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La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:846
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.

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XVII- el rugido del heredero y las mentiras de los olvidos

Alessio:

El estruendo de la madera astillándose bajo mi puño no fue suficiente para acallar el ruido en mi cabeza. Llegué a mi oficina en la propiedad principal de los Veraldi como un animal herido que busca un lugar donde desangrarse o matar a alguien en el proceso. No abrí la puerta, la golpeé hasta que cedió, y lo primero que voló fue el pesado cenicero de cristal de mármol, estrellándose contra la pared y estallando en mil pedazos transparentes que reflejaban mi propia furia desatada.

—¡Maldita sea! ¡Maldita sea mil veces! —rugí, barriendo con el brazo todo lo que había sobre mi escritorio.

Lámparas, documentos de la logística de la familia, carpetas de piel... todo terminó en el suelo mientras yo jadeaba, sintiendo que el aire de la habitación no era suficiente para mis pulmones. El olor de Rocco, ese rastro de grasa y hombre común, todavía parecía pegado a mi pituitaria, burlándose de mi linaje.

—Alessio, basta.

La voz de mi padre, Maximiliano, cortó el aire como una hoja de afeitar. Me detuve en seco, con las manos apoyadas en el escritorio vacío, los nudillos sangrando y el pecho subiendo y bajando de forma errática. Levanté la vista. Él estaba allí, en el umbral, con sus 1.90m de imponente autoridad. Su cabello, esa corona de plata que le daba un aire de deidad antigua, brillaba bajo las luces de la oficina. Sus ojos grises, fríos y tormentosos, me analizaban con una calma que me resultaba insultante en mi estado.

A su lado, Bianca mantenía su postura rígida, con esa elegancia letal que siempre la caracterizaba. Sus ojos, un espejo de los de mi padre, no mostraban sorpresa, solo una chispa de sarcasmo táctico. Estaba impecable, como si no acabara de ver a su hermano destruir una oficina de miles de dólares.

—Pareces un principiante, hermano —soltó Bianca con esa voz gélida—. Un Veraldi no rompe muebles, rompe voluntades. Estás perdiendo el control por una mujer que tú mismo dejaste ir.

—¡Cállate, Bianca! —le ladré, girándome hacia ella con los dientes apretados—. ¡No tienes ni puta idea de lo que pasó en esa cabaña!

Fue entonces cuando sentí el suave aroma de jazmín y acero. María, mi madre, se abrió paso entre mi padre y mi hermana. Su belleza atemporal siempre había sido el único freno para los monstruos que habitábamos esta casa. Sus ojos verde olivo, idénticos a los míos, estaban cargados de una compasión firme que me obligó a bajar la guardia, aunque fuera un milímetro.

—Alessio, mírame —dijo ella, acercándose sin miedo a la bestia en la que me había convertido.

—Mamá, no... —murmuré, tratando de apartarme, pero ella puso sus manos en mis mejillas. Sus dedos, suaves pero decididos, me obligaron a clavar mi mirada en la suya.

—Hijo mío, el fuego solo consume si no tiene dirección —susurró, ignorando el caos a nuestro alrededor—. Me equivoqué al traerla, lo admito. Pero tú te equivocaste al creer que podrías domar a un pájaro rompiéndole las alas y dejándolo solo en el nido.

—¡Me traicionó! —rugí de nuevo, aunque esta vez el sonido fue más un lamento que una amenaza—. ¡Se entregó a un don nadie! ¡Me gritó que lo prefería a él!

Sentí la mirada pesada de Maximiliano sobre mi nuca. Mi padre no decía nada, pero su sola presencia recordaba que el honor de los Veraldi no se discutía, se ejecutaba. Sin embargo, era mi madre la que sostenía los pedazos de mi cordura.

—La echaste —dijo ella, acariciando mi mandíbula—. Cumple tu palabra. Déjala que se vaya. Si ella es para ti, el destino la traerá de vuelta de rodillas. Y si no... entonces nunca fue una Veraldi.

—No volverá —dije con un hilo de voz, sintiendo una punzada de dolor que ninguna herida de bala había logrado igualar—. La odio. Juro que la odio.

