Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 10: La Cicatriz de la Obediencia
El silencio en el apartamento de Kaito tras la partida de su familia era denso, cargado de una tensión que Haru no sabía cómo manejar. Se había puesto la ropa que Hana le eligió: un jersey de cachemira color crema y unos pantalones de tela suave que acariciaban sus piernas sin apretar las heridas. Se sentía extraño, como si estuviera disfrazado de alguien que merece cosas buenas.
Kaito estaba en la cocina, preparando café. El sonido de la máquina y el aroma intenso llenaban el espacio. Haru se quedó de pie en el límite de la alfombra, sin atreverse a sentarse sin permiso. Sus manos, aún con las vendas que él mismo se había retocado, se entrelazaban nerviosamente.
—Siéntate, Haru. El desayuno está en la mesa —dijo Kaito sin darse la vuelta. Su voz era tranquila, pero mantenía esa autoridad natural que hacía que Haru diera un respingo.
Haru se acercó a la mesa de cristal. Había fruta fresca, huevos, pan recién horneado. Un banquete comparado con el arroz seco que comía a escondidas en la mansión Ichijō. Se sentó en la punta de la silla, listo para salir corriendo.
Mientras comían en un silencio sepulcral, Haru estiró el brazo para alcanzar el azúcar. Sus dedos, aún torpes por los temblores residuales, rozaron la taza de porcelana fina de Kaito. El objeto se tambaleó y un poco de café negro salpicó el mantel de lino blanco y la mano de Kaito.
El tiempo se detuvo para Haru.
El color desapareció de su rostro, dejándolo de un blanco fantasmal. El recuerdo de Ren gritando "¡Inútil! ¡Ni siquiera puedes servir una mesa!" resonó en sus oídos como un cañonazo. Antes de que Kaito pudiera siquiera parpadear, Haru ya se había lanzado al suelo.
—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! ¡Soy un estúpido! —el grito de Haru era un chillido de puro terror animal.
Se puso de rodillas sobre el mármol, agachando la cabeza hasta que su frente tocó el suelo frío. Empezó a temblar con tal violencia que se escuchaba el castañeo de sus dientes.
—¡Por favor, no me pegue! ¡Limpiaré todo! ¡Haré lo que quiera, pero no me use el cinturón hoy, por favor! —Haru empezó a desabrocharse frenéticamente los botones del jersey nuevo, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. Si quiere castigarme, hágalo rápido... lo siento, lo siento...
Kaito se quedó petrificado en su silla. El café caliente en su mano ni siquiera le importaba. Ver a un hombre joven, a un artista con un talento divino, humillarse de esa manera por unas gotas de café derramadas le provocó una náusea de rabia que casi le hace perder el control de su aroma.
La furia de Kaito no era contra Haru, sino contra el monstruo que lo había condicionado así. Se levantó lentamente. El sonido de su silla al arrastrarse hizo que Haru sollozara más fuerte, encogiéndose, esperando el primer golpe en las costillas.
—Levántate —la voz de Kaito era un gruñido bajo, vibrante de una rabia contenida que hacía que las paredes parecieran temblar.
—¡Perdón! ¡Prometo que no volverá a pasar! ¡No me eche a la calle! —suplicaba Haru, con la frente aún pegada al suelo, ofreciendo su nuca en una sumisión absoluta y desgarradora.
Kaito caminó hacia él. Haru apretó los ojos, preparándose para el impacto. En lugar de una bota o un cinturón, sintió unas manos grandes y cálidas rodeando sus axilas. Kaito lo levantó del suelo como si fuera una pluma y lo obligó a ponerse de pie, sujetándolo por los hombros.
—¡Mírame, Haru! ¡Mírame a los ojos! —rugió Kaito, aunque sus manos eran increíblemente delicadas, evitando presionar demasiado.
Haru levantó la vista, con el rostro empapado de lágrimas y la mirada desenfocada por el pánico. Vio la cara de Kaito: sus ojos ámbar estaban encendidos como brasas, su mandíbula tan apretada que parecía que iba a romperse.
—En esta casa —dijo Kaito, cada palabra cayendo como un martillo—, nadie se arrodilla. Nadie pide perdón por un accidente. Y nadie, nunca, vuelve a mencionar un castigo físico. ¿Me has oído?
—Pero... yo... lo ensucié... —susurró Haru, hipando.
—Es un maldito mantel, Haru. Puedo comprar mil manteles. Puedo comprar el edificio entero y prenderle fuego si quiero, y nada de eso vale una sola de tus lágrimas —Kaito lo sacudió levemente, tratando de traerlo de vuelta de su flashback—. Ren Ichijō es un cobarde que solo se siente alfa asustando a alguien más pequeño. Yo soy un Kuroda. Mi poder no viene de golpear omegas; viene de proteger lo que es mío. Y tú eres mi vecino, estás bajo mi techo. Eres intocable.
Kaito soltó un suspiro pesado, tratando de calmar su aroma a tormenta que estaba asfixiando al chico. Lo llevó de vuelta a la silla y se arrodilló él —el gran jefe de la mafia— frente al omega. Tomó las manos vendadas de Haru entre las suyas.
—Escúchame bien. La próxima vez que algo se rompa o se ensucie, te quedarás sentado. No quiero volver a verte en el suelo, Haru. Me da una rabia que no puedo explicar, porque cada vez que te humillas así, Ren gana una batalla. Y yo no pierdo guerras.
Haru lo miró, procesando las palabras. La idea de que su sumisión "hacía ganar" a Ren le dio un vuelco al corazón. Kaito le limpió una lágrima con el pulgar, con una ternura que contrastaba violentamente con la furia de sus palabras.
—Vete a tu apartamento. He hecho que traigan lienzos profesionales y pinturas de verdad. Quiero que pintes. No quiero que limpies, no quiero que cocines. Quiero que recuperes tu voz en ese lienzo. Es la única forma en que vas a dejar de tenerle miedo a las sombras.
Haru asintió débilmente. Se levantó y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró. —Kaito-sama...
—Solo Kaito —corrigió él, volviendo a la mesa para limpiar el café con un desprecio absoluto por la mancha.
—Gracias... por no pegarme —dijo Haru en un susurro antes de desaparecer por el pasillo.
Kaito se quedó solo. En cuanto la puerta se cerró, golpeó la mesa de mármol con el puño cerrado, agrietando la superficie. Sacó su teléfono y marcó a Yuki.
—Yuki. Empieza a comprar las deudas de las empresas subsidiarias de los Ichijō. Quiero que para el final del mes, Ren no pueda comprar ni un café sin que pase por mis manos. Quiero asfixiarlo financieramente antes de romperle los huesos. Que aprenda lo que es estar a merced de alguien que realmente tiene poder.
Kaito miró la mancha de café en el mantel. Para Haru era un motivo de terror; para Kaito, era el inicio de una cacería que no terminaría hasta que el nombre Ichijō fuera solo un mal recuerdo en la historia de Tokio.