Elías murió de la forma más absurda… y despertó dentro de su novela omegaverse favorita.
Ahora es Adrian Valmont, el omega dulce destinado a ser ignorado, humillado y finalmente morir de amor a manos de su esposo: el frío y arrogante duque alfa Cassian Armand.
Pero hay un problema.
Él ya conoce la historia.
Y esta vez no piensa esperar a que lo abandonen.
Decidido a cambiar su destino, Adrian exige el divorcio desde el principio. Sin embargo, el duque se niega a dejarlo ir. Lo que comienza como un matrimonio político sin amor se convierte en una batalla de orgullo, deseo y poder, donde el alfa que nunca miró atrás empieza a obsesionarse con el omega que ya no lo ama.
¿Podrá Adrian romper el destino que ya fue escrito…
o el duque hará todo lo posible por mantenerlo a su lado?
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EL CELO DEL ALFA
CAPÌTULO 8
El problema comenzó con un aroma.
No fue inmediato.
No fue violento.
Fue sutil.
Tan sutil que Adrian lo notó antes que nadie.
Estaban en la sala de estrategia, revisando informes comerciales enviados desde el norte. Cassian permanecía de pie junto a la ventana, leyendo en silencio, mientras Adrian analizaba cifras en el escritorio central.
Entonces entró el vizconde Laurent.
Alfa joven.
Ambicioso.
Demasiado sonriente.
—Su Excelencia —saludó inclinándose ante Cassian—. Consorte Valmont.
Adrian levantó la mirada con cortesía.
—Vizconde.
El hombre se acercó un poco más de lo necesario.
No invadía espacio de manera evidente.
Pero su aroma sí.
Feromonas alfa suaves, calculadas.
No agresivas.
Seductoras.
Adrian sintió el cambio en el aire antes de mirar a Cassian.
La temperatura emocional descendió varios grados.
El duque no se movió.
No habló.
Pero su presencia se volvió más densa.
Más marcada.
Laurent continuó hablando sobre acuerdos comerciales, aunque su mirada regresaba con frecuencia hacia Adrian.
Demasiadas veces.
Demasiado tiempo.
—He escuchado que su intervención en la reforma del este fue brillante, Consorte —comentó con una sonrisa ladeada—. Me encantaría discutir algunas estrategias en privado.
Ah.
Error.
No por la invitación.
Sino por el tono.
Adrian respondió con elegancia impecable.
—Aprecio su interés, vizconde. Pero toda estrategia relevante pasa primero por la aprobación del duque.
Laurent rió suavemente.
—Por supuesto. Aunque algunas conversaciones pueden ser… más productivas sin formalidades.
Silencio.
El aroma cambió.
Esta vez no fue sutil.
Fue firme.
Dominante.
Las feromonas de Cassian se expandieron en la sala como una declaración territorial invisible.
No eran descontroladas.
No eran violentas.
Eran claras.
Laurent lo sintió.
Todos lo sintieron.
El vizconde carraspeó ligeramente.
—Solo sugería intercambio académico, Su Excelencia.
Cassian finalmente habló.
—El intercambio académico se realiza en salas oficiales.
Su voz no fue elevada.
Fue baja.
Controlada.
Pero había una advertencia debajo.
Laurent inclinó la cabeza con rapidez.
—Naturalmente.
La reunión terminó pocos minutos después.
Demasiado rápido.
Cuando el vizconde se retiró, el silencio quedó suspendido en la sala.
Adrian cerró el documento que sostenía.
—Eso fue… intenso.
Cassian no respondió de inmediato.
Su aroma aún estaba presente.
Más marcado que de costumbre.
—Estaba cruzando límites —dijo finalmente.
—¿El vizconde?
—Sí.
Adrian lo observó con atención.
No había ira descontrolada en el rostro del duque.
Había tensión.
Contención.
—Solo estaba coqueteando —comentó Adrian con ligereza.
Error número dos.
El aire se volvió aún más denso.
Cassian dio un paso hacia él.
No amenazante.
Pero cercano.
—No me agrada que otros alfas insinúen familiaridad contigo.
Adrian sostuvo su mirada.
