La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.
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XIII- la niebla de la pertenencia
Clara:
El tiempo se había vuelto un concepto abstracto. No sabía cuánto tiempo habíamos permanecido así, con su cuerpo bloqueando el resto del universo, pero cuando finalmente Alessio se retiró, el vacío que dejó en mi interior se sintió como un abandono físico. Me incorporé con una lentitud penosa, mis articulaciones se sentían pesadas, casi ajenas, mientras él se apartaba hacia un extremo del sofá, recuperando poco a poco esa máscara de frialdad que solía llevar puesta como un escudo.
Me abracé a mí misma, buscando una calidez que ya no podía encontrar en mis propias manos, sino en el rastro que él había dejado en mi piel.
Lo más extraño —y lo que más me horrorizaba— era la claridad que me invadía. Mis pensamientos, que antes eran un caos de miedo y culpa, se habían silenciado, reemplazados por una sensación de éxtasis tan pura que me cortaba la respiración. Me sentía extasiada, como si mis terminaciones nerviosas hubieran sido reconectadas a una frecuencia superior. Cada vez que me movía, sentía la humedad de nuestra unión entre mis muslos, una prueba física que lejos de hacerme sentir sucia, me hacía sentir, por primera vez en mi vida, real.
Miré a Alessio. Él estaba observándome, con los ojos verde olivo fijos en cada uno de mis movimientos, analizando cómo mi cuerpo reaccionaba a su ausencia. No había rastro del animal que me había destrozado minutos atrás; solo estaba el hombre, el dueño de mis silencios y, ahora, el autor de mi perdición.
—¿Qué sientes, Clara? —preguntó, su voz despojada de la furia gutural, ahora suave y engañosamente curiosa.
Abrí la boca para responder, para decirle que me sentía rota, que estaba aterrada de haber descubierto que la oscuridad me gustaba tanto como la luz. Pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Lo único que salió fue un suspiro trémulo. Sentir el roce de la sábana contra mi piel irritada era una caricia eléctrica, una extensión del placer que él me había grabado a fuego.
Estaba extasiada. Ese era el adjetivo que mejor describía este estado post-traumático: una exaltación violenta del espíritu. Mi cuerpo ya no me pertenecía, y en lugar de luchar por recuperarlo, me sorprendí deseando que él volviera a tomar el mando. Era una rendición total, una rendición que me hacía sentir poderosa y pequeña al mismo tiempo.
Me pasé una mano por el cabello, sintiéndome vulnerable y, a la vez, invencible. La mujer que había llegado a esta cabaña con sus planes, sus normas y su timidez, había muerto sobre ese sofá. Lo que quedaba era algo nuevo, algo marcado por Alessio Veraldi, algo que vibraba en sintonía con su misma intensidad salvaje.
—Me siento... —empecé, bajando la mirada para no perderme en sus ojos, porque sabía que si lo hacía, volvería a caer—. Me siento como si me hubieras despertado de un sueño muy largo, Alessio. Pero no sé si lo que he despertado es una vida o una condena.
Él se acercó entonces, con una calma depredadora, y acunó mi rostro entre sus manos grandes y callosas. Su tacto, después de la tormenta, se sentía como una promesa. Una promesa de que, sin importar lo que pasara afuera, o si el mundo decidía derrumbarse, mi nueva realidad se limitaría únicamente a este sofá, a este dolor exquisito y a esta extraña, embriagadora y absoluta sensación de pertenecerle hasta las últimas consecuencias.
Alessio, el hombre que apenas unos minutos antes me había reclamado con una ferocidad que me dejó temblando, cambió radicalmente. Se deslizó sobre el cuero del sofá con una desgana exagerada, dejando caer su cabeza sobre mi regazo. Su expresión de depredador se había evaporado, reemplazada por un puchero casi cómico que me dejó completamente descolocada.
Me observó desde abajo, con los ojos verde olivo entrecerrados, jugueteando con un mechón de mi cabello que caía sobre su pecho.
—Clara —dijo, arrastrando las palabras con ese tono de niño mimado que empezaba a sacarme de quicio—. Te has quedado muy callada. No me has dado ni un beso de agradecimiento. O de compensación.
