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De Sirvienta Low-Rank a Luna

De Sirvienta Low-Rank a Luna

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Centrado emocionalmente / Hombre lobo / Romance paranormal / Casada Con Mi Ex's Familiar
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.

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Capítulo 8

Cap 08: Garras bajo la piel

Gabriel se interpuso antes de que Camila pudiera parpadear.

El cuchillo de plata entró en su costado con un sonido pequeño, casi indecente. No hubo explosión de sangre. No hubo grito. Solo el golpe seco del metal contra la carne y el cambio brutal del aroma de Gabriel.

Abeto.

Café.

Sangre caliente.

Plata quemando lobo.

Camila sintió que algo dentro de ella se partía hacia adelante.

—¡Gabriel!

El nombre salió sin título.

Sin permiso.

Sin pensamiento.

El alfa no cayó. Eso fue lo primero que hizo que todos en el Refugio Niebla entendieran que el hombre herido no era un hombre común. Gabriel bajó la mirada al mango del cuchillo, luego al atacante, y sus ojos se volvieron dorados.

No un destello.

Oro completo.

El hombre de guantes negros soltó a Iria y retrocedió.

—Mierda.

—Sí —dijo Gabriel.

Su voz había cambiado.

No era más fuerte. Era más baja, más profunda, con una vibración que hizo temblar las copas de las mesas y que obligó a varios lobos del salón a bajar la cabeza.

Camila había visto la presión de rango.

Esto no era eso.

Esto era un lobo enorme despertando dentro de un cuerpo que todavía elegía no romperse.

El atacante corrió.

No llegó a la puerta.

Gabriel se movió con una velocidad que Camila apenas pudo seguir. Un segundo estaba frente a ella, con plata en el costado. Al siguiente, tenía al hombre contra la pared, una mano alrededor de su cuello.

No completamente mano.

Garras.

Negras, curvas, extendidas desde dedos que seguían siendo humanos solo por disciplina.

El salón entero se quedó sin respirar.

Camila también.

El atacante pataleó, arañando el brazo de Gabriel.

—¿Quién lo envió? —preguntó Gabriel.

El hombre rió, aunque se ahogaba.

—Todos... tienen... dueño.

Gabriel apretó.

Las garras marcaron sangre.

—Nombre.

—Vega no... paga tan mal.

La palabra «Vega» corrió por la habitación como aceite encendido.

Gabriel lo soltó antes de matarlo.

El hombre cayó al suelo, tosiendo. Dos guardias de Sierra Clara entraron por la puerta trasera y lo inmovilizaron. Luca, limpiándose la sangre de la boca, arrastró a Iria detrás de la barra.

Camila no miró a ninguno.

Miró el cuchillo.

Seguía en el costado de Gabriel.

Y el olor a plata se estaba volviendo más fuerte.

—Siéntese —dijo ella.

Gabriel giró hacia ella.

Sus ojos seguían dorados. Las garras, fuera. La respiración, demasiado controlada.

—Estoy bien.

Camila sintió una calma peligrosa caerle encima.

La misma calma que usaba cuando Damián ardía de fiebre y juraba que podía levantarse mientras la sangre empapaba las sábanas.

—Alfa Gabriel Serrano —dijo—, si me dice otra estupidez, le juro por la Luna que le saco ese cuchillo aquí mismo y después se lo meto en la boca para que tenga algo útil que hacer con ella.

Silencio absoluto.

Luca, desde la barra, susurró:

—Definitivamente luna de la manada.

Gabriel lo miró.

Luca levantó las manos.

—Callado.

Camila señaló una mesa.

—Siéntese.

Gabriel obedeció.

Eso causó más conmoción que las garras.

Camila no tenía tiempo para entenderlo. Se acercó a él y revisó la herida sin tocar primero.

—¿Puedo?

Los ojos dorados de Gabriel volvieron a ella.

Algo en su expresión se aflojó.

—Puede.

Camila tomó aire.

La plata estaba quemando los bordes de la herida. El tejido alrededor se había puesto oscuro, y bajo el olor a sangre había una nota amarga que le recordó el sótano, la línea irregular del juramento, la traza de amapola lunar. No era un cuchillo común. Estaba untado con algo.

—Luca —dijo—, alcohol limpio, agua caliente, paños, pinzas si tiene, y cualquier hierba que usen para quemaduras de plata.

—Este no es un hospital.

—Pero cobra como uno.

Luca corrió.