Maria:

El estruendo de la destrucción en la oficina se detuvo de golpe, dejando un silencio denso, cargado del olor a madera astillada y el rastro metálico de la sangre de mi hijo. Maximiliano permanecía en la puerta, una columna de plata y juicio, con Bianca a su lado observando el caos con esa frialdad analítica que tanto me recordaba a su padre. Pero mi atención estaba solo en él. En mi heredero. En el niño que acuné y que ahora se transformaba en una bestia herida frente a mis ojos.

Alessio se detuvo, su respiración era un fuelle roto. Vi cómo sus hombros, anchos y tensos como cables de acero, flaquearon. De repente, la fuerza pareció abandonarlo. Se derrumbó de rodillas frente a mí, perdiendo toda esa estatura imponente de la que tanto presumía, quedando pequeño ante mi propia figura.

—Oh, mi cielo... —susurré, acortando la distancia.

Me incliné sobre él y lo envolví en un abrazo protector. Alessio no me devolvió el gesto; sus manos permanecieron cerradas en puños sobre sus muslos, pero hundió su rostro en el hueco de mi cuello con una desesperación que me partió el alma. No lloró. Los hombres Veraldi no conocen las lágrimas, conocen el fuego. Lo que soltó fue un gruñido bajo, animal, una vibración que sentí contra mi piel y que oscilaba entre el odio puro y un dolor que no sabía cómo nombrar.

—La odio, mamá... —su voz salió ahogada, distorsionada por la rabia que le quemaba la garganta—. Juro que voy a quemar cada recuerdo de ella.

Acaricié su cabello oscuro, sintiendo la tensión en sus cervicales. Sabía que mentía. Podía engañar a Maximiliano con su furia, podía engañar a Bianca con sus gritos, pero a mí no. Sentía los latidos desbocados de su corazón contra mi pecho; no era odio lo que lo tenía de rodillas, era el vacío de haber sido reemplazado, la agonía de una posesión que se le escurría entre los dedos.

Levanté la vista hacia Maximiliano. Sus ojos gris tormenta se cruzaron con los míos sobre la cabeza de nuestro hijo. Él no se movió, pero vi la ligera tensión en su mandíbula. Mi esposo sabía lo que esto significaba: un Veraldi herido en su orgullo es más peligroso que un ejército enemigo, y Alessio estaba sangrando por una herida que ningún vendaje podía curar.

—Shhh, mi pequeño león —le susurré al oído, ignorando el caos de la habitación—. Deja que se vaya. Si de verdad la odias, el olvido será tu mejor arma. Pero si mientes... la oscuridad te va a devorar antes de que puedas recuperarla.

Él volvió a gruñir, un sonido de furia contenida que sacudió su cuerpo, aferrándose a mi presencia como si fuera lo único sólido en un mundo que acababa de traicionarlo. En ese momento, en el silencio de la casa Veraldi, supe que la historia de Clara y mi hijo no había terminado con una expulsión; acababa de entrar en su fase más sangrienta.

(pasa una semana)

Alessio:

Había pasado una semana desde que saqué a esa rata de mi vista, y la mansión Veraldi olía exactamente como debía: a perfume caro, alcohol de primera y el sudor de mujeres cuyos nombres no me molestaba en aprender. Mi habitación se había convertido en un desfile de cuerpos intercambiables, una tras otra, intentando llenar un vacío que, según mi orgullo, no existía.

Esa noche era una pelirroja de piernas largas que decía ser modelo. La tenía contra el dosel de mi cama, mi cuerpo golpeando el suyo con una rítmica brutalidad que buscaba el agotamiento, no el placer. La habitación estaba en penumbra, rota solo por los destellos de la luna que entraban por el ventanal.

—¡Oh, Alessio! ¡Más... por favor! —gemía ella, sus uñas arañando mis hombros.

Cerré los ojos con fuerza. No me importaba su placer. Solo me importaba el ruido, el movimiento, el roce de la piel que me obligara a mantenerme en el presente. Cada vez que sus dedos se clavaban en mi espalda, me obligaba a pensar en lo bien que se sentía estar libre de complicaciones. ¿Clara? Apenas recordaba cómo se deletreaba su nombre. Seguramente estaría en su florería de mierda, oliendo a tierra y a ese tipo de la fundición, mientras yo recuperaba mi trono como el heredero que nunca debió mirar hacia abajo.

