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Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.

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DESCUBRIMIENTO BIOLÓGICO DE LA SANGRE VELERIUS

Maria:

La adrenalina es la droga más potente del mundo; hace que el dolor de mi hombro se sienta como un fuego lejano, algo que le pertenece a otra persona mientras mis pulmones exigen aire y mi dedo acaricia el gatillo. Veo a Alex ahí de pie, con su traje impecable y esa sonrisa de suficiencia que me revuelve el estómago. Cree que tiene el control. Cree que porque estoy sangrando, soy débil.

Pobre idiota. No sabe que una loba herida es mil veces más peligrosa.

Siento el cuerpo de Max tensarse a mi lado, una cuerda de piano a punto de romperse. No necesita que le diga nada. Nuestros instintos están trenzados. Él sabe que mi odio por Monterrey es personal, una deuda que solo se paga con ojos que dejan de brillar.

—Encárgate de la basura, Max —le susurro, con el sabor metálico de la sangre en mi lengua—. El niño rico es mío.

Maximiliano no responde con palabras. Responde con muerte. Se lanza hacia adelante como un rayo de sombras y plomo. El estruendo de su Beretta llena la sala, rítmico, letal. Veo a los dos guardias de la izquierda caer antes de que puedan siquiera levantar sus fusiles. Max es un torbellino de violencia pura, moviéndose entre las balas con una precisión que me hace humedecer los labios a pesar de la agonía en mi hombro.

Alex retrocede, el pánico empezando a agrietar su máscara de seda. Sus otros dos hombres intentan cubrirlo, pero Max ya está sobre ellos, usando el cuerpo de uno como escudo humano mientras le vuela la tapa de los sesos al otro.

Aprovecho el caos. Cojeo hacia Alex, ignorando el rastro de gotas rojas que voy dejando en el hormigón. Él levanta una pistola pequeña, plateada, de juguete comparada con lo que estamos acostumbrados. Le tiembla la mano.

—No des un paso más, María Luiza —su voz suena aguda, patética—. Tengo los documentos. Si me disparas, nunca sabrás quién nos vendió realmente.

Me río. Es una risa ronca, rota por el esfuerzo, pero cargada de todo el veneno que corre por mis venas.

—Me importa una mierda quién nos vendió, Alex —suelto, soltando mi rifle porque mi brazo ya no lo aguanta y sacando el cuchillo táctico que Max me dio—. Lo único que me importa es ver qué color tiene tu miedo por dentro.

Él dispara. La bala me roza la mejilla, dejando un rastro ardiente, pero ni siquiera parpadeo. Me abalanzo sobre él con el peso de mi cuerpo, derribándolo contra el escritorio. Los papeles vuelan por el aire como pétalos de una flor muerta.

Le clavo la rodilla en el estómago, sacándole todo el aire, y le sujeto la muñeca con la mano sana, estampándola contra la madera hasta que suelta el arma. Sus ojos están desorbitados, fijos en los míos.

—¿Te gustaba besarme, verdad? —le siseo, hundiendo la punta del cuchillo apenas un milímetro en la piel de su cuello—. ¿Te sentías poderoso tocando a la reina de los Correa?

Detrás de mí, escucho el último cuerpo de sus guardias caer al suelo. El silencio vuelve, solo roto por el jadeo pesado de Max y el llanto ahogado de Alex. Siento la sombra de Max acercarse, cubriéndome, protegiéndome las espaldas mientras termino mi trabajo.

—Mírame bien, Alex —le ordeno, presionando el cuchillo—. Porque este es el último rostro que vas a ver.

Maximiliano:

El búnker apestaba a muerte, pero el olor que más me molestaba era el perfume de Alex, ese aroma a niño rico que todavía impregnaba el aire. Cuando vi a María Luiza con el cuchillo en su cuello, una parte de mí quiso dejarla terminar, verla bañarse en la sangre del hombre que se atrevió a besarla. Pero no. Ella ya había sangrado demasiado. Ella era la reina, y una reina no se ensucia las manos con basura si tiene a un hombre dispuesto a masacrar al mundo por ella.

La aparté con firmeza. Sus ojos me desafiaron, brillantes y cínicos, pero cedió. Esa mirada suya, cargada de un descaro que me ponía a arder las venas, fue el combustible final. Agarré a Monterrey por la solapa y lo levanté del suelo hasta que sus pies colgaron.

