredes descascaradas.
—Antes de venderla, podríamos divertirnos un poco, ¿no? —sugirió un tipo gordo de sonrisa podrida, cuya mera cercanía emanaba un olor nauseabundo a sudor y tabaco. Dio un paso hacia ella, relamiéndose los labios.
—La regla es clara: no se toca la mercancía —sentenció el jefe de la banda con una autoridad cortante—. Un solo rasguño y su valor cae a la mitad. La queremos intacta para el comprador.
El aire que Elena mantenía retenido en sus pulmones salió en un suspiro tembloroso de alivio momentáneo. Sin embargo, la tregua era amarga. Sabía que "mercancía" era ahora su nuevo nombre y que su destino final sería un infierno peor que ese almacén si no reaccionaba.
En medio del terror y la desolación, algo dentro de ella cambió. El llanto se detuvo. Sus ojos azules, antes nublados por la devoción hacia Andrés, empezaron a observar el entorno con una claridad desesperada. Si su familia la había abandonado, ella era lo único que le quedaba en el mundo. Tenía que escapar, o morir en el intento.
Mientras Elena sufría la peor de las humillaciones al ser tasada como simple mercancía, Alana se embriagaba del estatus que el apellido de su hermana le otorgaba. Bajo las luces de cristal, Alana no era la hermana resentida; era una aparición angelical. Su sonrisa, ensayada frente al espejo, y su elegancia innata capturaban los suspiros de una audiencia que la admiraba sin sospechar que, bajo esa seda, latía un corazón oscuro.
—Señorita De La Vega, se ve usted sencillamente radiante esta noche —la halagó un joven atractivo, deteniendo su andar frente a ella.
—Gracias, señor Saavedra. Es usted muy amable —respondió Alana, inclinando la cabeza con un coqueteo sutil y letal que no pasó desapercibido para los ojos de Andrés.
Desde el otro extremo del salón, Andrés observó la escena. Sus puños se cerraron con tal fuerza que los nudillos se tornaron blancos. Sus ojos, negros y gélidos como una noche de tormenta, se fijaron en la pareja mientras cruzaba el salón con una zancada depredadora.
—Lissandro, qué gusto encontrarte —saludó Andrés, forzando una cordialidad que le quemaba la garganta mientras tragaba sus celos como si fueran veneno.
—Lo mismo digo, Andrés. Una gala de caridad impecable —respondió Lissandro, antes de buscar algo en los alrededores—. Aunque no he visto a tu esposa por aquí. Me extraña no ver a Elena liderando este evento.
Andrés llevó el vaso de whisky a sus labios, ocultando la sombra de una sonrisa perversa tras el cristal.
—Elena se sintió indispuesta a último momento —mintió con una desfachatez aterradora—. Prefirió quedarse en la seguridad de casa, descansando.
—Es una verdadera lástima, esperaba saludarla —concluyó Lissandro con sinceridad.
Andrés asintió, pero en su mente la palabra "seguridad" era una broma macabra. Lissandro Saavedra era un joven empresario que acababa de entrar en el estanque de los grandes tiburones. Andrés siempre lo había subestimado, viéndolo como un principiante sin garras, pero esa noche, al ver cómo miraba a Alana y cómo preguntaba por la heredera de los De La Vega, empezó a verlo como lo que realmente era: un peligro inminente para sus planes de control absoluto.
La orquesta seguía tocando, el champán seguía fluyendo y nadie en esa sala imaginaba que el precio de aquella fiesta era la vida de la mujer que les había dado todo.