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Nos Queríamos En Silencio

Nos Queríamos En Silencio

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor de la infancia
Popularitas:481
Nilai: 5
nombre de autor: samuel luna

Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.

NovelToon tiene autorización de samuel luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 8: La primera cita

Durante los siguientes días descubrí que había algo mucho más difícil que confesarle a tu mejor amigo que estabas enamorada de él.

Actuar con normalidad después de hacerlo.

Porque ahora cada mirada de Daniel parecía tener un significado diferente.

Cuando me sonreía, ya no podía convencerme de que era simplemente la sonrisa de mi mejor amigo.

Cuando rozaba mi mano al caminar, sentía un pequeño escalofrío.

Cuando me preguntaba si había dormido bien, ya no escuchaba solamente preocupación.

Escuchaba cariño.

Y lo peor era que yo también había cambiado.

Ahora podía mirarlo directamente y saber que él sentía lo mismo.

Eso debería haber hecho las cosas más fáciles.

Pero no.

El jueves por la mañana llegué a la universidad unos minutos antes de lo habitual. Me senté en una de las mesas del pasillo y saqué mis apuntes, aunque llevaba casi cinco minutos mirando la misma página sin entender una sola palabra.

—Estás leyendo la misma línea desde que llegué.

Levanté la cabeza.

Daniel estaba frente a mí con dos vasos de café.

Sonreí.

—¿Me estabas observando?

—Un poco.

Me entregó mi café.

—Sin azúcar.

—Como siempre.

—Como siempre —repitió.

Y esa frase tan sencilla consiguió ponerme nerviosa.

Porque ya no era solamente una costumbre.

Era una de esas pequeñas cosas que llevábamos años haciendo sin preguntarnos por qué.

Daniel se sentó frente a mí.

—¿Estás nerviosa?

—No.

Me miró.

—Mentira.

—Un poco.

—Yo también.

Eso me sorprendió.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Porque hoy es nuestra primera cita.

Bajé la mirada hacia el café.

Nuestra primera cita.

Las palabras sonaban extrañas y bonitas al mismo tiempo.

—Todavía me cuesta decirlo —admití.

—A mí también.

—¿Y si todo cambia?

Daniel dejó su vaso sobre la mesa.

—Ya cambió.

Lo miré.

—¿Eso es malo?

—No necesariamente.

Estiró la mano sobre la mesa y tomó la mía.

—Solo significa que ahora tenemos que descubrir qué hacer con todo esto.

Entrelacé mis dedos con los suyos.

—¿Y si lo hacemos mal?

Daniel sonrió ligeramente.

—Entonces lo hablamos.

—¿Y si nos hacemos daño?

Su expresión cambió.

Esta vez no respondió inmediatamente.

—Entonces también lo hablamos.

—¿Y si perdemos nuestra amistad?

Me miró directamente.

—No quiero perderte.

Sentí un nudo en la garganta.

—Yo tampoco.

—Por eso quiero hacerlo bien.

Apreté suavemente su mano.

—Despacio.

—Despacio.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Y, curiosamente, ese silencio ya no se sentía como antes.

Antes, nuestro silencio estaba lleno de cosas que ninguno se atrevía a decir.

Ahora estaba lleno de cosas que ya sabíamos.

---

Por la tarde, Daniel pasó por mí.

Cuando abrí la puerta y lo vi, tuve que contener una sonrisa.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—Es que nunca te había visto tan arreglado para verme.

Miró su camisa.

—¿Está mal?

—No.

—¿Demasiado?

—Un poco.

—Perfecto. Entonces me cambio.

Lo agarré del brazo antes de que pudiera darse la vuelta.

—No.

Sonrió.

—Entonces te gusta.

—No dije eso.

—Pero tampoco dijiste que no.

Puse los ojos en blanco.

—Vamos.

—Sí, señorita.

Caminamos varias calles sin que ninguno preguntara exactamente a dónde íbamos.

Finalmente llegamos a un pequeño restaurante que conocíamos desde hacía años.

Me detuve.

—¿Aquí?

Daniel asintió.

—Pensé que sería mejor empezar por algún lugar que ya conocemos.

Lo miré con una sonrisa.

—¿Porque tienes miedo?

—Muchísimo.

Me reí.

