Eleonor Baxter aprendió desde pequeña a ser perfecta.
Amable, inteligente y elegante, creció entre apellidos influyentes y cenas compartidas con familias amigas. Desde adolescente, Alex King fue parte de su vida… y también de sus sueños. Mucho antes del matrimonio, Eleonor ya lo amaba en silencio.
A los veintisiete años dirige SweetBaby, la empresa cosmética heredada de su familia, y sostiene un matrimonio que nunca se construyó sobre las promesas que ella imaginó. Casada desde hace tres años con Alex —uno de los cirujanos cardíacos más prestigiosos del país y dueño de una red de hospitales—, Eleonor aprendió que conocer a alguien desde siempre no garantiza ser elegida.
Durante años intentó ser paciente, comprensiva, invisible. Alex, marcado por la vergüenza de un matrimonio arreglado y consumido por el trabajo, dejó que la distancia creciera hasta volverse insoportable.
Cansada de sentirse desplazada, Eleonor toma una decisión que lo cambia todo.
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Capitulo 14
Minutos más tarde llegaron a la casa de Margaret.
Apenas Alex apagó el motor, bajó del auto y tomó la mano de Eleonor con firmeza, casi de manera posesiva. Ella estuvo a punto de decir algo, de soltarse, pero se contuvo al ver a Margaret acercarse con una sonrisa amplia.
—Hija, qué alegría verte —dijo Margaret, abriéndole los brazos—. Estás bellísima.
—Hola, Marga’ —respondió Eleonor, esbozando una sonrisa educada—. Se la ve radiante… el sol del Caribe le sienta muy bien.
Alex frunció levemente el ceño.
—¿Te fuiste de vacaciones? No sabía nada —comentó, sorprendido.
Eleonor lo fulminó con la mirada, fría, dura. Margaret lo observó con extrañeza.
—¿Cómo que no sabías? —dijo ella—. Eleonor me organizó todo el viaje. Me hizo las reservas, los vuelos, el hotel… todo.
Eleonor negó apenas con la cabeza, indignada, y se soltó de la mano de Alex con un gesto seco.
—Creo que me lo mencionaste… y lo olvidé —murmuró él, incómodo.
Margaret, intentando suavizar el ambiente, terminó de saludarlos y los invitó a pasar.
—Vamos, entren, la cena ya está casi lista.
El comedor estaba dispuesto con elegancia. Allí se encontraban los padres de Eleonor y el padre de Alex.
Leon fue el primero en levantarse.
—Hija, qué bueno verte —dijo, tomando la mano de Eleonor con cariño.
—Gracias, Leon —respondió ella, apretando su mano unos segundos más de lo normal, como si necesitara ese contacto para mantenerse firme.
Los saludos fueron correctos, cordiales, pero el aire estaba cargado de una tensión que nadie se atrevía a nombrar. Alex le acomodó la silla a Eleonor y se sentó a su lado. Ella lo permitió, aunque mantuvo el cuerpo rígido, distante.
Un chef comenzó a servir los platos mientras Margaret conversaba animadamente con la madre de Eleonor.
Eleonor miró su plato sin tocarlo. Alex la observaba de reojo, atento a cada gesto, a cada silencio.
—No comas la ensalada —dijo ella de pronto, sin mirarlo—. Tiene aceto. La última vez te cayó mal.
Alex se sorprendió.
—Gracias, Ele’ —respondió con una sonrisa suave.
Ella no se la devolvió.
—No sé por qué lo hago… —murmuró Eleonor por lo bajo, casi para sí misma.
La conversación avanzaba de forma forzada, entre comentarios triviales y risas que no terminaban de ser sinceras. El tintinear de los cubiertos era casi lo único constante.
—Eleonor, querida —dijo su madre—, Margaret me contó que estuviste viajando muchísimo por trabajo. No paras nunca.
—Es un año intenso —respondió Eleonor con calma—. La empresa está creciendo y requiere presencia constante.
Alex la miró, buscando intervenir, decir algo que los mostrara unidos… pero no encontró el lugar.
—Eso es bueno —intervino Leon—. Aunque a veces el trabajo también puede alejar a las personas, ¿no?
Eleonor levantó apenas la mirada. Alex tensó la mandíbula.
—Sí, puede pasar —respondió ella, escueta.
Margaret acomodó la servilleta sobre la mesa.
—Pero ustedes siempre se las arreglaron —dijo con tono dulce—. Alex siempre habla de lo orgulloso que está de ti.
Eleonor bebió un sorbo de agua antes de responder.
—Alex es muy amable.
La frase cayó pesada, incómoda.
El padre de Alex carraspeó.
—Bueno… ya llevan varios años casados —agregó—. Supongo que estarán pensando en bajar un poco el ritmo, disfrutar más de la vida familiar.
El silencio fue absoluto.
Alex dejó los cubiertos sobre el plato.
—Papá… —intentó decir.
—¿La vida familiar? —repitió Eleonor, con una sonrisa tensa—. Es un concepto amplio, ¿no, Alex?
Margaret la miró con curiosidad.
—¿A qué te refieres, hija?
Eleonor apoyó lentamente los cubiertos. Su voz fue firme, controlada, pero dolía.
—A que no todas las familias se sostienen de la misma manera. Algunas necesitan presencia… otras, honestidad.
Alex la miró, herido.
—Ele… no es el momento.
—¿Y cuándo lo es? —respondió ella, sin mirarlo.
Margaret frunció el ceño.
—¿Pasa algo entre ustedes? Los noto… distantes.
Alex respiró hondo.
—Estamos atravesando una etapa difícil —dijo, intentando protegerla.
Pero sus manos temblaban.