—Sei incredibile... —susurró la pelirroja, buscando mis labios.

Me aparté. No besaba a ninguna. Los besos eran para otra cosa, algo que ya no practicaba. La giré bruscamente, poniéndola en cuatro, y la embestí con una furia que la hizo jadear de sorpresa. Mis 34 centímetros entraban y salían de ella con una eficiencia mecánica.

"Esto es lo que soy", me repetía mentalmente al ritmo de mis estocadas. Un animal. Un Veraldi. No necesito a nadie que me desafíe, solo carne que se rinda.

Pero entonces, por un microsegundo, el olor del perfume sintético de la mujer fue reemplazado por una ráfaga imaginaria de jazmín. Mis dedos, apretando sus caderas, buscaron instintivamente una suavidad que esta mujer no tenía. Gruñí, no de placer, sino de puro odio contenido, y aceleré el ritmo hasta que mis músculos ardieron.

—¡Eres un animal, Alessio! —gritó ella, entregándose al clímax.

"Sí, lo soy", pensé mientras me corría dentro de ella con una frialdad gélida. Me separé de inmediato, sin una caricia, sin una palabra. Me puse los pantalones y caminé hacia el balcón, encendiendo un cigarrillo mientras el aire de la noche me golpeaba el pecho desnudo.

La pelirroja se quedó en la cama, mirándome con adoración, esperando algo que nunca iba a llegar. Yo miraba hacia la oscuridad del jardín, hacia donde Belial acechaba entre las sombras. Había cumplido mi palabra: la había olvidado. Había borrado su rastro con el de siete mujeres distintas en siete días.

Mentira.

Cada vez que cerraba los ojos, el mapa de chupones que Rocco dejó en su piel aparecía quemado en mi retina. Cada vez que una de estas mujeres gritaba, mi cerebro buscaba el tono exacto de la voz de Clara desafiándome. Estaba rodeado de cuerpos, pero nunca me había sentido tan jodidamente solo.

Clara:

La florería estaba bañada por la luz dorada de la tarde, el aire saturado de esa mezcla de polen, tierra húmeda y la fragancia dulce de las orquídeas que tanto me gustaba. Valentina estaba en el mostrador, peleándose con un lazo de seda, mientras yo terminaba de organizar los tulipanes en el escaparate.

Me detuve un segundo frente al reflejo del cristal. A veces, todavía no reconocía a la mujer que me devolvía la mirada. Me había cortado el cabello, dejando atrás la melena que Alessio solía enredar en sus dedos; ahora me caía en ondas suaves hasta los hombros, teñido de un rojo vino profundo que brillaba como el terciopelo bajo la luz. El flequillo sutil enmarcaba mis ojos, dándome un aire renovado, más fuerte, como si el color del vino hubiera inyectado vida en mi piel pálida.

—Te lo digo en serio, Clara, ese rojo te hace parecer una reina que acaba de quemar su propio castillo —comentó Valentina sin levantar la vista del lazo—. L’Anima dei Fiori nunca ha tenido una dueña tan radiante.

Sonreí, una sonrisa pequeña pero real. Había pasado una semana desde que el mundo se derrumbó en aquella cabaña, y aunque el recuerdo de la furia de Alessio todavía intentaba asaltarme en las noches, la rutina de la florería me mantenía a salvo.

De repente, el sonido pesado de unas botas contra el pavimento me hizo girar. Rocco entró en la tienda, su figura imponente llenando el espacio, todavía con el rastro del hollín de la fundición en sus manos, pero con una mirada que solo reservaba para mí. Se detuvo en seco al verme, sus ojos oscuros recorriendo mi nuevo look con una devoción que me hacía sentir protegida.

—Joder, Clara —murmuró, acercándose con esa calma maciza suya—. Cada vez que entro por esa puerta, pareces más preciosa que el día anterior. Ese color... te queda increíble.

Se acercó y puso una mano grande y áspera en mi cintura, atrayéndome hacia él con una suavidad apasionada. No había exigencias, no había juegos de poder. Solo Rocco, el hombre que me había recogido de las cenizas. Me dio un beso corto en la frente y luego en los labios, un gesto que sellaba nuestro noviazgo ante la mirada pícara de Valentina.