—No puede controlar las insinuaciones de toda la nobleza.
—No intento controlar a la nobleza.
Un paso más.
La distancia se redujo.
—Intento dejar claras mis fronteras.
Adrian sintió el leve impacto de las feromonas alfa sobre su piel.
No eran opresivas.
Pero sí posesivas.
Y eso era nuevo.
En la novela original, Cassian era distante incluso en el periodo de celo. Controlado hasta el extremo. Frío.
Pero ahora…
Había algo distinto.
—¿Está… en celo? —preguntó Adrian con cautela.
Cassian guardó silencio un segundo.
Luego asintió apenas.
—Comienza mañana.
Ah.
Eso explicaba la intensidad.
El celo alfa en su etapa inicial agudizaba el instinto territorial.
Y Adrian, como omega vinculado legalmente a él, entraba automáticamente en esa categoría.
—Podría habérmelo dicho antes —murmuró Adrian.
—No creí que fuera relevante.
—Cuando invade una sala con feromonas dominantes, es relevante.
Un destello breve pasó por los ojos del duque.
No arrepentimiento.
Conciencia.
Cassian dio medio paso atrás, regulando su presencia.
El aroma disminuyó ligeramente.
—No era mi intención incomodarte.
Adrian parpadeó.
Eso tampoco estaba en el guion.
—No estoy incomodado.
Era verdad.
Sorprendido, sí.
Pero no incómodo.
Cassian lo estudió con intensidad.
—El vizconde no volverá a sugerir encuentros privados.
—No parecía muy dispuesto a desafiarlo.
—No debería.
El silencio que siguió fue diferente.
Más personal.
Adrian apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Es solo instinto? —preguntó con calma—. ¿O es algo más?
Cassian lo miró fijo.
Demasiado fijo.
—¿Importa?
Sí.
Importaba.
Pero Adrian no estaba seguro de querer la respuesta.
El celo alfa podía amplificar emociones que normalmente permanecían bajo control.
Podía intensificar la necesidad de proteger.
De reclamar.
De asegurar.
—No soy territorio —dijo Adrian finalmente.
Cassian no reaccionó con molestia.
—Lo sé.
—Entonces no necesita marcarlo.
Silencio.
Luego, más bajo:
—No te marco por obligación.
Las palabras cayeron pesadas.
No eran una confesión romántica.
Pero tampoco eran puramente instintivas.
Adrian sintió su propio pulso acelerarse.
El aroma alfa volvió a intensificarse, pero esta vez no como advertencia externa.
Sino como enfoque interno.
Dirigido únicamente a él.
No a la sala.
No a otros alfas.
Solo a él.
Cassian levantó una mano lentamente.
No lo tocó.
Pero quedó suspendida cerca de su mejilla.
Esperando permiso.
Ese gesto lo cambió todo.
No era posesión automática.
Era elección.
Adrian respiró hondo.
—Está siendo irracional —murmuró, aunque no se apartó.
—Probablemente.
La mano descendió apenas, rozando su mandíbula con cuidado medido.
El contacto fue leve.
Breve.
Pero cargado de significado.
No reclamaba.
Confirmaba.
El aroma se suavizó.
Se estabilizó.
Adrian sostuvo la mirada del duque.
—Si su celo va a convertirlo en un alfa territorial dramático, necesito preparación previa.
Cassian exhaló suavemente.
—Intentaré mantener el dramatismo al mínimo.
—Agradecido.
Un segundo más.
Luego Cassian retiró la mano.
El espacio entre ellos volvió a ser formal.
Pero algo había cambiado.
No era solo instinto.
No era solo política.
El celo había expuesto una verdad incómoda.
Cassian no reaccionaba así por protocolo.
Reaccionaba porque le importaba.
Y eso…
Eso era más peligroso que cualquier rumor del consejo.
Porque el instinto podía controlarse.
Pero el sentimiento consciente…
Ese era mucho más difícil de ignorar.
Dando margen a que te diga, no. 😒. Deberías de haber llegado con el papel de divorcio o "¡quiero el divorcio!".
Y si te rechaza ir al consejo y exigir el divorcio.🤨🤨