Florencia tuvo que sacrificarse por salvar a su hermano menor, vender su cuerpo por dinero, pero su sacrificio fue en vano.
Pero, esa noche tuvo consecuencias, y termina embarazada.
Ella lucha por salir adelante con sus hijos y su madre, sin saber que el hombre de aquella noche no puede olvidarla.
Shane Hillings estaba deprimido por su exnovia, quien le engañò de una forma cruel, estbaa tan mal que se sentía impotente como hombre, sin embargo, una noche con una mujer lo cambia todo, ahora obsesionado, solo quiere encontrarla, pero cuando piensa que ella no existe, decide olvidarla, hasta que un día la encuentra de nuevo ante él, como su empleada y con dos secretos de sangre que no puede ocultar, ¿puede el amor nacer de una noche de pasión?
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Capítulo: El deseo en la piel
La mañana siguiente llegó con una luz dorada que se filtraba suavemente entre las cortinas de la habitación.
Eugenio abrió los ojos con lentitud, sintiendo un dolor punzante en la cabeza, consecuencia de la bebida de la noche anterior.
Al girar un poco la cabeza, sus ojos se posaron sobre Ivonne, acurrucada entre las sábanas, con el rostro relajado pero aún mostrando la vulnerabilidad de quien ha entregado su confianza y su corazón a alguien.
Su respiración tranquila contrastaba con la agitación que él sentía por dentro.
Un pensamiento atravesó su mente como un relámpago:
«¡¿Qué demonios he hecho?!»
Pero era tarde para cualquier arrepentimiento. Lo sucedido ya no podía borrarse.
Sus manos temblaban levemente, y su pecho se tensaba al recordar cada instante de la noche anterior, cada roce, cada suspiro compartido. La cercanía de Ivonne lo desarmaba más de lo que quería admitir.
Ivonne abrió los ojos y lo miró con una mezcla de ternura y necesidad. Su sonrisa, pequeña y delicada, se posó sobre él, y Eugenio sintió un vuelco en el corazón.
Ella llevó su mano hasta su rostro, acariciándolo con suavidad, y su impulso natural fue inclinarse hacia él para un beso, pero Eugenio se apartó rápidamente, girando el rostro para evitar la cercanía.
—¿Qué pasa? —susurró Ivonne, con un hilo de temor en la voz.
Él tragó saliva, sintiendo cómo la culpa le oprimía el pecho.
—Lo siento, Ivonne… —dijo con voz tensa—. Creo que anoche bebimos demasiado. Eso provocó que sucediera este… error. No debió pasar.
—¡¿Qué dices?! —exclamó Ivonne, con un nudo en la garganta y los ojos brillantes de lágrimas—. ¿Error? Eugenio, ¿cómo puedes llamarlo así?
—Ivonne, no estaba en mis planes… no debimos cruzar la línea. Eres mi asistente, y… —sus palabras se cortaron, porque cada sílaba parecía traicionarlo frente a sus propios sentimientos.
Ella lo miró con el corazón desbordado, su voz temblaba mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas:
—Yo… —balbuceó—. Yo te he amado desde hace dos años que trabajamos juntos, Eugenio. Cada día, cada instante… y tus palabras me destruyen.
Eugenio permaneció en silencio, con los ojos abiertos, sorprendido.
No esperaba semejante declaración. Su respiración se volvió más pesada y sus manos, que descansaban sobre la sábana, se cerraron con fuerza.
—Ivonne… esto… esto es una locura —dijo finalmente, intentando poner distancia entre el corazón y la razón.
—La locura es que me haya entregado a ti enamorada —respondió ella, con voz quebrada pero firme—. Y tú… tú has destrozado todo lo que sentí.
Eugenio se levantó de la cama de un salto, aún sin poder procesar del todo sus emociones. Se vistió apresuradamente, sintiendo la presión de la culpa y el miedo al daño que había causado.
—Ivonne, por favor… no arruinemos lo que tenemos en el trabajo. Eres la mejor asistente, la que siempre ha mantenido todo en orden… —intentó suavizar sus palabras, buscando un espacio de razón en medio del caos emocional.
—¡Cállate, Eugenio! —interrumpió ella con furia contenida—. Ahora no hablo con mi jefe, hablo con el hombre que ha destrozado mi corazón.
Eugenio se detuvo, sintiendo un dolor agudo en el pecho al escuchar esas palabras.
—¿Eso qué significa, Ivonne? —preguntó, tratando de no perder la calma.
—Significa que quiero que te vayas de mi casa. Ahora mismo —sentenció ella con rabia y firmeza.
Sin oponer resistencia, Eugenio asintió, su rostro reflejaba perturbación y arrepentimiento.
Salió de la habitación, bajó la escalera con pasos silenciosos y se marchó, dejando atrás una estela de silencio que parecía pesar más que cualquier palabra.
Ivonne se quedó sola, llorando desconsolada, con el corazón herido y la mente en un torbellino de emociones. Pensó en cómo aquel encuentro había destruido no solo su ilusión, sino también su futuro profesional.
¿Cómo podría presentarse en la oficina, ver a Eugenio cada día, después de lo que había sucedido?
Su fuerza parecía haberse evaporado, y con ella, su confianza.
Se levantó de la cama con movimientos torpes y corrió al baño, su estómago dolía, y un mareo la hizo tambalearse. Vomitó en el excusado, sintiendo una mezcla de dolor físico y emocional. Se miró en el espejo, con los ojos hinchados y la piel pálida, y por un instante se sintió fea, diminuta, casi insignificante.
Buscando alivio, corrió a la cocina. La casa estaba silenciosa, y Eugenio ya se había marchado.
Abrió la alacena y tomó unas chocolatinas, comiéndolas de prisa, como si fueran el último alimento de su vida. Cada bocado era un intento de llenar un vacío que ninguna comida podía colmar.
Cuando terminó, un sentimiento de culpa la invadió, y volvió al baño, repitiendo su ritual autodestructivo, sumergiéndose en su característico círculo de violencia contra su propio cuerpo, intentando aplacar la tormenta que la consumía por dentro.
Se dejó caer de rodillas frente al lavabo, y mientras su respiración se agitaba, su mente revisaba cada instante de la noche anterior.
Cada caricia, cada beso, cada palabra compartida con Eugenio parecía ahora un puñal que se clavaba en su pecho. Lo amaba con todo su ser, pero él no había sabido corresponder de la misma manera, y la culpa mezclada con la tristeza la hizo sentirse atrapada, sola en medio de su propia desesperación.
Horas después, cuando los rayos del sol se filtraban con más fuerza, Ivonne permanecía sentada frente al espejo del baño, los ojos rojos y cansados, la piel fría y húmeda por las lágrimas.
Sus manos temblaban mientras se tocaba el rostro, como si tratara de borrar de su memoria los recuerdos de la noche anterior. Pero no podía. Todo lo que había pasado estaba grabado en su corazón y en su piel.
😡😡😡
Ella lo hizo una sola vez, no se dedicó a eso y lo hizo por necesidad