—No pareces tener miedo.

—Estoy fingiendo.

Entramos.

La noche comenzó de una manera extraña.

No porque fuera incómoda.

Sino porque todo parecía demasiado familiar.

Hablamos de nuestras clases, de profesores, de cosas absurdas que habíamos visto durante la semana.

Nos reímos.

Discutimos por quién había elegido peor el plato.

Incluso terminamos recordando una historia de cuando teníamos diecisiete años.

Por momentos parecía que simplemente estábamos teniendo una noche cualquiera.

Hasta que Daniel tomó mi mano debajo de la mesa.

Entonces recordé.

No era una noche cualquiera.

Era nuestra primera cita.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Otra vez estás haciendo eso.

—¿Qué cosa?

—Mirándome como si quisieras decirme algo.

Sonreí.

—Tal vez sí quiero.

—Entonces dilo.

Respiré profundamente.

—Me gusta esto.

—¿La comida?

—No.

Daniel sonrió.

—Entonces...

—Esto.

Levanté nuestras manos entrelazadas.

—Estar así contigo.

Su sonrisa desapareció lentamente, sustituida por una expresión mucho más tierna.

—A mí también.

Después de cenar caminamos sin rumbo.

La ciudad estaba tranquila y las luces de los edificios se reflejaban sobre las calles.

Daniel caminaba a mi lado.

Por primera vez no sentí la necesidad de esconder que quería estar cerca de él.

Apoyé mi cabeza sobre su hombro.

Él no dijo nada.

Simplemente pasó un brazo alrededor de mí.

Y seguimos caminando.

Hasta que llegamos al mismo lugar donde habíamos tenido nuestro primer beso.

El pasillo de la universidad.

Ahora estaba vacío.

Me detuve.

Daniel también.

—Qué casualidad —dije.

—No fue casualidad.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué?

—Quería venir aquí.

—¿Por qué?

Se acercó un poco.

—Porque aquí empezó todo.

Sentí que el corazón me latía más rápido.

—Daniel...

—No quiero apresurarte.

—No lo haces.

—Solo quería que supieras algo.

—¿Qué?

Me miró a los ojos.

—No me arrepiento.

Sonreí.

—Yo tampoco.

Se inclinó lentamente.

Esta vez no hubo sorpresa.

No hubo miedo.

Solo cerré los ojos y esperé.

Sus labios tocaron los míos.

Fue un beso breve.

Tranquilo.

Diferente al primero.

Porque esta vez ninguno de los dos estaba descubriendo lo que sentía.

Ya lo sabíamos.

Cuando nos separamos, Daniel apoyó su frente contra la mía.

—Creo que voy a tener que acostumbrarme a esto.

—¿A qué?

—A poder besarte.

Me reí.

—Yo también.

—Aunque...

—¿Qué?

—Creo que podría acostumbrarme bastante rápido.

Le di un pequeño golpe en el brazo.

—Idiota.

—Tu idiota.

Me quedé mirándolo.

Aquellas dos palabras hicieron que mi sonrisa desapareciera por un segundo.

No porque me molestaran.

Sino porque todavía estaba aprendiendo a aceptar que ahora podía tener aquello que durante años había creído imposible.

Daniel lo notó.

—¿Estás bien?

Asentí.

—Sí.

—¿Segura?

—Sí.

Lo abracé.

—Solo estoy feliz.

Él me abrazó con más fuerza.

Y durante unos segundos no pensé en el futuro.

Ni en lo que podía salir mal.

Ni en las opiniones de los demás.

Ni en el miedo.

Solo pensé en algo mucho más sencillo.

Después de tantos años queriéndolo en silencio...

por fin podía quererlo sin esconderme.

Pero mientras regresábamos a casa, mi teléfono vibró.

Miré la pantalla.

Era un mensaje de un número que no tenía guardado.

Solo decía:

“Necesitamos hablar. Sobre Daniel.”

Me quedé quieta.

Daniel se dio cuenta.

—¿Qué pasó?

Levanté lentamente la mirada.

Y por primera vez desde nuestra confesión, sentí que el miedo volvía.

Porque parecía que nuestra historia apenas estaba comenzando.

Y alguien más acababa de decidir entrar en ella.

1
Julián
excelente
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