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Latidos En La Cumbre

Latidos En La Cumbre

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:7.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

​Elara, una veterinaria de élite en Seattle, lo pierde todo tras una negligencia médica provocada por el estrés de un matrimonio abusivo. Buscando anonimato, se muda a Valle Sombrío para dirigir un refugio de animales al borde de la quiebra. Su llegada choca frontalmente con Jason, un hombre huraño y misterioso que vive en una cabaña aislada tras un accidente en el cuerpo de rescate que le dejó una cojera permanente y un alma cerrada bajo llave.

​La rivalidad estalla cuando Elara intenta modernizar el refugio, mientras Jason cree que la naturaleza debe seguir su curso. Sin embargo, la aparición de animales heridos con marcas de redes ilegales los obliga a unir fuerzas. Entre el frío de la montaña y la calidez del refugio, Elara y Jason descubrirán que las cicatrices más profundas no son las que se ven, sino las que sanan cuando alguien decide quedarse.

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capitulo 8

La mesa de madera maciza del refugio, que en otro tiempo sirvió para repartir raciones de comida, se había transformado en un altar de sacrificio y esperanza. Sobre ella, el lobo alfa yacía como una cordillera de pelaje gris, su respiración era un fuelle pesado que movía sus costados de forma agónica.

​Elara ajustó la lámpara de emergencia frontal sobre su frente. La luz blanca y cruda recortó las sombras del refugio, enfocando toda la realidad del mundo en un círculo de apenas treinta centímetros: la pata destrozada del animal.

​—Jason, necesito que mantengas la presión aquí —dijo ella, su voz era un hilo de seda, firme pero vibrante por la adrenalina—. No mires la sangre. Mira mis manos. Haz exactamente lo que yo haga.

​Jason se situó frente a ella. El espacio entre ambos se redujo al mínimo necesario para operar. El refugio estaba sumido en una penumbra gélida, solo interrumpida por el zumbido de las lámparas de batería. Elara podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Jason, un contraste violento con el aire helado que se colaba por las rendijas de las paredes.

​Elara tomó el escalpelo. Sus dedos, habitualmente fríos, ardían. Al realizar la primera incisión para limpiar el tejido necrótico alrededor de la herida de la trampa, el lobo tuvo un espasmo reflejo.

​—¡Sujétalo! —instó Elara.

​Jason reaccionó antes de que ella terminara la frase. Sus manos grandes y rudas se posaron sobre los hombros del lobo, anclándolo a la mesa con una fuerza que no era violenta, sino protectora. En ese movimiento, el dorso de la mano de Jason rozó el antebrazo desnudo de Elara. Fue un contacto eléctrico, un choque de texturas: la piel curtida y velluda de él contra la suavidad tensa de ella. Ninguno de los dos retiró el brazo; el roce se mantuvo como un cable de alta tensión que los unía al paciente.

​—Está perdiendo demasiada temperatura —observó Jason. Su voz, habitualmente un gruñido, había bajado a un susurro de barítono que vibraba en el pecho de Elara.

​—Lo sé. Por eso tenemos que ser rápidos. Pásame la pinza hemostática. No, la de la derecha.

​Jason no conocía los nombres técnicos, pero observó la dirección de la mirada de Elara. Sus dedos se encontraron sobre el instrumental de acero. Por un segundo, ambos sostuvieron la misma herramienta. La mirada de Jason se cruzó con la de ella por encima de la mascarilla quirúrgica. En ese intercambio no hubo desconfianza, sino una complicidad técnica absoluta. Él leyó en los ojos de ella la urgencia; ella leyó en los suyos la disposición de ser su sombra, su extensión.

​El baile de la sutura

​Elara comenzó la reconstrucción del plano muscular. El tejido estaba desgarrado por los dientes de la trampa, un rompecabezas de carne y tendones.

​—Jason, necesito que retires el tejido con el separador. Despacio. Un milímetro más... ahí. Quédate ahí. No parpadees.

​Jason obedeció con una precisión que desafiaba su falta de formación médica. Sus manos, que Elara siempre había imaginado solo capaces de empuñar un hacha o un bastón, demostraron una delicadeza conmovedora. Estaba sudando a pesar del frío del refugio; una gota de sudor resbaló por su sien, y Elara, sin pensar, se la secó con el hombro mientras seguía suturando.

​Fue un gesto de intimidad involuntaria que los dejó a ambos sin aliento por un instante.

​—Tienes buenas manos —susurró Elara, concentrada en cerrar una arteria que insistía en sangrar—. Tienes el pulso de alguien que respeta la vida.

​Jason no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en la aguja que entraba y salía de la piel del lobo con la gracia de una costurera de seda.

