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Ámame, Esposo Mío

Ámame, Esposo Mío

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Aventura de una noche / Embarazo no planeado / Reencuentro / Completas
Popularitas:831
Nilai: 5
nombre de autor: ErKa

Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.

Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.

Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.

Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.

¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?

NovelToon tiene autorización de ErKa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 8 - En busca de una solución

¿Otro acuerdo? ¿Por qué ese hombre hacía tantos acuerdos? Camila leyó con cuidado cada punto, tratando de entender todo lo que decía. Había muchas cosas con las que no estaba nada de acuerdo. Por ejemplo, ¿que le pagaran una compensación?

Ella no necesitaba ese dinero. Lo único que necesitaba era una manera de tener al bebé sin que su madre se enterara. Tendría que llamar al asistente de ese hombre para plantearle sus objeciones.

Buscó la tarjeta que le había dado el asistente. Cuando la encontró, marcó el número desde el teléfono del hospital. Su celular y su bolsa seguramente seguían en el casillero de la oficina, y no tenía otra forma de comunicarse con él. Al segundo timbrazo, contestaron.

—¿Bueno?

—¿H-hablo con el señor asistente?

—¿Cómo dice? ¿Quién habla? ¿Con quién tengo el gusto?

—S-soy C-Camila, señor…

—Ah, ¿la señorita Alcázar?

—S-sí, señor…

—Dígame, señorita Alcázar. ¿Ya tomó una decisión?

—Eh… mmm… H-hay unas c-cláusulas que no me gustan, señor…

—¿Cuáles? Ah, no hace falta que me explique. El licenciado Aguirre y yo vamos para allá ahora mismo.

Y colgó. Camila se quedó mirando el auricular, con la mente en blanco.

¿Qué iba a hacer? ¿Qué iba a decirles? No era una persona estudiada. Solo era una muchacha de pueblo con la preparatoria terminada. ¿Qué podía decir frente a gente tan preparada como el asistente y el señor abogado?

Mordisqueaba la orilla de la cobija. Leía una y otra vez, cláusula por cláusula, con toda la atención del mundo. Muchas de ellas, de verdad, no le gustaban nada.

Poco después, alguien tocó a la puerta. Sin esperar respuesta, la puerta se abrió y entraron el asistente del director y el licenciado Aguirre.

—Señorita Alcázar, nos volvemos a ver.

El licenciado Aguirre la saludó extendiéndole la mano. Pero Camila, asustada, no se la estrechó.

—Ejem, bueno. Parece que no le alegra mucho verme.

—No es momento para cortesías, licenciado. ¿Le parece si empezamos? —propuso Gerardo.

—¿Y el señor Montenegro? Me parece que necesitamos su presencia para llegar a un acuerdo.

—Se negó a venir, licenciado. Solo podemos comunicarnos con él por teléfono.

—Mmm, de acuerdo. Entonces empecemos. Señorita Alcázar, parece que ya tomó una decisión, ¿no es así? —El licenciado Aguirre se volvió hacia ella.

—¿U-una decisión? —preguntó Camila con voz temblorosa.

—Usted nos llamó. Eso quiere decir que ya decidió.

Camila negó con la cabeza; no estaba de acuerdo con lo que decía el abogado.

—T-todavía no he decidido. P-pero no estoy de acuerdo con lo que dice el papel… —se esforzó en explicar, nerviosa.

—En realidad, usted no tiene derecho a rechazar este acuerdo, porque solo es la segunda parte. Después de revisarlo, considero que el contenido la beneficia a usted mucho más que a nuestro cliente. ¿Con qué no está de acuerdo, entonces?

—Eh… mmm… P-por ejemplo, la cláusula 3 y la cláusula 4. Y-yo no necesito ese dinero de compensación. E-es cierto que no quiero a este bebé, p-pero eso no quiere decir que lo vaya a vender…

—Señorita Alcázar, no se trata de venderlo. Ese dinero es solo una muestra de gratitud de nuestro cliente porque usted lleva a su hijo en el vientre y está dispuesta a tenerlo. Así que le aconsejo que lo acepte.

—P-pero de verdad no lo quiero. Lo único que quiero es que este bebé nazca pronto y no tener nada más que ver con él ni con ese hombre. S-si él me obliga a aceptar la compensación, e-entonces no voy a tener al bebé…

Intentó sonar amenazante, pero le temblaba la voz. Se le notaba la inseguridad, y también el miedo.

