No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.
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Capítulo 7: El peso en un segundo
El mundo se volvió blanco por un instante.
Todo ocurrió en medio de una risa. El grupo de Alex y Andrés se había mezclado con unas chicas de otra facultad. Había ruido, bromas y esa ligereza que a mí siempre me ha resultado ajena. Una de ellas, una chica de ojos brillantes llamada Elena, se había pasado toda la noche lanzándome miradas que yo fingía no ver. Para ella, yo solo era el chico nuevo, el "guapo y misterioso" de arquitectura que parecía un reto interesante.
De repente, Elena se levantó y, antes de que pudiera reaccionar, me tomó de las manos para impulsarme a levantarme.
—¡Vamos, Lennox! —exclamó con una sonrisa desafiante—. No puedes quedarte ahí sentado toda la noche. Baila conmigo.
Su intención era inocente, un coqueteo típico de bar, pero en cuanto sus dedos se cerraron sobre mis muñecas, el bar desapareció. El calor de su piel se sintió como metal ardiendo. No era Elena quien me sujetaba; era la fuerza de mi pasado inmovilizándome en la oscuridad. El pánico subió por mi garganta como bilis.
Me solté de un tirón violento, casi lanzándola contra la mesa. El sonido de mi silla golpeando el suelo al retroceder resonó como un disparo por encima de la música.
—¡No me toques! —el grito salió de mis pulmones con una agresividad que ni yo mismo reconocí.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Vi el rostro de Elena transformarse: la sonrisa desapareció, sustituida por una expresión de humillación y susto. Los demás se quedaron congelados. La risa de Andrés se murió en su boca y Alex me miró con los ojos muy abiertos, como si de repente se diera cuenta de que el tipo elegante que tenía al lado era una bomba de tiempo.
Sentí las miradas de las mesas contiguas clavándose en mí como agujas. "¿Qué le pasa a este imbécil?", alcanzó a murmurar alguien. Salí de allí a trompicones, empujando la puerta pesada como si mi vida dependiera de encontrar una salida que no existía.
El bar siguió respirando sin mí, pero con una tensión nueva. A través del vidrio de la entrada, vi cómo Andrés se apresuraba a consolar a Elena, que parecía a punto de llorar, mientras Alex se quedaba mirando la puerta con una mano en la frente. Para ellos, yo era el tipo engreído y violento que había humillado a una chica por un simple baile; para los extraños, solo era un loco que no sabía estar en sociedad.
Al cruzar la puerta, el aire frío de la noche me golpeó el rostro. Mis manos temblaban sin control.
Andrés había desviado las miradas. Alex había entendido que algo se había roto. Nadie me siguió. Agradecí ese vacío, pero también me dolió la confirmación de que mi reacción había sido lo suficientemente brutal como para que incluso ellos tuvieran miedo de acercarse.
Y entonces la vi.
Hazel estaba a unos metros, paralizada entre la gente que reía en la entrada. Solo sostenía su propia chaqueta contra el pecho. A su alrededor, unos chicos comentaban mi salida entre burlas, pero ella no los escuchaba. Estaba aislada en su propio silencio, enfocada únicamente en mis manos temblorosas.
Simplemente me miraba.
Vi cómo su expresión cambiaba de la sorpresa a una comprensión dolorosa. Hazel no estaba viendo el desplante grosero que el resto de la calle comentaba; estaba viendo el incendio. En sus ojos había una seriedad antigua.
Nuestros ojos se cruzaron apenas un segundo. Noté que ella dio un pequeño paso hacia adelante, un impulso de socorro que frenó en seco cuando vio mi mandíbula tensa. Entendió que el problema no era Elena, ni el baile. El problema era el contacto.
No hubo lástima. Hubo reconocimiento.
Aparté la vista, incapaz de sostener la verdad que ella me estaba devolviendo, y eché a andar sin mirar atrás. Escuché a alguien a mis espaldas susurrar: "Vaya tipo más raro", pero la voz de Hazel no respondió. El silencio que ella guardó fue su forma de protegerme frente a los extraños.
Mientras caminaba por la calle vacía, el eco de mis pasos me recordaba que, por mucho que me vistiera de seda, por dentro seguía siendo un edificio con los cimientos carcomidos. No estaba enojado con Elena. Estaba cansado de ser el arquitecto que no puede evitar que su propia estructura colapse ante el menor roce.
No sabía aún que esa noche no había marcado una huida.
Había marcado el principio de algo que ya no podría seguir evitando.