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SOMBRAS DE AETHELGARD

SOMBRAS DE AETHELGARD

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Amor prohibido / Amor-odio / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa
SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.

Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.

Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: El Veneno de la Memoria

La fiebre no avisó; llegó como una marea negra y abrasadora en cuanto el cuerpo de Alaric se enfrió tras la adrenalina de la matanza. En el interior del "Refugio del Cuervo", el aire era una mezcla viciada de humo de leña húmeda, el olor metálico de la sangre y el aroma a lavanda que emanaba del cuerpo de Isolde. Alaric estaba recostado contra el muro de piedra, su torso masivo desnudo y cubierto de un sudor frío que hacía brillar sus músculos bajo la luz vacilante de la hoguera. Su respiración era un ronquido dificultoso, un sonido que desgarraba el silencio de las ruinas.

Isolde se arrodilló entre sus piernas, sintiendo el calor brutal que el cuerpo de su esposo desprendía, como si fuera un horno a punto de estallar. Sus manos pequeñas temblaban mientras sostenía la daga de acero negro sobre las brasas hasta que el metal se tornó de un color naranja incandescente. Cédric le había entregado un frasco de aguardiente fuerte y una aguja de hueso con hilo de seda.

—Tienes que hacerlo ahora, mi señora —susurró Cédric desde las sombras, con la mirada fija en la entrada—. La flecha que lo rozó tenía restos de óxido o veneno de bosque. Si no limpias esa carne muerta, la infección se lo llevará antes que los hombres de Valerius.

Isolde miró el hombro de Alaric. El tajo era profundo, con los bordes ennegrecidos y supurantes. El hombre que todos llamaban el Carnicero, el gigante que medía casi dos metros de pura potencia, ahora parecía vulnerable, atrapado en una pesadilla que sus ojos cerrados no dejaban de proyectar.

—Alaric... —murmuró ella, apoyando su mano de porcelana sobre la mejilla hoscas de él. La piel de él quemaba—. Alaric, mírame. Necesito que te quedes conmigo.

Él abrió los ojos, pero no eran los ojos del Duque de Aethelgard. Estaban turbios, inyectados en sangre y perdidos en una neblina de delirio. Su mano derecha, grande como un mazo, se cerró sobre la muñeca de Isolde con una fuerza que la hizo jadear. Sus dedos se hundieron en la piel de ella, marcándola.

—No lo hagas, padre... —susurró él, y su voz era el lamento de un niño atrapado en el cuerpo de un asesino—. Es solo un cachorro... no me obligues...

Isolde sintió un nudo en la garganta. Nunca había escuchado a Alaric hablar con ese tono de súplica.

—No soy tu padre, Alaric. Soy Isolde. Soy tu esposa —dijo ella, con una firmeza que nació de las tripas—. Cédric, sujétale las piernas. Genevieve, sostén sus brazos.

La "cirugía" fue una carnicería silenciosa. Isolde vertió el aguardiente sobre la herida abierta. Alaric soltó un rugido que hizo vibrar las piedras del refugio, un sonido puramente animal que habría hecho huir a cualquiera, pero Isolde no se movió. Con la punta de la daga al rojo vivo, empezó a cortar la carne infectada. El olor a carne quemada llenó la estancia. Alaric se retorcía, sus músculos tensándose de tal forma que parecía que iba a romper las cuerdas con las que los rebeldes intentaban inmovilizarlo.

—¡Maldita sea, Alaric, quédate quieto! —gritó Isolde, con lágrimas de sudor y angustia corriendo por su cara.

Él la miró de repente, y por un segundo, la fiebre pareció darle una tregua de lucidez cruel. Su mano soltó la muñeca de ella y se hundió en su propio pecho, sobre la cicatriz más antigua que tenía cerca del corazón.

—Me llamaron el Carnicero... ¿sabes por qué, mi pequeña muñeca? —dijo él, con una risa amarga que terminó en un acceso de tos con sangre—. Mi padre... el viejo Duque... no quería un heredero. Quería un arma. Me llevó a la plaza de la aldea de Valar... yo tenía catorce años. Me puso una espada en la mano y me ordenó matar a mis propios amigos de infancia porque sus padres se habían negado a pagar el tributo.

Isolde se detuvo, con la aguja en el aire, horrorizada.

—Dije que no —continuó Alaric, sus ojos café fijos en el techo de piedra como si viera la escena grabada allí—. Me azotó hasta que mis costillas se asomaron. Y luego... luego me obligó a ver cómo los mataba él uno a uno. Me dijo que cada muerte era mi culpa por no haber sido obediente. Me marcó la espalda con hierro ardiendo para que nunca olvidara que la piedad es el veneno de los reyes.

Alaric agarró la mano de Isolde, la que sostenía la aguja, y la apretó contra su herida abierta, obligándola a sentir el calor de su sangre.

—Esa noche morí, Isolde. El niño murió. Y nació el monstruo que ves hoy. Por eso te trato así... por eso te alejo... porque todo lo que toco termina manchado de la sangre que mi padre puso en mis manos. Valerius lo sabe... él estaba allí... él se reía mientras yo sangraba.

—¡Basta, Alaric! —sollozó Isolde, volviendo a coser con una furia desesperada—. No eres ese niño y no eres tu padre. Eres el hombre que me salvó. Eres el hombre que alimenta a los pobres en secreto. ¡No voy a dejar que ese viejo muerto gane hoy!

Terminó el último punto y vendó el hombro con tiras de su propio camisón de seda. Alaric se desplomó contra la pared, el delirio llevándoselo de nuevo a la oscuridad. Su cuerpo se relajó finalmente, aunque la fiebre seguía quemando.

Isolde se quedó allí, sentada en la nieve y el barro del refugio, mirando al hombre que amaba. Ahora lo entendía todo: su brutalidad era un escudo, su rudeza era una penitencia. El Carnicero no era un apodo de gloria, era una cicatriz en su alma que nunca había dejado de sangrar.

Se acercó a él y se acurrucó entre sus brazos masivos, ignorando el olor a sangre y el frío. Apoyó su cabeza en su pecho, escuchando cómo su corazón luchaba por seguir latiendo.

—Si eres un monstruo, Alaric —susurró ella, cerrando los ojos—, entonces yo seré el bosque oscuro donde puedas esconderte. Pero no vas a volver a estar solo en esa plaza.

En el horizonte, el sol empezaba a asomar, pero la sombra del secreto de Alaric ahora se proyectaba sobre ellos, más larga y peligrosa que cualquier ejército que Valerius pudiera enviar.

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Helizahira Cohen
voy a empezar esta, lei tu primera novela entre Mareas muy bonita
Nelida Fuenteseca
Bastante caprichosita!!!
b zamitiz
🙂
Alexandra Ortiz Posada
Buen comienzo, gracias por compartir tu talento, bendiciones
mailyn rodriguez
Hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi. gracias.
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