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El magnate y la mariposa

El magnate y la mariposa

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:19.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Paz

Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.

Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.

Pero entonces aparece él.

Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.

Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.

Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.

Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.

"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."

¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?

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NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: La rendición

El viernes, Valentina cambió de blusa tres veces y se odió por cada una.

Primero se puso una blanca, demasiado de oficina. Luego una verde, demasiado "sí me importas". Al final eligió una negra sencilla, jeans y aretes pequeños. Se miró al espejo del baño con una seriedad ridícula.

—No es una cita —le dijo a su reflejo.

El reflejo no le creyó.

Lucía tampoco.

—Claro que es una cita —dijo por nota de voz, con ruido de calle al fondo—. Si te recogiera un feo, le dirías "salida". Como es guapo y millonario, estás usando eufemismos para no asumir responsabilidad emocional.

Valentina sostuvo el teléfono lejos de la oreja.

—¿Siempre tienes que hablar como terapeuta de cantina?

—Soy una mujer de muchos talentos. Mándame ubicación, foto del outfit y prueba de vida cada dos horas.

—Lu.

—No negocio seguridad con herederos desconocidos, mija.

Valentina sonrió. Le mandó la ubicación y una foto cortada de su blusa, sin cara. Lucía respondió con un sticker dramático y un "aprobada".

Santiago la esperaba abajo, no frente al edificio para evitar a la vecina del segundo, sino en la esquina. Ese detalle la hizo bajar la guardia antes de estar lista. Llevaba una chaqueta oscura y, por primera vez desde que lo conocía, parecía un poco nervioso.

—Hola —dijo él.

—Hola.

—No traje coche.

—¿Debo felicitarte?

—Pensé que sí.

Valentina soltó una risa breve.

Caminaron hacia una cantina pequeña en la Roma que ella eligió porque tenía mesas de madera, meseros rápidos y cero posibilidades de encontrarse con alguien del círculo de Santiago. Él no hizo ningún comentario sobre el lugar. Pidió una michelada cuando ella pidió una, y no fingió entender la carta mejor que ella.

—Te estás esforzando mucho por parecer normal —dijo Valentina después de verlo pelear con una servilleta que se le pegaba al vaso mojado.

—¿Funciona?

—A ratos.

—Tomaré eso como avance.

Hablaron de cosas que no parecían peligrosas. Películas que ella veía cuando no quería pensar. El perro que Santiago tuvo de niño y que Doña Mariana dejó dormir en su cama aunque Don Fernando decía que los animales no entraban a las habitaciones. La primera vez que Valentina llegó a CDMX y se bajó en la estación equivocada con dos maletas y ganas de llorar.

—¿Lloraste? —preguntó Santiago.

—No.

Él la miró con una ceja levantada.

—Bueno, sí. Pero en un baño de la estación, así que no cuenta.

—Cuenta más.

Valentina bajó la vista a su vaso.

—No me gusta sentir que no sé dónde estoy parada.

—Lo he notado.

—¿Eso es una crítica?

—Es una forma de decir que me gusta que te cuides.

La respuesta le quitó la réplica de la boca.

Después caminaron sin prisa. La Roma estaba viva a esa hora: parejas afuera de restaurantes, motos de repartidores, música saliendo de un bar, jacarandas dejando manchas moradas sobre las banquetas. Santiago no intentó tomarle la mano. Valentina, que había pasado media noche diciéndose que eso la aliviaría, descubrió que le molestaba un poco.

—¿Siempre eres tan correcto? —preguntó.

—No.

—Ah.

—Estoy intentando serlo contigo.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue peor: fue íntimo.

Cuando llegaron a Narvarte, la ciudad ya tenía ese cansancio de viernes que huele a lluvia vieja y comida de puesto. Santiago la acompañó hasta la puerta de su edificio. Valentina sacó las llaves despacio, consciente de él a su lado, de su calor cercano, de lo fácil que sería girar la cabeza.

—Gracias por caminar —dijo él.

—No fue terrible.

—Otro avance.

Valentina insertó la llave, pero no abrió. Se quedó mirando la cerradura como si ahí estuviera la respuesta a una pregunta que ninguno había dicho.

—Santiago.

—Sí.

—Esto no puede funcionar.

Él no respondió de inmediato.

—¿Qué cosa?

—No hagas eso.

—Necesito saber de qué hablas.

Valentina se volvió hacia él. Estaban demasiado cerca. La luz amarilla del edificio le marcaba el rostro a Santiago de una manera más suave que la del hotel, más real.

—Tú eres tú —dijo ella—. Y yo soy yo.

—Eso ya lo sabía.

