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Forjado En Cadenas

Forjado En Cadenas

Status: En proceso
Genre:Edad media / Fantasía épica / Mundo mágico
Popularitas:202
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

NACIMIENTO DE UNA REINA.

...Reino de Zayon....

Amaia acomodaba la canasta en la cocina con cuidado, pidio a las cocineras pan fresco, frutas y algo de carne frías, para pasar la tarde fuera, pero la verdad era que pensaba bajar a los calabozos.

Se disponía a a salir de la cocina, cuando un sirviente la interceptó.

—La llama su majestad, el rey.

Amaia suspiró, la visita a su hermana tendría que esperar.

Dejó la canasta en una de las encímeras y se dirigió al salón del trono.

Cuando llego ahí el trono estaba iluminado como siempre de ese azul tan brillante y luminiscente. Su padre sen encontraba ahí sentado.

Amaia se acercó despacio, cuando estuvo Justo frente a el, hizo una reverencia, sintiendo la mirada del hombre clavarse en ella.

Enzo quien estaba a lado del rey, la observó, y una pequeña sonrisa quizo escaparse de sus labios.

Nadie sabía cuán cercanos se habían vuelto y nadie debía saberlo.

—Hija mía —dijo Sorak con voz suave—. Tengo noticias importantes para ti.

Amaia mantuvo la espalda recta.

—Lo escucho, padre. — Amaia casi nunca a se atrevía a ver a su padre a la cara.

—Ha llegado una propuesta formal de matrimonio —continuó—. Una alianza poderosa, es el momento en el que podrás demostrar que eres útil en algo.

El corazón de Amaia golpeó con fuerza.

—¿Que? Pero… —respondió antes de poder detenerse.

Sorak alzó una ceja, divertido.

— ¿Tienes algo que decir?

Amaia trago saliva, respiró hondo y corrigió su tono.

—Padre… aún no es el momento. Puedo servir al reino… aquí. Puedo gobernar cuando llegue la sucesión.

Sorak sonrió lentamente.

—¿Gobernar?

Amaia se tensó.

—No seas ingenua. Ninca dejaría a alguien tan inepta. Nunca te permitiría sentarte en ese trono.

Las palabras dolieron más de lo que esperaba, sabía que era ingenuo pensar eso, pero aún así guardaba esperanza.

Busco a Lord Enzo con la mirada, se encontró con un gesto de absoluta sorpresa.

Era evidentemente que la mano del rey, que se suponía sabía todas las decisiones de su padre, nunca se había enterado de esto.

—Este matrimonio se concretará —continuó Sorak—. Te irás lejos para cumplir con tu deber.

En ese momento Amaia supo que no podria revelarse ante su padre para tomar el trono, el plan con Lord Valmar moriría.

—Padre… —intentó de nuevo—. Puedo ser útil aquí. No necesito—

Sorak se levantó del trono y Amaia calló de imediato.

Bajó los escalones despacio hasta quedar frente a ella.

—¡Ya basta! — Sorak no gritó pero la princesa enmudeció— Sé que bajas a los calabozos —dijo con calma.

Fue cuando Amaia sintió las náuseas venir.

— ¿Creíste, que no notaría que bajas a ver a tu hermana? ¿Crees que podías engañarme por mucho tiempo?

Amaia no podia moverse, los ojos se le cristalizaron y la respiración cortada, sintió frio.

—No te doy lo que mereces —continuó Sorak, acercándose aún más— porque he prometido mantenerte intacta.

Le levantó el mentón con dos dedos.

—Pero no pongas a prueba mi… paciencia.

Su voz bajó, peligrosa.

—O tu hermana pagará cada uno de tus errores. Y créeme… lo hará con creces.

Amaia temblaba frente a los ojos de su padre, su pecho subía y bajaba con desespero.

Sorak se apartó, como si nada hubiera pasado.

—Prepárate —ordenó—. Pronto irás a cumplir tu deber.

...****************...

La luna reflejaba su luz sobre los jardines del castillo de Zayon.

Amaia caminaba desesperada, respirando hondo. Se había escapado de sus aposentos para poder tomar un poco de aire.

Ya no podía bajar a los calabozos, eso había quedado claro.

