Ayla tiene veinticuatro años, un cuerpo lleno de marcas y un secreto que no puede contarle a nadie: el hombre que mató a su madre es el mismo que la tiene prisionera.
Cada noche, Ayla escapa al único bar abierto en el morro, buscando en el fondo de una botella unas horas de paz. Pero alguien la está observando. William —conocido como Sombra, el dueño del morro— no es el tipo de hombre que mira para otro lado cuando algo no le cuadra. Y esa mujer de lentes oscuros y mangas largas en pleno calor de Río de Janeiro le despierta algo que no logra ignorar.
Cuando Ayla aparece una noche al borde del colapso, Sombra toma una decisión que cambiará la vida de ambos: llevarla a su casa, ponerla bajo su protección y jurar que nadie volverá a tocarla.
Lo que ninguno de los dos esperaba era enamorarse.
Pero en el morro, el amor no viene sin guerra. Un enemigo implacable quiere a Ayla de vuelta. Secretos familiares enterrados durante décadas empiezan a salir a la superficie. Y Ayla descubrirá que la mujer rota que llegó pidiendo ayuda tiene dentro de sí una fuerza que nadie —ni ella misma— sabía que existía.
Una historia de amor intenso, lealtad inquebrantable y transformación en el corazón de las favelas de Río de Janeiro. Para lectoras que no le temen a las emociones fuertes.
Contenido para mayores de 18 años.
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Capítulo Ocho
Capítulo Ocho
William
Pasar la madrugada con Ayla estuvo bien, conversamos bastante y pude conocerla un poco más. Quiero mucho que se mejore pronto.
Me desperté temprano y fui directo a la boca, necesitaba resolver unas cosas y todavía tenía que agarrar al maldito padrastro de Ayla. Quiero matar a ese desgraciado ya.
— Jefe, el tipo se esfumó. Los muchachos de la barrera dijeron que llegó de madrugada y después de unas tres horas se fue otra vez, prácticamente corriendo, y después de eso no volvió más. — BN habla y la sangre me hierve.
— Hijo de puta, se largó. Seguro no vio a Ayla ahí y se peló con miedo de que la chica lo delatara. — Digo furioso.
— Voy a poner a unos muchachos a rastrearlo, no debe haber ido lejos. Vamos a matarlo ya. — Ctreze dice.
— Vamos a su casa, quiero agarrar algunas cosas para Ayla. — Digo levantándome y tomando mi arma.
Salimos de la boca y bajamos el morro en moto. Nos detuvimos frente a una casa en el callejón 12 y fuimos hasta la puerta; BN la tumbó y un olor a marihuana y alcohol salió de la casa. Entramos y miramos alrededor; llegué a la sala y no dejé de notar la sangre en el sofá. Miré el estante y había una foto de Ayla con su mamá, las dos estaban hermosas. En la foto Ayla se ve tan bonita, alegre, ni parece la misma que está en casa.
Agarré la foto y subí las escaleras. Había dos cuartos; entré al primero y sin duda era del padrastro. Me giré hacia el otro lado y abrí el segundo cuarto y hasta me sorprendí con la diferencia respecto al resto de la casa: su cuarto estaba bien arreglado, tenía plantas, cuadros, un estante lleno de libros, todo estaba organizado.
Entré al cuarto y vi una maleta con rueditas. La abrí y empecé a meter algo de ropa que fui encontrando, agarré el laptop que estaba sobre la cama y cerré la maleta. Después, si ella quería, mandaría a traer el resto de sus cosas. Iba saliendo, pero recordé ir al baño a ver si había algo para llevar.
En cuanto empujé la puerta me espanté con lo que vi: en el piso había sangre salpicada, en el lavabo había marcas de mano con sangre. Miré el bote de basura y había una prenda blanca toda roja. Fui hasta el lavabo y abrí el cajón; estaba repleto de medicamentos, pero lo que más me enfureció fue la cantidad de pastillas del día siguiente que había ahí. Sin duda las tomaba a escondidas después de que él la violaba.
Sentí una rabia enorme surgir en mi cuerpo y terminé dándole un puñetazo al espejo, que se rompió por completo.
Ya estaba respirando agitado; la rabia que sentí al ver todo eso... Lo que Ayla vivió aquí debió ser horrible. Voy a matar a ese desgraciado, de eso pueden estar seguros.
— ¿Qué pasó, hermano? Pensé que había... — Ni terminó de hablar; en cuanto vio cómo estaba el baño solo puso cara seria. — Tenemos que encontrar a ese gusano ya. — Dice BN.
Salimos del cuarto sin decir nada; ambos estábamos con rabia. Ver todo lo que le hizo a Ayla despertaba lo peor de mí.