—¿Creíste que esto era un juego de negocios, Alex? —mi voz salió desde el fondo de mis pulmones, vibrando con un odio que no cabía en el español.

Toda la rabia de la noche anterior, la imagen de él tocándola, el tiro en el hombro de María... todo se canalizó en las palabras que mi padre me enseñó a usar solo antes de matar.

—¡Maledetto pezzo di merda! (¡Maldito pedazo de mierda!) —le rugí en la cara, sintiendo cómo sus lágrimas caían sobre mis nudillos—. Pensavi davvero di poter mettere le mani sulla mia donna e respirare ancora lo stesso ossigeno? Sei un morto che cammina. (¿De verdad pensaste que podías ponerle las manos encima a mi mujer y seguir respirando el mismo oxígeno? Eres un hombre muerto.)

El terror en sus ojos fue mi mayor recompensa. Hincái la hoja en su pecho, justo en el centro de su orgullo idiota, sintiendo la resistencia del hueso y luego el vacío del músculo cediendo. No le quité la vista de encima mientras su vida se escapaba.

—Va' all'inferno, bastardo (Vete al infierno, bastardo) —le susurré, dejando que su cuerpo cayera como el saco de basura que siempre fue.

Limpié la sangre de mi navaja con una lentitud deliberada. Me giré y ahí estaba ella, apoyada en el escritorio con esa sonrisa de "me importa una mierda el mundo" que me volvía loco. Estaba pálida, herida y cubierta de polvo, pero me miraba con un descaro que me obligaba a querer tomarla ahí mismo, sobre los restos de nuestros enemigos.

—Me gusta cuando hablas italiano, Max —me soltó, con esa voz que era puro veneno y seda—. Te hace parecer casi tan peligroso como yo.

Caminé hacia ella, ignorando los cadáveres a mis pies. Le arrebaté los papeles que Alex protegía y la tomé por la cintura con el brazo que me quedaba libre, pegándola a mí a pesar de su herida.

—No solo parezco peligroso, Luiza. Soy el tipo que acaba de firmar tu sentencia de propiedad —le dije, pegando mi frente a la suya—. Vámonos. Antes de que use estos papeles para prenderle fuego a todo lo que conocemos.

Guardé los documentos en mi chaqueta táctica. Sentía el peso del papel contra mi pecho, pero el verdadero peso era el de la verdad que esos folios escondían. Al salir, eché un último vistazo al búnker. Habíamos cumplido la misión de nuestros padres, pero sabía que lo que teníamos en las manos iba a destruir sus imperios.

Luna (madre de Maria)

Han pasado dos semanas desde que mi hija y Maximiliano regresaron de esa montaña, oliendo a pólvora y con el alma más oscurecida de lo que ya estaba. Luiza se recupera de su hombro, pero la herida que lleva dentro, esa que se abrió al leer los documentos de Monterrey, es la que realmente me preocupa. Ella siempre lo supo; es demasiado inteligente. Sabe que Marcos no es su sangre, que solo fue el hombre que aceptó darme su apellido cuando ella tenía cuatro años, por un pacto de conveniencia que nos mantuvo a salvo.

La encuentro en el jardín de invierno, rodeada de orquídeas blancas que parecen marchitarse ante su mirada gélida. Me siento frente a ella con un juego de té que ninguna de las dos piensa tocar.

—Luiza, mi niña... —comienzo, con la voz suave, tratando de alcanzar la ternura que ella tanto se empeña en enterrar—. No puedes seguir cargando con este odio. Los papeles solo confirmaron lo que ya sentías. Marcos te crió, pero... hay una historia que necesitas saber.

Ella levanta la vista y sus ojos, idénticos a los de aquel hombre del pasado, me atraviesan.

—¿Una historia, mamá? —suelta con una risa amarga que me hiela la sangre—. ¿Me vas a contar el cuento de hadas de por qué me entregaste a un monstruo como Marcos Correa? ¿De por qué permitiste que un extraño me moldeara como su heredera de sangre fría?

—Fue por tu protección —susurro, extendiendo mi mano para tocar la suya, pero ella la retira como si mi piel quemara—. Tu padre biológico... no era alguien que las familias pudieran aceptar. Era un hombre con una oscuridad diferente, una que hacía que los Correa y los Veraldi parecieran niños jugando en un parque.