Gabriel bajó la mirada a la mano vendada de Camila.

—Su herida.

—Mi herida está ofendida de que usted intente competir.

—Camila.

—No hable.

Él casi sonrió.

Luego el dolor le borró la expresión.

Camila sintió esa punzada en sus propias costillas.

No era empatía normal. No podía serlo. Era demasiado física. Como un hilo caliente que se tensaba desde la herida de Gabriel hasta su pecho.

El lazo de la pareja destinada.

No confirmado, no nombrado, no aceptado.

Pero allí.

Camila empujó el pensamiento a un lado.

—No puedo sacar el cuchillo si está envenenado.

Gabriel cerró los ojos un segundo.

—Acónito leve. Plata. Amapola lunar para acelerar el pulso.

—¿Puede curarse?

—Si se retira pronto.

—¿Y si no?

—Camila.

—Pregunté algo.

Él abrió los ojos. El oro seguía allí, pero había más hombre en ellos.

—Dañará la transformación durante unos días.

Ella miró sus garras.

—Parece que su transformación tiene opiniones.

—Mi lobo no es paciente cuando la atacan.

La frase cayó entre ambos.

Camila sintió que el salón desaparecía un poco.

—El cuchillo iba hacia mí —dijo, más bajo.

—Sí.

—Usted se puso en medio.

—Sí.

—No vuelva a hacerlo sin avisar.

Gabriel la miró.

Por un momento, a pesar de la sangre, de las garras, de la plata quemando su piel, algo parecido a humor se movió en su boca.

—Intentaré pedir permiso la próxima vez que alguien le lance un cuchillo.

—Bien.

—No prometo obedecer si dice que no.

—Entonces no arruine una disculpa que todavía no me ha dado.

Luca regresó con una bandeja.

—Alcohol, agua, paños, pinzas, romero, salvia, y una cosa que una bruja me vendió diciendo que servía para plata o para suegras. Nunca la probé.

Camila tomó la botella.

—Hoy averiguamos.

Gabriel miró a Luca.

—La chica.

—Tus guardias la sacaron. Está viva, asustada, y ya pidió tres veces no volver aquí. Lo cual, francamente, me parece ofensivo para mi decoración.

—Luca.

—Está a salvo.

Gabriel asintió.

Camila limpió alrededor de la herida. Cuando sus dedos rozaron la piel de Gabriel, el aire se cargó de electricidad.

El alfa no se movió.

Pero sus garras arañaron la madera de la silla.

—¿Dolor?

—No es solo dolor.

La voz de Gabriel era demasiado baja.

Camila entendió.

El contacto.

La cercanía.

Su aroma mezclado con sangre.

Su loba no ayudaba. Estaba completamente despierta, empujando bajo la piel, queriendo acercarse al lobo herido, queriendo lamer la sangre, calmar, reclamar un derecho que Camila no había concedido.

—No piense cosas raras —murmuró ella.

Gabriel exhaló una risa rota.

—Estoy intentando no pensar nada.

—Intente más.

—Sí, señora.

Luca hizo un sonido ahogado.

Camila lo apuntó con las pinzas.

—Usted también se calla.

—Este lugar no me había entretenido tanto en meses.

—Tiene un hombre sangrando en una silla.

—Eso pasa más seguido de lo que cree.

Gabriel gruñó.

Luca se calló.

Camila tomó el mango del cuchillo con un paño.

—A la cuenta de tres.

—Camila.

—¿Qué?

—Cuando lo saque, mi lobo puede empujar más fuerte.

—¿Va a atacarme?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Gabriel la miró como si la idea lo hubiera herido más que la plata.

—No.

—Entonces empuje lo que tenga que empujar.

Ella contó.

Uno.

Dos.

Tres.

El cuchillo salió con un sonido húmedo.

Gabriel se dobló hacia adelante, las garras rasgando la silla, un gruñido bajo rompiéndole el pecho. La herida sangró oscuro. Camila presionó con el paño, y el calor de su sangre le empapó los dedos.

El lobo de Gabriel subió.

Camila lo sintió antes de verlo.

Los huesos de su mano crujieron. Sus caninos se alargaron. Una sombra gris oscura pareció moverse bajo la piel de sus hombros.

Alguien en el salón retrocedió.

Camila no.

No sabía si era valentía o estupidez. Quizás hambre atrasada. Quizás cansancio. Quizás ese hilo ardiente en sus costillas que le decía que, si se alejaba, el dolor empeoraría para ambos.