—He visto mucha muerte en esta montaña, doctora. Aprender a no temblar es lo único que te mantiene cuerdo cuando todo lo demás se rompe.

​El nudo final

​La cirugía se prolongó durante la madrugada. Elara sentía que la espalda le ardía y que sus dedos empezaban a entumecerse, pero la presencia de Jason al otro lado de la mesa era como un ancla. Cada vez que ella dudaba, él hacía un pequeño ajuste en la sujeción del animal, un recordatorio silencioso de que no estaba sola.

​Llegó el momento de cerrar la piel. Era la parte más delicada debido a la tensión del tejido.

—Ayúdame a aproximar los bordes —pidió ella.

​Jason puso sus dedos justo al lado de los de ella. Sus pieles se tocaron de nuevo, esta vez de forma prolongada. Elara pudo sentir el pulso acelerado en las yemas de Jason, una vibración que parecía fundirse con el suyo. Sus miradas se encontraron de nuevo sobre el cuerpo del lobo. En ese círculo de luz blanca, ya no eran la veterinaria de Seattle y el ermitaño de la cabaña. Eran dos supervivientes salvando a un tercero.

​—Ahora —dijo ella, haciendo el último nudo con un movimiento seco y elegante.

​Elara se apartó de la mesa, dejando caer los hombros. El lobo soltó un suspiro largo y profundo, un ronquido que indicaba que la anestesia estaba bajando y que su sistema estaba estabilizado.

​Jason no se soltó de inmediato. Se quedó un momento más con las manos sobre el lobo, sintiendo el calor que empezaba a retornar al animal. Luego, levantó la vista hacia Elara. Sus ojos, que siempre habían sido muros de granito, estaban ahora empañados por una gratitud que no sabía cómo expresar con palabras.

​—Lo has salvado —dijo él, y su voz sonó quebrada, despojada de toda su armadura—. Pensé que se me iba a morir en los brazos antes de llegar.

​Elara se quitó la mascarilla y le dedicó una sonrisa cansada, una que llegaba hasta sus ojos por primera vez en meses.

—Lo salvamos los dos, Jason. Yo puse los puntos, pero tú lo mantuviste aquí. Sin tu fuerza, no habría aguantado la limpieza de la herida.

​Se quedaron allí, parados a cada lado de la mesa de madera, con el lobo como puente entre ambos. El contacto físico había cesado, pero la atmósfera en el refugio había cambiado para siempre. Había un hilo invisible que ahora los conectaba, una sincronía que se había forjado en la sangre y el acero de la trampa.

​Jason se limpió las manos manchadas en un trapo viejo, pero no apartó la mirada de ella.

—Nadie en este pueblo habría hecho esto. Se habrían limitado a pegarle un tiro para que dejara de sufrir. O lo habrían dejado morir por miedo a los traficantes.

​—Yo no le tengo miedo a las sombras, Jason —respondió Elara, sintiendo una extraña fortaleza—. Ya he vivido en la oscuridad demasiado tiempo.

​Jason asintió, un gesto lento de respeto absoluto. Por primera vez, se acercó a ella sin hostilidad. No hubo un abrazo, ni siquiera un apretón de manos oficial, pero se quedaron lo suficientemente cerca como para que el calor de sus cuerpos se mezclara de nuevo en el aire frío de la madrugada.

​—El lobo te debe la vida —dijo él antes de cojear hacia la estufa para avivar el fuego—. Y yo... yo te debo una disculpa. La montaña no te ha filtrado, Elara. Creo que te estaba esperando.

​Elara miró sus manos, aún manchadas, y luego al lobo que dormía. En ese momento, en medio de las ruinas del refugio y el frío de Valle Sombrío, sintió que algo dentro de ella también había sido suturado. La cirugía no solo había salvado al alfa; había salvado el puente entre dos almas que, hasta esa noche, creían que el aislamiento era su única salvación.

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Carmen Malpica
Excelente novela
Felisa Bendisky
excelente novela felicitaciones a la escritora súper recomendado 🥰👏👏👏
Toña Chong Montes
Después de haber leído tantas historias aquí,está novela me fascinó,con una narración limpia,bonita,con toques románticos y de aventura.👏👏👏👍👍👍
Antonia Garcia
muy bonita historia gracias por compartir
celimar
Hasta el momento me parece interesante 🥰🥰🙏🏽
celimar
Hasta el momento me parece interesante 🥰🥰🙏🏽
Celina Espinoza
me gusta🥰/Pray/
Celina Espinoza
excelente historia 🥰😍🙏
Lobelia ❣️
🙏😘😊
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