—¡Me importa una mierda su oscuridad! —estalla Luiza, poniéndose de pie de un salto, ignorando el dolor de su hombro—. ¡Maldita sea la hora en que decidiste callar! ¡Malditos todos ustedes y sus secretos de mierda! ¿Quién es, mamá? ¿Quién fue el bastardo que me dejó en manos de Marcos?

—Cálmate, por favor, Luiza. No grites... —trato de suavizar mi tono, sintiendo cómo el corazón me palpita con miedo—. Si te lo digo, no habrá vuelta atrás. Él no era un mafioso común. Él era el enemigo natural de todo lo que Max y tú representan ahora.

—¡Deja de dar rodeos, Luna! —me grita, golpeando la mesa de hierro forjado. Sus maldiciones llenan el aire puro del jardín como humo negro—. ¡Dime de quién diablos soy hija antes de que queme esta casa con todos adentro! ¡Dime su nombre!

La miro, viendo cómo su pecho sube y baja con una furia descontrolada. Es tan parecida a él cuando se enfadaba... la misma elegancia peligrosa.

—Su nombre era Alessandro Valerius —digo finalmente, el nombre saliendo de mis labios como una confesión prohibida—. El hombre que casi destruye a los Veraldi antes de que tú nacieras. Eres la hija del hombre que el padre de Maximiliano juró exterminar de la faz de la tierra.

Luiza se queda helada. El silencio que sigue es más aterrador que sus gritos.

El nombre de Valerius quedó flotando en el aire como una sentencia de muerte. Vi cómo las pupilas de Luiza se dilataban, procesando que su existencia misma es un insulto para los Veraldi, para la familia del hombre que ahora duerme en su cama y mata por ella.

—¡Es una broma de mal gusto, mamá! —rugió ella, estrellando su taza de té contra el suelo de mármol. Los fragmentos volaron cerca de mis pies—. ¡Ese hombre está muerto! José Veraldi se jacta cada vez que bebe de cómo borró a los Valerius del mapa. ¡Me has hecho vivir una mentira bajo el techo de un hombre que no es nada mío mientras el asesino de mi sangre se sienta a mi mesa!

Me levanté despacio, sintiendo el peso de los años y del miedo. Me acerqué a ella, aunque sus ojos me advertían que estaba a un paso de perderme el respeto para siempre.

—Eso es lo que todos creen, Luiza. Eso es lo que José necesita creer para dormir de noche —le dije, bajando la voz hasta que fue apenas un susurro que el viento del jardín no pudiera robar—. Pero Alessandro no murió en aquel incendio. Él es como tú... una sombra que no se deja atrapar.

Luiza se quedó paralizada, con la respiración entrecortada y una mano apretada sobre su hombro herido, como si el dolor físico fuera lo único que la mantuviera anclada a la realidad.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó, y esta vez su voz no fue un grito, sino un siseo cargado de un pavor que nunca le había visto.

—Digo que tu padre biológico está vivo, Luiza. Y no solo eso... —tomé aire, sintiendo que estaba entregando a mi hija al lobo que la engendró—. Él te está buscando. Los documentos que recuperaron en el búnker no estaban ahí por error. Eran migajas de pan. Él sabía que tú irías por ellos. Él sabe que te has convertido en la mujer más peligrosa de esta ciudad y quiere reclamar lo que le pertenece.

Luiza retrocedió un paso, tropezando con la silla. Por primera vez en dos semanas, la vi vulnerable, pero esa vulnerabilidad se transformó rápidamente en algo mucho más oscuro.

—¿Me está buscando? —repitió ella, y una sonrisa psicópata, idéntica a la de Alessandro, empezó a asomar en sus labios—. ¿Después de 17 años de dejarme en este nido de víboras? ¿Después de dejar que Marcos Correa me pusiera las manos encima para "educarme"?

—Él no podía volver antes, la guerra era demasiado caliente... —traté de justificar, pero ella me cortó con un gesto violento de la mano.

—¡Me importa una mierda sus excusas! —gritó, volviendo a las maldiciones—.

¡Maldito sea él y maldita seas tú por ocultármelo! Si ese bastardo me está buscando, que se prepare. Porque no va a encontrar a una hija perdida buscando un abrazo. Va a encontrar a la mujer que Maximiliano Veraldi forjó en el infierno.

