Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 8
Olivia
El jugo de naranja sabe demasiado ácido esta mañana. Estoy sentada en el jardín, bajo la sombra blanca del toldo, con un plato de frutas perfectamente cortadas frente a mí. Todo en mi casa parece sacado de una revista: el césped impecable, las flores alineadas por color, la mesa vestida organizada como si esperara fotógrafos.
Yo también debería verme perfecta. Por eso levanto la vista con una sonrisa ensayada cuando veo el auto de Marcos entrar por la reja principal.
Se ve impecable cuando desciende de este.Traje claro, reloj que brilla incluso desde aquí y el cabello en su sitio. Camina hacia la casa, pero al verme, cambia el rumbo a mí dirección. Es imposible no notar que camina como si el mundo entero fuera una alfombra extendida para él.
En cuanto llega, su loción me golpea antes que su voz.
—Buenos días, hermosa.
Se inclina para besarme en los labios, pero sonrío… y giro la cabeza provocando que sus labios rocen mi mejilla.
—Buen día, Marcos.
Se aparta apenas, frunce los labios en un gesto que dura un segundo de más, pero luego vuelve a colocarse su sonrisa social mientras toma asiento frente a mí.
—Quiero comentarte algo— Dice, acomodandose en la silla de metal. —Sabes que mis padres no pudieron terminar sus asuntos a tiempo y por eso no asistieron a la fiesta de compromiso.
Asiento, tomando un sorbo de jugo.
—Sí, lo recuerdo.
No me interesa pero ni un poco. Aún asi, él sigue hablando.
—Mi madre está muy emocionada con la boda, lo sabes y me pidió que fueras a verla hoy— El humor de esta buena mañana se esfuma por completo. —Vine a buscarte.
Parpadeo despacio, tratando de entender lo que dice.
¿Ella quiere verme… y yo debo ir?
Respiro hondo antes de hablar.
—Marcos, tengo muchas cosas que hacer. La boda está muy cerca y con todo lo que mis padres quieren y tu quieren, estoy más que abrumada.
Él me mira fijo, demasiado para mi gusto. El ambiente de inmediato se vuelve tenso. Por encima de la mesa, su mano se extiende y toma la mía haciendome soltar el tenedor.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Un escalofrío me recorre y no es por emoción.
—No quiero tener que volver a decírtelo, Olivia— Dice, con la voz suave… pero claramente demostrandome lo serio que está hablando. —Muy pronto serás mi esposa y lo menos que espero de ti es que complazcas a mi madre.
Siento la presión en mi muñeca por la fuerza que está aplicando en ella.
Él se da cuenta y me suelta de golpe. Como si no hubiera pasado nada. Como si yo no estuviera parpadeando más rápido, conteniendo algo que no quiero que salga por los ojos.
De pronto, se pone de pie, acomodándose los botones del traje con calma.
—Tienes diez minutos. Te esperaré en el coche.
Mira la rojes en mi mano, pero no dice nada más antes de marcharse.
Yo me quedo sentada un rato más, el desayuno ya no me sabe a nada.
Miro mi mano, sientiendo cada palpito en esta.
La idea de casarme con Marcos Ferrari no me parece un sacrificio elegante, ahora más bien, parece una jaula con la puerta cerrándose.
***
El auto se detiene y mi reflejo me devuelve una versión mía que parece tranquila, aunque no lo estoy.
Salgo del coche cuando Marcos rodea el vehículo para abrirme la puerta, gesto perfecto, sonrisa perfecta, vida perfectamente diseñada… por él.
La propiedad Ferrari se alza frente a mí como un monumento al “mírennos”. Columnas, mármol brillante con detalles dorados, fuentes que no cumplen otra función que resaltar los caras. Ya he estado aquí un par de veces y aun así, nunca deja de parecerme un lugar donde todo es demasiado.
Demasiado dorado, todo muy pulido y sobre todo, forzado. Como si nada terminara de encajar.
Un empleado abre la puerta antes de que lleguemos. Marcos coloca su mano en la parte baja de mi espalda para guiarme dentro. Camino sin resistirme, pero mi cuerpo va rígido. Atravesamos el comedor principal, con esos verdes profundos, más detalles dorados y lámparas que parecen competir entre sí por atención. Todo grita nuevo rico con desesperación por validación.
Llegamos a la cocina, amplia como un salón de eventos y de inmediato la vemos a ella. A la señora Ana Ferrari.
No luce ni una cana, su cabello es oscuro, brillante y perfectamente peinado. Lleva un vestido ajustado con estampado de leopardo que abraza cada curva como si su edad fuera solo un numero en su indentificación.
Está cortando rosas, todas en tonos diferentes.
Cuando nos ve, deja las tijeras sobre la mesada como si acabara de ver a su persona favorita en el mundo.
—¡Querida!
Se acerca a mí a pasos rápidos y me envuelve en un abrazo que huele a perfume caro.
—Es estupendo que Marcos te haya traído tan temprano. No sabes todas las ideas que tengo para la boda… desde el vestido hasta la pirotecnia.
¿Pirotecnia? Dios, por favor ayudame. Al parecer no basta con casarme, también debo explotar en el cielo.
—Es un placer verla, señora Ana— Digo con mi mejor sonrisa social.
Ella se aparta solo para mirarme de arriba abajo como si evaluara, midiera y ajustara mentalmente.
Y de inmediato lo entiendo. Si antes mi opinión sobre mi propia boda ya era pequeña gracias a mis padres… ahora es inexistente.
Marcos se coloca a mi lado, orgulloso, como si hubiera traído un trofeo que se adapta bien a la decoración.
—No les quitaré más tiempo. Las dejaré solas para que puedan hablar con tranquilidad— Dice él, dejando un beso en la frente de cada una y marchandose.
Las ganas de arrancarme el cabello, crecen y crecen. Porque aquí, nadie quiere saber lo que pienso. Tan solo quieren que asienta y diga sí.
Marcos Ferrari