Por más sigilosos que fueran sus hechizos, por más hechizos proibidos que había utilizado de aquel libro que encontró, se había atrevido hacer un hechizo de sombras, para bajar con su hermana, Lord Enzo le advirtió que ese libro era peligroso, que debia tener cuidado, pero por más cuidado que pusiera, todo había sido en vano.

Se detuvo junto a una fuente, apoyando las manos en el borde de piedra y vio su reflejo en el agua.

—No quiero —susurró—. No quiero hacerlo.

Entonces sintió que alguien se acercaba.

Amaia se sobresaltó y dio un paso atrás, llevando la mano al pecho.

—Tranquila.

La voz era conocida.

—Es usted… —susurró ella, aliviada—. Mi lord.

—Majestad —respondió él con respeto, inclinando apenas la cabeza.

Sus miradas se encontraron.

Los ojos de Amaia estaban llenos de lágrimas, pero de un momento a otro rompió la distancia, abrazando al hombre.

Enzo se quedó rígido un segundo, sorprendido, por el acto, pero después bajó la guardia suspirando y correspondiendo el gesto.

Se abrazaron más de lo que deberían, pero fue Enzo quien entró primero en razón.

—Si alguien nos ve así —dijo con voz baja—, podría malinterpretarlo.

Amaia bajó la mirada, avergonzada, y se apartó con cuidado.

—Lo siento… —murmuró—. Yo no quería… es solo que…— Se llevó una mano al pecho. — Todo esto me a tomado por sorpresa, no puedo casarme con alguien que no he elegido. No quiero ser enviada lejos como si fuera una pieza más. Todo lo que me ha enseñado, todo lo que habíamos planeado. No quiero vivir atrapada en otro reino, obedeciendo órdenes de un hombre que ni siquiera conozco, quiero ser reina… aquí.

Enzo la observó con ternura.

—Lo sé —dijo con pesar —. Y créeme, te entiendo más de lo que imaginas.

Amaia alzó la vista, aferrándose a esas palabras.

—Entonces ayúdeme —pidió—. Dígame cómo huir. Dígame cómo escapar de esto.

Enzo negó con la cabeza.

—No. Huir sería un error. — El no se perdonaría que su padre le hiciera daño por arriesgarse así.

Amaia frunció el ceño.

—¿Que?

—Escúchame —insistió él—. Este matrimonio puede ser una herramienta, no una condena.

Ella se tensó.

—¿Una herramienta?

—Si juegas bien tus cartas —continuó—, puedes ganarte a tu futuro esposo. Nadie es ta malo como tú padre. Hacer que confíe en ti. Que te escuche. Que dude de tu padre. Poco a poco… ponerlo de tu lado.

Amaia lo miró, incrédula.

—¿Me está diciendo que lo manipule? ¿Que haga caso omiso de que pasaré el resto de mi vida con un hombre, que ni siquiera conozco, para cumplir con nuestros propósitos, traicioneros? Yo quería tomar deciones, no esperando autorizaciones.

—Te estoy diciendo que sobrevivas —respondió con calma—. Que conviertas esta imposición en una ventaja.

— Claro por que los matrimonios siempre son así.— Se quejó ella con sarcasmo.

El silencio cayó entre ellos.

Amaia dio un paso atrás, como si las palabras la hubieran golpeado.

—Yo pensé que… —su voz se quebró—. Pensé que usted y yo… — Le temblaron los labios. —Pensé que algún día… estaríamos. — No pudo terminar.

Enzo cerró los ojos un instante y suspiró.

Cuando los abrió, la miro con pesar, no por no corresponderla, si no que no pensó que despertaría en ella esos sentimientos, que el no podría corresponder. Pero fue firme.

—Amaia… mi cariño por ti es real. Te respeto. Te admiro. Eres inteligente, valiente y hermosa.

Ella contuvo la respiración creyendo por un momento que sus sentimientos eran correspondidos.

—Pero no estoy enamorado de ti —dijo con suavidad

Los ojos de Amaia se llenaron de lágrimas.

— No te veo como una mujer a la que pueda amar de ese modo. La diferencia entre nosotros no es solo de edad… es de lugar en el mundo. Para mí, eres alguien a quien proteger, no desear.

Amaia cerró los ojos y las lágrimas cayeron por sus mejillas.