Salimos de la casa y fui directo a mi casa. En cuanto entré escuché una risa hermosa; miré hacia la mesa y vi a Ayla sentada riéndose junto a mi mamá y mi hermana.
Me acerqué a la mesa y en cuanto me vieron abrieron una sonrisa.
— Buenos días, hijo, ¿te vas de viaje? — Mi mamá pregunta.
— Buenos días, mamá. Esta maleta es de Ayla, agarré algunas de tus cosas para traértelas. — Digo, y ella me mira un poco preocupada.
Sé bien lo que estaba pensando; pronto le hablaría sobre el padrastro, pero no sé cómo reaccionaría al saber que huyó.
— Gracias, William. — Abre una sonrisa y se levanta viniendo hacia mí.
Me abraza con cariño y luego se aparta.
— Ayla, no pude traer todo, pero si quieres le pido a los chicos que traigan las cosas que te faltan. — Digo pasándole la mano por la cabeza.
— Está bien, William, muchas gracias de verdad. — Sale arrastrando la maleta hasta su cuarto.
Una semana después
Había pasado una semana y no habíamos encontrado a Raul, el padrastro de Ayla. Hablé con ella al respecto y era evidente el miedo que sentía, pero le pedí que no tuviera miedo porque yo iba a protegerla de todo.
En esa semana Ayla mejoró bastante; siempre anda ayudando a mi mamá en la casa, y muchas veces cuando todos se despiertan ella ya está de pie con el desayuno listo. En los últimos días prepara la cena junto con mi mamá y cocina muy bien; también descubrí que trabaja traduciendo contratos desde el laptop, directo desde casa.
Pamela se pegó a la chica como si fuera una hermana para ella; me alegra eso, sé que para mi hermana es difícil tener dos hermanos hombres.
Hablando de hermanos, Pedro trata a Ayla como una hermanita menor; le agarró un cariño a la chica que ni yo sé explicar.
En cuanto a ella y yo, nos llevamos súper bien, pero no sé por qué no logro ver a Ayla como una hermana. Estos últimos días cuando estoy con ella siento cosas que nunca había sentido antes; verla sonreír y contarme historias graciosas me alegra el día, me acelera el corazón, siento unas ganas enormes de tenerla entre mis brazos.
Pero estoy tratando de alejar esos pensamientos; no quiero que Ayla piense que le quiero hacer algún daño. Ella me trata como un hermano y no quiero arruinar eso.
Me levanté más temprano de lo normal y fui a bañarme. Salí de la regadera y me sequé, me puse una bermuda negra y una camiseta blanca de Lacoste y mis sandalias blancas.
Me eché perfume y me puse mis cadenas. Bajé las escaleras y me encontré con una escena increíble. Ayla estaba escuchando música en el celular nuevo que le regalé; se movía de un lado a otro mientras revolvía el huevo en el sartén.
Miré su cuerpo: traía un pantalón de pants negro y una camiseta blanca suelta; su cabello estaba recogido en un chongo alto.
Me acerqué a la cocina y me recargué sobre la barra, quedándome viéndola. Cuando iba a darle los buenos días, ella se volteó y soltó un grito del susto.
— William, qué susto, buenos días. — Dice poniéndose la mano en el pecho.
— Perdón, pequeña, ya te iba a dar los buenos días, pero estabas muy animada ahí. — La imité bailando.
— Ay, qué vergüenza, ya para. A esta hora tú sigues dormido, ¿por qué bajaste temprano hoy, eh? ¿Para matarme de vergüenza? — Cruza los brazos y hace puchero.
Suelto una carcajada con la cara que pone y me acerco a ella.
— No tienes que avergonzarte, mucha gente parece lagartija bailando. — Digo, y ella pone cara de enojada y yo me río.
— Payaso, te voy a dejar sin desayuno. — Dice y se voltea a agarrar algo de la barra.
— Está bien, me voy a desayunar donde doña Márcia. — Digo y cruzo los brazos.
— Muy bien, ve, estoy segura de que todos aquí van a encantarles comerse tu parte de panqueques. — Me mira y esboza una sonrisita.
— No me harías eso. — La miro incrédulo.
Ayla es la dueña de los mejores panqueques que he comido en mi vida. Después de que le dije que me gustaban, empezó a hacerlos un día sí y un día no.
— Me llamaste lagartija, te mereces quedarte sin panqueques. — Dice riéndose.
— Está bien, perdón, señorita Ayla. — Digo haciendo una reverencia ante ella.
— Qué tonto. — Se ríe y me entrega un plato con una torre de panqueques.
— Aaah, Ayla, amo tus panqueques. — Digo yendo a la mesa a desayunar.
¡Perfectos!