Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 6: El nombre
La tarde del viernes es lenta en Offline.
Jean prefiere los días lentos, le permiten mantener el ritmo sin sobresaltos, limpiar lo que ya está limpio, repasar el inventario de vasos que no necesita repaso. La rutina es un bálsamo, y hoy la aplica con la dedicación de quien pule una piedra hasta hacerla brillar.
Tres omegas ocupan la mesa junto a la ventana desde hace media hora, son jóvenes, probablemente estudiantes de la universidad. El de pelo negro con reflejos azulados habla con las manos y se ríe demasiado fuerte, el de cabello largo y blanco, recogido en una coleta alta, lo escucha con los ojos entrecerrados y una expresión de escepticismo permanente. El tercero, de pelo caoba y modales más tranquilos, remueve su café con leche mientras asiente de vez en cuando.
Jean los atiende sin escucharlos, es su norma, los clientes hablan de sus vidas y él no se inmiscuye. Pero las voces llegan, inevitables, y hay palabras que se cuelgan aunque uno no quiera.
—El sábado por fin tengo la cita —dice el de pelo negro y su sonrisa brilla como si acabara de ganar un premio—. No sabes las ganas que tengo.
—¿Con quién? —pregunta el caoba.
—Con Leo.
El de pelo blanco suelta un resoplido que se oye desde la barra.
—¿Leo? ¿En serio? —sus ojos verdes se tuercen en una mueca—. ¿Acaso no sabes que ha estado con media universidad? Ese alfa es un promiscuo.
—¿Y eso qué? —el pelinegro se encoge de hombros—. Ese chico es una tentación andante y me voy a dar un gusto, no es como si fuera a casarme con él.
—Déjalo —interviene el caoba con una sonrisa conciliadora—, a él siempre le ha gustado Leo, desde el primer año. Si quiere disfrutar un fin de semana con ese bombón de ojos verdes y pelo rojo, que lo haga, no tiene nada de malo.
Así que se llama Leo. Jean no levanta la vista del vaso que está secando, pero sus dedos se detienen un instante, el pelirrojo escandaloso, la tentación ambulante. Lo supo desde el primer momento en que lo vio entrar, con esa sonrisa que ocupaba toda la habitación y ese olor a cítricos que lo envolvía todo. No le sorprende.
—Haz lo que quieras —sentencia el del pelo blanco—. Pero después no vengas llorando porque Leo ni te mira cuando pase el fin de semana. Ya sabes cómo es él, no quiere compromisos.
El pelinegro no responde, sonríe, como si ya lo supiera y no le importara.
—A mí me gusta Nico —dice el caoba, y su tono cambia, se vuelve más suave, casi soñador, los ojos le brillan—. Es tan apuesto. Si me diera la oportunidad, lo dejaría ser mi alfa.
Ríe, como si quisiera quitarle hierro al asunto, pero Jean sabe reconocer una verdad disfrazada de broma.
Nico. El nombre no le dice nada, otro alfa más, otro nombre en la lista interminable de chicos populares que los omegas persiguen.
—Por lo menos tienes mejores gustos —concede el del pelo blanco—. Pero ese alfa está fuera de tu alcance, llevas un año tratando de llamar su atención y no has logrado nada.
—Nadie ha logrado nada con él —añade el pelinegro, encogiéndose de hombros—, Nico no está interesado en aventuras. Busca el amor, o algo así.
Busca el amor.
Jean deja el vaso sobre el escurridor con más cuidado del necesario.
Busca el amor. Un alfa de veinte años que podría tener a cualquier omega rendido a sus pies y sin embargo, busca el amor. No aventuras, no conquistas.
Es extraño, muy extraño.
No conoce a muchos alfas así, de hecho, no conoce a ninguno.
La campanilla de la puerta suena, Jean levanta la cabeza.
