“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto
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La escuela de otro lado
*Capítulo 10: La escuela del otro lado*
Después de todos los entrenamientos de ayer
Los días normales en la escuela eran raros.
Kasumi se sentaba hasta atrás del círculo de piedra, con la capucha puesta y el listón rojo bien escondido bajo la manga. Copiaba todo. Runas. Venenos. Historia de los clanes. Aunque no entendiera la mitad.
Los demás del Salón Siete ya lo sabían. Hanna se encargó. Goru se encargó. Sensei Doku se encargó.
_Nadie habla de la humana. Nadie la señala. Orden de los Doce._
Pero siempre hay alguien.
Fue al tercer día de clases.
Estaban en teoría de combate. Doku dibujaba en el aire cómo romper una defensa de escamas. Las letras flotaban, rojas.
Y una chica del fondo se paró.
Demonio. Piel morada. Cuernos chiquitos. Colmillos. Del Salón Cuatro, pero estaba de oyente.
Señaló a Kasumi con un dedo.
“¿Por qué hay una _humana_ aquí?”, gritó. Su voz era aguda. “¡Huele! ¡Huele a cerrado! ¡A muerto! ¡Las reglas dicen que no pueden pisar el Velo!”
Todo el salón se quedó mudo.
Kasumi se congeló.
Jaruto gruñó. Suki se puso de pie. Hasta Himari, en forma de niña, enseñó los dientes.
Sensei Doku no gritó. Peor.
Se quedó quieto. Sus cuatro brazos se cruzaron.
“Siéntate”, dijo. Bajito. Pero la piedra del suelo vibró. “Ahora.”
La chica no se sentó. “¡Nos va a matar a todos! ¡Si los Kuroi se enteran—!”
“No vas a terminar esa frase”, dijo Doku.
Dio un paso. El suelo se agrietó.
“Si alguien más fuera de este salón oye lo que acabas de decir”, dijo Doku, cada palabra como piedra, “el Consejo no nos mata. Nos borra. A ti. A mí. A todos. ¿Quieres eso?”
La chica demonio abrió la boca. Temblando.
Y entonces _fsssh_.
Algo cruzó el aire.
Una botella. De metal. Le pegó justo en la frente. _Clonk._
La chica se fue para atrás, sentándose de golpe en su círculo.
Mika bajó la mano. Acababa de lanzarla. Sus alas ni se movieron.
“Ya cállate”, dijo Mika. Su voz era suave. Fría. “Hablas mucho. Y mal.”
Sacó otra pluma de su ala. La hizo girar entre los dedos. Como amenaza.
La chica demonio se tocó la frente. Tenía un chipote. Miró a Mika. Miró a Doku.
Y se calló.
Doku respiró hondo. Las grietas del suelo se cerraron solas.
“La clase sigue”, dijo. Como si nada. “Página 3. Defensas contra sangre.”
Volteó a ver a Kasumi un segundo. Nada más.
Kasumi tenía las manos apretadas. El listón rojo le marcaba la piel.
Hanna, desde su lugar, no la miró. Solo movió un dedo. _Tranquila._
Después de eso, nadie más dijo nada.
Pero en los pasillos, Kasumi sentía ojos.
Y en los días de _Campo_, cuando el patio se abría y la arena subía,
Kasumi se sentaba en las gradas. Arriba. Sola.
Porque “Regla del Velo”, decía Doku. “Los humanos no pisan el Campo. Orden del Consejo.”
Así que veía a los Doce ganar. Veía a Saya cortar un golem de piedra en dos sin sudar.
Y aplaudía. Porque no podía hacer más.
Hasta que esa noche, Saya se le acercó.
“Tú miras bien”, dijo. “Pero mirar no te va a salvar.”
Salieron de la escuela cuando las nubes naranjas ya se ponían rojas.
Los Doce iban en grupo, como siempre. Ahora eran trece.
Saya caminaba al lado de Hanna. No hablaba. Solo miraba. Todo. Las calles. Los techos. Los callejones. Como si contara salidas.
Llegaron a la cueva.
Poli ya era una olla y estaba hirviendo algo que olía a carne y a hierbas dulces. Tadachi cortaba pan con una cuchilla de sangre. Luna calentaba el agua con una serpientita de fuego que salía de su flauta.
Se sentaron alrededor de la mesa de piedra. Todos. Hasta Kasumi.
Por primera vez, la silla de Saya no estaba vacía.
Comieron en silencio. Al principio.
Jaruto rompió el pan con los dientes. “Así que… la hija de Goru”, dijo, con la boca llena. “¿Y qué sabes hacer aparte de ver feo?”
Suki le dio una patada por debajo de la mesa.
Saya no se molestó. Terminó de masticar. Tragó.
“Veo”, dijo. Simple.
“Todos vemos”, dijo Ken Ren, empujándose los lentes.
Saya levantó los ojos. Negros. Como los de Goru.
“Yo veo a tres calles”, dijo. “Veo al guardia elfo que nos siguió desde la escuela. Está en el techo, dos casas atrás. Está nervioso. No sabe si entrar.”
Todos se quedaron quietos.
Hanna ni volteó. “Se fue hace dos minutos. Lo olí.”
Saya asintió. “Y huelo. Miedo. Sangre vieja. Mentiras.” Tocó su nariz. “Como la chica de hoy. La de la clase. Olía a envidia. No a miedo al Consejo.”
Kasumi dejó la cuchara.
“Sí”, dijo Saya, mirándola. Sin parpadear. “También leo. Aquí.” Se tocó la sien. “No todo. Solo lo fuerte. Gritos de la cabeza.Tambien controlo más mentes"
Señaló a Tadachi. “Tú piensas en sangre todo el día. Te gusta.”
