¿ Dos chicos de la misma preparatoria se confesaran su amor ?
o seguirán odiándocen como siempre en toda clases
¿ que pasara ?
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Revisión
Durante las clases, Ney no logró concentrarse.
Las palabras del profesor entraban por un oído y salían por el otro.
Su mente seguía atrapada en lo mismo.
—¿Por qué haría algo así? —pensaba una y otra vez.
El vestido.
El dinero.
David.
No lograba encajarlo.
—¿De verdad le interesa Emma… o solo está jugando? —murmuró en su mente, apretando el lápiz con fuerza.
Cada vez que intentaba enfocarse, la imagen de David aparecía otra vez.
Su forma de mirarlo.
Su forma de actuar.
Y eso solo lo irritaba más.
—No voy a dejar que la engañe… —susurró para sí.
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Las clases terminaron por la tarde.
El pasillo se llenó de estudiantes saliendo con ruido y risas.
Ney caminaba junto a Emma, como siempre.
—Hoy estás raro —dijo ella mirándolo de reojo.
—No es nada.
—Sí es algo.
—Emma…
—Te conozco.
Ney suspiró.
—Solo estoy cansado.
Emma no pareció convencida, pero no insistió.
Cuando salieron del edificio, un auto se detuvo cerca de la acera.
La ventana bajó.
David estaba al volante.
—Los llevo —dijo con naturalidad.
Ney se detuvo en seco.
—No.
Emma lo miró.
—Sí.
—¿Qué?
—Es más rápido —dijo ella—. Y estás cansado.
—Emma, no…
—Sube, Ney.
Ney la miró sin creerlo.
—¿En serio?
Emma ya caminaba hacia el auto.
—No hagas drama.
Ney se quedó quieto unos segundos.
Miró a David.
David no sonreía esta vez.
Solo lo esperaba.
Finalmente, Ney resopló.
—Esto es absurdo…
Y sin más opción, subió al auto.
El ambiente dentro del vehículo se volvió silencioso.
Emma estaba atrás, tranquila.
Ney adelante, rígido.
David arrancó.
—¿A casa? —preguntó.
Ney no respondió.
Emma sí.
—Sí, por favor.
El auto comenzó a avanzar por la calle.
Y aunque todo parecía normal…
Ney no dejaba de mirar por la ventana.
Porque sabía que ese viaje otra vez terminaría en problemas… aunque todavía no supiera cuáles.
El auto se detuvo frente a la casa de Ney.
El motor se apagó y por unos segundos solo se escuchó el silencio de la calle.
—Gracias por traernos —dijo Emma con una sonrisa, bajando del auto.
David asintió ligeramente.
—No hay problema.
Emma cerró la puerta del coche y se acercó un poco a la ventana.
—De verdad, gracias.
—De nada —respondió él con calma.
Ney ya estaba bajando del auto sin decir una sola palabra.
Ni siquiera miró a David.
Su expresión seguía seria, fría, como si no quisiera seguir con esa conversación ni un segundo más.
Emma lo notó, pero no dijo nada.
—Vamos, Ney —dijo simplemente.
Ney caminó hacia la entrada de la casa.
Emma se giró una última vez hacia David.
—Cuídate.
—Tú también —respondió él.
La chica entró detrás de su hermano.
La puerta de la casa se cerró.
Dentro, Emma dejó su mochila en el sofá y suspiró contenta.
—Qué día tan largo…
Ney no respondió.
Pasó directo hacia la cocina por un vaso de agua.
Emma lo siguió con la mirada.
—Oye… ¿sigues molesto?
—No.
La respuesta fue rápida.
Demasiado rápida.
Emma se cruzó de brazos.
—Sí estás molesto.
Ney bebió un poco de agua.
—No es eso.
Emma lo observó en silencio unos segundos.
—Es por David, ¿verdad?
Ney se detuvo.
No respondió.
Y ese silencio lo dijo todo.
Emma suspiró.
—No sé qué pasó entre ustedes, pero…
Ney la interrumpió.
—No te preocupes por eso.
Emma frunció el ceño.
—Sí me preocupa.
Ney apretó el vaso con más fuerza.
—Solo… no te acerques tanto a él.
Emma parpadeó sorprendida.
—¿Qué?
—Solo hazme caso.
Emma se quedó callada un momento.
Luego bajó un poco la mirada.
—Está bien…
Pero no parecía convencida.