Intenté ignorarlo, mirando hacia el ventanal por donde entraba la luz de la tarde, pero él comenzó a insistir, moviéndose como un crío que busca atención constante.
—Un beso, Clara. Solo uno. No seas mala —reclamó, estirando los labios en un mohín que, en cualquier otro contexto, me habría parecido irresistible—. He sido un buen chico después de todo, ¿no? He terminado nuestra "comida".
Solté una carcajada seca, llena de incredulidad.
—¿"Buen chico"? Alessio, acabas de tratarme como si fueras un animal salvaje y ahora quieres que te premie con un beso. Ni loca.
Él se enderezó ligeramente, apoyando los codos en mis muslos, y me lanzó una mirada desafiante, casi infantil.
—Me lo debes. Es una cuestión de protocolo —insistió, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices casi se rozaron. Su aliento todavía olía a esa intensidad eléctrica que compartimos—. Un beso, o no te dejo moverte de este sofá en todo lo que queda de día.
Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo un nuevo tipo de desafío crecer en mi pecho. Había superado el miedo, y ahora, en esta extraña calma post-tormenta, me sentía capaz de marcar mis propios límites.
—No, Alessio —dije con firmeza, apartando su mano de mi mejilla—. Ni a vida ni a muerte. Ya has tenido suficiente de mí por hoy.
El cambio en su rostro fue inmediato. Su expresión de caprichoso se transformó en una de genuino descontento. Se dejó caer de nuevo sobre los cojines, cruzándose de brazos como un niño al que acaban de castigar sin postre. Se dio la vuelta, dándome la espalda con una rigidez dramática, bufando por lo bajo mientras se hundía en el rincón del sofá.
Me quedé allí, observando su espalda ancha, sin poder evitar que una pequeña sonrisa de victoria se dibujara en mis labios. Estaba allí, hecho un ovillo de mal humor, castigado por su propia actitud y esperando, con una terquedad infantil, a que yo me ablandara. Pero, por una vez, no tenía ninguna intención de ceder.
El sofá crujía cada vez que él se removía, un sonido seco que rompía el silencio de la cabaña. Alessio seguía ahí, hecho un ovillo en el extremo más alejado, con los hombros tensos y la mandíbula apretada contra el cojín. Podía sentir su irritación vibrando en el aire como si fuera una tormenta eléctrica a punto de descargar.
De vez en cuando, un murmullo grave y gutural escapaba de sus labios. Eran maldiciones en italiano, palabras que, aunque no comprendía del todo, sonaban a fuego y azufre. «Testarda... maledetta...», gruñía con una voz que, a pesar de su tono de niño castigado, conservaba una peligrosidad que me ponía la piel de gallina. Cada vez que escuchaba una de sus imprecaciones, mi sonrisa se ensanchaba, incapaz de contener la diversión que me provocaba verlo tan fuera de su elemento de depredador.
Comencé a vestirme con una lentitud deliberada. Cada prenda que rozaba mi piel me recordaba lo que habíamos hecho, pero ya no sentía esa urgencia sofocante. Me puse la camisa, abotonándola con calma, disfrutando del hecho de que, por primera vez, el control no estaba totalmente en sus manos.
Él se giró un poco, espiándome con un ojo entrecerrado a través de sus pestañas, esperando, quizás, que mi expresión se ablandara o que corriera a consolarlo. Cuando vio que, en lugar de eso, me ponía los pantalones con una sonrisa burlaja en los labios, soltó un bufido de indignación absoluta y volvió a hundir la cara en el cojín, cruzándose de brazos con más fuerza.
—Che nervi... —masculló, pateando el aire con un pie, un gesto tan absurdamente infantil para alguien que, momentos antes, me había hecho sentir tan pequeña y dominada.
No pude evitarlo. Dejé escapar una risita suave que resonó en la habitación, limpia y sin rastro de miedo. Al escucharme, Alessio se quedó completamente inmóvil, como si no pudiera creer que me estuviera riendo de él.