—Muy bien, señorita Alcázar. Tomaremos nota de las cláusulas con las que no está de acuerdo y se las haremos saber a nuestro director. ¿Algo más?

—Eh, pues… N-no estoy de acuerdo con vivir bajo el mismo techo que él… M-me da miedo. N-no quiero vivir con él. P-prefiero matarme antes que vivir con él…

Se le quebró la voz y empezó a sollozar. Todo el cuerpo le temblaba. Solo de imaginarse viviendo con ese hombre se moría de miedo. No quería, de ninguna manera.

El licenciado Aguirre y Gerardo intercambiaron una mirada. Gerardo asintió, dándole a entender su respuesta a la pregunta muda del abogado.

—Está bien, señorita Alcázar. Tomaremos en cuenta su petición. ¿Hay algo más?

Camila negó con la cabeza y volvió a esconder la cara detrás del brazo, señal de que quería dar por terminada la conversación.

—De acuerdo, señorita. Le haremos llegar sus objeciones al director y modificaremos el acuerdo. Con su permiso, nos retiramos.

—¿Y bien? ¿Aceptó?

—Le pido una disculpa, señor. La señorita Alcázar está de acuerdo con casi todo, pero hay algunas cláusulas que no acepta. Amenaza con no tener al bebé si no cumplimos lo que pide.

—¿Qué cláusulas? —Max abrió mucho los ojos, furioso.

Se había esforzado en redactar el acuerdo de modo que la favoreciera a ella. ¿Por qué todavía había cláusulas que no le parecían? ¿Le parecía poco la compensación que le ofrecía? ¿Tendría que subirla?

—No está de acuerdo con las cláusulas 3, 4 y 5, señor.

—¿Qué dicen? ¡Léelas!

—Las cláusulas 3 y 4 son las del dinero de compensación, señor. No está de acuerdo con que se le pague. No quiere ese dinero. Amenaza con no tener al bebé si no se respeta su petición. Y la cláusula 5 es la de vivir bajo el mismo techo, señor. No quiere vivir con usted. Amenaza con quitarse la vida si la obligan a vivir con…

¡PAM!

Max le asestó un puñetazo al escritorio. Los nudillos le empezaron a sangrar. Todo el cuerpo le temblaba de la rabia contenida.

—¿Algo más? —preguntó con voz grave.

—Nada más, señor.

—¡Puedes retirarte!

—Le está sangrando la mano, señor. Voy a llamar a alguien del servicio médico…

—No hace falta. Sal de aquí.

Max agitó la mano para despacharlo.

—Sí, señor.

Gerardo obedeció y salió de inmediato del despacho.

Ahora en la oficina solo quedaban Max y su furia. ¿Cómo se atrevía esa mujer a amenazar con matarse solo por tener que vivir con él? ¿Tan aterrador era? ¿Tan miserable? ¡Si fuera por él, tampoco querría que viviera con él!

Había puesto esa cláusula únicamente porque le preocupaba su hijo. ¡No quería que su hijo tuviera que vivir en ese cuartucho mugroso y destartalado! Quería que tuviera lo mejor de lo mejor, aunque todavía estuviera en el vientre. Por eso había decidido que esa mujer viviera a su lado, para poder vigilar de cerca cómo crecía el bebé.

¡¿Y así le pagaba sus buenas intenciones?! Si no hubiera estado borracho, jamás la habría tocado. Esa mujer no estaba a su nivel. No tenía nada, por donde se le viera, que le resultara atractivo. Era el polo opuesto de su prometida (bueno, de su ex prometida).

¿Y ahora qué hacía? ¿Dejar que siguiera viviendo en ese lugar tan miserable? No, no. No iba a permitir que su hijo creciera en un sitio tan sucio.

¿Comprarle una casa y que viviera ahí? Pero, si hacía eso, ella seguiría estando sola. No habría nadie que la vigilara de verdad. ¿Qué podía hacer para que viviera en un lugar limpio, cuidada por gente de su absoluta confianza y, al mismo tiempo, lejos de él?

Max le dio vueltas y vueltas a todas las posibilidades. La cabeza le trabajaba a toda velocidad. Y de pronto, como si le hubiera caído una revelación del cielo, dio una palmada.

—¡Eso es!

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