una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
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Capítulo 7: El punto de ebullición
La mañana del martes nació envuelta en una niebla espesa que parecía haber decidido instalarse también en la mente de Maximiliano.
Tras la charla con Julián, el empresario llegó a la oficina con una resolución férrea: restablecer la distancia. Había sido demasiado abierto, demasiado humano. Había permitido que Elizabeth Moore viera las grietas de su armadura, y eso, en su mundo, era un error estratégico fatal.
—Buenos días, señor Maximiliano —saludó Elizabeth cuando él pasó frente a su despacho. Ella tenía una taza de café en la mano y una carpeta abierta, lista para empezar.
—Buenos días —respondió él, sin detenerse y sin mirarla a los ojos. Su voz fue un latigazo de hielo—. Envíeme el informe de los valores corporativos por correo electrónico. Estaré ocupado todo el día con la junta directiva. No quiero interrupciones.
Elizabeth se quedó inmóvil, con la palabra "gracias" muriendo en sus labios. El cambio de temperatura en el trato de Maximiliano fue tan brusco que el aire pareció cristalizarse entre ambos.
Ella asintió en silencio, regresando a su escritorio con una punzada de humillación en el pecho. Sabía que su presencia allí era puramente profesional, pero la vulnerabilidad que él le había mostrado el día anterior la había hecho creer, ingenuamente, que había nacido una conexión real.
Durante las siguientes seis horas, Maximiliano se sumergió en una maratón de hojas de cálculo y discusiones sobre márgenes de beneficio. Se obligó a ser el hombre que Solangel admiraba: el ejecutor implacable. Sin embargo, cada vez que el silencio caía en su oficina, su oído buscaba inconscientemente el tecleo de Elizabeth al otro lado de la pared. Se odiaba por ello. Se odiaba por buscar a una mujer que representaba todo lo que él debía evitar.
A media tarde, una tormenta eléctrica, de esas que azotan la ciudad con furia repentina, estalló sobre el distrito financiero. Los ventanales de la torre vibraron bajo el impacto de los truenos. En ese momento, un apagón repentino sumergió el piso 42 en una oscuridad absoluta.
Maximiliano soltó un improperio en voz baja mientras buscaba su teléfono para iluminar el escritorio. De repente, escuchó un ruido proveniente de la oficina contigua: el sonido de algo cayendo al suelo y un jadeo ahogado.
Se levantó de inmediato y abrió la puerta comunicante.
—¿Elizabeth?
Con la luz de su teléfono, la encontró. Ella estaba de pie, apoyada contra la pared, con las manos apretadas contra el pecho y la respiración errática. Elizabeth no solo estaba asustada por la oscuridad; estaba sufriendo un ataque de pánico.
—No puedo... no puedo respirar —susurró ella, con los ojos muy abiertos y vacíos.
Maximiliano olvidó sus muros, olvidó a Julián y olvidó su matrimonio. En tres zancadas estuvo a su lado.
—Elizabeth, mírame. Estoy aquí. Es solo un fallo eléctrico. Tranquila.
La tomó por los hombros, sintiendo cómo temblaba. Ella se aferró a sus brazos con una fuerza desesperada, hundiendo su rostro en el pecho de él. El aroma a jazmín y miedo lo envolvió. Maximiliano sintió el corazón de Elizabeth latiendo como un pájaro atrapado contra sus propias costillas.
—Respira conmigo —le ordenó con una suavidad que no sabía que poseía—. Inhala... exhala. Despacio.
Se quedaron así, en medio de la penumbra de la oficina de lujo, mientras el mundo afuera se caía a pedazos bajo la lluvia. El calor del cuerpo de Elizabeth atravesaba la camisa de Maximiliano, recordándole que ella no era un "activo" ni una "historia" que editar. Era una mujer de carne y hueso que, en su fragilidad, lo estaba volviendo más real de lo que él podía soportar.
Poco a poco, la respiración de Elizabeth se estabilizó. Sin embargo, no se soltó. Por un momento, el tiempo se detuvo. Maximiliano sintió la suavidad de su cabello contra su barbilla y el instinto de protegerla se transformó en algo mucho más oscuro y potente: deseo. Un deseo que no entendía de contratos ni de promesas futuras.
—Perdón —dijo ella finalmente, separándose apenas unos centímetros, aunque sus manos seguían apoyadas en el pecho de él—. Le tengo fobia a los espacios cerrados en la oscuridad... desde niña. Me sentí... atrapada.
—No tienes que pedir perdón —respondió él, con la voz ronca. Su mano, de forma casi inconsciente, subió hasta la mejilla de Elizabeth, apartándole un mechón de cabello húmedo—. Yo también me siento atrapado a veces, Elizabeth. Pero no es por la oscuridad.
Ella levantó la vista. En la tenue luz del teléfono, sus ojos se encontraron. No había dónde esconderse. La tensión que se había ido acumulando desde el primer día alcanzó su punto de ebullición. El silencio en la oficina era tan denso que se podía cortar.
Maximiliano sabía que debía alejarse. Sabía que en casa lo esperaba Solangel con una agenda y Valeria con su inocencia. Pero al mirar los labios entreabiertos de Elizabeth, el hombre que "lo tenía todo bajo control" murió un poco más.
Estaba a punto de acortar la distancia, a punto de cometer el error que cambiaría el curso de sus vidas, cuando las luces parpadearon y regresaron con una intensidad cegadora.
Ambos se separaron de inmediato, como si hubieran sido sorprendidos en un crimen. El hechizo se rompió, pero el daño ya estaba hecho. El aire entre ellos ya no era solo de trabajo; era un aire cargado de una verdad eléctrica.
—Debería irme —dijo Elizabeth, recogiendo su bolso con manos temblorosas—. Adam me está esperando. La lluvia... la lluvia va a retrasar el transporte.
Mencionar a Adam fue como un jarro de agua fría para Maximiliano.
—Sí —asintió él, recuperando su máscara de piedra, aunque sus ojos seguían encendidos—. Es lo mejor. Vete a casa, Elizabeth.
Ella salió de la oficina sin mirar atrás. Maximiliano se quedó solo, de pie en medio de su imperio de cristal, sintiendo que sus manos aún conservaban el calor de su piel.
Caminó hacia el ventanal y vio a Elizabeth salir del edificio, una pequeña figura bajo un paraguas rojo perdiéndose entre la multitud.
Esa noche, cuando Maximiliano llegó a su casa, Solangel estaba en el comedor revisando unos planos de una nueva inversión inmobiliaria.
—Llegas tarde —dijo ella sin levantar la vista—. Valeria ya se durmió. Mañana tenemos la sesión de fotos para la revista de negocios, no olvides que tienes que usar el traje gris.
Maximiliano la miró. Vio la perfección de su esposa, la pulcritud de su hogar, y por primera vez sintió una náusea profunda. No por ella, sino por la mentira en la que se había convertido su existencia.
—Sol —dijo él de repente.
—¿Dime? —ella levantó la vista, profesional y distante.
—¿Alguna vez te has sentido... dividida? ¿Como si una parte de ti quisiera quemarlo todo y empezar de nuevo?
Solangel soltó una risa ligera, casi mecánica.
—Qué tontería, Maximiliano. No tenemos tiempo para crisis existenciales. Tenemos una vida que administrar. Anda, ve a cambiarte, la cena se va a enfriar.
Él no se cambió. Fue a la habitación de Valeria y se sentó en el suelo, junto a la cuna. En la oscuridad, recordó el ataque de pánico de Elizabeth y cómo se sintió tenerla en sus brazos.