—¿Te ríes? —preguntó, su voz bajando a un tono peligroso, aunque seguía sin darse la vuelta—. ¿Te parece gracioso que me estés tratando como a un extraño después de lo que hemos compartido hoy?
Me acerqué a él, caminando con paso firme sobre la madera, y me detuve justo a su lado, disfrutando del poder de verlo allí, derrotado por su propio capricho.
—Me parece gracioso que el "león" de la familia Veraldi sea capaz de hacer un berrinche tan monumental solo porque no le dieron un premio —dije, bajando la voz para imitar su tono provocador—. Sigue maldiciendo en italiano, Alessio. A este paso, vas a terminar por maldecir las paredes de la cabaña.
Él no respondió, pero el modo en que apretó los puños me confirmó que el "niño" estaba al borde de la explosión. La tensión entre nosotros era distinta ahora: ya no era solo deseo o dominación, era un tira y afloja doméstico que me hacía sentir más viva que nunca.
Valentina:
El motor de mi coche se apagó justo frente a la entrada, y el silencio que siguió fue casi igual de insoportable que el que me había forzado a huir de la cabaña hacía unas horas. Bajé con las bolsas de la compra en la mano, aunque en realidad no había comprado nada más que tiempo. Necesitaba aire, necesitaba distancia y, sobre todo, necesitaba que mis oídos dejaran de registrar cada detalle de lo que ocurría tras esas paredes de madera.
Al principio fue la mañana: esos juegos de palabras, esos susurros cargados de una intención que me hacían querer esconderme bajo una piedra. Luego, cuando regresé a dejar las cosas, el ambiente era tan denso, tan cargado de una electricidad pecaminosa, que me di la vuelta antes de que me vieran. Pero lo peor —o mejor dicho, lo más imposible de ignorar— había sido la última hora. El sonido de la madera crujiendo, los gritos ahogados, el ritmo frenético de algo que claramente no era un simple encuentro, sino una reclamación salvaje y primitiva.
Estaba a punto de subir los peldaños del porche cuando la puerta se abrió de golpe.
Alessio salió como una exhalación. Estaba descalzo, con los pantalones de chándal a medio subir y el torso desnudo, todavía marcado por el esfuerzo. Su rostro era una máscara de frustración y furia mal contenida; sus ojos verde olivo brillaban con un fuego que me hizo retroceder instintivamente, dándome cuenta de que el "león" estaba lejos de estar satisfecho.
Se detuvo en seco al verme. Nuestras miradas chocaron y, por un segundo, supe que él sabía exactamente dónde había estado yo y por qué me había ido. Había una mezcla de desafío y arrogancia en su forma de sostenerme la mirada, como si estuviera retándome a decir algo, a juzgarlo.
—Valentina —dijo, soltando el nombre como si fuera un escupitajo. Su voz era un gruñido ronco.
—Alessio —respondí, intentando mantener la compostura, aunque el pulso me latía en las sienes. Miré las bolsas de la compra, que claramente no llevaban más que un par de cajas de cereales y un paquete de café que ni siquiera necesitaba—. Veo que te has quedado con hambre, a pesar de todo.
Él soltó una risa seca, desprovista de humor, y se pasó una mano por el cabello, despeinándolo aún más. No necesitó explicarme nada; la forma en que su pecho subía y bajaba, la intensidad de su presencia y el hecho de que saliera huyendo de su propia "guarida" lo decía todo.
—Si vienes a buscarla, espera en la cocina —espetó, bajando los escalones de un salto, pasando a mi lado con una arrogancia que me obligó a girarme para verlo alejarse hacia los árboles—. Y te sugiero que no hagas demasiado ruido. Todavía no he terminado de marcar el territorio.
Me quedé allí, congelada, viendo cómo se perdía en el bosque, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Entré en la cabaña con el corazón en la garganta, con la certeza absoluta de que la Clara que encontraría adentro ya no era la misma mujer que yo conocía.
Entré a la cabaña con la mandíbula apretada, todavía sintiendo el eco de la arrogancia de Alessio resonando en mis oídos. Cerré la puerta tras de mí, esperando encontrar un desastre, una escena de llanto o, por lo menos, un silencio de ultratumba.
