Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?
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Capítulo 19:Lo que vuelve con nosotros
El camino de regreso fue silencioso.
No un silencio incómodo, sino uno lleno, espeso, como si las palabras se hubieran quedado atrás en la cantera, flotando entre el agua y la piedra. Ren caminaba a medio paso de Aiden, lo suficientemente cerca como para rozarse, lo suficientemente separado como para sentir cada movimiento del otro.
Aiden fue el primero en tomar la iniciativa.
No dijo nada.
Solo entrelazó sus dedos con los de Ren.
El gesto fue sencillo… y aun así, Ren sintió un nudo formarse en su garganta. Apretó la mano de Aiden con cuidado, como si confirmara que era real, que no se iba a desvanecer al salir de ese lugar.
—Gracias —murmuró, sin mirarlo.
Aiden ladeó la cabeza.
—Por traerme… —aclaró Ren—. Y por quedarte.
Aiden no respondió de inmediato. Caminó unos pasos más antes de hablar.
—Gracias por dejarme entrar —dijo finalmente—. No todos los lugares que salvan… se comparten.
Ren sonrió, con una emoción suave extendiéndose por el pecho.
Cuando llegaron a casa, el aire se sentía distinto. No porque hubiera cambiado el espacio, sino porque ellos habían vuelto distintos. La luz era baja. El reloj marcaba una hora imprecisa. Nada parecía exigirles nada.
Ren dejó su chaqueta. Aiden hizo lo mismo. Se quedaron de pie unos segundos, frente a frente, como si aún escucharan el murmullo del agua.
—Estoy… —empezó Ren, y se detuvo.
Aiden levantó la vista, atento.
—¿Qué?
Ren respiró hondo.
—Estoy bien —dijo—. Pero también estoy muy consciente de ti.
Aiden sintió un calor subirle al cuello.
—Yo también.
Se acercaron sin prisa. No fue un movimiento decidido de inmediato, sino una serie de pasos pequeños, casi tímidos. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, Ren levantó la mano y tocó el antebrazo de Aiden, sintiendo el músculo tensarse bajo la piel.
—¿Puedo…? —preguntó, sin terminar la frase.
Aiden asintió.
—Sí.
El beso llegó distinto a los anteriores.
No fue exploratorio.
No fue torpe.
Fue cargado.
Ren apoyó una mano en la nuca de Aiden, acercándolo con suavidad. Aiden respondió rodeando su cintura, sosteniéndolo con una firmeza tranquila. Sus respiraciones se mezclaron, más profundas, más conscientes.
Ren suspiró contra su boca.
Aiden cerró los ojos.
No había miedo.
Había deseo… y cuidado.
Cuando se separaron, ambos respiraban más rápido.
Ren apoyó la frente contra la de Aiden, cerrando los ojos.
—Esto… —susurró—. Me asusta un poco.
Aiden sonrió apenas.
—A mí también —admitió—. Pero no quiero retroceder.
Ren abrió los ojos.
—Yo tampoco.
Se quedaron abrazados un rato largo, sin hacer nada más. Aiden deslizó la mano lentamente por la espalda de Ren, deteniéndose cuando lo sintió tensarse, continuando cuando sintió que se relajaba. Cada gesto era una pregunta silenciosa.
Ren respondió acercándose más.
El cuerpo aprende antes que la mente, pensó.
Cuando finalmente se separaron, no fue con prisa ni frustración. Fue con una calma expectante, como quien sabe que algo importante está por venir… y no necesita forzarlo.
—¿Te quedas esta noche? —preguntó Aiden, con la voz baja.
Ren no dudó.
—Sí.
No hubo dramatismo en esa palabra.
Solo elección.
Mientras se preparaban para dormir, Ren se miró en el espejo un segundo más de lo habitual. No buscaba defectos ni señales de huida. Se observó como alguien que estaba aprendiendo a habitar su propio cuerpo sin miedo.
Aiden, desde la puerta, lo miró con una ternura profunda.
—Te ves… tranquilo —dijo.
Ren sonrió.
—Me siento así.
Se acostaron juntos, sin apagar del todo la luz. Ren se acomodó de lado, mirando a Aiden. Aiden pasó el pulgar por su mejilla, despacio, como si memorizara cada línea.
—Pase lo que pase —dijo Aiden—. Mañana también te elijo.
Ren cerró los ojos, apoyando la frente contra la suya.
—Entonces mañana… volvemos a empezar.
Y en ese espacio compartido, entre la memoria del agua y el murmullo de la noche, ambos supieron que el amor no había llegado como una promesa eterna.
Había llegado como una decisión que se renueva.