Ney, en cambio, se quedó mirando el agua en su vaso, como si ahí pudiera encontrar respuestas que no tenía.
Y afuera, lejos de la casa…
el auto de David desaparecía por la calle sin que nadie lo viera.
La noche cayó poco a poco sobre la casa.
Emma estaba en la sala, acostada en el sillón, viendo televisión con una manta encima.
Reía de vez en cuando con lo que veía, tranquila.
En la cocina, Ney preparaba algo sencillo para la cena.
El sonido del sartén y el agua corriendo llenaban el ambiente.
Por un momento, todo parecía normal.
Hasta que el teléfono fijo de la casa comenzó a sonar.
Riiiing… riiiing…
Ney frunció el ceño, se secó las manos y contestó.
—Bueno.
Del otro lado se escuchó una voz conocida.
—Ney, soy tu tía.
Ney relajó un poco la expresión.
—Hola, tía.
—¿Cómo han estado?
—Bien… todo bien.
Hubo una pequeña pausa.
—¿Y Emma?
Ney miró hacia la sala, donde su hermana seguía viendo la televisión sin preocupaciones.
—Está bien también. Normal, como siempre.
Su tía suspiró con calma.
—Me alegra escucharlo.
Pero luego su tono se volvió un poco más serio.
—Ney, necesito preguntarte algo importante.
Ney dejó el cuchillo sobre la mesa.
—¿Qué pasa?
—¿Has llevado a Emma al doctor recientemente?
Ney frunció el ceño.
—¿Al doctor? ¿Por qué?
Hubo un silencio breve.
—Sabes que ella necesita revisiones constantes —dijo su tía con cuidado—. Su condición no se puede descuidar.
Ney se quedó callado un segundo.
Miró otra vez hacia la sala.
Emma seguía riendo, completamente normal.
—Ella… ha estado bien —respondió Ney—. No se ha sentido mal ni nada.
La tía guardó silencio unos segundos.
—Aun así, deberías llevarla a revisión pronto.
Ney bajó un poco la mirada.
—Lo sé…
—Prométeme que lo harás.
—Sí… lo haré.
Su tía suavizó el tono.
—Cuídala, Ney.
—Siempre.
La llamada terminó.
Ney se quedó unos segundos con el teléfono en la mano.
Luego lo dejó lentamente sobre la mesa.
Desde la sala, Emma gritó:
—¿Quién era?
—Mi tía —respondió Ney—. Nada importante.
Emma volvió a concentrarse en la televisión.
Pero Ney ya no estaba igual de tranquilo.
Miró hacia su hermana otra vez.
Y por primera vez en la noche, el peso de “estar bien” no le pareció tan seguro como antes.
Ney dejó la cocina en silencio y caminó hasta la sala.
Se sentó a un lado de Emma en el sillón.
La televisión seguía encendida, pero él ya no le prestaba atención.
Emma lo miró de reojo.
—¿Terminaste de cocinar?
—Sí.
Hubo un pequeño silencio.
Ney se acomodó un poco, incómodo, como si no supiera por dónde empezar.
—Emma…
—¿Qué pasa?
Ella bajó un poco el volumen de la tele.
Ney respiró hondo.
— tía llamó.
Emma parpadeó.
—¿Ah sí?
—Sí… preguntó por ti.
Emma se incorporó un poco.
—¿Y?
Ney la miró con calma.
—Dijo que deberías ir al doctor.
Emma se quedó quieta.
—Ah…
El ambiente cambió apenas un poco.
Ney notó su reacción.
—¿Te sientes bien? —preguntó más suave.
Emma forzó una pequeña sonrisa.
—Sí, estoy bien.
—¿Seguro?
—Sí, Ney… no te preocupes tanto.
Ney la observó en silencio.
No parecía enferma en ese momento.
Pero tampoco quería ignorar lo que su tía había dicho.
Emma suspiró y volvió a mirar la televisión.
—Siempre exageran un poco con eso del doctor.
Ney no respondió de inmediato.
Solo bajó la mirada un momento.
Luego habló más despacio.
—Solo quiero asegurarme.
Emma lo miró otra vez, esta vez más tranquila.
—Lo sé.
Sonrió un poco.
—Estaré bien, hermano.
Ney asintió, aunque no estaba del todo convencido.
Se quedó a su lado en silencio.
Y por primera vez en toda la noche, ya no pensaba en David.
Solo en Emma.