Lo que encontré me dejó paralizada con las bolsas de la compra aún colgando de mis dedos.
Clara estaba allí, de pie en medio de la sala. Se estaba ajustando los botones de la camisa con una calma que me resultó alienante, pero lo que realmente me heló la sangre fue el sonido que llenaba el espacio: una risa. No era una risa histérica ni nerviosa; era una risa suave, genuina, casi musical, que bailaba entre las sombras de la cabaña.
—¿Clara? —mi voz salió como un susurro apenas audible, cargado de una confusión que no sabía cómo procesar.
Ella se giró hacia mí. Su cabello estaba revuelto de una forma que gritaba "exceso", y sus mejillas tenían un color sonrosado que no era precisamente de vergüenza. Me miró como si mi presencia fuera un detalle menor, algo que le causaba una pizca de gracia en lugar de la urgencia que yo sentía por salvarla.
—Valentina... —dijo, y su sonrisa no desapareció. Se terminó de ajustar la ropa, ignorando por completo el hecho de que su ropa estaba arrugada, desordenada y, francamente, mal puesta—. Has vuelto pronto.
Dejé caer las bolsas sobre la mesa con un golpe seco, incapaz de entender el cambio radical en su semblante. Hace apenas unas horas, la había dejado aterrorizada, intentando mantener a raya a ese animal salvaje; ahora, parecía una mujer que acababa de descubrir un secreto poderoso y embriagador.
—¿Qué... qué demonios está pasando aquí? —pregunté, acercándome a ella con pasos cautelosos, como quien se acerca a una persona que acaba de sufrir un brote—. Alessio acaba de salir de aquí como un huracán, maldiciendo en italiano, y tú... ¿te estás riendo? ¿Te das cuenta de lo que acaba de pasar, Clara? ¿Te das cuenta de quién es él?
Ella se encogió de hombros, con un movimiento tan fluido y despreocupado que me dio escalofríos. Se acercó a la ventana y miró hacia el bosque, donde Alessio acababa de desaparecer. Su mirada era distante, analítica, casi... poseída por una calma que no le pertenecía.
—Lo sé perfectamente, Val —respondió, girándose hacia mí con una chispa peligrosa en los ojos—. Ese es el problema. O quizá, sea la solución.
Me quedé en silencio, observándola, sintiendo que la amiga que había conocido toda mi vida se había evaporado tras la puerta de esa habitación. La confusión me golpeó con la fuerza de un martillo: no sabía si Clara estaba finalmente rompiendo bajo la presión o si, lo que era mucho peor, estaba empezando a disfrutar de las ruinas que él estaba dejando en su vida.
La dejé ahí, apoyada contra el marco de la ventana, con esa sonrisa que no encajaba en ninguna parte. Mi corazón latía a mil por hora, no por miedo a lo que Alessio pudiera hacerme a mí, sino por el terror absoluto de ver en lo que Clara se estaba transformando.
Me acerqué a ella, ignorando el café y los víveres que acababa de tirar sobre la mesa, y le tomé los hombros, obligándola a mirarme. Sus ojos, antes llenos de pánico, ahora tenían un brillo diferente; una chispa de travesura que me resultó más aterradora que cualquier berrinche del Veraldi.
—Clara, mírame —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Ese hombre acaba de salir de aquí como si fuera a incendiar el bosque entero. Estaba fuera de sí, con una furia en los ojos que ni siquiera lograba ocultar. ¿Qué le hiciste? ¿Por qué se ha ido así?
Ella soltó una risita baja, casi musical, y se soltó de mi agarre con una ligereza que me dejó desarmada. Caminó hacia la mesa, tomó una de las tostadas frías que habían quedado allí y le dio un mordisco, como si el mundo no se hubiera acabado hace apenas diez minutos.
—¿Por qué se fue? —repitió, saboreando el momento con una calma que me ponía los pelos de punta—. Pues... supongo que porque es un bebé caprichoso, Val.
Me quedé boquiabierta, sintiendo cómo el aire se me escapaba de los pulmones. ¿Bebé caprichoso? ¿Alessio Veraldi?
—¿De qué estás hablando? —pregunté, sintiendo que empezaba a perder la cordura en esa cabaña.
