En un pueblo donde el tiempo parece haberse detenido y los secretos pesan más que las palabras, Melika Rivas siempre creyó conocer a las personas que la rodeaban. Hasta que empezó a notar cosas imposibles. Chicos demasiado fuertes. Miradas que esconden algo salvaje. Noches donde el bosque parece respirar. Y en medio de todo aparece Orión Lurks, el mejor amigo de su hermano, tan misterioso como peligroso. Alguien que parece saber más sobre ella de lo que debería. Mientras la luna llena se acerca, Melika descubrirá que en su pueblo existen secretos capaces de destruir familias, despertar monstruos… y cambiarla para siempre.
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el ruido debajo del silencio
Ícaro empezó a mirarla distinto.
No fue algo que pudiera señalar con exactitud.
No hubo un momento claro en el que todo cambiara.
Pero estaba ahí. vigilando
En la forma en que su mirada la seguía cuando cruzaba una habitación.
En cómo su postura se tensaba apenas un segundo cuando ella hablaba.
En ese control silencioso que antes no le prestaba atención… y ahora no podía dejar de notar.
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Melika hizo lo que mejor sabía hacer.
Ignorarlo.
Hasta esa noche.
El aviso llegó sin importancia.
—Hoy viene Orión a cenar.
Dicho así, como si fuera rutina.
Como si siempre hubiera sido parte de la casa.
Y en cierto modo… lo era.
Cuando llegó, nada cambió.
O al menos, nada que los demás parecieran notar.
Su madre lo recibió con una sonrisa cálida, distinta a la que usaba con otras visitas. Su padre asintió desde la mesa con una aprobación tranquila. Isadora apenas levantó la vista, pero lo suficiente. Ícaro chocó su hombro con el suyo en un gesto automático, familiar.
Todo encajaba.
Todo tenía sentido.
Melika no dijo nada.
Solo lo miró un segundo antes de sentarse.
Y fue suficiente.
Esa sensación.
Otra vez.
No venía de él exactamente.
Venía de… algo más.
Algo que se despertaba cuando él estaba cerca.
La cena empezó como cualquier otra.
Cubiertos.
Vasos.
Conversaciones cruzadas.
Risas suaves.
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Melika participaba lo justo.
Asentía.
Miraba.
Fingía.
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Hasta que lo sintió.
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Al principio fue apenas un cambio en el fondo del silencio.
Como cuando un sonido aparece tan bajo que no estás seguro de si realmente está ahí.
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Un zumbido.
Melika parpadeó.
Bajó la mirada al plato.
Intentó ignorarlo.
Siguió comiendo.
Escuchando sin escuchar.
Pero el zumbido no desapareció.
Se sostuvo.
Constante.
Y entonces…
cambió.
No era un sonido.
No del todo.
Tenía forma.
Tenía ritmo.
Melika dejó de masticar.
Muy lentamente.
No venía de la cocina.
No venía del comedor.
No venía de ningún lugar que pudiera señalar.
Estaba demasiado cerca.
El aire no vibraba.
La mesa no temblaba.
Nada externo lo justificaba.
Y sin embargo…
seguía ahí.
Se volvió más profundo.
Más grave.
Como si alguien hablara en una frecuencia demasiado baja para ser escuchada… pero no para ser sentida.
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Melika apretó apenas los dedos contra el tenedor.
El metal frío contra su piel.
Algo real.
Algo que pudiera sostener.
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La voz —si es que lo era— no tenía palabras claras.
Pero había intención.
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Un tirón.
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Algo que no empujaba.
Algo que llamaba.
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Su respiración cambió.
Más lenta.
Más pesada.
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No levantó la mirada.
No dijo nada.
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Alrededor, la conversación seguía.
Ícaro decía algo.
Isadora respondía.
Su madre se reía en voz baja.
Orión…
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Orión no hablaba.
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Melika lo sintió antes de mirarlo.
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Sus ojos se alzaron apenas.
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Él la estaba observando.
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No con curiosidad.
No con confusión.
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Con reconocimiento.
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Como si supiera.
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El zumbido se intensificó.
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Melika tragó saliva.
El sonido ya no era algo que pudiera ignorar.
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Estaba dentro.
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No en sus oídos.
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Más profundo.
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Como si su propio cuerpo lo estuviera produciendo.
Bajó la mirada otra vez.
Rápido.
El vaso frente a ella vibró apenas.
O tal vez fue su pulso.
No estaba segura.
La voz se tensó.
Se estiró.
Y por un segundo…
casi tomó forma.
Melika sintió un impulso.
Brusco.
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Salir.
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No pensarlo.
No explicarlo.
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Solo levantarse.
Abrir la puerta.
Seguir eso que la llamaba.
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Sus dedos se cerraron más fuerte alrededor del tenedor.
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No se movió.
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No podía.
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Algo en ella sabía que si lo hacía…
no iba a ser capaz de detenerse.
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El sonido de una silla moviéndose la sacó del momento.
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Ícaro.
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No dijo nada.
Pero ahora también la miraba.
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Fijo.
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Tenso.
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La conexión se rompió.
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La voz no desapareció.
Pero retrocedió.
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Como si esperara.
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Melika respiró hondo.
Muy despacio.
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Cuando volvió a levantar la vista, todo seguía igual.
La mesa.
La comida.
Las voces.
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Pero ya no lo era.
Porque ahora sabía.
No estaba imaginando cosas.
Había algo.
Algo dentro de ella.
Y por primera vez…
no tenía forma de explicarlo.
Y tampoco…
forma de ignorarlo.