Emanuel lo tiene todo… menos la libertad de ser quien realmente es.
El mejor alumno de la universidad, el hijo perfecto, un secreto que pesa demasiado.
Una cita equivocada lo lleva a conocer a Sasha y a su hermano Héctor, alguien que vive sin esconderse y despierta en él lo que siempre negó.
Entre miradas prohibidas, decisiones difíciles y una verdad que amenaza con salir a la luz, Emanuel deberá elegir entre seguir fingiendo o amar sin miedo.
Porque hay silencios que duelen más que cualquier verdad.
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Vlll Las palabras que hieren
Emanuel esperó a que la casa quedara en silencio.
No porque necesitara calma, sino porque sabía que ese tipo de conversaciones solo podían existir cuando no había testigos. Cuando no había ruido que amortiguara las verdades.
Encontró a su madre en la sala, acomodando cosas que ya estaban ordenadas. Era su manera de no pensar. De no mirar de frente.
—Mamá… —dijo, con la voz baja pero firme—. Tenemos que hablar.
Ella no levantó la vista.
—No ahora, Emanuel. Estoy cansada.
Él dio un paso más. El corazón le latía tan fuerte que sentía que lo iba a traicionar.
—Por favor.
Ella suspiró, molesta, y se giró apenas.
—¿Qué pasa ahora?
Emanuel tragó saliva. Durante años había ensayado ese momento en su cabeza. Nunca había sido fácil. Nunca había sido claro. Pero ahora no podía seguir postergándolo.
—Quiero decirte algo importante —dijo—. De verdad.
Ella cruzó los brazos, defensiva.
—Decí.
—Yo… —la palabra se le quedó atascada—. Yo no quiero estar con Sasha.
El silencio fue inmediato. Denso. Pesado.
Su madre parpadeó, como si no hubiera escuchado bien.
—¿Cómo que no querés? —preguntó, con una sonrisa tensa—. Si se llevan bien. Es una buena chica. Te hace bien.
—No es eso —respondió él—. Sasha es increíble, pero… no es lo que quiero. No es lo que siento.
Ella bajó lentamente los brazos. Su expresión cambió. Ya no era enojo: era decepción. Y algo más oscuro.
—¿Y entonces qué querés, Emanuel? —preguntó—. ¿Vivir solo toda la vida? ¿Encerrado en tus libros?
—Quiero ser honesto —dijo él—. Con vos y conmigo.
Fue entonces cuando ella dijo la frase.
La dijo sin levantar la voz. Sin gritar. Como si fuera una verdad que llevaba demasiado tiempo guardada.
—Espero que no seas como tu padre.
Emanuel sintió que el aire se le iba de los pulmones.
—¿Qué…? —susurró.
—No me defraudes —continuó ella, con los ojos brillantes—. Si no querés que me haga daño.
Las palabras quedaron flotando en el aire, filosas, imposibles de esquivar.
Emanuel abrió los ojos, incrédulo.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Qué tiene que ver papá con esto?
Ella apartó la mirada.
—No sabés nada —murmuró—. Y no quiero hablar de eso.
Pero ya era tarde.
Emanuel sintió que algo se rompía dentro de él. No era enojo. Era confusión. Dolor. Culpa impuesta.
—¿Me estás diciendo que tengo que vivir como vos querés para que estés bien? —preguntó—. ¿Que si no, es mi culpa lo que te pase?
Ella no respondió. Y ese silencio fue peor que cualquier grito.
Emanuel se puso de pie lentamente. Las piernas le temblaban.
—No entiendo —dijo—. No entiendo por qué me decís esto. No entiendo qué pasó con papá. No entiendo por qué amar o no amar a alguien puede hacerte daño.
La miró. Buscó en su rostro a la madre que lo cuidaba cuando era chico. A la mujer que le preparaba café antes de los exámenes. Pero ahora solo veía miedo. Y control.
—No puedo con esto —susurró.
Tomó su campera. Caminó hacia la puerta.
—Emanuel —dijo ella, por primera vez con la voz quebrada—. No te vayas así.
Él se detuvo un segundo. No se dio vuelta.
—Me voy porque no entiendo —respondió—. Y porque necesito respirar.
Salió de la casa sin cerrar del todo la puerta.
La noche lo recibió con un frío que le caló hasta los huesos. Caminó sin rumbo, con la cabeza llena de preguntas que no sabía cómo formular.
