"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 24
(Narrado por Elena)
El viaje de vuelta a la ciudad fue un funeral en movimiento. Julián conducía con una mano en el volante y la otra apretando mi muslo, un ancla de carne y hueso que me recordaba que mi breve exilio había terminado. Yo miraba por la ventanilla cómo el verde salvaje del norte se transformaba gradualmente en el gris geométrico de la autopista, y sentía que cada kilómetro era una palada de tierra sobre el ataúd de mi libertad.
No hablamos. No hacía falta. Julián ya había obtenido lo que quería: mi rendición. En el acantilado, bajo su beso de sal y dominio, comprendí que no podía huir de él porque él no era una persona, era un clima. Estaba en todas partes. En el dinero de Valeria que él rastreaba, en los recuerdos de mis padres que él custodiaba, en la piel que él había reclamado como suya.
—Hemos llegado, pequeña —dijo, mientras el coche se detenía frente a un edificio nuevo, una torre de cristal y acero que arañaba el cielo en el barrio más exclusivo de la ciudad.
No era el Apartamento 4B. Era algo distinto. Algo más alto.
—¿Dónde estamos, Julián?
—En nuestro nuevo comienzo —respondió, bajando del coche y rodeándolo para abrirme la puerta—. El 4B era un boceto. Este es el proyecto final. Aquí no hay rastros de Valeria, ni de mis padres, ni de nadie. Solo aire, luz y nosotros.
Subimos en un ascensor que subía tan rápido que se me taponaron los oídos. Al entrar en el ático, el espacio me golpeó con una frialdad aséptica. Era inmenso. Paredes blancas inmaculadas, suelos de hormigón pulido y ventanales que iban del techo al suelo, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad que parecía una maqueta a nuestros pies. No había retratos en las paredes. No había desorden. Era una galería vacía esperando a ser llenada.
—Es... impresionante —susurré, sintiendo un escalofrío.
—Es perfecto —corrigió él, abrazándome por la espalda—. Aquí nada puede esconderse. Todo es transparente. Como tú y yo a partir de ahora.
Me dejé abrazar, pero por dentro, algo en mí se había vuelto de piedra. En el camino de regreso, mientras él creía que yo dormía contra el cristal, había tomado una decisión. Si Julián quería una estructura, yo le daría una. Pero sería una estructura con un fallo de cálculo fatal. Una última pared que él no podría ver.
Los primeros días en el ático fueron una lección de domesticidad forzada. Julián me compró cuadernos nuevos, libros que yo quería leer, y una cámara fotográfica profesional.
—Si quieres ser mi musa, debes aprender a ver como yo —me dijo, colocándome la correa de la cámara alrededor del cuello—. Quiero que me retrates mientras trabajo. Quiero ver mi mundo a través de tus ojos.
Empecé a hacerlo. Paseaba por el ático capturando sombras, el ángulo de su mandíbula mientras revisaba planos, la forma en que sus dedos largos se cerraban sobre el grafito. Él estaba encantado. Creía que finalmente me había "procesado", que me había convertido en una extensión de su propia voluntad estética.
Pero yo estaba usando la cámara para algo más. Estaba documentando su locura.
Cada noche, cuando él dormía agotado tras poseerme con esa urgencia que ahora me dejaba fría, yo me levantaba y me encerraba en el baño. Allí, con la luz tenue, revisaba las fotos. No buscaba belleza. Buscaba las grietas. Buscaba los momentos en que su rostro se transformaba en una máscara de control absoluto, las fotos donde sus manos me apretaban con demasiada fuerza, las imágenes de los documentos que dejaba descuidados sobre la mesa de luz.
Descubrí que Julián no solo había rastreado a Valeria. Había estado desviando fondos de la empresa familiar para comprar este ático. Había falsificado firmas de su padre en contratos de construcción. El arquitecto brillante era, en realidad, un estafador que estaba construyendo su imperio sobre un terreno pantanoso.
—Elena, estás muy callada hoy —dijo una tarde, mientras yo preparaba café en la cocina de acero inoxidable—. ¿En qué piensas?
