Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.
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Insignificante Pequeño Avance Retroceso
Las palabras de Ginny no dejaron de hacer revuelo en mi cabeza, aun cuando había pasado una noche entera desde que hablamos. Era claro que ya no podía fingir demencia y pretender que estaba seguro de no haberme enamorado de esa mujer. Confirmarlo en voz alta fue el salto definitivo que no me dejaría retirar mis palabras.
Sin embargo, no estaba muy seguro de cómo hacerlo, ni siquiera de tener una oportunidad.
Estaba divorciado, y las posibilidades de un acercamiento se agotarían casi al máximo, porque nunca pude cerrar la maldita boca cuando le pedía perderse en cualquier rincón como una maldita rata para no tener que verla.
Pero ahora... Maldita sea. Ahora no podía dejar de pensar en su verdadera lejanía como mi propio castigo infernal.
—¿Victor, estás bien?
—¡Ay, carajo!
La leche explotó en mis manos; el ruido de la cerámica quebrándose se volvió más ruidosa, y agradecí que fuera incluso más ruidoso que mi propio corazón alborotado.
—Oy, ¿estás bien? No fue mi intención asustarte.
La risita nerviosa de Victoria sobresalió entre su disculpa. Tomó un par de toallas desechables y se acercó a secar la barra, mientras yo me ocupaba de recoger los pedazos de la taza rota.
No entendía por qué, y probablemente se trataba de un nuevo trastorno psicológico, pero no me molesté esta vez, cuando la escuché burlarse. Darme cuenta de mi idiotez me resultó gracioso, incluso extraño. En días pasados, la habría querido ahorcar aquí mismo. La miraría sin palabras de por medio para que guardara silencio... No obstante, en este momento solo quería tomarle de las mejillas y someterla a mi beso.
—Victor, ten cuidado —regañó.
Alcé la mirada, notando que su atención estaba en el suelo. La leche chorreada comenzó a teñirse de rojo y solo entonces me di cuenta de que el trozo de porcelana estaba enterrando en la palma de mi mano.
—Traeré el botiquín —señaló.
No lo impedí. La dejé ir, permitiendo que mi corazón se emocionara libremente cuando la vi de vuelta en la cocina. Me tomó la muñeca y me arrastró hasta el lavabo, limpiando cuidadosamente la herida.
Su concentración era endemoniadamente digna de admirar. Sus labios estaban fruncidos y sus pestañas revoloteaban de vez en cuando. Su toque era ligero, como si temiera lastimarme. Mi mano libre cosquilleó, y pronto sentí la necesidad de acomodarle el cabello suelto, pero me arrepentí, apenas me lanzó su mirada.
—Desde ayer has estado un tanto distraído —hizo saber, sin borrar el puchero de sus labios—. ¿Ella es hermosa, verdad?
—¿Qué?
Alzó la ceja como reacción a mi consternación. Pronto volvió su atención a mi mano, pero con una sonrisa más tranquila que me dejó con una amargura en la lengua.
—Ginny —aclaró—. Cada vez que la veo, está más hermosa.
—Oh, sí, definitivamente lo es —respondí.
La presión de la gasa en mi mano se volvió fuerte. Victoria empapó un algodón con la solución para heridas y dejó caer un buen chorro, provocando que el alma se me quisiera salir del cuerpo. Aun así, decidí morderme la lengua y aferrar los pies sobre el suelo para no terminar llorando por el dolor que empezaba a incapacitarme.
—Ben y Chris te quieren mucho —continuó—. Ya que estás libre, podrías intentarlo.
La miré de reojo, notando nuevamente el puchero en sus labios. Verla así era nuevo para mí. Lucía tan malcriada y berrinchuda, muy al contrario de la mujer calculadora y manipuladora que conocí antes. Entendí ahora eso a lo que se refería Ginny, provocando que el estómago se me alborotara de golpe.
—Ginny es mi mejor amiga del colegio, no me gusta —aclaré.