Puso la mano sana sobre el pecho de Gabriel.

—Respire.

Los ojos dorados se clavaron en ella.

El mundo entero se redujo al lobo frente a ella.

—Gabriel —dijo—, no me haga quedar mal después de que le dije a todos que no era estúpido.

Luca susurró:

—Nadie la oyó decir eso.

—Yo sí —gruñó Gabriel.

Camila casi rió.

Y esa risa pequeña, absurda, imposible, pareció darle al alfa algo a lo que agarrarse. Su respiración bajó un grado. Luego otro. Las garras siguieron fuera, pero dejaron de crecer. El oro en sus ojos se mantuvo, menos salvaje.

—Bien —dijo Camila, presionando la herida—. Muy bien.

—No me hable como a un cachorro.

—No se comporte como uno.

—Estoy herido.

—Yo también y no saqué garras sobre los muebles.

Gabriel apoyó la frente un segundo contra el aire, sin llegar a tocarla.

—Usted es muy cruel.

—Soy práctica.

La herida empezó a limpiarse. No por completo. Camila no era médica, al menos no uno entrenado. Pero conocía cuerpos. Conocía fiebre. Conocía heridas sucias. Había salvado a Damián de cosas peores sin que nadie lo supiera, y esa rabia le dio manos firmes.

Cuando terminó de vendar, Gabriel estaba pálido bajo el tono dorado de la piel. Las garras se habían retraído, dejando las uñas oscuras, casi humanas.

Luca se acercó con un papel doblado.

—El nombre del proveedor.

Gabriel intentó tomarlo.

Camila se lo quitó antes.

—Usted no está haciendo nada hasta que alguien revise que no se va a caer muerto.

Gabriel la miró.

—No suelo caerme muerto.

—Todos dicen eso antes de hacerlo por primera vez.

Luca le entregó el papel a Camila con una reverencia exagerada.

—Para la señora práctica.

Camila lo abrió.

Un nombre: Isabela Montiel.

No conocía a la mujer.

Gabriel sí.

Lo supo por el cambio de su aroma.

—¿Quién es?

Gabriel tardó en responder.

—Una viuda del consejo.

—¿Peligrosa?

—Mucho.

Camila dobló el papel.

—Entonces comeremos antes de verla también.

Luca sonrió.

Gabriel la miró con algo que no era solo dolor ni gratitud.

Algo más profundo.

Más peligroso que una herida de plata.

—Camila.

—No.

—No dije nada.

—Lo iba a decir.

—¿Qué iba a decir?

Que el aroma de ella aún estaba en sus manos.

Que su loba había calmado al alfa de Sierra Clara tocándole el pecho.

Que todos en el Refugio Niebla lo habían visto.

Que si Damián olía el vendaje de Gabriel, entendería lo suficiente para volverse más loco.

Camila no dijo nada de eso.

Se limitó a ajustar el nudo del vendaje con más fuerza de la necesaria.

Gabriel inhaló.

—Eso dolió.

—Bien.

—¿Bien?

—Así recuerda que todavía está vivo.

Gabriel bajó la mirada a su mano.

El silencio que siguió fue distinto. Menos público, aunque hubiera gente alrededor. Menos seguro también.

—Lo recordaré —dijo.

Camila soltó el vendaje.

Se apartó un paso.

El hilo en sus costillas protestó.

Ella lo ignoró.

—Necesito lavarme las manos.

Luca señaló una puerta.

—Al fondo.

Camila caminó sin mirar atrás.

En el pequeño lavabo, el agua corrió roja al principio, luego rosa, luego clara. Sus dedos temblaban. No por miedo. O no solo.

Había sentido las garras bajo la piel de Gabriel.

Había sentido que, si ponía la mano sobre su pecho, el lobo la escucharía.

Y lo peor era que el lobo la había escuchado.

Camila apoyó ambas manos en el borde del lavabo y miró su reflejo.

La mejilla golpeada estaba amarilla. El cabello, desordenado. El vestido, manchado de sangre de alfa.

Una de bajo rango liberada hacia dos días no debía oler como el centro de una tormenta.

Pero cuando respiró, bajo el humo del Refugio Niebla y el metal de la sangre, había abeto.

Gabriel seguía en su piel.

Camila cerró los ojos.

—Esto es un problema.

Su loba, por desgracia, no parecía estar de acuerdo.

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JZulay
miserable !!!! 😤
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