—En la simetría —mentí, dándole la espalda—. En cómo todo en esta casa encaja perfectamente.
—Me alegra que empieces a apreciarlo —dijo él, acercándose y besándome en la nuca—. La simetría es la paz de la mente.
Sentí una punzada de asco, pero sonreí. Había aprendido a sonreír como él: con los labios, pero no con los ojos.
Una tarde, mientras Julián estaba en una reunión fuera del edificio —su primera salida larga en semanas—, sonó el teléfono fijo del ático. Él me había prohibido contestar, pero el sonido era una intrusión necesaria.
—¿Diga?
—¿Elena? —era la voz de Sofía. Estaba llorando.
—Sofi... —mi voz se quebró. Todo el mármol de mi interior amenazó con desmoronarse al oírla.
—Elena, escúchame bien. No tengo mucho tiempo. Julián ha vuelto a la casa de mis padres esta mañana. Ha tenido una pelea horrible con papá. Le ha dicho que si yo volvía a intentar hablar contigo, nos quitaría la casa. Dice que tiene documentos que prueban que papá cometió fraude hace años.
—Eso es mentira, Sofía. Tu padre es el hombre más honesto que conozco.
—Lo sé. Pero Julián es arquitecto, Elena. Sabe cómo fabricar pruebas. Sabe cómo diseñar una mentira para que parezca verdad. Por favor, tienes que salir de ahí. Mi padre está en el hospital. Le ha dado un amago de infarto por el disgusto.
El mundo se volvió blanco por un segundo. El señor Martínez, el hombre que me había dado un hogar cuando mis padres murieron, estaba sufriendo por mi culpa. Por nuestra culpa.
—Sofía, tengo pruebas —susurré, mirando hacia la puerta por si Julián regresaba—. He estado haciendo fotos de sus papeles. Él es el que ha estado desviando dinero. Está comprando todo esto con vuestro patrimonio.
—¿Puedes sacarlas de ahí? —preguntó Sofía, su voz llena de una esperanza desesperada.
—Lo haré. Pero necesito que Valeria me ayude. Ella sabe cómo interpretar esos contratos. No tengo mucho tiempo, Sofi. Él volverá pronto.
—Ve a la biblioteca nacional mañana a las diez —dijo Sofía—. Estaremos allí. No falles, Elena. Es la última oportunidad para todos.
Colgué el teléfono y sentí que las paredes del ático empezaban a vibrar. La última pared que yo había construido en mi mente, esa que me protegía de Julián, se había vuelto una fortaleza. Él creía que me tenía bajo control, que yo era su musa sumisa, pero yo era la espía en su propio castillo.
Esa noche, Julián volvió de excelente humor. Traía champán y una caja de terciopelo.
—Para mi estructura —dijo, abriendo la caja. Dentro había un brazalete de diamantes, frío y pesado como un grillete—. Vamos a dar una fiesta de inauguración el mes que viene. Quiero que el mundo vea lo que hemos construido juntos.
—Será una noche inolvidable —respondí, dejando que me pusiera el brazalete.
—Lo será —dijo él, mirándome con una intensidad que me hizo querer vomitar—. Eres mi mejor obra, Elena. Nunca lo olvides.
Dormimos juntos, pero yo me mantuve despierta, contando sus respiraciones. A las cuatro de la mañana, me levanté. Fui a su despacho, abrí su caja fuerte —el código era la fecha de mi nacimiento, otra forma de posesión— y saqué los documentos originales que Sofía necesitaba. Los fotografié todos y luego guardé los archivos en una tarjeta de memoria que escondí dentro del colgante de la caracola que él mismo me había regalado en su cinismo.
A la mañana siguiente, me vestí con cuidado. Me puse la gabardina oscura y la bufanda.
—Voy a salir a comprar unos libros de poesía —le dije a Julián mientras él desayunaba—. Necesito aire.
Él me miró por encima de su café. Sus ojos recorrieron mi rostro, buscando cualquier rastro de la traición que yo llevaba oculta bajo la piel.
—No tardes, pequeña. El aire de la ciudad es sucio. Aquí arriba es donde se respira bien.