—Solo paso a ver si mi novia necesita ayuda para cerrar —dijo con una sonrisa ladeada, mientras sus dedos acariciaban una de mis ondas rojas—. Y para recordarte que eres la mujer más hermosa de todo este maldito pueblo.

Me apoyé en su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo. Por fin, después de tanto caos, la vida se sentía... normal. O al menos, eso era lo que me obligaba a creer mientras el aroma de las flores intentaba tapar cualquier rastro del pasado.

(minutos mas tarde)

La florería estaba cerrando sus puertas, pero la tensión entre Rocco y yo apenas estaba comenzando a abrirse camino. El sol se ocultaba tras los edificios, tiñendo el cielo del mismo color rojo vino de mi cabello, y Valentina ya se había despedido con un guiño cómplice, dejándonos solos en la penumbra del local.

Rocco no esperó a que terminara de girar la llave. Se colocó detrás de mí, envolviéndome en el calor de su cuerpo masivo. Sus manos, grandes y callosas, bajaron con una lentitud deliberada hasta posarse en mi trasero, apretando con una firmeza posesiva que me hizo soltar un jadeo entrecortado.

—Olvida la cena, nena —susurró contra mi oído, su voz era una vibración grave que me recorrió la columna—. Vamos a mi departamento. Quiero estrenar ese look nuevo de una manera que no podrías hacer en público.

Me giré entre sus brazos, apoyando mis manos en su pecho firme, sintiendo el latido rítmico de su corazón. Le devolví una mirada cargada de picardía, dejando que mis dedos jugaran con los botones de su camisa de trabajo.

—¿A tu departamento? —murmuré con un tono evasivo y juguetón, ladeando la cabeza para que su boca encontrara el camino libre hacia mi cuello—. No sé si sea buena idea, Rocco... Tengo muchas flores que organizar mañana temprano.

—Las flores pueden esperar —replicó él, enterrando el rostro en mi nuca y dándome un beso húmedo que me hizo arquear la espalda—. Yo no.

Solté una risita coqueta, sintiendo cómo su erección empezaba a presionar contra mi vientre. Era una sensación de seguridad y deseo que intentaba sepultar cualquier rastro de mi pasado. Él volvió a apretar mis nalgas, levantándome un poco del suelo para que sintiera todo su peso.

—Eres una mujer muy difícil, Clara —gruñó él, mordisqueando el lóbulo de mi oreja antes de bajar de nuevo a mi cuello, dejando una estela de calor—. Pero me encantan los retos.

—Tal vez solo quiero ver cuánto te esfuerzas —respondí, esquivando su siguiente beso con una sonrisa traviesa mientras me zafaba de su agarre solo para caminar hacia su camioneta con un contoneo de caderas que sabía que lo estaba volviendo loco.

Rocco soltó una carcajada ronca, esa risa de hombre que sabe que ha ganado la partida, y me siguió de cerca. En ese momento, mientras subía al vehículo, me obligué a no mirar hacia la esquina de la calle, ignorando la sensación de que alguien, desde las sombras de un motor en marcha, nos estaba contando los segundos.

Rocco:

El departamento olía a hombre, a aceite y a la anticipación que me quemaba las entrañas desde que la vi en la florería. En cuanto pateé la puerta para cerrarla, mis manos ya estaban sobre ella. No podíamos esperar. La urgencia era un animal hambriento entre nosotros dos.

—No tienes idea de lo que ese color rojo me está haciendo, Clara —gruñí contra sus labios mientras la empujaba de espaldas hacia la habitación.

Nos fuimos desvistiendo en un rastro de ropa tirada por el pasillo. Su blusa, mi camisa, sus encajes... todo caía mientras mi boca no se separaba de la suya. La tiré sobre la cama y, sin perder un segundo, me puse entre sus piernas. Estaba empapada, su aroma dulce mezclado con su propio deseo me golpeó como un puño. Bajé la cabeza y empecé a lamer su centro húmedo, mi lengua recorriendo su coño con pasiones lentas y luego rápidas, sintiendo cómo su cuerpo se retorcía y cómo soltaba esos gemidos suaves que me ponían la polla más dura que el acero que forjo.

—¡Joder, Clara, estás tan rica! —exclamé, saboreándola hasta que sus uñas se clavaron en mis hombros.

