Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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5. ¿Quién demonios eres tú?
El pitido constante del monitor cardíaco marcaba un ritmo regular en la habitación blanca, demasiado blanca, como si el mundo hubiera sido reducido a luz artificial y olor a antiséptico. Estrella abrió los ojos con lentitud, sintiendo que el peso de sus párpados era casi insoportable, y durante unos segundos no supo si estaba despertando o cayendo en otro sueño.
La claridad del techo la obligó a entrecerrar los ojos, y al intentar incorporarse, un dolor punzante le atravesó el costado con una violencia que le arrancó un gemido involuntario. Su mano voló hacia el vendaje, notando la presión firme de las gasas y la tirantez de la piel herida. Tragó saliva. El aire le supo extraño.
- “¿Dónde estoy?”, pensó, confundida, mientras sus dedos rozaban el frío metal de la barandilla de la cama. La textura áspera del plástico del colchón bajo su cuerpo le recordó a algo, pero no lograba precisar qué.
- “Necesito a mis padres”, murmuró, su voz ronca y quebradiza, como si no la hubiera usado en días.
Estrella respiró más fuerte, tratando de aclarar su voz, puesto que se sentía agotada.
- “Y Gustavo. ¿Dónde está mi prometido?”, preguntó Estrella.
El nombre quedó suspendido en el aire como una pieza fuera de lugar.
Desde la esquina de la habitación, una figura se movió. Lucio, que había permanecido sentado junto a la ventana durante horas, se puso de pie con una lentitud calculada, como si cualquier gesto brusco pudiera romper algo más que el silencio.
Escuchar el nombre de otro hombre en sus labios le produjo una punzada sorda, pero no permitió que se reflejara en su rostro. Se acercó a la cama y se detuvo a una distancia prudente, lo bastante cerca para verla, lo bastante lejos para no invadirla.
- “Estrella, tus padres ya no están, mi vida”, su voz era un susurro áspero, cargado de algo que ella no podía entender.
Ella frunció el ceño, sus cejas perfectamente depiladas arqueándose en una expresión de incredulidad. Giró la cabeza con dificultad hacia él, estudiando su rostro como si fuera la primera vez que lo veía. Sus ojos, aún nublados por la medicación, recorrieron su expresión, descendieron por la línea severa de su mandíbula, se detuvieron en la cicatriz que cruzaba uno de sus nudillos. Había algo inquietantemente familiar en él, aunque su mente no lograba encajarlo en ningún recuerdo.
- “¿Quién demonios eres tú?”, preguntó Estrella, con un tono que mezclaba desdén y algo más, algo que no lograba identificar.
Su mirada se posó en sus manos grandes. Lucio sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones, pero no apartó la mirada.
- “Y no me llames "mi vida". Ni siquiera sé quién eres”, expresó Estrella.
Lucio tragó saliva, sintiendo cómo el peso de meses de amor se le acumulaba en el pecho.
- “Soy Lucio, alguien que te ama”, dijo, acercándose un poco más, lo suficiente para que ella pudiera oler el sudor y el humo que aún impregnaban su camisa.
- “De qué habla usted, señor. Yo tengo mi novio y me voy a casar con alguien de mi edad, es mi compañero de la universidad”, replicó Estrella.
- “Cariño, tú ya terminaste la universidad hace muchos años, tienes hasta un doctorado en Finanzas, a tus casi cincuenta años eres una mujer extraordinaria”, dijo Lucas.
Ella soltó una risotada incrédula, pero el sonido se cortó cuando un dolor punzante le recorrió el costado. Se llevó una mano al vendaje, sintiendo la humedad del sudor frío bajo las gasas.
- “Cincuenta años”, repitió ella, como si la idea fuera absurda. “Tengo veinte, idiota. Y dentro de tres días me caso con Gustavo. Así que, si no vas a traerme a alguien que sí me conozca, sal de aquí”, añadió frunciendo la frente.
Lucio dio un paso más cerca cuando notó que el cobertor se deslizaba de su hombro y, con un gesto cuidadoso, lo acomodó de nuevo sobre su cuerpo.
El roce de sus dedos contra la piel de su muñeca fue leve, casi accidental, pero suficiente para provocar una reacción inesperada.
El escalofrío que recorrió a Estrella no tuvo nada que ver con el frío del hospital. Fue un calor lento, profundo, que se extendió desde el punto de contacto hasta su vientre, despertando una sensibilidad que no sabía explicar. Su respiración cambió, apenas perceptible, y ella apartó la mano con brusquedad, como si el contacto hubiera sido indebido.
- “No me toque”, susurró Estrella.
Lucio retiró la mano de inmediato, aunque el impulso de volver a rozarla fue casi insoportable. Se obligó a mantener la distancia, consciente de que cualquier gesto mal medido podría hacerla retroceder aún más.
- “No iba a hacerlo. No así”, respondió con suavidad.
Ella lo observó de nuevo, esta vez con una mezcla de desconfianza y algo más difícil de nombrar. Sus ojos descendieron, casi sin querer, hacia la boca de él, como si buscaran en esa curva alguna pista que justificara la inquietud que le recorría el cuerpo.
- “¿Qué quiere decir con “no así”?”, preguntó Estrella, y su voz perdió parte de su dureza inicial.
Lucio sostuvo su mirada con una intensidad que no era agresiva, sino contenida.
- “Que antes eras tú quien me buscaba. Y no había nada en el mundo capaz de detenerte”, dijo él con un hilo de voz que parecía arrastrar recuerdos demasiado vivo.
El corazón de Estrella se aceleró sin permiso. No entendía por qué esas palabras despertaban imágenes borrosas, sensaciones que no tenían forma pero sí temperatura. Sintió una presión baja en el vientre, un latido interno que la desconcertó más que cualquier dato sobre su edad.
- “Eso no es posible”, insistió Estrella, aunque la seguridad ya no era absoluta.
Lucio dio un paso atrás, como si entendiera que la tensión estaba alcanzando un punto peligroso.
- “No voy a tocarte. No hasta que me recuerdes. No hasta que me mires y sepas quién soy, hasta que tú misma me busques”, aseguró Lucio.
Esa promesa, pronunciada con firmeza y no con desafío, alteró algo en ella más profundamente que cualquier insinuación. Por un instante, Estrella sintió una extraña decepción al escucharla, como si una parte de su cuerpo hubiera esperado que él desobedeciera.
Fue entonces cuando Lucio, con una determinación que parecía venir de un lugar más racional que emocional, supo que debía hacer, ante una Estrella que no lo recordaba.
- “Llamaré a tus hijos. Ellos podrán explicarte todo mejor que yo”, dijo Lucio.
La palabra cayó como un golpe seco.
- “¿Hijos? Eso es imposible”, repitió ella, y el color abandonó su rostro.
Y, sin embargo, el eco de esa idea resonó en algún rincón profundo de su ser, un rincón que aún no recordaba, pero que empezaba a despertar.