Clara se giró hacia mí, y esta vez su expresión era de un orgullo absoluto, una picardía divertida que iluminaba sus rasgos de una manera que nunca antes había visto. Sus ojos brillaban con una victoria pequeña, privada y, a mis ojos, extremadamente peligrosa.
—Me pidió un beso —dijo ella, encogiéndose de hombros como si estuviera hablando del clima—. Un beso de "agradecimiento" después de todo el desastre que armó aquí dentro. Y yo... bueno, simplemente se lo negué. Ni a vida ni a muerte, se lo dejé claro.
Se cruzó de brazos, con una media sonrisa orgullosa que me hizo retroceder un paso.
—Se puso furioso, hizo un berrinche digno de un niño de cinco años y terminó maldiciendo en italiano hasta que se fue dando un portazo —añadió con una risita suave—. Creo que no está acostumbrado a que alguien le diga que no, ¿verdad?
Me quedé allí, paralizada, viendo cómo mi mejor amiga jugaba con fuego como si fuera un juguete inofensivo. No se daba cuenta de que, para un hombre como Alessio, negarle algo no era una victoria; era una invitación a que la próxima vez no pidiera permiso.
Alessio:
El humo del cigarrillo se enroscaba en mis dedos como una serpiente, gris y denso, perdiéndose en la penumbra del club privado de mi padre. El Inferno, como lo llamaban los que no sabían que el verdadero infierno era tener que aguantar mi propia rabia en este momento. Estaba sentado en un sofá de cuero negro, con el cristal de mi whisky rozando mis labios, sintiendo cómo el alcohol quemaba mi garganta pero no lograba apagar el incendio que llevaba en el pecho.
Belial estaba a mis pies, una masa imponente de músculo y pelaje negro azabache. Su presencia era el único alivio para mis sentidos; podía sentir su respiración pesada contra mis botas, un guardián silencioso que gruñía cada vez que un camarero se acercaba demasiado.
Maldita sea.
Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro. La imagen de Clara negándome aquel beso se repetía en mi mente con una claridad que me crispaba los nervios. ¿Quién se creía que era? La había marcado, la había reclamado con toda la violencia y la pasión de mi estirpe, y ella tenía la osadía de dejarme ahí, como si fuera un crío al que se le niega un juguete.
—Eres un espectáculo patético, Alessio.
La voz de Bianca cortó el ruido ambiental del club como una cuchilla de afeitar. Levanté la vista. Ella estaba allí, de pie frente a mí, envuelta en esa elegancia letal que siempre la acompañaba. Sus ojos grises, heredados directamente de Maximiliano, me escaneaban con una frialdad táctica que me ponía los pelos de punta. Lucifer, su leona, caminaba a su lado como una sombra dorada, con los ojos fijos en los míos.
—Vete a la mierda, Bianca —mascullé, dando un trago largo a mi vaso mientras sentía cómo mi mandíbula cuadrada se tensaba aún más.
Ella soltó una carcajada sarcástica y se sentó en el extremo opuesto del sofá, cruzando sus piernas enfundadas en seda reforzada. Ni siquiera parpadeó.
—Has dejado rastro. Se nota en tu forma de beber, en la manera en que tus manos no dejan de moverse —dijo, observando a Belial con una expresión de absoluto desdén hacia mi humor—. El León de los Veraldi está siendo humillado por una mujer. ¿Tan difícil es simplemente tomar lo que quieres y dejar de hacer berrinches en los clubes de nuestro padre?
—No es tan simple —gruñí, aplastando el cigarrillo contra el cenicero con una fuerza innecesaria—. No es una pieza de caza cualquiera. Es... —me detuve, incapaz de ponerle nombre a lo que sentía, o simplemente no queriendo admitirlo ante ella.
—Es una distracción —concluyó mi hermana, con esa mente analítica que a veces odiaba—. Padre está al tanto de tus movimientos, y si sigues perdiendo el tiempo con rabietas infantiles, él vendrá a "corregirte". Maximiliano no tolera que el brazo ejecutor de esta familia pierda el enfoque por una falta de disciplina.