—No tardaré —prometí.
Salí del ático y el ascensor bajó hacia el mundo real. Al salir a la calle, el ruido, el caos y la gente me parecieron hermosos. Tomé un taxi hacia la biblioteca. Mi corazón era un motor a punto de estallar.
Al entrar en el gran edificio de piedra, las vi. Sofía y Valeria estaban sentadas en una mesa al fondo, bajo la luz de una lámpara de lectura verde. Al verme, Sofía se levantó y me rodeó con sus brazos. Fue un abrazo de perdón, de dolor compartido, de hermandad recuperada.
—Lo siento tanto, Sofi —lloré contra su hombro.
—Shhh. Ya pasó. Danos lo que tienes —dijo Valeria, extendiendo la mano con su habitual eficiencia, aunque sus ojos brillaban de emoción.
Les entregué la tarjeta de memoria. Valeria la conectó a su portátil y empezó a revisar los archivos. A medida que pasaba las páginas, su rostro se volvía más pálido.
—Esto es más que fraude, Elena —murmuró Valeria—. Es sabotaje profesional. Ha estado usando materiales de baja calidad en los proyectos de su padre y desviando la diferencia a cuentas en el extranjero. Si esto sale a la luz, Julián no solo perderá su licencia. Irá a la cárcel.
—Hazlo —dije, y mi voz sonó firme, despojada de cualquier rastro de la niña asustada del acantilado—. Hazlo hoy mismo.
—Elena, tienes que venirte con nosotras ahora —dijo Sofía, tomándome de la mano—. No puedes volver a ese ático. Él te matará si se entera.
Miré hacia la puerta de la biblioteca. Sabía que Julián ya debía de estar sospechando. Sabía que su mente de arquitecto ya estaría calculando mi tiempo de ausencia.
—No puedo irme todavía —respondí—. Él tiene las copias físicas en la caja fuerte. Si se da cuenta de que las he tocado, las destruirá antes de que llegue la policía. Tengo que volver y asegurarme de que no toque nada hasta que lleguéis vosotros con la orden.
—¡Es peligroso! —exclamó Sofía.
—Es justicia —sentencié—. Él ha destruido mi vida, la vuestra y la de su padre. Es hora de que su propia arquitectura se le caiga encima.
Me despedí de ellas y volví al ático. El viaje de subida en el ascensor fue el más largo de mi vida. Al entrar, Julián estaba de pie frente al gran ventanal, de espaldas a mí. La luz de la tarde bañaba el salón de un naranja violento.
—Has tardado cuarenta y dos minutos más de lo previsto, Elena —dijo, sin girarse.
—La cola en la librería era larga —respondí, tratando de que mi voz no temblara.
—No has traído libros —dijo él, girándose lentamente. En su mano sostenía mi cámara de fotos. Había revisado la galería. Había visto las fotos de sus documentos—. ¿Qué has hecho, Elena?
La última pared se rompió. Pero no fue la mía. Fue la suya.
—He terminado el proyecto, Julián —dije, retrocediendo hacia la puerta—. He encontrado el fallo estructural. Y resulta que el fallo eres tú.
Se acercó a mí con una furia que nunca había visto. No era el depredador controlado; era un hombre viendo cómo su mundo de cristal estallaba en mil pedazos.
—¡Te di todo! ¡Te convertí en arte! —gritó, agarrándome por el cuello y empujándome contra el cristal del ventanal.
Miré por encima de su hombro. Abajo, en la calle, las luces azules de la policía empezaban a iluminar la base de su torre de marfil.
—No soy arte, Julián —susurré, mientras el aire me empezaba a faltar—. Soy la mujer que te ha demolido.
El sonido del timbre electrónico resonó en el ático. Eran ellos. Valeria, Sofía y la ley. Julián me soltó, mirando la puerta con el horror de quien ve cómo la gravedad finalmente reclama lo que es suyo.
La arquitectura del engaño había caído. Y yo, por primera vez, estaba fuera de los escombros, respirando el aire sucio y bendito de la realidad.