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Vínculo Prohibido

Vínculo Prohibido

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Mafia / Romance oscuro / Completas
Popularitas:64
Nilai: 5
nombre de autor: Maiara Brito

Dos jefes mafiosos. Un matrimonio arreglado.
El odio que los separa es tan intenso como la atracción que los consume.
Entre lealtad, sangre y deseo prohibido, Jay y Win descubrirán que el enemigo más peligroso no está fuera de la guerra… sino dentro de ellos mismos.

NovelToon tiene autorización de Maiara Brito para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Los golpes en la puerta de la sala de seguridad resonaban como martillazos en el pecho de cada uno.

Jay mantenía la pistola apuntada a la entrada, con ojos grises fríos. Win estaba a su lado, la mandíbula tensa, el dragón en su espalda casi vibrando bajo la tensión. Nin, sentada en la silla, apretaba las manos hasta que los nudillos se le ponían blancos.

Un chasquido metálico anunció la rotura del candado electrónico. Oleg habló por la radio:

— Están dentro del ala este. Resistan, estamos en camino.

Jay no respondió. Se acercó a la pantalla de monitoreo, donde solo algunas cámaras seguían funcionando. En el pasillo principal, una imagen granulada mostraba a Ton, solo, caminando de forma demasiado calma para alguien en medio de una invasión.

— Ahí está. — dijo Jay, helado.

Win giró el rostro hacia la pantalla.

— No… — murmuró, pero su propia voz vaciló.

Ton se detuvo frente a la cámara, alzó los ojos y, como si supiera que estaba siendo observado, hizo una señal corta con la mano. Tres hombres enmascarados surgieron detrás de él, y él no reaccionó. Por el contrario, les entregó una tarjeta electrónica.

Oleg maldijo en la radio.

— Fue él. Abrió el acceso.

Win golpeó la pared, el ruido seco resonando en la sala.

— Maldito…

Jay no quitaba los ojos de la pantalla.

— Yo avisé.

Win se volvió hacia él, los ojos negros en llamas.

— ¡Cállate!

— La verdad no calla, Win. — Jay avanzó un paso, encarándolo de frente. — Ese hombre puso a tu hermana en la mira. Necesitas decidir ahora: dudas… o matas.

Los golpes en la puerta se intensificaron. A cada impacto, la sala temblaba. Nin susurró:

— Nos vendió… todo este tiempo.

Win cerró los ojos por un segundo, respirando como quien traga vidrio. Cuando los abrió, su decisión estaba grabada en ellos.

— Cuando esta puerta se abra… — dijo él, cargando el arma. — Ton es mío.

Jay asintió lentamente, un respeto sombrío atravesando su mirada.

— Entonces mata rápido. O yo mato primero.

La cerradura estalló. La puerta se abrió de golpe, y los invasores entraron en oleadas de pólvora y gritos. Jay y Win dispararon lado a lado, cada tiro una sentencia. Oleg y dos hombres más llegaron por la retaguardia, abriendo fuego de cobertura.

Y, en medio del caos, Ton apareció en el pasillo, pistola en puño, el rostro sudado, pero los ojos fríos. Apuntó a Nin.

— Entréguenla — gritó — ¡y esto acaba ahora!

El mundo pareció detenerse.

Win alzó el arma, apuntando a su propio amigo de la infancia.

— Tú…

Ton rió, un sonido sin humor.

— Siempre estuve de tu lado, Win. Solo que ahora elegí sobrevivir.

Jay apuntó también, pero no disparó. Esperó. La mirada gris de él pesaba sobre Win como un juicio.

— No dudes. — murmuró Jay. — Es ahora.

El corazón de Win latía como tambor de guerra. El dragón en su espalda parecía arder. Y, en un único disparo, él eligió.

La bala atravesó el pecho de Ton. El sonido del impacto resonó más alto que todos los otros tiros de la noche.

Ton cayó de rodillas, los ojos muy abiertos por la sorpresa.

— Win… yo…

Pero no terminó. El cuerpo cayó al suelo, inerte.

El silencio volvió por un segundo, pesado como piedra.

Nin se tapó la boca, lágrimas silenciosas en los ojos.

Jay miró a Win, y por primera vez no había sarcasmo en su rostro. Solo algo parecido a respeto.

Win, con el arma aún alzada, respiraba como quien había acabado de matar una parte de sí mismo.

— Era mi hermano. — murmuró, la voz ronca. — No de sangre… pero era.

Jay colocó la mano sobre el brazo de él, firme, sin ironía.

— Ahora es solo un enemigo muerto más.

La mirada de los dos se prendió. Dolor y odio compartidos, pero también una extraña complicidad nacida de la misma pérdida.

La guerra dentro de la mansión había terminado, pero la verdadera batalla — entre ellos, dentro de ellos — estaba apenas comenzando.

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