Entre planes de venganza, celos asfixiantes y besos que saben a guerra, Valeria y su mejor amigo Julián han trazado una estrategia para conquistar a sus imposibles. Pero en este juego de poder, las máscaras caen y las fieras despiertan. Cuando el deseo se vuelve posesivo y los secretos se filtran en los pasillos, solo queda una pregunta: ¿Quién se rendirá primero ante el caos del corazón?"
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El Silencio del Mármol y la Conjura de las Fieras
El domingo amaneció con un sol pálido que se filtraba por las cortinas de la habitación de Damián, iluminando un espacio donde cada libro, cada pluma y cada pensamiento estaban meticulosamente ordenados. Sin embargo, por dentro, Damián era un campo de escombros. Se encontraba sentado en su escritorio de roble, con el teléfono móvil boca abajo frente a él, como si fuera una granada a punto de explotar. Valeria le había enviado tres mensajes. El primero era una burla sobre su beso; el segundo, una pregunta directa sobre qué eran ahora; y el tercero, un simple "Cobarde". Damián los leyó todos desde la pantalla de bloqueo, pero sus dedos se negaban a teclear. Para él, responder significaba claudicar. Si contestaba, admitiría que el caos de esa chica de lengua afilada había derribado sus muros de contención. Su mente analítica le gritaba que recuperara el control, que ese beso había sido un error producto del alcohol y la música, pero su cuerpo aún recordaba la electricidad de Valeria y la forma en que ella no se había amilanado ante su posesividad. El miedo de Damián no era a Valeria, sino a la versión de sí mismo que ella despertaba: un hombre que no calculaba riesgos, que actuaba por impulso y que sentía con una intensidad que amenazaba con incinerar su futuro perfecto.
A pocos kilómetros de allí, Julián caminaba de un lado a otro en su habitación, ignorando los trofeos de fútbol y los pósteres que adornaban sus paredes. Él, el chico popular que siempre tenía una frase ingeniosa para cada situación, se encontraba ahora mudo. Estaba desesperado. El recuerdo de Elena sollozando en su pecho tras la partida de Mateo le quemaba el alma. Quería declararse, quería decirle que la quería desde el primer día que la vio fingir que era una niña buena, pero las palabras se le atascaban en la garganta. ¿Cómo se declara un payaso profesional a una chica que acaba de romper con su novio por su culpa? Temía que, si hablaba en serio, ella se asustara y volviera a esconderse tras su máscara de dulzura. Su habitual confianza se había evaporado, reemplazada por una ansiedad que lo hacía revisar el chat de Elena cada cinco segundos, escribiendo y borrando frases que siempre le parecían insuficientes, estúpidas o demasiado cursis para alguien como él.
Mientras tanto, en una dimensión paralela de notificaciones y capturas de pantalla, la verdadera tormenta se estaba gestando. Valeria y Elena, conectadas por un hilo invisible de indignación femenina, mantenían una conversación frenética por WhatsApp que habría hecho temblar a cualquier hombre del instituto.
Valeria: ¿Puedes creerlo? ¡Tres horas! Damián me ha dejado en leído tres malditas horas. El "Señor Control" se ha asustado porque probó un poco de fuego y ahora se esconde en su castillo de apuntes.
Elena: Al menos el tuyo leyó los mensajes. Julián está en línea y no me ha dicho ni "hola". Después de lo de anoche... después de que Mateo me dejara así... es un cobarde. Todos son iguales, Val. Se hacen los valientes cuando hay música y alcohol, pero el domingo por la mañana les tiemblan las piernas.
Valeria: No vamos a permitir esto, El. Ellos creen que tienen el sartén por el mango porque nos besaron. Damián cree que su silencio me va a poner ansiosa. No me conoce. Si quiere silencio, le voy a dar un vacío absoluto.
Elena: ¿Qué tienes en mente? Mi fierecilla interna quiere destrozar algo, preferiblemente el orgullo de Julián.
Valeria: Mañana es lunes. No vamos a buscarlos. No vamos a mirar sus mensajes si es que se dignan a escribir. Vamos a ir al colegio como si nada hubiera pasado, pero más radiantes que nunca. Y tengo un plan mejor: si Damián no quiere perder el control, vamos a darle una razón para que lo pierda de verdad. Voy a empezar a salir con ese chico de intercambio, el francés que le pidió apuntes el otro día. Y tú... tú vas a dejar que Julián vea que no estás triste por Mateo, sino que estás "disponible" para alguien que sí sea un hombre de verdad.
Elena: Me gusta. Julián odia no ser el centro de atención. Si me ve riendo con alguien más y lo ignoro por completo, se va a volver loco. Mañana será el funeral de su ego.
La alianza entre la chica directa y la fierecilla se selló con una serie de emojis de fuego y dagas. Valeria dejó su teléfono a un lado, con una sonrisa depredadora dibujada en sus labios rojos. Sabía que Damián estaría mirando el teléfono, esperando su cuarto mensaje, su súplica, su queja. Pero no llegaría. Valeria ya estaba planeando el vestuario de mañana: algo que gritara "no te necesito", pero que hiciera que Damián quisiera encerrarla en una habitación y tirar la llave. Por su parte, Elena se miró al espejo, limpiándose los restos de rímel corrido de la noche anterior. Su mirada ya no era dulce; era la mirada de alguien que había aprendido que el mejor ataque es una retirada estratégica seguida de un contraataque devastador.
El domingo terminó con dos hombres sumidos en el miedo a sus propios sentimientos y dos mujeres unidas por el deseo de venganza y el poder del desprecio. El lunes no sería un día de clases normal; sería el inicio de una guerra fría donde los corazones serían los únicos daños colaterales aceptables. Damián y Julián no tenían idea de que, al intentar proteger su orgullo y su miedo, acababan de cavar la fosa de su propia tranquilidad. Las reglas del juego habían cambiado, y esta vez, Valeria y Elena no iban a pedir consejos; iban a dictar las sentencias.