Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 7
La puerta se cerró tras Emilian y la sala volvió a quedar en silencio.
Durante algunos segundos nadie dijo nada.
Los pacientes observaban a la joven desde sus camas con evidente curiosidad. Algunos ancianos apenas podían incorporarse, otros permanecían acostados cubiertos por mantas gastadas, y las tres mujeres que se encargaban del pabellón parecían tan sorprendidas como los propios enfermos.
Elara escuchó algunos susurros.
—Su ropa parece muy costosa.
—¿Es una noble?
—Parece una princesa de los cuentos.
—Es demasiado bonita para trabajar aquí.
Bajó la vista hacia su vestido. Era cierto que había escogido la ropa más sencilla que poseía, pero seguía siendo muy diferente a la de las demás personas del hospital. Durante un instante sintió incomodidad. A pesar de haber pedido que nadie revelara su identidad, su aspecto seguía gritando que pertenecía a una familia acomodada.
Pero aquello no era algo que pudiera solucionar en ese momento.
Respiró hondo y se acercó a las tres mujeres. Una rondaba los cincuenta años, otra parecía algo más joven, y la tercera tenía el cabello completamente gris. Las tres mostraban señales evidentes de agotamiento. Elara les dedicó una pequeña sonrisa.
—Mi nombre es Elara. A partir de hoy seré aprendiz en el hospital.
Las mujeres se miraron entre sí.
—¿Una aprendiz? —preguntó la más mayor, con el ceño fruncido.
—Sí.
—¿Aquí?
Elara asintió. Las tres parecían no terminar de creerlo. Una joven noble, hermosa y delicada, en aquel lugar olvidado del hospital, resultaba una imagen demasiado extraña.
La joven recorrió la sala con la mirada. Las ventanas estaban cerradas. El aire se sentía pesado. Las sábanas se veían gastadas. Había polvo acumulado en algunos muebles y el olor a medicamentos se mezclaba con humedad. Su instinto médico prácticamente comenzó a gritar.
Volvió a mirar a las mujeres.
—¿Qué les parece si comenzamos limpiando?
Las tres parpadearon.
—¿Limpiar?
Elara sonrió.
—Un ambiente limpio reduce la posibilidad de infecciones. Si mantenemos las habitaciones ventiladas y las camas limpias, los pacientes estarán más cómodos. Además —añadió, alzando ligeramente la voz para que todos la escucharan—, un lugar que parece abandonado hace que quienes están dentro se sientan abandonados también.
Las mujeres se miraron unas a otras. Nadie les había dicho algo así antes. La mayoría de los médicos simplemente visitaban el pabellón unos minutos y luego se marchaban.
La joven se acercó a una de las ventanas y la abrió de par en par. La luz del exterior entró lentamente en la sala, acompañada por una suave corriente de aire fresco que hizo moverse las cortinas. Algunos pacientes levantaron la cabeza. Otros cerraron los ojos, disfrutando de aquella brisa que no sentían desde hacía meses.
Elara sonrió.
—También necesitamos cambiar las sábanas.
La mujer de cabello gris dudó.
—Señorita, eso es trabajo pesado.
Ella se remangó las mangas sin dudar.
—Entonces hagámoslo juntas.
Aquella respuesta dejó a las tres mudas. Poco a poco comenzaron a ayudarla. Abrieron las demás ventanas. Sacudieron el polvo. Barrieron el suelo. Cambiaron mantas. Lavaron algunas telas. Elara no se detuvo ni un instante. Sus manos terminaron cubiertas de polvo, algunos mechones de cabello escaparon de su peinado, y una ligera capa de suciedad se asentó sobre sus mejillas. Pero ella apenas parecía notarlo.
Aquello le recordaba a sus primeros años como residente. Las largas guardias. Las horas sin descanso. Los hospitales que parecían derrumbarse. Y, extrañamente, se sentía feliz.
Uno de los ancianos la observó mientras acomodaba una manta.
—Señorita, va a ensuciar su vestido.
Ella levantó la vista con una sonrisa cansada.
—Los vestidos se pueden lavar. Las personas, no.
El anciano soltó una pequeña risa, y unos cuantos pacientes más sonrieron desde sus camas.
La mañana transcurrió entre trabajo y esfuerzo. Incluso algunos enfermos que podían moverse ayudaron a ordenar pequeñas cosas o a abrir ventanas. Cuando finalmente terminaron, las tres mujeres se quedaron observando la sala con los ojos abiertos.
Parecía otro lugar.
La luz del sol iluminaba las camas. El aire ya no se sentía pesado. Las sábanas limpias daban un aspecto mucho más agradable, y las ventanas abiertas permitían que la habitación respirara. La mujer de cabello gris negó con la cabeza, incrédula.
—Es irreconocible.
La otra asintió.
—Nunca había estado tan limpio.
Elara sonrió mientras se quitaba el polvo de las manos con un paño que encontró cerca.
—Todo fue gracias a ustedes.
Las tres mujeres la miraron sorprendidas. Ningún médico les daba las gracias. Nadie reconocía su trabajo. Pero aquella joven sí.
