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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 6
Me levanté a la mañana siguiente.
La luz entraba por una rendija de la cortina. Filtrada. Gris. Como todo en esta vida.
El me abrazó por detrás antes de que pudiera moverme. Su brazo pesaba sobre mi cintura como una cadena. Su pecho contra mi espalda. Su respiración caliente en mi nuca.
—Te amo con locura —susurró Ko—. No me importa que no me quieras. Aún así, eres mía.
Cerré los ojos.
No respondí.
Porque no estaba segura de nada. No sabía si lo amaba, lo odiaba o si solo era supervivencia. Si lo que sentía —ese nudo en el pecho, ese vacío en el estómago— era querer o solo no querer estar sola.
O quizás era costumbre.
La costumbre de despertar a su lado.
La costumbre de callar.
La costumbre de sobrevivir.
No sé ya no sé nada.
—Vamos a desayunar —dijo.
Se levantó como si la noche anterior no hubiera dejado marcas. Como si todo fuera normal.
Yo también me levanté. Porque también eso era parte de la costumbre.
Mi hermana salió de otra habitación. Había dormido sola. En una cama aparte. Con sábanas limpias y sin tener que escuchar nada. Eso, al menos, se lo agradecía a Ko. Una cosa. Solo una.
—Buenos días, Nox —dijo ella con una sonrisa pequeña.
Me vio entera. No preguntó nada. Los niños que crecen en la guerra aprenden rápido qué preguntas no se hacen.
Entonces sonreí.
Y en esa sonrisa puse todo lo que no podía decir con palabras: te quiero, lo siento, voy a protegerte, no te preocupes, come bien, no tengas miedo, hermana mía, hermana mía, hermana mía.
Solo quería que mi hermana jamás tuviera que pasar por lo que yo pasaba.
Que nunca supiera lo que es decir "tuya" con lágrimas en los ojos.
Que nunca tuviera que elegir entre su dignidad y su comida.
Que nunca amaneciera con el cuerpo dolorido y el alma rota preguntándose si aquello era amor o era prisión.
Por ella, sonreí.
La prima de Ko llegó sin avisar.
Entró como si el lugar fuera suyo. Tacones. Mirada afilada. El mismo color de ojos que Ko, pero más fríos si eso era posible.
Lo llamó aparte. Susurraron. Vi cómo el rostro de Ko cambiaba de confiado a preocupado.
Luego ella se giró y me lanzó una sonrisa venomosa.
—Misión de alto riesgo para Nox —dijo en voz alta, para que todos la oyéramos—. Orden directa.
Ko frunció el ceño. Se llevó un dedo a la boca y comenzó a morderse las uñas. Un tic nervioso que solo le conocía yo.
—Maldita sea —murmuró.
Pero no dijo que no.
Porque la orden venía de arriba. Y Ko, a pesar de todo, también tenía dueño. Su padre. El jefe de la organización.
Llegamos a la reunión en una sala improvisada. Mesas plegables. Mapas colgados. Hombres y mujeres con armas en los cinturones y ojeras profundas.
Y allí estaba él.
Seven.
Lo vi y algo en mi pecho se aflojó. Como si pudiera respirar por primera vez desde que desperté.
Me abracé a él sin pensarlo. Enterré la cara en su hombro. Olía a jabón de carbón y a pólvora. Olía a infancia robada, a refugio compartido, a las únicas risas que habíamos tenido en años.
—¡Nox! —dijo Seven, apretándome fuerte—. Me alegra que estés bien.
Él también era niño cuando se unió a la rebelión. Habíamos crecido juntos en este infierno. Él era mi mejor amigo. Mi mayor contención. El único que me abrazaba sin querer nada a cambio.
El único que valía la pena en esa organización.
Pero eso me traía problemas.
Porque la prima de Ko —esa mujer de sonrisa afilada y ojos helados— estaba muy enamorada de Seven. Y me tenía muchos celos. Creía que yo quería quedarme con él. No entendía que Seven era lo único que me mantenía cuerdamente viva.
Y yo sabía, en el fondo de mis huesos, que ella había pedido esta misión. Que ella había susurrado mi nombre al oído de su tío. Que ella quería verme muerta.
Misión kamikaze.
—¿En qué consiste esta misión? —preguntó Ko, con un tono que intentaba sonar firme pero le salía tembloroso.
El encargado de la misión desplegó un mapa. Banco Central. Tres pisos de seguridad. Cámaras. Guardias armados. Rutas de escape mínimas.
—Atacar y robar el banco central —respondió sin inmutarse.
El silencio se hizo en la sala.
Ko palideció.
—Esto es una locura —dijo, alzando la voz—. Nadie saldrá ileso de esta misión. Nox no irá.
El encargado levantó una ceja. Y con una calma que daba más miedo que un grito, dijo:
—Es orden de tu padre.
Ko abrió la boca. La cerró.
—¿Qué? —preguntó. Su voz sonó pequeña. Infantil. La de un niño al que le acaban de decir que no hay postre.
Pero yo lo entendí en ese mismo instante.
Ellos querían deshacerse de mí.
No era una misión. Era una ejecución disfrazada. Un suicidio con formato de asalto. Querían que muriera para que la prima de Ko pudiera quedarse con Seven sin que yo estorbara.
O quizás Ko se había vuelto demasiado dependiente de mí, y su padre quería cortar ese lazo.
O quizás simplemente sobraba.
Sobraba.
Esa palabra me heló la sangre.
Pero no lloré. No temblé. Solo apreté los puños y respiré hondo.
—Iré —dije.
Ko se giró hacia mí como si le hubiera escupido en la cara.
—¿Estás loca?
No respondí. Me acerqué a él, puse una mano en su pecho y lo miré a los ojos. Los verdes. Los que me habían dicho "eres mía" esa misma mañana.
—No te preocupes —dije, con una calma que no sentía—. Solo cuida de mi hermana.
—No —respondió Ko, negando con la cabeza—. No, no voy a dejarte ir. Es peligroso.
Por primera vez en mucho tiempo, vi miedo en sus ojos.
No supe si era porque realmente le importaba.
O solo porque no quería perder su posesión favorita.
Pero ya no importaba.
Yo ya había tomado mi decisión.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...