— Yo pense, que me animaba a reinar por que de verdad creía en mi, por que veia algo en mí que nadie mas.

Enzo dio un paso adelante y apoyó una mano en su hombro.

— Lo veo Amaia, te aseguro que así es, pero nada tiene que ver con mi cariño genuino y desinteresado hacia ti. — ella se dio la vuelta — ¡Oh Pequeña! te veo, como mi sobrina.

Amaia tomó la mano que Enzo tenía en su hombro — No quieras lavar tus culpas conmigo. — le aventó el brazo dolida.

Enzo agachó la cabeza, sabía que ella estaba herida y no se lo tomaba personal, era algo que todo el reino pensaba.

—Acepta el matrimonio —pidió—. No por tu padre. Por ti. Porque vivir te dará más oportunidades que huir.

Amaia no respondió y le dio nuevamente la espalda.

Solo lloró en silencio.

Enzo la miró una última vez, con pesar.

—Lo siento —murmuró antes de alejarse dejando sola a Amaia en un llanto desconsolado.

Cuando decidió volver del jardín, caminaba despacio por los corredores del castillo, sosteniendo la falda de su vestido para no hacer ruido, cuando pasó cerca del salón lateral, se detuvo, la puerta estaba entre abierta. y una pequeña luz, salía de ahí. Se acercó y Justo antes de entrar reconoció la voz de su padre al instante.

—El reino necesita esa alianza —decía Sorak con tono seco—. La necesito. Y la necesito pronto.

Amaia contuvo la respiración.

—No hay muchas opciones, majestad —respondió otra voz, Enzo, tambien le reconoció la voz y su enojo creció—. Casi no quedan princesas disponibles… salvo—

—Zayon es el único reino que aún tiene una —interrumpió Sorak—. Y no pienso desperdiciarla.

El corazón de Amaia golpeó con fuerza.

—¿Y si se niega? —preguntó el consejero.

Sorak soltó una risa baja, sin humor.

—No lo hará. No después de lo que ya sabe. No después de recordarle lo frágil que es su posición.

Amaia apretó las manos.

—¿Y la otra? —continuó Enzo—. ¿Qué haremos con la menor?

Sorak guardó silencio unos segundos. Luego habló con una calma.

—A esa… la mataría si pudiera.

Amaia sintió que el mundo se inclinaba.

—Pero todavía me sirve viva —añadió Sorak—. Mantenla así. Que sufra. Que no sane del todo. Que nunca termine de irse de este mundo.

La voz del consejero dudó.

—Majestad…

—No debe morir —repitió Sorak—. Necesito que Amaia la vea. Que recuerde todos los días lo que puedo hacerle… y lo que puedo hacerle a ella si se atreve a desobedecerme.

Amaia estaba roja y lloraba de coraje. Odiaba a su padre con todo su ser.

Sus uñas se clavaron en la palma de su mano para no gritar.

—Mientras Leyanna respire —continuó Sorak—, Amaia hará lo que le diga. Se va casar. Va a sonreír y se irá a donde yo ordene.

La princesa caminó de regreso a su habitación. Al cerrar la puerta tras de sí, apoyó la frente en la madera.

Ahí sí, el llanto la alcanzó. Sentía el rostro caliente, tenía unas ganas inmensas de gritar hasta quedarse sin voz, pero se contuvo.

Su hermana se estaba llevando la peor párte y no se sentía con derecho a quejarse.

Se giró y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, abrazándose las rodillas.

Amaia soportaba que su padre quisierara hacerlo lo que sea, pero estaba arta de sufrimiento injustificado hacia su hermana.

Amaia levantó el rostro lentamente.

Las lágrimas seguían cayendo, pero algo más comenzó a formarse en su mirada tan azul ahora.

Con rabia se limpió el rostro..

—No… —susurró—. No voy a arrodillarme.

Respiró hondo, temblando.

—Me prometí ser reina —dijo, ahora con más firmeza—. Y lo voy a ser.

Se puso de pie despacio.

—Si tengo que casarme, lo haré. Hare lo que sea necesario para llegar al trono.

Sus ojos se endurecieron.

—No voy a caer de rodillas. No seré yo quien se arrodille de nuevo. Todos los demas se arrodillarán ante mí… ante SU REINA.

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