No aguanté más. Subí sus piernas a mis hombros, exponiéndola por completo, y la penetré de una sola estocada, profunda y brutal. Mis 27 centímetros entraron hasta el fondo, haciéndola gritar. Abracé sus muslos con fuerza, marcando mi territorio en cada embestida, follándola sin piedad mientras ella se deshacía bajo mi peso.

La intensidad era un éxtasis puro que nos llevó a recorrer cada rincón de esa cama:

El Tornillo: La puse de lado, con una pierna levantada hacia su pecho. Entré desde atrás con un ángulo que me permitía rozar cada rincón de su coño. La follé con un ritmo frenético, mis manos apretando sus tetas mientras ella jadeaba mi nombre como una súplica.

La Montaña Sagrada: Me senté y la hice subir sobre mí, de espaldas. Sus nalgas rebotaban contra mis muslos mientras ella subía y bajaba en mi polla, enterrándosela hasta la base. Le agarré la cintura, guiando sus movimientos mientras le mordía la espalda, marcando su piel blanca con mi pasión.

El Péndulo: La puse al borde de la cama, con los pies tocando el suelo pero el cuerpo inclinado hacia atrás. La sujeté de las caderas y la embestí con una fuerza animal, cada golpe seco y sonoro, sintiendo cómo su interior me apretaba con una desesperación que me hacía ver estrellas.

El Abrazo del Oso: La cargué contra la pared, sus piernas rodeando mi cintura. La follé en el aire, usando toda mi fuerza para mantenerla arriba mientras mis estocadas la hacían chocar contra el muro. Sus tetas se aplastaban contra mi pecho y sus gritos llenaban la habitación, confirmando que en este momento, ella no era de nadie más que mía.

—¡Dime quién te folla así, Clara! —le exigí al oído, mi voz rota por el esfuerzo—. ¡Dime que soy el único que te hace sentir que el mundo se acaba!

Me vacié dentro de ella con una descarga violenta, sintiendo sus espasmos finales abrazando mi verga. Nos quedamos ahí, sudorosos y agotados, mientras el silencio de la noche volvía a caer sobre nosotros, ocultando el hecho de que, aunque ella estuviera en mis brazos, la sombra de un Veraldi seguía acechando en cada rincón oscuro.

Alessio:

La oscuridad de mi habitación en la mansión Veraldi era absoluta, pero en mi mente, el paisaje era otro. No era el silencio sepulcral de esta casa el que me rodeaba, sino el eco de sus gritos, los mismos que había intentado borrar con otras mujeres durante la última semana, pero que se negaban a morir.

Estaba dormido, sumergido en ese estado donde la voluntad no tiene dominio. En el sueño, ella estaba allí. Clara. Pero no la Clara que me miraba con desprecio, sino la Clara que una vez fue mi ratoncito, vulnerable bajo mi peso, entregándose con una desesperación que me volvía loco. La tenía contra el cabecero, mis manos rodeando su cuello con esa posesividad que tanto me encendía. Sus ojos estaban perdidos en el blanco del placer, y su boca, mi boca, no dejaba de moverse, implorando, suplicando.

—Más... Alessio, por favor, no pares... no te detengas nunca... —escuchaba su voz, un susurro que me golpeaba las sienes como un latigazo.

En la pesadilla, mis 34 centímetros le daban el castigo y la gloria que ella misma había pedido. La embestía con una dureza que hacía que su cuerpo entero vibrara, marcándola, llenándola, sintiendo cómo sus paredes me succionaban con un hambre que me pertenecía por derecho de sangre. La veía arquearse, sus tetas saltando, su piel roja bajo mis manos, cada chupón que yo le dejaba era una firma, una garantía de que nadie más podría tocarla sin ver mi sombra acechando.

El placer fue tan real, tan visceral, que sentí cómo el orgasmo me recorría el cuerpo, una descarga eléctrica que me sacudió hasta los huesos.

Entonces, el vacío.

Desperté de golpe, con el pecho agitado y el aire atrapado en la garganta. La habitación estaba helada. El silencio de la mansión Veraldi me devolvió a la realidad con una bofetada de frustración. Me pasé una mano por la cara, sintiendo el sudor frío que me cubría la frente.

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Anonymous
me encantó!! bendiciones 🙏
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