Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
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Acto I: La Pieza
Capítulo 8: El regreso
—
El avión aterrizó en Madrid a las once de la noche del domingo con una hora de retraso y yo con el cuerpo en Berlín y la cabeza en ninguna parte.
Laura me esperaba en la llegada con un cartel que ponía
"BIENVENIDA ARTISTA INTERNACIONAL" en letras fosforitas y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Irene! —gritó, abrazándome como si no me hubiera visto en meses—. Cuéntamelo todo. ¿Cómo fue? ¿La galería? ¿Berlín? ¿La tía? ¿Comiste kebab? ¿Bebiste vino? ¿Conociste a un alemán alto y callado?
—Para, para —reí—. No puedo con todo.
—Pues vas a poder porque tengo hambre y en el coche hay pizza.
—
En el coche de Laura (un utilitario de segunda mano que olía a perro aunque ella no tenía perro), comimos pizza fría y le conté todo.
La galería, Helga, la exposición en octubre. Lucía, los bares, el kebab de las tres de la mañana. Todo.
—Estoy tan orgullosa de ti —dijo Laura—. Te lo mereces.
—Todavía no he hecho nada. Solo promesas.
—Pero son promesas de verdad. De las que valen.
—Ya.
—¿Y el tío ese? —preguntó, cambiando de tono—. ¿El jefe? ¿Supo algo?
El estómago se me encogió.
—Me mandó un mensaje.
—¿Cómo? ¿Tiene tu número?
—No sé. Apareció. Preguntó qué tal.
—¿Y qué le dijiste?
—Que bien.
—¿Nada más?
—Nada más. Pero él sabía que estaba en Berlín. Y sabía que iba a una galería.
—¿Te lo dijo?
—Me preguntó "¿cómo fue?" como si supiera lo que iba a hacer.
Laura apretó el volante. La pizza se quedó a medio camino de su boca.
—Eso es raro, Irene.
—Lo sé.
—Muy raro.
—Lo sé.
—¿Crees que te sigue?
—No sé qué creer.
—¿Le preguntaste cómo lo sabía?
—No. No quise.
—¿Por qué?
—Porque... no sé. Porque si le preguntaba, tendría que enfrentarme a lo que significa.
—¿Y qué significa?
—Que me está vigilando. Y que no sé por qué.
—
El lunes, en la oficina, todo parecía igual.
La misma entrada de mármol, el mismo ascensor con su palmada en el entrepiso, la misma mesa con la silla manchada, el mismo teléfono con sus mil botones. Encarna con su prisa, los señores de traje con sus caras serias, las secretarias con sus miradas de reojo.
Pero yo no era la misma.
Algo había cambiado en Berlín. Algo que no sabía nombrar. Una seguridad nueva. Una certeza de que mi vida no era solo esto, solo esta mesa, solo estas llamadas, solo este sueldo a fin de mes.
Había una galería en Berlín que me esperaba.
Y eso lo cambiaba todo.
—
A media mañana, Sergio apareció en mi mesa.
—Buenos días, Irene. ¿Qué tal el viaje?
Levanté la vista. Su cara era neutra, como siempre. Pero algo en su tono me hizo sospechar.
—Bien, gracias. ¿Cómo lo supo?
—¿El qué?
—Que viajé.
—Ah, el billete. Lo gestioné yo. El señor Moncada me pidió que me encargara.
—¿Y cómo sabía que necesitaba un billete?
Sergio dudó una fracción de segundo. Tan breve que cualquiera la habría perdido. Yo no.
—Supongo que alguien se lo comentó. No sé, Irene. Solo hago mi trabajo.
—Claro. Gracias, Sergio.
Se fue. Yo me quedé mirando su espalda mientras se alejaba.
Mentía. O no me contaba todo. O las dos cosas.
—
A la hora de comer, bajé a la cafetería.
No porque tuviera hambre. Porque necesitaba salir de esa planta, respirar aire que no oliera a fotocopias y a ambición.
Pedí un café y me senté en una mesa junto a la ventana. La calle, abajo, era un río de gente que iba y venía sin mirarse. Como en Berlín. Como en todas partes.
—¿Puedo?
Levanté la vista.
Él.
Marcos Moncada estaba de pie frente a mi mesa, con una bandeja en las manos y una expresión que no supe leer.
—Claro —dije—. Siéntese.
Se sentó. Llevaba una ensalada y un vaso de agua. Siempre agua.
—¿Qué tal Berlín?
—Bien. Frío.
—Me dijeron que fue por una galería.
—¿Quién se lo dijo?
—Sergio, supongo. Maneja mis agendas. A veces me cuenta cosas de los empleados.
—¿Cosas?
—Nada importante. Solo... intereses. Aficiones. Me gusta saber con quién trabajo.
Lo miré fijamente. Él sostuvo la mirada sin pestañear.
—Fui a ver a mi tía —dije—. Y de paso, una galería.
—¿Le interesa vender su arte?
—A todo el mundo le interesa vender el arte. Solo dibujar no paga las cuentas.
—No. La mayoría finge. Usted no.
—¿Cómo sabe si finjo o no?
—Porque cuando habla de arte, sus ojos cambian. Se vuelven más... vivos.
El café se me quedó a medio camino de los labios.
—No sé de qué habla.
—Claro que sabe.
Se levantó, cogió su bandeja, y me miró una última vez.
—Disfrute su exposición, Irene. Cuando llegue octubre.
Y se fue.
—
Me quedé sentada, inmóvil, con el café frío en las manos.
Sabía lo de la exposición. Sabía la fecha. Sabía todo.
—¿Cómo coño...?
La pregunta se quedó flotando en el aire, sin respuesta.
—
Esa noche, en el estudio, llamé a Lucía.
—¿Pasó algo?
—Él sabe lo de la exposición.
—¿Quién?
—Marcos. Mi jefe. Sabe la fecha. Sabe que es en octubre.
—¿Cómo?
—No lo sé. Pero lo sabe. Y no debería.
—¿Se lo dijiste?
—No. Nadie. Solo tú y Laura.
—Pues alguien más lo sabe.
—¿Quién?
—No sé, Irene. Pero ten cuidado. Ese hombre...
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. Los hombres así no preguntan. Los hombres así toman.
Colgué. Blanca saltó a mis rodillas. La acaricié sin mirarla.
En la mesa, el dibujo de sus ojos seguía en el cajón donde lo había escondido.
Lo saqué. Lo miré.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté en voz alta.
Nadie respondió.