Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
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“Cinco semanas de silencio”
El hallazgo
Dos horas después, la puerta principal se abrió con lentitud.
Los padres de Elsa regresaban de la iglesia, hablando en susurros, intentando fingir normalidad.
—Joshua, ve a ver a tu hermana. Dile que la comida ya está servida, —dijo la madre, sin imaginar el infierno.
Joshua corrió por el pasillo, contento. Pero cuando empujó la puerta del cuarto…
—¡ELSA! —gritó con desesperación.
La escena lo paralizó.
Su hermana, medio desnuda, sangrando por la nariz, con un ojo morado, las piernas temblorosas y los muslos marcados con huellas. Su ropa desgarrada colgaba del brazo del sofá.
El padre corrió al cuarto.
—¿¡Quién te ha hecho esto!? —rugió.
Elsa lo miró, desde el suelo, con una sonrisa rota, sarcástica, cruel.
—¿Quién más, papá? Tu querido yerno.
Don Sebastián.
El padre quedó en shock.
La madre entró detrás.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.
Cayó de rodillas.
—Hija… mi niña… perdóname…
—Lárguense todos. Pero antes, levántenme. Me arden hasta los huesos.
El padre la cargó sin decir una palabra.
Tenía los ojos bajos. El alma hecha trizas.
La acostó con cuidado en su cama.
La madre le aplicó una pomada en los moretones.
Temblaba mientras tocaba la piel de su hija.
La frente, los brazos, la entrepierna.
Y en cada caricia, sentía que una parte de ella moría.
Porque fue su silencio el que entregó a su hija al lobo.
Esa noche, Elsa no durmió.
Tenía ardor en sus genitales, los muslos raspados por el suelo, y la garganta seca de tanto gritar.
Sebastián no la había penetrado, pero había usado sus dedos con violencia.
No buscaba placer. Solo castigo.
Humillación. Poder.
Y Elsa…
lo había sentido todo.
Y lo recordaría para siempre.
La llegada de Doña María Ugande
Al día siguiente, un carruaje polvoriento se detuvo frente a la casa.
Doña María Ugande.
Elegante. Fría.
Y con la mirada afilada como cuchilla.
Entró sin saludar.
Subió las escaleras.
Y abrió la puerta del cuarto de Elsa sin tocar.
Cuando la vio tendida, apenas cubierta con una sábana, hizo una mueca de desagrado.
—¿Qué ha pasado aquí? ¿Qué ha hecho mi hijo?
La madre de Elsa respondió llorando:
—¡Mírela! ¡Mírela bien! ¡Su hijo es una bestia! ¡Nos la dejó como si fuera un animal golpeado!
Elsa no dijo nada.
Solo desvió la mirada.
Ya no tenía fuerzas para discutir.
Doña María la miró por unos segundos. Luego, fríamente, dijo:
—Mi hijo no puede casarse con una criatura que parece haber sido atropellada por un caballo. Llamaré a un médico.
Elsa alzó la vista.
¿Acaso suspendería la boda?
Pero la voz de la mujer la destrozó de nuevo.
—Necesito saber cuánto tiempo tardarán en desaparecer las marcas.
Nada más.
El médico
Horas después, un anciano de pasos lentos y manos temblorosas tocó la puerta.
Don Jaime Roldó, 67 años.
El médico del pueblo.
Viejo, pero todavía cuerdo.
—¿Dónde está la paciente?
Lo condujeron al cuarto.
Elsa estaba sentada, apenas cubierta con un simple camisón y una ropa interior que apenas ocultaba lo esencial.
Se sentía expuesta. Vulnerable. Pero ya no tenía pudor.
Don Jaime bajó la mirada con respeto.
—Voy a examinarla. Por favor, señora, déjeme a solas con ella.
La madre salió.
Y él se acercó.
Le palpó la frente, los brazos, examinó los moretones del rostro.
Luego, con voz baja, pidió:
—Tengo que revisar la parte baja, hija. Lo haré con el mayor cuidado posible.
Elsa asintió.
Don Jaime apartó el camisón con respeto.
Lo que vio… le encogió el alma.
Las huellas, los hematomas, la hinchazón.
Todo lo que un viejo como él jamás quiso volver a ver.
—¿Está… infectado? —preguntó ella con la voz ronca.
—Aún no. Pero estás en riesgo. Necesitas descanso, compresas, y antibióticos.
Doña María entró en ese momento, imponente.
—¿Cuánto tiempo?
—¿Perdón?
—Las marcas. ¿Cuánto tardan en desaparecer?
No me dé rodeos. Quiero una respuesta simple.
Don Jaime apretó los labios.
—Cinco o seis semanas. Como mínimo. Tal vez más si hay infección.
—¿Y cuánto le debemos por la consulta?
—Cinco libras. Nada más.
Ella lo miró fijo.
—No le he preguntado por la consulta.
Le pregunté por su silencio.
Hubo un silencio largo.
Pesado.
Asfixiante.
Don Jaime cerró su maletín.
—No he visto nada.
No he oído nada.
Y no oiré nada.
Y con el alma rota, se marchó.
Elsa se quedó mirando el techo.
Con el cuerpo adolorido.
Pero con una chispa en el fondo.
Cinco semanas…
Cinco semanas podían ser suficientes.
Porque ella… no pensaba firmar esa acta de matrimonio sin pelear.
ecxelente