Se giró para salir del jardín, con la furia de un incendio forestal. Sabía a dónde iba. Iba a buscar a Max. Iba a buscar el único ancla que le quedaba, sin saber que esa verdad era una granada sin seguro en medio de su relación.

—¡Luiza, espera! —le grité—. Si Max se entera de que eres una Valerius, su padre lo obligará a matarte. ¡Es la ley de los Veraldi!

Ella se detuvo en el umbral, sin mirarme.

—Entonces Max tendrá que decidir si sigue las leyes de su padre o si prefiere quemar el mundo conmigo —sentenció, antes de desaparecer por el pasillo.

(pasan 3 meses)

Maximiliano:

Noventa días. Noventa malditos días sin sentir el calor de su piel o el veneno de su voz.

Desde que regresamos de aquel búnker y ella tuvo esa charla a puerta cerrada con Luna, María se convirtió en un fantasma que habita mi propia casa. Se aisló en el ala este de la mansión, rodeada de guardias que tienen órdenes estrictas de no dejarme pasar. Ni siquiera a mí. He pasado de ser su dueño y su protector a ser un extraño que vigila su puerta desde las sombras.

Faltan dos días para que cumpla dieciocho años. La mayoría de edad. El momento en que, por ley de las familias, debería ser coronada como la heredera oficial de los Correa o, si mi padre se sale con la suya, el momento en que nuestro compromiso se haga público ante todo el consejo. Pero ella está rota por dentro, y yo no sé por qué.

Estoy en el gimnasio privado, golpeando el saco de boxeo con una rabia que no se apaga. Mis nudillos están en carne viva, pero el dolor físico es una caricia comparado con la incertidumbre. Marcos Correa está más nervioso de lo habitual, y mi padre, José, me mira con una sospecha que me hiela la sangre. Algo se está cocinando en el fondo de esta maldita olla de presión.

—Maledizione... —gruño, lanzando un golpe que casi revienta el saco—. ¿Qué te dijeron, Luiza? ¿Qué te hizo apartarte de mí?

No puedo más. He respetado su espacio porque sabía que la revelación de los documentos la había golpeado, pero el silencio es un arma que me está matando. Me pongo la camiseta, empapado en sudor, y camino hacia sus aposentos. Los dos guardias de la entrada, hombres de los Correa, cruzan sus armas frente a mí.

—Quítense de en medio si quieren seguir respirando —les digo, y mi voz suena como el roce de dos lápidas.

—El señor Correa dio órdenes... —empieza uno de ellos, pero no lo dejo terminar.

Le agarro el arma, la bajo con una fuerza bruta y lo estampo contra la pared. El otro duda, viendo el fuego psicópata que brilla en mis ojos. No soy el guardaespaldas comedido hoy; soy el animal que reclama lo que es suyo.

—Dije que se quiten.

Se apartan. Abro la puerta de su habitación de un golpe. El aire adentro está cargado de un perfume pesado, una mezcla de sus flores favoritas y algo que huele a encierro y a secretos. Ella está sentada frente a la ventana, mirando hacia el horizonte oscuro de las montañas donde casi morimos. Se ve más delgada, más pálida, pero su belleza sigue siendo un golpe directo al corazón.

—Tres meses, Luiza —suelto, cerrando la puerta tras de mí con un estruendo—. Tres meses siendo un extraño en tu propia vida. ¿Vas a decirme qué demonios está pasando antes de que pierda la poca cordura que me queda?

Ella no se mueve. Ni siquiera me mira. Pero noto cómo sus hombros se tensan bajo su bata de seda.

—Vete, Max —su voz es fría, pero hay un temblor en ella que nunca había escuchado—. Faltan dos días para mi cumpleaños. Vete y disfruta de la poca paz que te queda. Porque después de que el reloj marque la medianoche, nada de lo que crees saber va a seguir en pie.

Me acerco a ella, agarrándola por los hombros para obligarla a enfrentarme. Quiero sacudirla, quiero besarla hasta que olvide lo que sea que la está atormentando, pero su mirada me detiene. Hay un miedo ahí que no es por ella, es por mí.

—No me voy a ir a ningún lado —le siseo, pegando mi frente a la suya—. Somos un pacto de sangre, ¿recuerdas? ¿Qué te tiene así? ¿Es Marcos? ¿Es mi padre?

Ella suelta una risa amarga, una que me desgarra el alma.

—Es la sangre, Max. Es la maldita sangre la que nos va a condenar a todos.

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