Tadachi sonrió, enseñando colmillos. “Culpable.”
Señaló a Rin. “Tú piensas que eres débil. No lo eres.”
Rin bajó la cabeza. Sus tentáculos se escondieron.
Señaló a Kasumi.
“Tú…”, dijo Saya. Entrecerró los ojos. “Tú gritas. Todo el tiempo. _Papá. Casa. Volver._ Tan fuerte que me duele.”
Kasumi apretó la cuchara.
El silencio se puso espeso.
“Por eso te voy a entrenar”, dijo Saya. Dejó el plato. “Porque gritas. Y los que gritan, se mueren primero. O aprenden a callarse.”
Se paró.
“Terminen. Dojo. En una hora. Sin Goru.”
Miró a Hanna. Hanna asintió. Permiso dado.
Saya se fue hacia los catres.
Jaruto silbó bajito. “Ojo de Halcón”, dijo. “Así le decían en el Clan del Río. Ve todo. Huele todo. Y si mientes, te corta la lengua.”
“No es cierto”, dijo Akem, abrazando a Poli. “Solo te corta el dedo.”
Todos se rieron. Menos Kasumi.
Hanna le pasó otro pedazo de pan.
“Come”, le dijo. “La vas a necesitar. Saya no es como Goru. Goru te empuja. Saya… te rompe y ve si te vuelves a armar.”
Kasumi miró el pan. Miró a Saya, sentada sola, pasando la piedra por el filo.
Y comió.
Porque ya no había vuelta atrás.
No esperaron a que anocheciera.
Terminaron de comer. Saya se limpió
“Dojo”, dijo. “Ahora.”
No fueron al dojo de Goru.
Fueron al _Campo_.
La arena de la escuela estaba vacía a esa hora. Las gradas de piedra, solas. El círculo de arena blanca, liso. El sol pegaba de lado, naranja.
Los Doce se tiraron en las gradas. Como público. Jaruto con los pies arriba. Suki comiendo algo que parecía fruta azul. Ken sacó un cuaderno. “Para notas”, dijo. Himari, en forma adulta, se afilaba las garras en la piedra.
Hanna se quedó en la entrada, recargada. Brazo cruzado. Ojo fijo.
Kasumi y Saya bajaron a la arena.
Saya desenfundó una espada. La otra la dejó en su espalda.
“Regla uno”, dijo Saya. Su voz no rebotaba. Cortaba. “En una pelea real, no te avisan. No te esperan. No te tienen lástima.”
Se puso en guardia.
“Postura”, dijo Saya. “La que te enseñó mi padre.”
Kasumi la hizo. Temblando, pero la hizo.
Saya asintió. Una vez.
Y atacó.
No con la espada.
Con la mente.
Kasumi sintió un _jalón_ en la cabeza. Como si alguien le metiera dedos fríos en el cerebro.
_Suéltate_, dijo una voz. No en el aire. Adentro. _Eres débil. Vas a morir._
Las rodillas de Kasumi flaquearon
Desde las gradas, Jaruto silbó. “Ojo de Halcón”, murmuró. “También te rompe la cabeza.”
“Ella controla mentes”, dijo Ken , sin dejar de escribir. “Si te metes, te hace ver cosas. Te hace sentir cosas. Te hace _creer_ cosas.”
Kasumi apretó los dientes.
“No”, dijo. En voz alta. Y adentro. “No.”
La presión se fue. Un segundo.
Saya ladeó la cabeza. “Mmm. Gritas fuerte.”
Volvió a atacar. Con la espada, ahora. Un golpe plano, con el lado sin filo.
Kasumi lo bloqueó con el brazo. Mal. Le dolió hasta el hombro.
Se cayó.
“Levántate”, dijo Saya. “Otra vez.”
Kasumi se levantó.
Saya no la dejó respirar.
_Miedo. Papá muerto. Sola. Nunca vas a volver._
Las palabras le taladraban la cabeza. No eran de Saya. Eran suyas. Pero Saya las sacaba. Las hacía gritar.
Kasumi vio a su papá en la arena. Tirado. Sangrando.
Se le salieron las lágrimas.
“No es real”, dijo Saya. “Yo lo puse ahí. ¿Vas a llorar o vas a pelear?”
Kasumi gritó. No de miedo. De rabia.
Y se lanzó.
No con técnica. Con todo.
Saya la esquivó fácil. Le puso el pie. Kasumi besó la arena otra vez.
Desde las gradas, Suki aplaudió. Una vez. “Eso, humana.”
Hanna no se movió. Pero su ojo gris brillaba.
Saya envainó la espada. Se agachó frente a Kasumi.
“Duele”, dijo. “Que te lean. Que te usen. Que te rompan por dentro.” Tocó su propia sien. “Yo lo hago. Kuroi Rei lo hace. Y él es mejor que yo.”
Le ofreció una mano.
Kasumi la miró. Dudó. Y la agarró.
Saya la levantó de un jalón.
“Si aprendes a callar tu cabeza”, dijo Saya, “si aprendes a gritar más fuerte que yo adentro… entonces tal vez”, le dio un golpe suave en el pecho con dos dedos, “tal vez no mueras cuando te lo encuentres.”
Miró a los Doce.
“Descanso. Diez minutos. Luego todos. Contra mí.”
Jaruto gimió. “¿Todos?”
Saya desenvainó las dos espadas.
“Todos”, dijo. “La humana necesita ver cómo se pelea de verdad.”
Kasumi se sentó en la arena, jadeando. El listón rojo le quemaba. La cabeza le zumbaba.
Pero no lloraba. aun lado estaba Joruto com ella