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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8: Corrientes ocultas

La Torre Grupo Montero tenía treinta y ocho pisos y un lobby donde hasta las plantas parecían saber guardar secretos.

Valentina llegó a las siete cuarenta, con el cabello recogido, blazer azul marino y una carpeta sin logotipos. En recepción le entregaron un gafete temporal que decía `Intérprete externa`, como si esas dos palabras fueran una armadura.

Marcos Peña la esperaba junto a los elevadores.

—Profesora Solís. Buenos días.

—Buenos días.

—La sesión será en el piso veintinueve. Necesitaré que firme un segundo acuerdo de confidencialidad. El de la agencia no cubre anexos internos.

—Si me dejan leerlo antes, no tengo problema.

Marcos le ofreció una tableta.

—Por supuesto.

Valentina leyó cada página. No porque creyera que pudiera negociar con Grupo Montero en su propio edificio, sino porque firmar sin leer era una forma elegante de rendirse. La cláusula era estricta, pero razonable: no copiar documentos, no conservar borradores, no divulgar nombres ni cifras.

Firmó.

Marcos le entregó una carpeta numerada.

—Al terminar, se devuelve completa. Si necesita tomar notas, use estas hojas. También se destruyen aquí.

Valentina revisó el folio impreso en la esquina.

—Entendido.

Era una diferencia pequeña, pero importante: no estaba entrando a una fiesta privada ni a un favor de Sebastián. Estaba entrando a una sala donde cada papel tenía cadena de custodia.

—Gracias —dijo Marcos—. El Director Montero llegará en unos minutos.

Valentina ajustó el gafete.

—Hoy soy proveedora externa. Con que me indiquen dónde sentarme basta.

Marcos no sonrió, pero algo amable le pasó por la mirada.

—Lo tengo claro.

La sala del piso veintinueve tenía cristales de piso a techo y una vista completa del malecón. Sobre la mesa había carpetas grises, botellas de agua y audífonos. Paola ya estaba ahí, revisando documentos con Marina.

—Bienvenida a la zona donde nadie dice todo lo que piensa —murmuró Marina cuando Valentina se sentó.

—Eso suena igual que una junta académica.

—Pero con trajes más caros.

La puerta se abrió antes de que pudieran seguir. Sebastián entró con Marcos, dos abogados y Alejandro Montero.

La presencia de Alejandro cambió el aire.

No saludó a Valentina más que con un gesto breve. Sebastián sí lo hizo, exacto, público:

—Profesora Solís.

—Director Montero.

Regla cumplida.

La reunión empezó sin cortesías. El tema era un convenio logístico con participación extranjera y permisos municipales pendientes. La delegación brasileña hablaba de inversión; los abogados hablaban de cumplimiento; Alejandro hablaba de tiempos políticos.

—Si esperamos a que el comité municipal se ponga de acuerdo, el proyecto muere antes de nacer —dijo Alejandro.

Sebastián no levantó la voz.

—Si avanzamos sin acta limpia, nos lo van a cobrar en prensa y en tribunales.

—Tu abuelo construyó media ciudad sin pedir permiso para respirar.

—Mi abuelo construyó en otro país.

El silencio fue tan fino que Valentina sintió miedo de pasar la página.

Uno de los abogados carraspeó.

—Tenemos también presión indirecta desde la oficina del senador Guzmán. Nada formal.

Valentina interpretó la frase al portugués y notó cómo el jefe de la delegación brasileña dejaba de jugar con su pluma.

Nada formal, en una sala como esa, significaba exactamente lo contrario.

Sebastián apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces todo por escrito. Todo revisado. Cualquier llamada de esa oficina se registra. Cualquier invitación se reporta a cumplimiento.

Alejandro soltó una risa seca.

—A veces pareces más auditor que Montero.

—Prefiero parecer auditor a terminar siendo rehén.

Valentina tradujo sin cambiar una coma.

Le costó.

No por el idioma. Por la escena. Sebastián no estaba jugando a ser poderoso; estaba conteniendo un sistema que empujaba desde todos lados. Su apellido abría puertas, sí. También ponía blancos en su espalda.