¿Como tu padre?
¿Qué quiso decir?
¿Desde cuándo amar era una amenaza?
Por primera vez, Emanuel no solo tenía miedo de decir la verdad.
Tenía miedo de lo que esa verdad podía destruir.
Y de lo que ya había empezado a romperse.
Emanuel caminó sin rumbo durante casi una hora.
Las calles se parecían entre sí, pero ninguna se sentía propia. Cada paso era automático, como si el cuerpo siguiera avanzando mientras la cabeza se había quedado detenida en la sala de su casa, en esa frase que no dejaba de repetirse.
Espero que no seas como tu padre.
No sabía qué significaba.
Pero sabía que dolía.
Se sentó en un banco, bajo un árbol mal iluminado. Sacó el celular del bolsillo. La pantalla brilló demasiado fuerte en la oscuridad. Dudó. Siempre dudaba.
Había una sola persona a la que podía llamar sin miedo a romperse del todo.
Sasha.
Marcó el número antes de arrepentirse.
—¿Emanuel? —respondió ella casi de inmediato—. ¿Está todo bien?
Y entonces, sin planearlo, la voz se le quebró.
—No… —dijo—. No está bien.
Sasha no preguntó más. No lo apuró. No llenó el silencio. Solo dijo:
—Estoy acá. Contame.
Esa frase fue suficiente.
Emanuel cerró los ojos. Miró el suelo. Y empezó a hablar.
Le contó que había intentado decirle la verdad a su madre. Que no quería seguir fingiendo. Que no quería lastimar a nadie, pero tampoco desaparecer para que otros estuvieran cómodos.
Le contó la mirada de ella. La frase. La amenaza disfrazada de amor.
—Me dijo que no la defraudara —susurró—. Que no fuera como mi padre. Que… si no… podía hacerse daño.
Del otro lado de la línea, Sasha dejó escapar una respiración lenta.
—Emanuel… —dijo con cuidado—. Eso no está bien.
—Yo lo sé —respondió él, rápido—. Pero igual me siento culpable. Como si… como si amar fuera algo peligroso. Como si yo fuera el problema.
—No lo sos —dijo ella, firme—. Escuchame bien. No sos el problema.
Él apretó el teléfono contra la oreja.
—No entiendo lo de mi padre —continuó—. Nunca habla de él. Nunca lo nombra. Pero hoy… fue como si lo usara para asustarme.
Sasha guardó silencio unos segundos. Luego habló, más despacio.
—Mi mamá hizo algo parecido cuando Héctor salió del clóset —confesó—. No con palabras iguales, pero con la misma carga. El miedo. El “qué va a pasar conmigo”. El ponerte a vos como responsable de su estabilidad.
Emanuel frunció el ceño.
—¿Y qué hizo Héctor?
Sasha sonrió, aunque él no podía verla.
—Se rompió —dijo—. Y después se volvió a armar. Pero no solo. Nunca solo.
Emanuel tragó saliva.
—Yo no soy como él —dijo—. No soy valiente. No sé enfrentar. Yo solo… me escondo.
—No —respondió Sasha—. Vos resistís. Y eso también es una forma de valentía.
Él dejó escapar una risa breve, amarga.
—Me fui de casa —dijo—. Sin decir nada. Me siento como un cobarde.
—Te fuiste porque necesitabas aire —corrigió ella—. Eso no es huir. Es sobrevivir.
Emanuel apoyó la cabeza contra el respaldo del banco.
—No sé qué hacer ahora.
—Ahora —dijo Sasha—, no tenés que decidir nada. Solo sentir. Mañana veremos el resto.
Hubo una pausa. El sonido lejano de un auto. Un perro ladrando.
—Gracias —murmuró Emanuel—. Por no juzgarme.
—Gracias a vos —respondió ella—. Por confiarme algo tan grande.
Antes de cortar, Sasha agregó, con suavidad:
—Y Emanuel… no estás solo. Aunque ahora no lo veas.
Él colgó lentamente.
Por primera vez desde que había salido de su casa, el nudo en el pecho aflojó apenas. No se fue. Pero dejó espacio para respirar.
Se levantó del banco y miró el cielo. Las estrellas eran pocas, pero estaban ahí.
Y por primera vez en mucho tiempo, Emanuel pensó que tal vez…
decir la verdad no era el final.
Tal vez era el comienzo.