—No lo digas como si fuera simple. No vivimos en el mismo mundo. Tú tienes chofer, juntas, apellidos que abren puertas. Yo calculo si puedo pedir Uber cuando llueve. Si mañana te aburres, vuelves a tu vida y ya. Yo no tengo una vida de repuesto.

La voz se le quebró en la última frase y eso la enojó. Santiago dio un paso, luego se detuvo, como si recordara que no podía acercarse solo porque quería.

—No me voy a aburrir de ti.

—No puedes saber eso.

—Sí puedo.

—Santiago...

—Valentina, he pasado años en salas llenas de gente diciendo lo correcto, vistiendo lo correcto, queriendo lo correcto porque alguien decidió que eso era lo que tocaba. Contigo no tengo que actuar.

Ella tragó saliva.

—Eso suena bonito, pero no resuelve nada.

—No quería resolverlo con una frase.

—Entonces, ¿qué quieres?

Santiago levantó la mano despacio. No la tocó. Dejó los dedos a unos centímetros de su mejilla, dándole tiempo para apartarse.

Valentina no se apartó.

—Quiero que me dejes intentarlo —dijo él.

Ella cerró los ojos un segundo. Grave error. Sin verlo, lo sintió más: su respiración, el calor de su mano, el espacio entre ambos volviéndose demasiado pequeño.

—No sé si puedo.

—Eres exactamente lo que necesito, Valentina.

La frase le atravesó todas las defensas.

No supo quién se movió primero. Tal vez él. Tal vez ella. La mano de Santiago tocó por fin su mejilla, cálida, cuidadosa, y Valentina levantó el rostro. El beso empezó suave, una pregunta más que una conquista. Sus labios apenas rozaron los de ella y esperaron.

Valentina debió retroceder.

En cambio, soltó las llaves.

El sonido metálico contra el piso rompió algo. Santiago la acercó por la cintura y ella se aferró a su chaqueta, no para empujarlo, sino para no perder el equilibrio. El beso dejó de ser tímido. Se volvió hambre contenida, memoria de aquella noche sin recuerdos claros, deseo con nombre completo.

Valentina sintió el golpe de su espalda contra la puerta y no le importó. Santiago bajó la mano a su cintura, la subió otra vez a su cara, como si también estuviera peleando por no olvidar dónde estaban. Ella respiró contra su boca y él respondió con un sonido bajo que le encendió la piel.

—Valentina —murmuró, separándose apenas.

No era una advertencia. Era un límite temblando.

Ella abrió los ojos.

—No subas —dijo antes de arrepentirse.

Santiago apoyó la frente contra la suya y soltó una risa breve, casi dolorida.

—No iba a pedirlo.

—Bien.

—Pero quería.

El calor le subió hasta las orejas.

—Eso tampoco lo digas.

—Perdón.

No sonaba arrepentido. Sonaba feliz.

Valentina se agachó a recoger las llaves con manos torpes. Santiago se las alcanzó primero. Cuando sus dedos se tocaron, el teléfono de él empezó a sonar.

La expresión de Santiago cambió antes de mirar la pantalla.

Fue mínimo, pero Valentina lo vio. La suavidad desapareció. La mandíbula se le tensó. El hombre que acababa de besarla en un pasillo viejo se volvió, en un segundo, alguien de traje invisible.

—Tengo que contestar —dijo.

—Claro.

Santiago se apartó unos pasos.

—Sí.

Valentina no quería escuchar. Pero el pasillo era estrecho.

—No —dijo él, y su voz ya no tenía nada de la calidez de antes—. Mi respuesta no cambió. Dile a mi padre que no insista.

Padre.

Valentina se quedó con las llaves en la mano.

Santiago escuchó algo al otro lado y miró hacia la calle, no hacia ella.

—No voy a discutir esto esta noche. Buenas noches.

Colgó.

El silencio volvió distinto.

—¿Quién era? —preguntó Valentina.

Santiago guardó el teléfono en el bolsillo. Cuando la miró, ya estaba sonriendo otra vez, pero no igual.

—Nadie importante.

Valentina supo, sin saber por qué, que acababa de mentirle por primera vez.

1
Zaira
Bella me encanto.
Aida Rodriguez
q feo fin
MANATE
💯🤗
AYA
😒😒😒 que boba🙄
Elena Yobany Santacruz Alejandria
dios q hombre terco..pero mas ella no afloja solo se complica.
Rosa Rodelo
Foto
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
Elena Yobany Santacruz Alejandria
q paciencia tiene nuestro protagonista 🥰🥰
milagros perales
Me encantó
Yanira Aguilar
hermosa novela
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