Victoria se detuvo apenas cuando hablé. Se negó a mirarme, pero pude ver perfectamente la manera en la que la mejilla se le inflaba debido a la diminuta sonrisa que apareció en sus labios.
Y yo... Yo sentí una nueva apuñalada en la boca de mi estómago.
A consecuencia de ello, un espíritu travieso apareció dentro de mí. Repentinamente, como si una de mis paredes se hubiera venido para abajo.
—Me gusta alguien más —agregué.
Su nombre desistió de salir de mi boca porque todavía me resultaba vergonzoso hacer este estúpido juego de coquetería barata. Esto de llevarnos apenas bien me sabía escandaloso, aunque un ligero arrepentimiento se asomó en mi pecho cuando noté que su sonrisa se borró.
Decidí ignorarlo, entendiendo que sus sentimientos estaban más revueltos que sus propios pensamientos y los míos juntos. Aunque, después de esto, no podía ignorar el hecho de que era entretenido jugar con ella y su intento de indiferencia.
—Mmmmh, bien por ti —se apresuró a colocar la venda para luego tomar el botiquín—. Ojalá tengas suerte con ella... O con él.
Mi ceño se frunció automáticamente. Sus palabras fueron pesadas, como una bofetada a puño cerrado. Mis palabras intentaron salir, pero Victoria no me lo permitió, porque salió huyendo antes de siquiera permitirme preguntar sobre lo que estaba diciendo.
—¡Yah!
Entonces la puerta de su habitación se cerró y el silencio asfixió a toda la casa.
El eco de su presencia se sintió espantosamente ruidoso en mi lugar. Una parte de mí me obligaba a tragarme mi orgullo para ir ahí y confrontarla, pero la parte más racional me lo impedía por completo. Y era lo mejor, si no quería ganarme una orden de alejamiento.
Terminé de recoger el desorden cuando ya no hubo señales del regreso de Victoria. Me cambié la camisa y tomé mis pertenencias con el afán de marcharme de una vez.
De tratarse del pasado, simplemente habría ignorado su existencia, pero justo cuando estaba por irme, mis propias piernas tomaron conciencia y me dejaron parado frente a la puerta. Eran apenas unos centímetros de distancia, pero los necesarios para escuchar lo que sucedía ahí dentro. Radiohead se estaba reproduciendo en un volumen bajo. La misma música que rellenaba nuestros silencios en el auto, ahora también sonaba en mi casa, como una influencia inculcada.
O quizá solamente se trataba de la maldita radio.
—¡Estaré en la empresa!
Mi aviso escapó de improviso y al segundo siguiente me alcanzó el arrepentimiento. Me cubrí la cara, ansiando que no me hubiera escuchado. Me giré sobre mis talones con la salvación arrastrándose en mi sombra, pero se desvaneció tan pronto como la puerta se abrió.
—Victor.
Su voz fue una combinación de calma irritante. Solté el aire en mis pulmones y me giré de nuevo, tratando de ignorar la bomba de tiempo que se había instalado en la boca de mi estómago. Victoria se acercó con su aura tranquila. Metió las manos en mi abrigo y tentó libremente, dedicándome su mirada cuando no encontró más que mis pertenencias habituales.
—Nuestro divorcio todavía no es oficial —recordó, acomodando mi corbata, luego hurgando en su propia bolsa del suéter—. Hasta que llegue el día, por favor, cuida de tu salud o me terminarán culpando de tu muerte prematura.
La caja de pastillas fue guardada en mi bolsa. La emoción de hace unos segundos se extinguió y simplemente opté por alejar su mano de mi pecho, mordiéndome la lengua para no mostrarle un mal gesto.
—Tendré una comida con Ginny para corroborar la situación de Ben, puedes decirle a Leo que te acompañe...
—¿No lo quieres cerca de ti? —chasqueó los dientes, bufando una risita—. Mándalo a casa. No lo necesito.
Antes de poder responder, Victoria se giró y se metió a su habitación. El portazo no fue fuerte, pero sí lo suficientemente firme para dejarme en claro que lo mejor era no acercarme por ahí en las siguientes horas.
—Mujeres.