Él es cristal: frío, poderoso e inquebrantable. Ella es la luz que amenaza con romperlo.
Alistair Vance, un CEO implacable que lo toma todo por la fuerza, encuentra su obsesión en la dulce Evie Morales. Pero cuando una traición cruel destruye su confianza, ella desaparece, dejando al hombre más poderoso del mundo de rodillas.
Él está dispuesto a quemar el mundo para encontrarla. Ella solo quiere olvidar que alguna vez lo amó.
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Sombras del pasado
La mañana en la mansión de las colinas había comenzado con una calma engañosa. El sol se filtraba a través de los ventanales, iluminando los rizos negros de Evie, que descansaban sobre el pecho desnudo y musculoso de Alistair. Él estaba despierto desde hacía tiempo, simplemente observándola respirar, disfrutando de la paz que solo ella era capaz de otorgarle. Sin embargo, esa paz se rompió con la vibración insistente de su teléfono sobre la mesa de noche.
Alistair leyó el mensaje y su mandíbula se tensó de inmediato. Un correo anónimo con una fotografía adjunta: Evie, hace tres años, llorando a la salida de un juzgado en su ciudad natal. El texto era corto y venenoso: "¿Sabe el gran Alistair a quién ha metido en su cama? La pequeña Evie tiene deudas que no se pagan con fotos ni sonrisas".
Él se levantó de la cama con la agilidad de una pantera, cuidando de no despertar a Evie. Se puso un pantalón de seda negra y caminó hacia el balcón, su mente trabajando a mil kilómetros por hora. Sus ojos negros, que minutos antes eran cálidos, ahora eran dos pozos de oscuridad absoluta. Alguien estaba intentando extorsionarlo usando a la mujer que amaba, y eso era un error que pagarían muy caro.
El enfrentamiento
Evie se despertó poco después, notando la ausencia de calor a su lado. Se envolvió en una de las camisas blancas de Alistair —que le quedaba enorme, acentuando su cara tierna e inocente— y caminó hacia el salón. Lo encontró allí, de pie frente al ventanal, con la espalda recta y los hombros anchos en tensión.
—Alistair... ¿pasa algo? —preguntó ella, su voz suave rompiendo el silencio denso.
Él se giró lentamente. Al verla tan pequeña y vulnerable en su camisa, sintió una punzada de dolor y posesividad. No quería asustarla, pero necesitaba la verdad.
—Evie, necesito que seas honesta conmigo —dijo él, caminando hacia ella. No fue agresivo, pero su aura de autoridad era aplastante—. He recibido esto.
Le mostró la pantalla del teléfono. Evie palideció al instante. Sus ojos café se llenaron de lágrimas y dio un paso atrás, como si la imagen pudiera quemarla.
—¿Cómo... cómo han conseguido esto? —susurró ella, su voz temblando.
—Eso no importa ahora —respondió Alistair, atrapando sus manos con firmeza pero con una ternura desesperada—. Lo que importa es que me cuentes qué pasó. No permitas que nadie más me cuente tu historia, Evie. Confía en mí.
Evie se derrumbó en el sofá y, entre sollozos, le contó la verdad que había intentado enterrar bajo su alegría eterna. Antes de conocerlo, su padre había sido estafado por un prestamista sin escrúpulos. Para evitar que su familia perdiera todo, Evie había intentado denunciarlo, pero el hombre era poderoso y terminó dándole la vuelta a la situación, acusándola a ella de intento de extorsión. El juicio fue una humillación pública y, aunque los cargos se retiraron por falta de pruebas, la deuda de su padre seguía ahí, creciendo como una sombra que la perseguía.
—Por eso vine aquí, Alistair. Necesitaba empezar de cero. No quería que nadie supiera que soy la hija de un hombre quebrado y que un criminal me tiene en su lista negra —sollozó ella, tapándose la cara con las manos.
El rugido del protector
Alistair guardó silencio mientras la escuchaba. Su furia no era contra ella; era contra el mundo que se había atrevido a lastimarla. Se arrodilló frente a ella, apartando sus manos con suavidad para obligarla a mirarlo. Sus ojos negros brillaban con una promesa letal.
—Escúchame bien, Evie Morales —dijo él, su voz vibrando con un poder que la hizo estremecer—. Tú no eres la hija de un hombre quebrado. Eres la mujer que ha cambiado mi vida. Y ese hombre... ese prestamista que se atrevió a tocarte o a amenazarte, acaba de firmar su sentencia de muerte profesional.
—Alistair, no... él es peligroso —advirtió ella, asustada por la oscuridad que emanaba de él.
—Él es peligroso en su mundo de ratas —replicó Alistair, poniéndose en pie y recuperando su máscara de "El Ejecutor"—. Yo soy el dueño del mundo en el que él intenta esconderse. Nadie toca lo que es mío, Evie. Y tú eres mía. Por encima de cualquier deuda, de cualquier pasado y de cualquier amenaza.
Alistair pasó las siguientes horas al teléfono. No llamó a la policía; llamó a sus contactos en las sombras, a los hombres que movían el dinero sucio y a los que compraban secretos. En menos de una tarde, descubrió que el extorsionador era un antiguo rival de negocios que había comprado la información del prestamista para intentar debilitarlo a él.
La entrega total
Esa noche, cuando regresó a la habitación, encontró a Evie esperándolo en el balcón. Ella se sentía pequeña, abrumada por el poder que Alistair acababa de desplegar. Él se acercó por detrás y la rodeó con sus brazos musculosos, enterrando el rostro en su cuello, respirando su aroma a vainilla.
—Está hecho —susurró él—. La deuda está pagada, el hombre ha desaparecido de la ciudad y las pruebas de ese juicio han sido borradas de todos los registros existentes. Estás a salvo, mi luz.
Evie se giró en sus brazos y lo miró con una mezcla de asombro y adoración.
—¿Por qué has hecho todo esto por mí?
Alistair la tomó de la nuca, sus dedos perdiéndose en sus rizos negros, y la besó con una pasión que era pura posesividad y devoción.
—Porque eres mi luz, mi paz, Evie. Y yo soy tu escudo. No hay nada en este mundo que pueda tocarte mientras yo respire.
En la oscuridad de la noche, se entregaron el uno al otro con una intensidad nueva. Ya no había secretos, solo la certeza de que el cristal de Alistair se había vuelto irrompible ahora que tenía algo que proteger con su vida.