✅️Tras ser traicionado y reducido a una sombra, el brillo de Ian se apagó. Pero Ronen, un alfa de fuerza serena, llega para ser su escudo. Entre acordes rotos y traumas del pasado, su amor incondicional será la melodía que cure al omega, devolviéndole su voz y su lugar bajo el sol.
Esto puro amor😍✅️
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Quédate con esa melodía
La mansión de Ian se sentía diferente tras el viaje a casa de Ronen. Aunque seguía siendo grande y silenciosa, el aroma a eucalipto que el guardaespaldas dejaba en cada habitación la hacía sentir menos como una tumba y más como un refugio. Sin embargo, en el rincón del salón donde descansaba el piano y el equipo de grabación, el aire todavía se sentía pesado.
Ian se paró frente al teclado. Sus dedos, largos y finos, rozaron las teclas. El solo contacto le produjo un escalofrío que no era de placer, sino de pánico. En su mente, la voz de Samuel, aquel alfa con aroma a tierra mojada, repetía: "No eres nada sin mí".
Su aroma a lavanda se volvió amargo al instante, una fragancia de ansiedad que llenó el rincón.
-No muerde, ¿sabes?- La voz de Ronen llegó desde el umbral.
El alfa caminó hacia él. Ese día no vestía su chaqueta de seguridad, llevaba una sudadera gris que lo hacía ver más accesible, pero no menos imponente. Su aroma a sol de primavera era como un bálsamo que intentaba disipar la amargura de Ian.
-No puedo.- Susurró el omega, alejando las manos del piano como si quemara -Cada vez que intento pensar en una melodía, solo escucho el ruido de la lluvia. Siento que mi música se quedó atrapada en ese maldito eclipse.-
Ronen no se detuvo hasta quedar justo detrás de él. Ian podía sentir el calor irradiando del cuerpo del alfa, una presencia sólida que lo anclaba al suelo.
-Eso es porque estás intentando escuchar con el miedo, no con el instinto.- Dijo Ronen.
Su voz vibró cerca de la oreja de Ian, haciendo que los vellos de su nuca se erizaran -Cierra los ojos.-
El omega obedeció, aunque sus párpados temblaban.
-Dime qué hueles ahora mismo.- Ordenó Ronen en un susurro profundo.
Ian se concentró. Al principio, solo estaba su propio miedo. Pero luego, el aroma del alfa lo envolvió por completo.
-Huelo... eucalipto. Y algo cálido, como madera seca bajo el sol. Huelo a ti.
-Bien. Ahora busca el resto.- Continuó el alfa, dando un paso más hacia él, casi rozando su espalda -Busca la miel que probamos en casa de mi madre. Busca la lavanda que está tratando de florecer en tu cuello. Convierte esos olores en notas.-
Ronen extendió sus manos y, con una lentitud deliberada, rodeó los brazos de Ian, guiando las manos del omega de vuelta a las teclas. El contacto físico fue una explosiónl. Las manos del alfa eran grandes, callosas y extremadamente cálidas sobre la piel delicada de Ian. La diferencia de tamaño era evidente, y esa sensación de ser "abarcado" por el alfa hizo que el lobo de Ian soltara un suave ronroneo interno que lo avergonzó.
-Yo no sé tocar, pequeño...- Confesó con una risa baja que le hizo cosquillas a Ian -pero sé que esto suena a paz. Presiona una tecla. La que tú quieras.-
Ian presionó un do sostenido. La nota vibró en el aire, pura y cristalina. Luego un mi. Poco a poco, el miedo empezó a retroceder, reemplazado por la corriente eléctrica que viajaba desde las manos de Ronen hasta su propio corazón.
De repente, una melodía suave empezó a fluir. No era agresivo, era algo nuevo, más orgánico, más real. Ian empezó a tararear, una voz pequeña al principio, que fue ganando cuerpo. Su aroma a miel estalló en la habitación, una dulzura floral que se entrelazó con el eucalipto en una danza perfecta.
En la emoción del momento, Ian se giró hacia Ronen, con los ojos brillando por las lágrimas de alivio.
-¡Está volviendo! Puedo sentirlo...-
La cercanía fue un error... o quizás el acierto más grande de sus vidas. Sus rostros quedaron a escasos centímetros. Ian podía ver las motas doradas en los ojos del hombre y sentir su respiración pausada. El aroma del alfa se volvió más denso, más oscuro, una nota de deseo de alfa dominante que hizo que las piernas de Ian flaquearan.
Ronen no se alejó. Sus ojos bajaron por un segundo a los labios de Ian, que estaban entreabiertos por la sorpresa. La tensión en la habitación se volvió tan espesa que casi se podía tocar. El instinto del alfa le gritaba que reclamara ese aroma a miel, que marcara ese cuello de porcelana como suyo.
-Ian...- Susurró y su mano subió desde el brazo del omega hasta acunar su mejilla. Su pulgar rozó el pómulo con una ternura que dolía.
Ian cerró los ojos, inclinándose hacia el toque. Por un momento, el mundo exterior, las demandas legales y el pasado desaparecieron. Solo existía el calor de Ronen y el aroma de un sol que finalmente había logrado romper el eclipse.
Pero antes de que sus labios se tocaran, el timbre de la mansión resonó como un mazo, rompiendo la burbuja.
Ian se sobresaltó, alejándose rápidamente, con el rostro encendido de un rojo intenso. Su aroma a lavanda estaba disparado, frenético. Ronen soltó un gruñido bajo, un sonido puramente animal de frustración que hizo que Ian se estremeciera de una forma que no fue miedo.
-Debe ser Milo con los papeles del estudio.- Dijo el omega, tratando de recuperar el aliento y arreglándose la sudadera.
Ronen se pasó una mano por el cabello, tratando de calmar a su propio lobo, que rugía por el contacto interrumpido. Sus ojos tardaron unos segundos en volver a la normalidad.
- Voy a abrir.- La voz todavía un poco ronca -Quédate con esa melodía, Ian. No dejes que se escape.-
Mientras Ronen caminaba hacia la puerta, Ian se quedó frente al piano. Tocó sus labios con la punta de los dedos. Todavía podía sentir el calor del alfa. Se dio cuenta de que no solo estaba recuperando su música. Estaba recuperando las ganas de sentir. Y eso, aunque lo aterraba, era lo más vivo que se había sentido en años.