Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 10
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No soporto más esto.
No soporto más a este imbécil.
Estoy cansada. Cansada de que me den órdenes como si fuera una mascota adiestrada. Cansada de que todos me pisoteen a su antojo, que me usen cuando les conviene y me guarden cuando estorbo. Mi padre. Mi hermana. Gerónimo. Y ahora él.
Solo soy un trofeo. Algo de colección que se exhibe en la vitrina para que todos vean que el pacto se cumplió. Nadie pregunta qué quiero. Nadie pregunta cómo me siento. Solo importa que esté aquí, callada, bonita, cumpliendo con el papel que me asignaron.
Estoy harta.
Harta de fingir. Harta de sonreír. Harta de tragar las lágrimas cuando nadie mira.
Ya no puedo más.
Me siento tan sola. En un lugar distante donde nadie me quiere y nadie puede alcanzarme. Ni siquiera sé por qué sigo aquí. Por qué no salgo corriendo, por qué no desaparezco como hizo ella, por qué me empeño en cumplir promesas que nadie cumplió por mí.
Siempre fui yo contra el mundo.
Y así será siempre.
La biblioteca estaba al final del ala este, tal como Alessandro había dicho.
Empujé la puerta con más fuerza de la necesaria, deseando que los goznes chillaran, que algo en ese lugar perfecto se rompiera. Pero la puerta se abrió en silencio, como todo en esa mansión maldita.
Y entonces lo vi.
Mi libro favorito.
Estaba en una estantería baja, cerca de una ventana que daba al jardín. La misma edición que yo había leído hasta deshacer las páginas, la misma que había tenido que dejar atrás cuando me sacaron de mi antigua vida.
Lo tomé con manos temblorosas. Lo abrí. Olía a papel viejo y a biblioteca, y por un instante fui otra persona. Alguien que no estaba casada con un monstruo, alguien que no vivía en una jaula de oro.
Pero el instante pasó.
Cerré el libro y lo dejé sobre una mesa. No tenía ganas de leer. No tenía ganas de nada. Solo de caminar, de moverme, de hacer algo que no fuera quedarme quieta esperando a que alguien decidiera por mí.
Salí de la biblioteca y seguí husmeando.
La mansión era gigantesca.
No había exageración en esa palabra. Era el triple que la mansión de mi familia, y la mía ya era ridículamente grande. Cada pasillo llevaba a otro pasillo. Cada puerta abría a una habitación vacía, a un salón que nadie usaba, a un espacio muerto que solo existía para que la casa pareciera más imponente.
Me perdí tres veces antes de dar con lo que buscaba.
O quizás no buscaba nada. Quizás solo caminaba porque si me detenía, el silencio me aplastaría.
Fue entonces cuando vi la puerta.
No era especial. Madera oscura, tirador de bronce, igual que todas las demás. Pero estaba entreabierta, y a través de la rendija se filtraba una luz tenue y un murmullo de voces.
La empujé.
Dentro había un bar.
No un mueble con botellas. Un bar de verdad. Con una barra de mármol negro, taburetes altos, estanterías iluminadas desde abajo que hacían brillar las botellas como joyas. Y detrás de la barra, un cantinero que me miró con sorpresa antes de recuperar la compostura.
—Señora —dijo, inclinando la cabeza—. ¿En qué puedo servirle?
No pensé en las consecuencias. No pensé en Alessandro. No pensé en nada.
—Sirveme una copa de vino —ordené, subiéndome a uno de los taburetes con torpeza.
El cantinero dudó un segundo. Luego, con la eficiencia de quien sabe que en esta casa no se discuten las órdenes, me sirvió.
Me lo bebí de un trago.
—Otra.
Me sirvió. Me la bebí.
—Otra.
—Señora, quizás debería…
—Otra —repetí, con la voz más cortante.
Me sirvió la tercera.
Para cuando terminé la cuarta, el mundo había comenzado a difuminarse en los bordes. Las luces del bar se volvieron borrosas, los colores se intensificaron, y la pesadez que llevaba en el pecho desde que llegué a esa casa comenzó a flotar, a alejarse, a volverse menos real.
Todo era menos real.
Y eso era exactamente lo que necesitaba.
—¿Por qué bebiste tanto?
La voz llegaba desde muy lejos, o quizás desde muy cerca. No podía distinguirlo. El mundo giraba lentamente, como un tiovivo que se negaba a detenerse.
Alessandro estaba frente a mí. O quizás era un sueño. O quizás era peor.
—Eres insoportable —dije, y las palabras salieron enredadas, borrosas—. Y mando.
Un silencio. Luego, su voz, más baja:
—Sí, lo sé. Lo soy.
Y entonces me abrazó.
No fue un abrazo formal. Fue algo más. Sus brazos rodearon mi espalda con una firmeza que no esperaba, y por un instante todo el ruido en mi cabeza se aquietó. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Solo sé que cuando intenté sostenerme en pie, mis piernas fallaron.
Él me cargó en sus brazos.
Y ahí fue cuando, a pesar del alcohol, a pesar del cansancio, a pesar de todo… algo en mi cerebro hizo clic.
Yo tenía entendido que Alessandro Moretti odiaba el contacto físico.
Carmina lo había dicho sin querer, en algún momento de esos días. Que ninguna mujer había logrado acercarse a él. Que no confiaba en las personas. Que odiaba sentir cercanía, calor, cualquier cosa que lo hiciera vulnerable.
Pero aquí estábamos.
Sus brazos bajo mis piernas. Su pecho contra mi costado. Su respiración tan cerca que podía sentirla en mi cuello.
Me llevó a su habitación.
No supe cómo llegamos. Solo recuerdo la puerta abriéndose, una cama enorme, sábanas oscuras, y él depositándome sobre el colchón con una delicadeza que no encajaba con nada de lo que sabía de él.
—Te odio —dije, y las palabras salieron sin filtro, sin control, como todo lo que estaba haciendo desde que el vino me había soltado la lengua.
Él no respondió. Solo me miró.
—Pero ¿por qué tienes que ser tan apuesto? —continué, señalándolo con un dedo tembloroso—. Si fueras feo, sería más fácil odiarte por completo.
Una sombra de algo cruzó su rostro. ¿Sorpresa? ¿Diversión? No pude distinguirlo.
—¿Tú crees? —preguntó, y su voz tenía un matiz que no había escuchado antes.
—Es mejor que te acuestes a dormir —dijo luego, y su tono cambió. Era más suave. O quizás solo era mi cabeza que lo hacía sonar así.
Pero no quería dormir.
No quería estar sola.
—Bien —dije, y la palabra salió más pequeña de lo que pretendía—. Duerme conmigo.
Fue una súplica. Algo que jamás, bajo ninguna circunstancia, habría dicho estando sobria. Pero no estaba sobria. Y en ese momento, la idea de que se fuera, de que me dejara otra vez sola en el silencio de esa habitación, me resultaba insoportable.