Sinopsis
Emilia Velázquez, una joven universitaria apasionada por las novelas románticas, descubre que le quedan pocos meses de vida y acepta la oferta de una misteriosa hechicera para reencarnar en el mundo de su novela favorita, ocupando el cuerpo de Ester, la villana destinada a la desgracia. Mientras lucha por adaptarse a un reino lleno de conspiraciones, magia, dragones ancestrales y peligros ocultos, intentará cambiar un destino que no le pertenece. Sin embargo, todo se complica cuando un extraño encuentro con el príncipe dragón Derek provoca un intercambio de cuerpos que amenaza con alterar el equilibrio de ambos mundos para siempre.
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Capítulo 7: La decisión
La mañana llegó demasiado rápido.
Los primeros rayos del sol atravesaron la ventana de la habitación del hospital, iluminando las sábanas blancas donde Emilia permanecía acostada.
No había dormido.
¿Cómo podía hacerlo?
Toda la noche había pensado en las palabras de Selene.
Reencarnar.
Abandonar su mundo.
Comenzar una nueva vida.
Parecía una locura.
Y, sin embargo, era la única esperanza que tenía.
La puerta se abrió lentamente.
David entró primero.
Llevaba dos vasos de café.
Sus ojos mostraban cansancio.
Mucho cansancio.
—Buenos días, princesa.
Intentó sonreír.
Pero la tristeza seguía allí.
—Buenos días, papá.
David se sentó junto a ella.
Durante varios segundos ninguno habló.
Finalmente fue él quien rompió el silencio.
—Cuando eras pequeña siempre tenías miedo de los hospitales.
Emilia sonrió débilmente.
—Todavía los tengo.
—Lo imaginaba.
Ambos soltaron una pequeña risa.
Por un instante todo pareció normal.
Como antes.
Como siempre.
Y precisamente por eso dolió tanto.
Horas después los médicos realizaron nuevos exámenes.
Las noticias no mejoraron.
La enfermedad continuaba avanzando.
Adriana intentó mantenerse fuerte.
Pero Emilia podía ver el sufrimiento en sus ojos.
Vivian tampoco dejaba de llorar cuando creía que nadie la observaba.
Aquella realidad estaba destruyendo a toda la familia.
Y eso era algo que Emilia no soportaba.
Esa tarde pidió quedarse sola.
Necesitaba pensar.
Necesitaba ordenar sus sentimientos.
David aceptó con dificultad.
—Si necesitas algo, llámanos.
—Lo haré.
Cuando la puerta se cerró, Emilia miró la novela que descansaba sobre la mesa.
Debajo de tu sombra.
La historia que tanto había amado.
La historia que quizás se convertiría en su nueva realidad.
Tomó el libro entre sus manos.
Lo abrió lentamente.
Las páginas comenzaron a pasar.
Ester.
Eduardo.
Sofía.
Derek.
Todos aquellos personajes parecían diferentes ahora.
Más reales.
Más cercanos.
Y de repente comprendió algo.
Aquellas personas no eran simples personajes.
Eran vidas.
Vidas reales.
Si aceptaba la propuesta de Selene, tendría que vivir entre ellos.
Respirar.
Sentir.
Sufrir.
Amar.
Todo sería real.
La noche volvió a caer.
Y tal como esperaba, la luz plateada apareció una vez más.
Selene estaba allí.
Silenciosa.
Elegante.
Misteriosa.
—Ya es hora.
Dijo suavemente.
Emilia levantó la mirada.
—Lo sé.
La hechicera se acercó.
—¿Has decidido?
La joven observó la ventana.
Luego pensó en sus padres.
En Vivian.
En todos los momentos felices que había vivido.
Las lágrimas aparecieron lentamente.
—No quiero dejarlos.
Confesó.
—Lo sé.
—Los amo.
—Ellos también te aman.
—Entonces esto duele demasiado.
Selene permaneció en silencio.
Porque algunas heridas no podían aliviarse con palabras.
Emilia respiró profundamente.
Y finalmente tomó una decisión.
—Acepto.
La habitación quedó completamente inmóvil.
Incluso el tiempo pareció detenerse.
Selene sonrió.
No con alegría.
Sino con alivio.
—Has elegido vivir.
Emilia cerró los ojos.
—Tengo miedo.
—Eso es normal.
—¿Dolerá?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Prometo que no sentirás dolor.
Una pequeña sensación de tranquilidad apareció en el corazón de Emilia.
Por primera vez desde el diagnóstico.
Por primera vez desde que todo comenzó.
—¿Qué debo hacer ahora?
Preguntó.
Selene extendió una mano.
—Despedirte.
Aquella palabra atravesó su corazón.
Despedirse.
Era verdad.
Todavía quedaba algo por hacer.
Esa misma noche pidió papel y lápiz.
Quería escribir una carta.
Una última carta.
Durante horas permaneció escribiendo.
Llorando.
Borrando.
Volviendo a escribir.
Hasta que finalmente terminó.
La dobló cuidadosamente.
Y escribió los nombres de sus padres y su hermana.
Cuando terminó sintió que una parte de su alma había quedado entre aquellas palabras.
Poco después de la medianoche.
Todos dormían.
El hospital permanecía tranquilo.
Emilia observó por última vez el mundo donde había nacido.
Las luces de la ciudad brillaban a través de la ventana.
Hermosas.
Familiares.
Le dolía abandonarlas.
Pero también sabía que no tenía otra opción.
Selene apareció nuevamente.
Esta vez vestida con un largo manto plateado.
Pequeñas partículas luminosas flotaban a su alrededor.
—Es momento de partir.
Dijo suavemente.
Emilia respiró profundamente.
Y asintió.
—Estoy lista.
La hechicera extendió ambas manos.
La habitación comenzó a llenarse de luz.
Miles de destellos plateados aparecieron alrededor.
Como estrellas.
Como sueños.
Como recuerdos.
Todo comenzó a desaparecer.
La cama.
Las paredes.
La ventana.
El hospital.
La Tierra.
Todo.
Y entonces Emilia escuchó algo.
Una voz.
Lejana.
Familiar.
Una voz masculina llena de ira.
—¡Inútil!
Otra voz respondió.
Dolida.
Resistente.
—Seguiré intentándolo.
La luz aumentó.
Y Emilia sintió que caía.
Caía entre mundos.
Entre destinos.
Entre vidas.
Cada vez más rápido.
Cada vez más lejos.
Hasta que una última imagen apareció frente a ella.
Un joven de cabello negro.
Ojos violetas.
Mirada triste.
Derek.
Por alguna razón, fue el último rostro que vio antes de perder la conciencia.
Y en algún lugar del Reino de Edredón...
La verdadera Ester abrió repentinamente los ojos.
Sintiendo que algo imposible acababa de ocurrir.
Algo que cambiaría su destino para siempre.