El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.
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capitulo 8
—Es un sitio importante —me advirtió mientras caminábamos por el jardín interior, donde el agua corría por una cañería de bambú—. Los inversores de Shin-Hwa son de la vieja escuela. Valoran el respeto, el silencio y la capacidad de leer entre líneas. No hable demasiado de sentimientos hoy, Valeria. Deje que ellos pregunten primero.
—Lo entiendo —dije, fascinada por la belleza del lugar.
Entramos en una habitación con suelos de madera pulida y paneles de papel de arroz. Tuvimos que descalzarnos. Me sentí vulnerable, caminando en calcetines por aquel santuario de tradición. Los inversores eran tres hombres mayores, de rostros imperturbables y ojos que parecían leerte el pensamiento.
La cena fue un ejercicio de paciencia. Comimos platos pequeños, servidos con una ceremonia que hacía que cada bocado pareciera un ritual. Se hablaba de política, de economía global, de la historia de Seúl. Min-ho se desenvolvía con una elegancia natural, traduciéndome las partes importantes y asegurándose de que yo nunca me sintiera fuera de lugar.
—La señorita Valeria cree que la tecnología debe tener corazón —dijo Min-ho de repente, dirigiéndose al inversor principal en coreano, y luego repitiéndolo en inglés para mí.
El anciano me miró. Tenía una mirada que parecía haber visto el nacimiento y la caída de imperios.
—¿Corazón? —preguntó con una voz rasposa—. El corazón es traicionero, jovencita. Se rompe. Se equivoca. Un algoritmo, en cambio, es eterno.
—Un algoritmo sin propósito es solo ruido —respondí, recordando las palabras que Min-ho y yo habíamos discutido esa mañana—. Pero un algoritmo guiado por la empatía puede salvar vidas. Puede hacer que una persona en la otra punta del mundo se sienta menos sola. Eso es lo que queremos construir en Han-Guk.
Se hizo un silencio largo. Min-ho me miró de reojo. Pensé que lo había arruinado, que mi "toque emocional" había espantado a los señores del dinero. Pero entonces, el anciano soltó una carcajada seca y asintió.
—Tiene fuego, señor Kang. Su consultora tiene fuego. Es peligroso, pero es lo que necesitamos para no morir de frío en la cima.
La cena terminó con un brindis de soju. Al salir de la casa de té, el aire nocturno nos golpeó con fuerza. Los inversores se despidieron con reverencias y se subieron a sus respectivos coches de lujo. Nos quedamos solos en la callejuela de Insadong.
—Lo ha hecho muy bien —dijo Min-ho. Su voz sonaba cansada pero satisfecha.
—Pensé que los había ofendido.
—Al contrario. Les ha recordado por qué empezaron en esto. A veces, los que estamos arriba olvidamos que el dinero es solo un medio, no el fin.
Empezamos a caminar hacia donde estaba mi coche. La calle estaba vacía. La nieve que había caído por la mañana se había convertido en una capa de hielo brillante bajo las farolas. De repente, mi pie resbaló.
—¡Ah! —exclamé, perdiendo el equilibrio.
Antes de que pudiera tocar el suelo, los brazos de Min-ho me rodearon. Me sujetó con una fuerza sorprendente, pegándome a su pecho. El tiempo se detuvo de nuevo. Podía oír los latidos de su corazón, rápidos, fuertes, rítmicos. Mi cara estaba a centímetros de la suya. Sus ojos, en la penumbra de Insadong, brillaban con una intensidad que me hizo temblar.
—Valeria... —susurró mi nombre como si fuera una oración.
Sus manos no me soltaron. Una de ellas subió por mi espalda hasta mi nuca, y sus dedos se enredaron en mi pelo. Fue un gesto tan íntimo, tan cargado de todo lo que no habíamos dicho en la oficina, que sentí que el mundo real se desmoronaba. Ya no estábamos en Seúl. Estábamos en ese espacio intermedio donde las almas se reconocen.
Él se inclinó. Sus labios rozaron mi mejilla, bajando lentamente hacia la comisura de mi boca. Su aliento era cálido contra mi piel fría. Estuve a punto de cerrar los ojos y dejarme llevar, pero entonces, un coche pasó por la calle principal con la música a todo volumen, rompiendo la burbuja de silencio.
Min-ho se tensó y me soltó como si le hubiera dado un calambre. Dio un paso atrás, recuperando su distancia de seguridad.
—El coche la espera —dijo, con la voz entrecortada—. Descanse, Valeria. Mañana tenemos mucho trabajo.
Se dio la vuelta y se alejó rápidamente hacia su propio vehículo sin mirar atrás. Me quedé allí, en medio de la calle de Insadong, con los labios todavía ardiendo por su cercanía y el corazón gritando que volviera.
Regresé al hotel en un estado de aturdimiento total. Me dolía el cuerpo de tanta tensión acumulada. Me quité la ropa y me metí en la cama, pero esta vez no quería dormir. Tenía miedo de lo que vería. Tenía miedo de que el sueño fuera más real que el rechazo de Min-ho en la calle.
Pero el sueño me reclamó de todos modos.
Aparecí en la casa de té donde acabábamos de cenar, pero no había inversores. Estaba vacía. Solo estábamos él y yo, sentados en el suelo. Él llevaba su abrigo gris.
—Casi sucede —le dije en el sueño, sintiendo las lágrimas asomar—. Casi nos besamos en el mundo real.
El Min-ho del sueño me miró con una compasión infinita.
—Él tiene que estar seguro de que no eres un fantasma, Valeria. Tiene que entender que el amor no es una debilidad que lo destruirá, sino la única cosa que puede salvarlo de la soledad que él mismo ha construido.
—¿Cómo puedo convencerlo si huye cada vez que nos acercamos?
—No lo convenzas con palabras —respondió él, desvaneciéndose poco a poco—. Convéncelo con tu presencia. Quédate. No importa lo frío que se vuelva el viento, no sueltes su mano. Porque él ya no puede soltar la tuya, aunque lo intente.
Me desperté con la luz del sol entrando por la ventana. Eran las siete de la mañana. Me dolía la cabeza, pero sentía una fuerza nueva. El capítulo 6 había terminado con un casi beso, pero también con una certeza: la armadura de Min-ho no solo tenía grietas. Estaba a punto de romperse en mil pedazos.
Y yo iba a estar allí para recoger los trozos.