Marcos se inclinó y dejó una nota frente a Sebastián.

Valentina no la leyó. No debía. Pero vio el nombre escrito arriba porque estaba demasiado cerca: `Guzmán`.

Sebastián leyó sin cambiar de expresión.

—El asistente del senador está abajo —informó Marcos en voz baja—. Dice que viene a saludar.

Alejandro levantó la mirada.

—Hazlo pasar. Es mejor tenerlo sentado donde podamos verlo.

—No en una sesión con extranjeros y documentos confidenciales —respondió Sebastián.

—Seba.

Fue la primera vez que Valentina escuchó a Alejandro llamarlo así. No sonó cariñoso. Sonó como una orden con ropa de familia.

Sebastián dobló la nota en dos.

—Marcos, recepción. Café en lobby. Sin acceso a pisos ejecutivos. Que cumplimiento registre hora, nombre y motivo declarado.

—Sí, Director.

El abogado brasileño esperó la traducción. Valentina llevó la instrucción al portugués con una neutralidad que no delatara el golpe de tensión.

El jefe de la delegación no preguntó nada, pero dejó de mirar el contrato y empezó a mirar a Sebastián.

Ese también era un idioma.

Durante dos horas, Valentina trabajó como si no tuviera pulso. Interpretó cifras, matices, amenazas disfrazadas de plazos. Cuando el abogado brasileño preguntó si "acompañamiento institucional" implicaba aportes no declarados, ella no suavizó:

—Pregunta si ese acompañamiento puede interpretarse como contribución política no registrada.

La sala se quedó quieta.

Sebastián miró al abogado local.

—Responda.

El abogado tragó saliva.

—No. Y si alguien lo propone, se rechaza.

Valentina tradujo. La delegación brasileña tomó nota.

En la pausa, Alejandro se acercó a la ventana con Sebastián. No hablaron tan bajo como creían.

—Tu abuelo sabía cuándo ensuciarse los zapatos —dijo Alejandro.

—Y también sabía cuándo quemar los zapatos para no meter lodo en la casa.

—No conviertas cada trato en una clase de ética.

—No conviertas cada atajo en tradición familiar.

Valentina bajó la vista a sus notas. Paola, sentada a su lado, fingió ordenar clips. Marina abrió una botella de agua con demasiada concentración.

Nadie quería ser testigo.

Todos lo estaban siendo.

Cuando Sebastián volvió a la mesa, no parecía alterado. Eso le resultó más impresionante que un golpe en la mesa. La fuerza de ese hombre no era solo mandar; era no desbordarse cuando lo empujaban.

Al mediodía, Paola le pidió revisar un anexo breve: lista de clientes y consultores externos relacionados con el convenio. No era una traducción completa, solo verificación de nombres comerciales para evitar errores en el acta bilingüe.

—Cinco minutos —dijo Paola—. Necesito que los nombres propios queden iguales en ambas versiones.

Valentina aceptó el documento.

La primera página tenía empresas, cámaras industriales, despachos legales.

La segunda, consultores.

En una esquina, bajo el título `Posibles aliados estratégicos`, leyó:

`Castellano Infraestructura — Andrés Castellano Ruiz.`

El aire se le fue del cuerpo.

Andrés.

No había visto ese nombre en casi tres años, y aun así su memoria lo pronunció con una claridad cruel: el pasillo de la universidad en Ciudad de México, una promesa dicha bajo la lluvia, una madre elegante mirándola como si el amor de su hijo hubiera cometido un error de clase.

—¿Profesora Solís? —preguntó Paola.

Valentina parpadeó.

La hoja seguía ahí.

Andrés Castellano Ruiz.

El exnovio que había aprendido a soltar porque quedarse habría sido humillarse.

—Sí —dijo, y su voz salió demasiado pareja—. Solo confirmo un apellido.

Al otro lado de la mesa, Sebastián levantó la mirada.

No pudo haber leído el documento desde ahí.

Pero la leyó a ella.

Valentina bajó los ojos y marcó el nombre con un círculo limpio, profesional, imposible de explicar.

El pasado acababa de entrar en la lista de clientes de Grupo Montero.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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