Fabricio creyó haber dejado atrás las sombras del pasado cuando encontró en Esteban un amor dulce y verdadero. Pero la felicidad no llega sin precio, amenazas, mentiras y la obligación de fingir para protegerse pondrán a prueba su confianza. Entre lo que se muestra ante el mundo y lo que se guarda en secreto, entre el sabor suave de lo que desea y el peligro oculto en cada paso, tendrá que aprender que en la vida y en el amor, lo más dulce también puede esconder lo más amargo.
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Día 7
Hoy es domingo, el día que se supone sirve para descansar, ordenar las ideas y prepararse para la semana que empieza. Pero para mí, los días sin clases son los más difíciles: el silencio se hace más fuerte, los pensamientos no tienen distracciones y todo lo que intento callar durante la semana vuelve a salir a la superficie con más fuerza.
Me desperté tarde, con el sol ya alto entrando por la ventana. En casa reinaba esa calma pesada de los domingos: mi madre limpiaba despacio, mis hermanas revisaban sus cosas para el lunes y mi padre dormía profundamente, recuperando las horas de sueño que pierde entre sus turnos en el hospital. Me sentía encerrado, como si las paredes de mi habitación me fueran apretando cada vez más, así que decidí salir un rato a caminar. Necesitaba aire, aunque apenas llevo unos días viviendo aquí y casi no conozco las calles, así que solo pensaba en ir dando pasos sin rumbo, lejos del ruido de la casa.
No le dije a nadie a dónde iba, solo tomé una gorra para cubrirme un poco la cara y salí por la puerta. Caminé despacio, mirando a todos lados, tratando de no perderme, hasta que llegué a un camino que bajaba hacia un lugar que no había visto antes: un parque pequeño, rodeado de árboles altos y al lado de un río tranquilo. No había mucha gente, así que me senté en una banca vacía, respirando hondo y pensando en todo lo que hablé con Brayan el día anterior, en mi decisión de mantener distancia, en lo que me asusta de lo que siento…
Cuando menos lo esperaba, escuché una voz conocida, suave y clara, que me heló la sangre en el acto:
—¿Fabricio? ¿Eres tú?
Levanté la cabeza de golpe y sentí que el corazón se me subía a la garganta. Allí estaba, a unos pocos metros: Esteban. Solo. Sin Lucía a su lado, sin uniforme, sin nadie más cerca. Llevaba una camisa sencilla y pantalones claros, con las manos en los bolsillos y esa misma expresión tranquila que me resulta tan difícil de olvidar.
Por un momento pensé que me estaba imaginando cosas, que mi mente ya estaba jugándome malas pasadas por tanta confusión. Pero no: él seguía ahí, mirándome con curiosidad, sin ninguna prisa.
Me puse de pie tan rápido que casi pierdo el equilibrio. Quise salir corriendo para cumplir con mi promesa de alejarme, pero mis piernas se quedaron clavadas en el suelo, como si no obedecieran a mi voluntad.
—Sí… soy yo —logré responder con voz temblorosa—. Disculpa, es que… soy nuevo en esta zona, no conozco bien los lugares y solo vine a caminar un rato.
Él sonrió levemente, como si le pareciera natural, y se acercó despacio:
—No te preocupes, este lugar está un poco escondido, casi no lo encuentra quien no sabe que existe. Yo también suelo venir aquí cuando quiero estar solo. Hoy Lucía tenía que ir con su familia a visitar parientes fuera de la ciudad, así que aproveché para salir sin rumbo también.
Sin ella. Esas dos palabras resonaron en mi cabeza como un eco fuerte y claro. Por primera vez, lo tenía frente a mí sin nada ni nadie que nos separara: sin el apodo de “amor” que me dolía tanto escuchar, sin la sensación de ser un intruso en su vida. Era una oportunidad que no esperaba, y al mismo tiempo la prueba más dura para lo que me había prometido a mí mismo.
Se sentó en el otro extremo de la banca, dejando espacio suficiente, pero lo bastante cerca para que pudiera ver bien sus ojos cuando hablaba.
