SEGUNDA PARTE DEL CUARTO LIBRO PRINCIPAL DE LA COLECCIÓN HURMAYA
Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 9. La conexión de las almas
El viento del norte golpeaba como si tuviera intención de derribarlos, como si más allá de las leyes de la naturaleza, hubiera algo más fuerte, que obligara al viento a obedecerle.
Las montañas parecían observarlos mientras el grupo avanzaba entre la nieve endurecida. Ghian iba al frente, con el rostro cubierto por el manto y los ojos fijos en el horizonte. Detrás, los veinte hombres elegidos guardaban silencio; incluso los caballos parecían comprender que hablar demasiado en ese lugar podía despertar cosas que no dormían del todo.
El frío no era el problema. Era el aire, que pesaba, como si tuviera vida propia. Los soldados lo sentían en el pecho, como si respiraran a través de una telaraña invisible. Desde hacía horas, algunos decían oír voces, fragmentos de nombres, susurros que imitaban el tono de los seres queridos que habían dejado en casa. Ghian no lo decía, pero también las oía. En su caso, era Kiara. O algo que fingía ser ella.
- “Mantengan la formación”, ordenó Ghian, sin mirar atrás; con la misma autoridad que alguna vez su padre comandó batallones, pero con una mirada más serena.
El general Modig asintió y dio la señal. Las montañas se abrieron en un valle pequeño, donde el hielo parecía derretirse desde abajo. El suelo vibraba de forma tenue, como un corazón inmenso latiendo bajo la tierra.
Esa noche acamparon junto a una cueva. Ghian apenas probó bocado. El fuego chispeaba, y el humo parecía formar figuras humanas por un instante antes de disiparse. Cuando al fin cerró los ojos, el sueño lo arrastró con violencia.
Dos figuras lo esperaban en medio de un vacío blanco, una mujer cubierta por un velo plateado y un hombre de mirada luminosa. No hablaban, pero él los conocía sin saber cómo. Los rostros de sus abuelos, despojados de forma humana. La diosa del Perdón y el dios de la Sanidad, su linaje; aquel que lo conectaba a una fuerza que en el fondo no quería despertar.
Ambos extendieron las manos, y entre ellos apareció Kiara, encadenada, envuelta en un resplandor verde que la consumía poco a poco. La energía trataba de fusionarse con ella. El dios levantó su palma, el brillo blanco lo envolvió todo, y Ghian despertó sobresaltado.
Sus manos resplandecían con una luz blanco-azulada. No era fuego ni magia conocida; era algo más antiguo. La sanidad y el perdón intentando coexistir en su cuerpo.
El general Modig se acercó alarmado.
- “¿Alteza? ¿Está bien?”, preguntó Modig.
Ghian respiró hondo, cubriéndose las manos con los guantes.
- “Es solo el reflejo del fuego”, mintió Ghian, sabía por su padre, que si se conectaba a su parte divina, nunca volvería a ser el mismo, el tiempo no pasaría para él, y tenía ser también instrumento, como alguna vez lo fue su padre.
Al amanecer, el valle los llevó a un cráter inmenso. Desde el centro emanaba una luz verde que pulsaba como un corazón vivo. Los hombres retrocedieron. Ghian avanzó solo.
La energía se agitó y tomó forma: un corazón latiendo suspendido en el aire. Dentro de él, por un segundo, Ghian creyó ver a Kiara. Pero no era ella del todo. Su rostro cambiaba, su voz se quebraba entre súplica y rabia. Detrás, la sombra de Odio moldeaba el resplandor, intentando rehacerla a su imagen.
- “Kiara”, susurró Ghian, extendiendo una mano.
Por un instante, ella lo escuchó. Sus almas se tocaron, aunque los cuerpos estuvieran a mundos de distancia. Vio el encierro, las cadenas, el dolor. Ella, a su vez, vio las montañas, la nieve, el corazón verde. Se buscaron, se rozaron, y cuando parecía que el contacto sería real, la energía estalló.
Ghian cayó de rodillas. El suelo tembló. Raíces de luz salieron de la tierra, envolviéndolo. No lo atacaban, lo protegían, sellando algo dentro de él. Los soldados lo vieron arrodillado en medio del cráter, cubierto por una luminiscencia que los cegó.
Desde lo alto del valle, una figura encapuchada observaba en silencio.
- “Ha comenzado”, murmuró la voz.
Y, muy arriba, en el límite del cielo, tres luces cruzaron el firmamento al mismo tiempo: las auroras Beatriz, Eliana y Rocío.
El cielo se abrió apenas un segundo, como si alguien, desde otro plano, hubiera querido mirar hacia abajo. La era de los mortales estaba a punto de cambiar.