—Yo no quiero que esto termine así —agregó en voz baja, casi sin darse cuenta.
Eleonor lo escuchó.
Y esa fue, quizá, la parte que más le dolió.
Eleonor se puso de pie. Todas las miradas se dirigieron a ella.
—Perdón —dijo con voz suave—. Voy un momento al baño.
Tomó su cartera y se alejó rápidamente. Alex la siguió con la mirada, incapaz de moverse.
Eleonor apoyó las manos en el lavabo y cerró los ojos. Respiró hondo, una, dos veces. El nudo en el pecho no cedía. Caminó de un lado a otro del baño, apretando la cartera contra su cuerpo, como si eso pudiera sostenerla.
No lloró.
Todavía no.
Escuchó pasos del otro lado de la puerta.
—Ele… —la voz de Alex sonó baja—. ¿Puedo pasar?
Ella cerró los ojos con fuerza.
—No —respondió, firme—. Volvé a la mesa.
Hubo un silencio breve. Luego, el sonido suave de la puerta al cerrarse… por dentro.
Alex ya estaba ahí.
—No pude —dijo—. No cuando te fuiste así.
Eleonor se giró lentamente. Lo miró. Sus ojos estaban brillosos, pero secos. Cansados.
—Te pedí que no entraras.
—Y yo te pedí que habláramos —respondió él—
Ella soltó una risa breve, sin humor.
—¿Ahora querés hablar? ¿Acá?
--espera, solo quiero hablar.
—Esperar… siempre fue eso conmigo, ¿no? Esperar.
Alex dio un paso, pero se detuvo antes de tocarla.
—No quise que esto pasara así.
—Nunca quisiste nada con palabras, Alex —dijo ella—. Siempre fue con silencios.
Él bajó la mirada.
—No soy bueno para decir cosas.
—Lo sé —respondió Eleonor—. Viví con eso años.
El silencio se volvió espeso.
—No quiero el divorcio —dijo él, finalmente—. No quiero que se termine.
—Pero nunca supiste decir por qué —respondió ella—. Nunca supe qué lugar ocupaba yo en tu vida… más allá de cumplir.
Alex apretó la mandíbula.
—Yo estaba —dijo—. Siempre estuve.
—Estabas presente —corrigió ella—. No es lo mismo.
Él la miró, dolido.
—¿Tan poco fue para vos?
Eleonor negó lentamente.
—Fue todo —dijo—. Por eso me voy ahora.
Alex tragó saliva.
—Dame tiempo.
—Te di años.
—Puedo cambiar —dijo, con voz quebrada—. Estoy intentando.
Eleonor se acercó un poco, lo suficiente como para que él sintiera su perfume, su presencia… y el final.
—Eso ya lo necesitaba antes —susurró—. Cuando todavía me quedaba algo que dar.
Alex cerró los ojos.
—No quiero perderte.
Eleonor lo miró con una tristeza profunda, serena.
—No me perdiste hoy —dijo—. Me fuiste perdiendo de a poco. Y yo aprendí a irme en silencio.
Tomó la manija de la puerta.
—Volvé a la mesa —agregó—. No quiero escenas. Tu madre no tiene la culpa.
Alex dio un paso hacia ella. Luego otro.
La tomó de la cintura y la acercó a su cuerpo.
—Por favor… —dijo, con la voz quebrada—. Decime que me vas a dar una oportunidad. Prometo no faltar a ninguna cena… voy a ir a terapia…
La atrajo más, casi desesperado.
Eleonor lo miró a los ojos. Lo amaba, no podía negarlo, y eso era precisamente lo que más dolía.
—Me voy a tomar vacaciones… —agregó él, como si esa promesa pudiera salvarlo todo.
Le dejó un beso en el cuello. Luego otro.
Tomó su mentón y comenzó a besarla con urgencia, con pasión contenida. Sus manos bajaron por su cintura, recorrieron su cuerpo y la levantaron apenas contra el mueble del baño.
—Sos perfecta… —murmuró—. Me encantás, Ele’.
Una de sus manos se deslizó bajo la falda, buscando sus bragas.
Entonces, Eleonor lo detuvo.
—No, Alex.
Se separó de él con suavidad, pero con firmeza.
—Nuestro problema no se soluciona con sexo.
Eleonor se quedó de espaldas a él unos segundos.
El silencio era espeso, incómodo.
—Yo me casé tan enamorada de vos… —dijo Eleonor, con la voz quebrada—. Te amo desde que tengo trece años.
Hizo una pausa. Las lágrimas comenzaron a correr sin que pudiera detenerlas.
—Pensé que tal vez, en algún momento… vos…
Respiró hondo, como si le doliera el aire.
—Que ibas a llegar a sentir aunque sea un poco de lo que siento yo. Pero ya no puedo más.
—Ele… yo te quiero —respondió Alex—. Sé que al comienzo me enojé, que no quería casarme…
—Ya no me reconozco —lo interrumpió ella—. Estoy cansada de esforzarme, Alex.
Negó con la cabeza, agotada.
—No sabés lo que me gusta. No sabés qué música escucho. Nunca fuiste a verme a mi trabajo…
Lo miró, con una tristeza profunda.
—Nunca estás para mí, Alex.
si realmente la quieres y amas
ahora veremos si en verdad exiten las segundas oportunidades.
claro todo depende de nuestra autora
no eres infiel y eso le suma puntos pero tú absoluto desinterés en la relación la falta especial de amor dan ganas de matarte por otro lado Jony podría ser un nuevo amor la nueva oportunidad que le guste a ele
Mi pregunta es aceptarás que ella se hizo una inceminacion y que va a ser madre sin ti?