—Te he notado un poco distante estos días —comentó con naturalidad—. La otra vez me acerqué a saludarte y después parecías que te desviabas o te escondías cuando pasaba por los pasillos. ¿Hice algo que te molestara? O… ¿te están volviendo a tratar mal, como en las otras escuelas?
Sus palabras me tomaron por sorpresa. ¿Se había fijado en mí lo suficiente para notar que me estaba alejando? Nadie nunca había prestado tanta atención a si estaba bien o mal, salvo mi familia. Sentí que me dolía el pecho, entre la vergüenza, el miedo y una sensación extraña de que, por fin, alguien me estaba viendo realmente.
—No es nada de eso —le respondí bajando la vista hacia el agua que corría despacio—. Es solo que… llevo poco tiempo aquí, casi no conozco nada ni a nadie, y vengo de tantos cambios de escuela que ya me acostumbré a mantenerme solo para no tener problemas. Siempre termino siendo el que no encaja, así que prefiero no llamar la atención.
Esteban asintió despacio, como si entendiera más de lo que yo podía explicar en ese momento:
—Ya me contaron que te han cambiado varias veces. Nadie debería tener que empezar de cero tantas veces, y menos en un lugar nuevo donde todo es desconocido. Yo también me cambié una vez cuando era más chico, y sé lo solitario que se siente todo cuando no sabes ni por dónde caminar sin perderte. Pero es peor cuando crees que estás solo y te obligas a fingir ser alguien que no eres solo para que te acepten.
Se detuvo un instante, miró hacia los árboles y luego volvió a clavarme la mirada con una sinceridad que me dejó sin habla:
—Y créeme… yo sé muy bien lo que se siente tener que ocultar partes de ti mismo para que nadie te mire raro o empiece a hablar cosas que no son verdad. No todo lo que ves en la superficie es lo que hay en realidad.
Se quedó callado después de decirlo, como si hubiera soltado algo que casi nunca decía en voz alta. Mis ojos se abrieron con sorpresa. ¿Qué quería decir con eso? ¿Él también tenía secretos, algo que escondía igual que yo? Esa frase despertó en mí más preguntas que respuestas, y una chispa de esperanza que creía ya muerta.
Hablamos unos minutos más, de cosas sencillas: me explicó cómo estaban organizadas las calles del barrio, me señaló lugares seguros por donde caminar y hasta me dijo dónde estaba la mejor tienda de libros cerca de la escuela. Cuando se hizo tarde y él dijo que tenía que irse, se despidió con una sonrisa distinta a las otras: más cercana, más personal.
—Nos vemos el lunes, ¿de acuerdo? Y no te pierdas por ahí, si quieres, te puedo enseñar los caminos más cortos otro día.
Me quedé sentado en la banca mucho tiempo después de que se fuera, mirando el mismo punto donde había estado parado. Todo lo que tenía pensado se me había revuelto otra vez: yo, que no conocía ni las calles, terminé encontrándolo justo en el momento en que estaba solo, y me dijo algo que cambia todo lo que creía saber de él.
¿Era solo una forma de consolarme o había algo más? ¿Será posible que, en el fondo, no sea yo el único que siente que no encaja en el mundo que le tocó vivir?
Ahora estoy aquí, escribiendo con la mente en mil partes. Este encuentro inesperado cambia todo lo que tenía planeado. Ya no es solo que me guste alguien que parece imposible… ahora empiezo a pensar que tal vez no todo es lo que parece, y que lo que va a pasar el lunes puede cambiar mi vida para siempre.
Pero también tengo miedo. Porque si me acerco otra vez, si dejo que esto siga creciendo, sé que el riesgo de salir lastimado es mil veces mayor. Sin embargo, hoy entendí algo: por primera vez, ya no es solo mi imaginación. Hay algo entre nosotros, algo que no alcanzo a ver del todo, pero que existe.
Y esa es la verdad que me va a quitar el sueño toda la noche.