Uno de los pacientes sonrió desde su cama.
—Ahora sí parece un lugar donde uno puede curarse.
Elara sintió una ligera calidez en el pecho. Aunque había terminado con polvo incluso sobre las pestañas y algunos mechones de cabello pegados a sus mejillas por el sudor, no se arrepentía en absoluto. Observó nuevamente la sala. Todavía había mucho por hacer. Muchísimo.
Todavía se encontraba hablando con las tres mujeres cuando un quejido rompió el ambiente tranquilo.
Uno de los pacientes, un hombre de mediana edad que permanecía acostado en una de las camas del fondo, comenzó a respirar con dificultad mientras se sujetaba el costado derecho.
—Duele... duele demasiado...
Elara giró la cabeza al instante. El hombre tenía el rostro pálido y pequeñas gotas de sudor cubrían su frente. Sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba contener un nuevo gemido. La joven se acercó con rapidez.
—¿Qué ocurre?
Antes de que el paciente pudiera responder, un anciano acostado en la cama cercana habló con voz apagada.
—Se cayó hace varios días mientras trabajaba en un almacén. Dicen que se rompió unas costillas.
Una de las cuidadoras asintió.
—El médico vino hace unos días. Le dio algunos remedios para el dolor.
Elara frunció el ceño. Algo no estaba bien. Se sentó junto a la cama.
—Permítame revisarlo.
El hombre asintió débilmente. Con cuidado, ella comenzó a desabotonar parte de la camisa. Al moverlo ligeramente de lado, su expresión cambió por completo.
Una gran zona oscura cubría parte de su espalda y costado. El hematoma se extendía más de lo que esperaba, y la piel alrededor presentaba un aspecto preocupante: enrojecida, caliente, con un tono que no prometía nada bueno. Elara sintió cómo su corazón se aceleraba.
Esto no se ve bien.
Volvió a tocar con cuidado. El hombre se estremeció de dolor. La piel estaba caliente. Demasiado caliente. Podía haber una infección. Quizá algo peor. Se incorporó rápidamente.
—Necesitamos llevarlo a una sala de tratamiento.
Las tres mujeres la miraron sorprendidas.
—¿Ahora?
—Sí —su voz sonó firme, sin dejar espacio para dudas—. No podemos ignorar esto.
La mujer de cabello gris tragó saliva.
—Pero los médicos suelen revisar a los pacientes durante la ronda.
Elara negó.
—Si la herida está empeorando, esperar puede ser peligroso. Cada hora que pasa aumenta el riesgo de que la infección se extienda.
Su mente trabajaba rápidamente. Necesitaba limpiar la zona. Revisar la lesión. Desinfectar. Y, sobre todo, conseguir a un médico. Pero mientras tanto, podía hacer algo. Respiró profundamente.
—Necesito agua limpia, desinfectante, vendas, gasas y algunos analgésicos.
Las tres comenzaron a moverse. Entonces añadió:
—Y también un bisturí.
Las mujeres se detuvieron en seco.
—¿Un bisturí? —preguntó una de ellas con los ojos muy abiertos.
Otra palideció.
—¿Piensa operarlo?
Elara guardó silencio durante unos segundos. En su mundo habría sabido exactamente qué hacer. Pero este no era su mundo. No conocía los instrumentos. No conocía los procedimientos. No conocía los límites de la medicina de aquella época. Sus dedos se cerraron ligeramente.
—Primero debo revisarlo mejor. Puede que solo necesite drenar la zona. Pero no lo sabré hasta que lo vea con claridad.
La anciana la observó preocupada.
—Señorita, eso es trabajo de los médicos.
Elara volvió a mirar al paciente, que respiraba con dificultad, con el rostro contraído por el dolor.
—Lo sé.
Su voz se suavizó, pero no perdió firmeza.
—Por eso también quiero que alguien vaya a buscar al doctor Hawthorne.
Las tres se sobresaltaron.
—¿Al doctor Emilian?
Ella asintió.
—Rápido.
Mientras una de las mujeres salía apresuradamente de la sala, Elara volvió a acercarse al paciente. Tomó una de sus manos. La suya estaba fría y húmeda. La del hombre, ardiente.
—Tranquilo —susurró.
El hombre la observó con dificultad, con los ojos nublados por el dolor.
—¿Voy a morir?
Aquella pregunta hizo que toda la habitación guardara silencio. Hasta los pacientes que murmuraban se callaron. Elara sintió una punzada en el pecho. Había escuchado esa pregunta demasiadas veces en su vida anterior. Demasiadas. Y nunca había sabido cómo responder sin mentir.
Pero ahora, en aquel cuerpo, en aquel mundo, con aquella mirada clavada en la suya, supo que no podía decirle lo que él quería escuchar. Tampoco podía mentirle.
Le apretó suavemente la mano.
—Todavía no hemos perdido la batalla.
El hombre la miró durante unos segundos. Luego, lentamente, asintió.
Y Elara supo que, aunque no pudiera salvarlo a todos, al menos podía prometerles que no estarían solos.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