Los tres alfas entran en Offline como si la conversación los hubiera invocado, Mauro abre la marcha, serio y tranquilo, detrás viene Leo, que enarca una ceja al ver al pelinegro y le dedica una sonrisa que es pura chispa. El omega se levanta y se acerca a él, le besa la mejilla, le susurra algo al oído, Leo responde con una risa baja que retumba en toda la cafetería.
Y detrás de ellos, cerrando la puerta de cristal, entra el chico rubio.
El omega de pelo caoba se sonroja hasta la raíz del pelo, un rubor intenso, incontrolable, que le sube por las mejillas como una llama. El chico rubio levanta una mano en un saludo breve y amable, sin detenerse, y el gesto solo consigue que el caoba se sonroje aún más.
Jean lo ve, lo entiende en un instante.
Ese chico rubio, el de la sudadera granate, el que dibuja, el que huele a lluvia de verano, el que vuelve cada tarde. Ese es Nico.
El nombre se asienta en su cabeza.
Jean siente un vuelco en el pecho, pequeño, como una piedra que cae al agua.
No quiere mirarlo, sabe que no debería, pero sus ojos lo buscan sin permiso, como si ya conocieran el camino.
Mauro y Leo se dirigen a la mesa del fondo pero Nico no va con ellos, se separa del grupo y camina hacia la barra con las manos en los bolsillos, con esa postura relajada que ya es casi una presencia fija en el café. Sus ojos azules son limpios y cálidos, como el cielo después de la tormenta. Cuando llega, apoya los codos en el mostrador, un gesto nuevo, más cercano.
—Hola, Jean —dice.
Y su nombre, pronunciado por esa voz, le golpea en el pecho.
Jean abre la boca, la cierra, no recuerda haberle dicho su nombre —en efecto, no lo hizo—, tampoco recuerda cuándo fue la última vez que le dijeron su nombre. En el cibercafé es «disculpa», «perdona», «camarero», a veces, «cariño», si doña Carmen está de buen humor. Pero Jean, así, sin más, hace años que no lo escucha.
—Hola —consigue decir y luego, porque necesita decir algo más o va a estallar—: ¿Un cortado?
—Sí —Nico sonríe—, ya sabes.
Jean asiente, se da la vuelta, prepara el café con manos que intenta mantener firmes. La flor sale sola, como siempre. Cuando desliza la taza sobre la barra, sus dedos casi tocan los de Nico. Casi.
—Gracias —dice Nico y se queda ahí, de pie frente al mostrador, sin retirarse a su mesa del fondo, como si no tuviera prisa, como si quisiera alargar el momento—. Hoy hay poca gente, ¿no?
—Es viernes —responde Jean—. Los viernes son tranquilos.
—Ah. —Nico mira alrededor, luego vuelve a clavar los ojos en él—. ¿Y tú? ¿Prefieres los días tranquilos o los de mucho trabajo?
Jean parpadea, nadie le pregunta eso.
—Los tranquilos —dice sin pensar y luego, añade en un susurro que no tenía planeado—: Menos ruido.
Nico asiente, como si esa respuesta le importara de verdad.
—A mí también —dice—. En la piscina hay mucho ruido, aquí se está bien.
Se queda un segundo más, luego coge su taza y se retira a su mesa, saca su cuaderno, se inclina sobre él y empieza a dibujar.
Jean lo observa de reojo mientras finge ordenar los vasos.
Nico. Busca el amor. O algo así.
El chico que dibuja enredaderas, el que preguntó por la flor, el que hoy se ha quedado de pie en la barra, alargando un momento que no necesitaba alargar.
Mira al chico rubio, inclinado sobre su libreta, con esa expresión concentrada que le cambia la cara y por primera vez en mucho tiempo, Jean siente algo que no es miedo ni cautela ni tristeza.
Es curiosidad.
Solo eso, se dice mientras seca el mismo vaso por tercera vez.
Detrás de la barra, en el silencio de la tarde tranquila, sus dedos se mueven más despacio.